Letras tu revista literaria

lunes, 23 de febrero de 2009

Tais y la leyenda del farol nórdico

Se encendió la luz del farol, Tais se quedó perpleja porque aquel acto no había sido obra de sus actos, ni de sus dedos, ni de su mano, ni de su brazo; había sido el efecto de la acción de unos dedos, una mano, y un brazo que no le pertenecían a ella, sí era él, el portador de la garra de acero que sin dudarlo ni un segundo aferró el cuello de Tais y comenzó a estrangularla…

En ese momento, precisamente en el que ya el color de la piel de Tais se comenzaba a mostrar azulado, se oyó un estruendo en el exterior y la garra soltó el cuello de la mujer y se esfumó, la lámpara todavía refulgía ofreciendo su danza de fuego donde los toros de Tais bufaban salvajemente esperando resurgir de las tinieblas a las que habían sido desterrados por la reina Siat cuando ésta gobernaba sobre la tierra de Nor...

jueves, 29 de enero de 2009

Reflexiones en el limbo se proclama en huelga

Estimados lectores del Limbo en Reflexiones, el autor de este blog, se declara en HUELGA, durante una temporada. Voy a dejar de escribir por el momento aquí, otras ocupaciones más deshonestas que éstas de escribir, y más renumeradas me han seducido por la indigente cifra de 800.000 reales, mientras, lo único que tengo que hacer es practicar el sexo. Y que conste que es el mismo vaticano el que pone la mano.
Hasta siempre compañeros.

Tais, seguirá los derroteros que el resto de mis quince libros (mal escritos?), en el cajón de sastre que Pandora me regaló una noche allá por el mil y pico antes de C, porque podría haber sido antes de J pero no fue así, y es en esto que estoy disfrazado de pervertido al que enloquecen las ropas intimas femeninas de color naranja. Y me doy de bruces en el suelo en este mausoleo del mundo donde la maldad se nos merienda cada día a destajo, y donde los que todavía no ha sido devorados afeitan sus barbas como hacía mi vecino, porque no hay nada mejor para un ignorante como yo que recurrir, como los hizo nuestro querido ZP, al refranero. Lo dicho: con pan y cebollas estoy de no ganar un duro hasta la... polla, porque no poner la palabra que define al pene, a la picha, al cipote etc, me parece absurdo, y sin pelos en la boca, porque todavía no me he comido un coño (no se apuren, no me he vuelto loco, y no se molesten por mi lenguaje soez, que me deje pelos en la punta de la lengua para ir luego escupiéndolos a la cara de esos cabrones que sin reparo alguno se quedan con lo que no es suyo, y no contentos con ello, por si las moscas, de paso, arrasan con la vida de miles de inocentes. Y luego nos da asco pensar que los chinos comen ratas. Y peor todavía imaginar que el pollo que te venden en los restaurantes de los citados, es rata, gato, o la puta madre de un sionista, y que las costillas tan ricas y tan buenas(bromeaba un escritor chileno que conocí una vez, personalmente, y que ahora tengo en mi lista de amigos del cara libro de los cojones, y al que no he vuelto a ver desde hace cinco años)son de los chinos muertos que nunca vemos, quiero decir en los tanatorios porque venden sus cadáveres, no para costillas, sino para quemarlos, con tal de que el que los compra pueda enterrar a sus muertos de un modo (ilegal en China), pero acorde según sus antiguas tradiciones.
Luego me vienen con que el ser humano es un cúmulo de virtudes? No me jodan, sí, hoy tengo una de malaleche, no se cansen, ni ellos, ni ellas, sino cosotras y cosotros, no es un error ni tipo, ni otro, gráfico, es una palabra que me acabo de inventar, que otro día si vuelvo a escribir sobre el farol y Tais, os digo qué significan, ambas con su masculino y femenino, y a follar que son tres días, perdón que no me pega este lenguaje, dirán algunos, como si al que subscribe, a estas alturas, le importase lo que piensen cosotras o cosotros, vaya a cambiar mi existencia cuestra opinión y me deshaga, luego, en perdones y disculpas como si fuere, o fuese, o siguiere, o siguiese, siendo gilipollas.

Así que Tais compró el puto farol nórdico sin saber lo que le deparaba el destino, pero esto tampoco lo habría soñado incluso sin haberlo comprado.
Se encendió la luz del farol, Tais se quedó perpleja porque aquel acto no había sido obra de sus actos, ni de sus dedos, ni de su mano, ni de su brazo; había sido el efecto de la acción de unos dedos, una mano, y un brazo que no le pertenecían a ella, sí era él, el portador de la garra de acero que sin dudarlo ni un segundo aferró el cuello de Tais y comenzó a estrangularla…

martes, 6 de enero de 2009

Tais y la leyenda del farol nórdico

La clase

En la escuela saludó, al llegar, al director, Antony Mardigan, que estaba a punto de jubilarse y que había sido el único director que aquella escuela rural había tenido. Tuvo una directora hacía mucho tiempo, justo antes de que llegase Antony al pueblo destinado desde la gran ciudad, Wiquita que se encuentra al norte de Mutter, pueblo que ahora la recibía en su papel de profesora de los niños de infantil. Tenía a su cargo la clase 4C, veinticinco entre niños y niñas, donde las segundas eran más numerosas que los primeros.
-¡Buenos días señor Antony!- saludó educadamente Tais.
-¡Buenos días señorita Tais!- respondió son su característica sonrisa el director.
-¡Buenos días Anny!- saludó Tais a Anny la otra profesora que tenía a su cargo otros veinticinco niños, pero estos de primaria 3ª.
Los demás profesores y profesoras saludaron al unísono de forma automática.
-¡Pero Tais!- dijo el director-, ¿qué tienes ahí?- dijo dirigiendo su mirada hacia el farol que Tais asía en su mano derecha.
-Nada importante señor Antony, un farol que el tendero de la carretera me ha vendido- respondió Tais sin darle importancia a la antigualla que acaba de adquirir.
-Déjame verlo- se adelantó Anny casi arrebatándole el farol de la mano-, ¡no puede ser esto es un farol nórdico!- dijo Anny ya con el farol en su poder-. Sí es un auténtico farol que se usaba en los países nórdicos en los siglos dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve y principios del veinte, aunque todavía lo usan en algunas granjas, pero muy al norte, ahora es más una pieza decorativa, cuyo valor es exiguo. En su tiempo fue la forma de iluminación por excelencia en aquellos países- terminó Anny, dando por sentada su erudición sobre el farol, no en vano era la profesora de historia. El director le arrebató el farol a ésta y lo observó detenidamente y dijo:
-Yo he visto este farol en algún sitio, pero no recuerdo dónde- se rascó la cabeza como si con ello consiguiera traer a su memoria el lugar donde había visto el farol. Desistió y lo devolvió a la mano de Tais que un tanto extrañada, los miraba a ambos. Sonó la campana para entrar en clases, y tras su sonido el aire se llenó del murmullo que hacían los niños, mientras en fila se dirigían a sus aulas.
Tais fue por el pasillo hasta su aula, entró y puso el farol sobre la mesa. Los niños esperaban expectantes que comenzaran las actividades que los viernes solían realizar desde que Tais llegara al colegio, al principio del curso, hacía ya tres meses y habían pasado las vacaciones de navidad. Guardaron silencio y todos quedaron como hipnotizados mirando el farol. Objeto que a ellos les producía cierta curiosidad, más por su aspecto, original y muy poco visto por aquellos lugares, tan alejados del lugar de donde provenía el objeto. Así que Tais no tuvo más remedio que intentar explicar a los niños lo que la señorita Anny le había contado minutos antes.
Y los niños embobados escucharon qué utilidad tenía el cacharro, y de dónde provenía éste. El farol pronto quedó relegado a un objeto más de la clase y los niños y niñas comenzaron las actividades del viernes. Poco antes de terminar la clase, Tais repartió las chucherías que acostumbraba a dar los viernes. Cosa que generó una gran algarabía entre los chiquillos.
Tais volvió a la casa que había alquilado al lado del lago. Colocó el farol en su dormitorio y decidió pasara la tarde paseando por los alrededores del lago donde un frondoso bosque se asomaba dejando que los árboles de la orilla se mirasen en el espejo de aquellas aguas.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Tais y la leyenda del farol nórdico

Tarde de lluvia

Llovía a mares desde las ocho de la mañana. Tais se había despertado varias veces en la noche, había tenido un sueño inquieto: soñó con leones que querían comérsela. Sobre todo un enorme león de melena negra y greñuda del que escapó como siempre se escapa de los peligros en los sueños, despertando. Y allí estaba la luz del farol nórdico iluminando su cuarto. El farol lo había comprado una mañana que se encontraba de camino a la escuela, en una tienda que hay en la carretera antes de llegar al pueblo.

La tienda estaba vacía. No había ningún cliente. Tais quería comprar algunas chucherías para los niños, todos los viernes lo hacía, y este había olvidado comprarlas, así que paró en aquella tienda al borde de la carreta, lugar al que no hubiera ido nunca si no hubiera sido por la necesidad. De repente un señor la sorprendió saliendo de detrás de una cortina. El hombre tenía un rostro apacible, de rechonchas y sonrosadas mejillas y una sonrisa plácida y amable.
-¡Buenos días!- dijo amablemente-. Nunca la he visto por aquí, ¿es usted de fuera?
-Eso debe ser porque nunca he venido- respondió Tais que tenía esa manía de cortar a la gente en cuanto la saludaban.
-Eso es más que evidente, y ¿qué se le ofrece señorita?- preguntó el tendero demostrando una vez más su amabilidad.
-Perdone, si he sido algo brusca- se disculpó Tais.
-No se apure señorita, estoy acostumbrado, en un lugar como este entra mucha gente rara, no quiero decir que usted sea rara, quizá algo arisca- intentó arreglar lo que parecía insalvable el buen hombre.
-No se preocupe, lo entiendo. Soy nueva por aquí, trabajo en la escuela y olvidé comprar las chucherías de los viernes, y me dije entraré en la tienda de la carretera. Vivo cerca de aquí- aclaró Tais.
-Bienvenida entonces señorita- sonrió el tendero de sonrosadas mejillas-, mire, como le decía antes sobre que entra gente rara por aquí, sin ir más lejos el otro día- hizo una pausa y se dirigió a un estante de detrás del mostrador y de él cogió lo que a Tais le pareció un farol-, ¿ve este bonito y viejo farol?, lo dejó hace unos meses un tipo, que si le digo la verdad me causó terror al verlo- se detuvo y le acercó el farol a Tais.
-Muy interesante- dijo ella sin apenas mirarlo. No había venido a comprar nada que no fuesen las golosinas para sus niños.
-Pero quizá le interese llevárselo por un buen precio. El hombre que me lo dejó dice que tiene una leyenda muy antigua sobre él. Cuando estuve a punto de pedirle que me la contase, el tipo: ¿sabe lo que hizo?- carraspeó el hombre, se rascó la brillante calva y miró por la ventana a un punto indeterminado y siguió-, se dio media vuelta y sin decir nada más se fue por donde había venido, y hasta hoy, ni siquiera me dio tiempo a darle algo por la reliquia- terminó el tendero, sacó un pañuelo y se secó el sudor.
-Muy bien- dijo Tais sin aparentar curiosidad por la historia ni por el farol-, quiero veinticinco de estos, y otros tantos de aquellos, es suficiente, dos por niño.
-Aquí tiene, ¿señorita…?- dejó en el aire la pregunta para ver si ella entendía que debía presentarse por educación.
-Señorita Tais- dijo ella sabiendo que así debía hacerlo.
-Gracias señorita Tais, bonito nombre el mío es Teodor- dijo el tendero-, ¿no quiere llevarse esta reliquia, seguro que le irá bien en su casa?- terminó preguntando mientras le daba el cambio a Tais.
-Está bien- dijo ella tras pensarlo unos segundos-, me lo llevaré, seguro que quedará bien en mi habitación.
Así es como Tais se hizo con el farol nórdico, y así es como comenzó su terrorífica aventura…

jueves, 18 de diciembre de 2008

De lo cotidiano I


Magdalena termina su trabajo de bollería. El centinela entra en su caseta, pone la televisión y se duerme con el murmullo de una discusión absurda. En el bosque el rostro desencajado de un animal se guía por el leve e intermitente resplandor que el farol nórdico produce en la oscuridad.

Magdalena apaga las luces y se introduce en la cama. El centinela se despierta excitado como si hubiera tenido un sueño erótico, sus manos están salpicadas de algo pegajoso, pero no es blanco, es rojo. Magdalena sueña con llanuras vírgenes e inmaculados prados donde retozan, alegres, unas bucólicas vaquitas.

El faro, nórdico sigue bamboleándose en la espesura de la noche. Un búho ulula en el eco lejano de la oscuridad. El palo bien asido con su mano; el rostro iluminado con la intermitencia parece más terrible que en la misma oscuridad. La garra ase con fuerza el farol. Los dientes rechinan y se oyen como tacones de claque recorriendo un escenario en busca de la victima.

Magdalena sigue inmersa en su celestial campiña. Un toro enorme aparece ante ella. Falo inhiesto. Mugido placentero y sus dedos corriendo como hormigas hacia el hormiguero. El centinela vuelve a buscar los rincones de la pesadilla y con un farol nórdico asido en la mano derecha, y un palo en la otra, mira, con ojos reveladores de sadismo, la dulce faz de Magdalena que unge las pezuñas del Tauro con satisfacción aprehendida por los siglos.

El viento se detiene en cada árbol para medir el tiempo. La corteza lo recibe como una concubina recibe a su amante en una noche de azorada desidia. Golpea el centinela en su sueño sobre la faz de la luna. Las estrellas manchas de sangre en la arena galáctica. Medea vierte el mágico veneno sobre la sien del argonauta, el centinela regresa eufórico a su reparador sueño. En el bosque la garra sigue aferrada al farol nórdico, y vate con furia sobre las entrañas de la oscuridad con el palo que asido a su otra garra saca astillas sobre el tiempo.

Magdalena no regresa, ha sucumbido al idílico paraje en el que yace tumbada bajo la sombra de una higuera centenaria, donde un antiguo sabio la toma en sus brazos para amarla.

sábado, 6 de diciembre de 2008

De lo cotidiano

El centinela marchaba con paso marcial. Se detuvo al oír un sonido que se salía de lo acostumbrado para él. Olisqueó el aire y un tufo como de animal se apoderó de su nariz. Cargó el arma y sigiloso se acercó a la alambrada que lo separaba del bosque.

En la cocina moldea la harina Magdalena, con el tesón que le es peculiar de su carácter y mientras amasa canturrea una canción que aprendió en la escuela: “tiene mi niña los ojos verdes, ay tan verdes como esmeraldas, verdes, verdes…”

De la oscuridad del bosque saltan hacia la alambrada dos luminosos ojos; son los de un venado que acostumbra a acercarse todas las noches para que el centinela le de su ración de azúcar en forma de caramelo. Feliz el animal se deja acariciar por el centinela que se encuentra seguro tras la valla, nunca se atrevería a pasar al otro lado, aunque vaya con el arma y todo; no, tiene un miedo atroz a la espesura y negrura del bosque que parece que lo va a devorar si cruza la empalizada.

Magdalena ya tiene preparada la masa y metida en el horno para hornear el sabroso pan de nueces que tan sólo ella sabe hacer dándole este punto que nadie más sabe darle. Cuando ya ha dispuesto el horno: temperatura y tiempo. Se queda mirando por la ventana, la oscuridad es tan intensa como la fogosidad de esos jóvenes a los que la testosterona los trae por la calle de la amargura; y en el fondo de toda esa negrura el bosque parece alzarse insolente con una prepotencia que desquicia a los que viven en sus orillas.

El venado, una vez satisfecho, vuelve al lugar que le corresponde para seguir en su paseo nocturno hasta llegar al amanecer al lago, lugar donde templará su cornamenta y afilará sus puntas para las peleas en la berrea. El centinela piensa en Magdalena y en la última vez que se vieron, ya hace unos meses, tantos como los que él lleva en el dichoso trabajo de guarda nocturno de una central térmica o algo parecido, pero que de momento no se encuentra en activo. Pasillos y pasillos solitarios y húmedos, patios enromes donde se asoman enormes tanques de no sabe qué. Él no hace preguntas, se limita a cumplir con su obligación, no están los tiempos para andar por ahí preguntando a quien le paga qué o para qué o cómo o quiénes… no es asunto suyo; él llega a las doce de la noche y se marcha a las doce de la mañana, así un día tras otro, sin descanso, pero no están los tiempos…

La alarma del horno ha comenzado a sonar y Magdalena deja su otra tarea, la costura, y entra en la cocina para retirar del horno el pan que ya está en su punto. Al abrir la puerta del horno el olor a pan recién hecho invade toda la estancia y su nariz festeja ese dulce aroma de nueces. Tras la ventana, en la oscuridad del bosque una luz aparece y desaparece como haciendo señales. Una garra ase la lámpara nórdica de la que procede la luz intermitente, la mano libre ase un palo de madera, y entre destello y destello un rostro descarnado es iluminado con la misma intermitencia con la que iluminan los faros en las costas…
Continuará

viernes, 5 de diciembre de 2008

Revista Digital Letras Diciembre


Ya puedes bajarte la Revista Digital Letras de diciembre. Decirte que a partir de aquí la Revista tendrá carácter mensual, y la podrás bajar el día 5 de cada mes; así que la próxima será en la víspera de reyes: ¿quizá un buen regalo?
El número de diciembre está dedicado a Mujeres Creadoras.
Si quieres recibir la Revista a través de tu email escríbenos a: alvaeno@alvaeno.com
Espero que te guste.
Un fraternal abrazo.
Salvador Moreno Valencia

Para bajar Letras pincha AQUÍ

jueves, 27 de noviembre de 2008

La mariposa extendió sus alas


La mariposa extendió sus alas y entre la transparencia de sus formas se dibujó un centauro. El sol inclinó la balanza hacia la noche y él le dijo: deberíamos dejar la pistola en algún lugar- ella pestañeando como lo hacía cuando se encontraba nerviosa respondió:- mejor la dejamos en una incineradora de basuras- al decir la última palabra cerró los carnosos labios y moviéndolos levemente hacia el exterior escupió un beso lleno de pasión.

Se estaba retrasando demasiado, pensó Adela mientras destripaba una dorada; sí, se está retrasando más de lo acostumbrado, volvió repetirse en un monólogo interno. Ya sé que normalmente se pasa por el bar y allí se toma un par de vinos con sus amigotes, sí, los de la oficina, pero eso a lo máximo son dos horas, pero seis o siete como es la ocasión nunca, algo ha debido de pasarle. La dorada quedó despedazada abierta en canal y preparada para ser adobada; Adela se lavó las manos y nerviosa las secó y con temblor de dedos sacó un cigarrillo, se lo llevó a la boca, lo encendió y aspiró hondamente. Son muchos años, siempre la misma rutina, los mismos retrasos, dos horas a los máximo, se dijo y volvió a mirar el reloj y luego por la ventana. Tenía que hacer algo, iría al bar, sabía que esto le costaría una buena bronca porque a Emilio no le gustaba que su mujer anduviera por ahí buscándolo.
Espero una hora más si no iré a buscarlo a pesar de que le siente mal, volvió a pensar y abrió la nevera, sacó una botella de vino y se sirvió en una vaso de los que a Emilio le gustaban.

La incineradora estaba a las afueras de Pollkiti, a unos siete kilómetros, en una valle que olía a podredumbre y en el que una gasa de humo parecía invadirlo todo, dando al paisaje un aspecto tétrico, más bien terrorífico. Por el camino se vieron las luces de un auto que se acercaba lentamente, el guardia de seguridad se arrellanó en la silla de la garita desde la que se veía la carretera y el camino que llevaba hasta la puerta del basurero, y pensó:otra pareja que se lo va a pasar en grande. Muchas veces jugaba a adivinar lo que harían aquellas parejas que por el camino se dirigían al descampado que hay unos metros más abajo de donde acaban las tierras de la incineradora: Claro que, acostumbrado él a los fétidos olores, no se le ocurría pensar en cómo aquellas parejas podían soportar aquel hedor. Y se dejaba llevar por la imaginación llegando, a veces, al éxtasis, tanto que incluso, en varias ocasiones, sitió la calidez de la eyaculación bajándole hacia la pierna. Cuando esto ocurría se levantaba metiendo la mano en el bolsillo para evitar que el pantalón se le mojara y se introducía en el baño.
Pero esta noche no tiene la cabeza en fantasías sexuales sino en el fútbol que están dando por televisión y se abstrae de su entorno metiendo la cabeza en el partido, gana el Euseb de Dontic por dos goles al Asbe de Lantac, y todavía queda más de media hora del segundo tiempo.

-Te lo dije imbécil, no ves que la incineradora está vigilada- dijo Agnes sentada en el asiento trasero mientras desalojaba de pertenencias una bolsa de viaje.
-Qué listas sois las mujeres- respondió malhumorado su compañero que conducía con parsimonia como si el tiempo fuese su cómplice-; a la primera de cambio ya estáis poniendo pegas, pero cuando las cosas van bien, bien que os echáis los méritos.
-Tú qué sabrás de mujeres estúpido- respondió desagradablemente Agnes-, lo que tienes que hacer es deshacerte de la pistola y del fiambre, a los dos los echamos a la incineradora y santas pascuas.

El Asbe de Lantac había empatado el partido, el guardia se puso furioso por el resultado, no en vano era fanático seguidor del Euseb de Dontic, tanto que, incluso, cuando podía, iba al campo con los pellejos sangrientos que era el grupo más violento que dejaban entrar en los partidos, cosa que nadie entendía porque estos, en cada partido, arrasaban a su paso golpeando a todo aquel que se pusiese en su camino.
El agente de seguridad se levantó gritando y se dirigió al baño.

En el camino el auto había detenido su marcha y apagado las luces, Piero bajó con la pistola en la mano, le dijo a Agnes que esperase allí tranquila y por nada del mundo se moviese.
-Aquí no me quedo con éste fiambre- dijo resuelta a salir. Piero la detuvo y le puso la punta del cañón del arma sobre sus carnosos labios. Agnes entendió que mejor sería quedarse, aunque tuviese que acompañar al cadáver que parecía haber comenzado a descomponerse.
-¿A cuánto tiempo se descompone un pringado?- preguntó intentando poner algo de humor al momento.
-¿Quieres comprobarlo por ti misma?- respondió Piero con su sonrisa cínica.

La mariposa volvió a extender sus alas y un centauro se dibujó sobre el polen que flotaba en la noche. Adela tras haber esperado más de doce horas y haber fumado casi dos paquetes de tabaco, decidió salir en busca de Emilio.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Hacía frío


Hacía frío, la calefacción del auto no funcionaba y llevaba un par de horas conduciendo hacia ningún lugar determinado. Sí, hacía frío por fuera y por dentro, pero es peor el frío interior porque no hay remedio alguno para someterlo: un buen trago de ginebra lo aliviaría momentáneamente, pensó mientras se frotaba la mano derecha sobre el pantalón.
A unos quinientos metros surgía como una aparición una venta donde luces rojas, azules y amarillas daban un tono festivo al sombrío páramo. Allí podía entrar en calor, al menos del físico, el otro intentaría calmarlo o bien con un par de tragos o con la compañía de una de las chicas que esperaban impacientes la entrada de clientes.
Frío en el interior, llevaba ese hielo interno desde que Matilde se fugó con su mejor amiga. Un hombre, se dijo entonces, puede luchar por una mujer si es otro hombre el rival, pero no se puede vencer a las armas de las mujeres. Y Matilde se fue con su amiga a vivir una vida de felicidad, y él se quedó con el frío dentro que sólo podía aliviar con algún trago de ginebra azul, y con la compañía de alguna chica de vida, según él las definía, alegre o irreverente con la moral establecida.
Entró en el local y el único cliente que había era un tipo con el rostro arrugado, no por ser símbolo de la vejez, porque era un hombre joven, sino como vestigio de haber escapado de un fuego; la cara era monstruosa, los párpados habían desaparecido, la nariz sólo era un hueso, los labios parecían haberse encogido como estirados por un mecanismo invisible; la totalidad de aquel rostro lo estremeció, era un tipo verdaderamente monstruoso. Sobre la barra, a su lado brillaba una jarra de cerveza y del otro lado de ésta un farol nórdico ilumina en rededor con una vela en su interior. Tras haber hecho esta observación Raúl, se estremeció no ya por su frío interno o externo sino por la visión de la garra con la aquel hombre asía la jarra de cerveza. El tipo hizo ademán de brindis y miró detenidamente al recién llegado. Dos chicas huesudas y con alargadas ojeras que matizaban su delgadez y la blancura de sus rostros se le acercaron raudas a consolar al nuevo cliente. Raúl sintió todavía, si cabe, más frío; el frío que emanaba de aquellas criaturas lo envolvió totalmente. Lo empujaron literalmente hacia la barra, una de ellas pasó a la parte trasera de la misma y le sirvió un trago de ginebra azul sin haberla pedido. Ella ya sabía de qué frío sufría el recién llegado.
El hombre de la garra y el farol nórdico puso unas monedas sobre la barra y salió del local donde quedó Raúl a la disposición de aquellas Ninfas cadavéricas…