Letras tu revista literaria

viernes, 22 de mayo de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (Basado en hechos reales)


Capítulo 2

El edificio tiene trece viviendas distribuidas en cinco plantas. La cuarta y quita planta son uno por planta, el resto cinco en la tercera, cuatro en la segunda y dos en la primera. La planta baja es solamente la entrada y un restaurante, pero este no tiene acceso por el portal del edificio.
Así que son trece pisos. El quinto y el cuarto debemos descartarlo, por estar habitados por personas de más de setenta año. No quiere decir este hecho que éstas personas no realicen sus necesidades fisiológicas, o lo que es lo mismo y en lenguaje de la calle, éstos aunque tengan setenta años cagan y mean. Pero no tienen vitalidad como para ponerse en cuclillas en el tercer escalón del primer tramo de la escalera y plantar allí su masa infesta e inmunda. No, que cómo lo sé. Muy fácil, los he visitado para hacerles unas preguntas al respecto. Al principio, debo decir, que cuando me abrieron la puerta, tanto el del quinto como la del cuarto, pusieron cara de extraños como si yo fuera de la iglesia de los últimos días de Jesucristo y les viniera a vender el cielo; pero cuando les informé de mi propósito: desenmascarar al cagador de la escalera reaccionaron con más estupor si cabe, e intentaron cerrarme la puerta en las narices. Yo, prevenido sobre esa posibilidad bien hice en colocar mi pie, calzado con mis botas de montaña, entre el bastidor de la puerta y la hoja de esta para evitar que la misma me diese en las narices.
-¿Sabe usted lo de la mierda en la escalera?- fue lo que les pregunté a mis dos primeros entrevistados sobre el asunto que aquí nos concierne; evidentemente, antes, justo en el momento en que me abrieron la puerta, primero el uno y luego la otra, me presenté diciéndoles:
-Me llamo Arturo Montes, estoy recién llegado a este edificio, vivo en el primero be, es un placer presentarle mis respetos- y mi probable interlocutor e interlocutora, la del cuarto y el del quinto, me dedicaron una sonrisa a medias.
-Yo me llamo Lana- dijo la señora del cuarto-, perdone pero no veo muy bien, ¿qué se le ofrece?- y en ese instante fue cuando le hice la pregunta que ya he expuesto líneas atrás:
¿Sane usted lo de la mierda en la escalera?
-Sí, claro, estoy informado- respondió el del quinto, y luego, minutos más tarde esta misma respuesta me la daría la señora Lana. El señor del quinto es un anciano de ochenta años que se llama Jam, o lo que es lo mismo Juan traducido al hispaniol. Él es un sueco que hace unos quince años decidió que pasaría su jubilación en Espania como él dice-. Sí, claro que sí, es terrible, y no es la primera vez que eso ocurre- dijo el sueco.
Y la señora Lana, rusa de nacimiento, también respondió lo mismo.
Por lo pronto, me dije, parece que me he venido a vivir a la ONU, los dos primeros en entrevistar son extranjeros. Y la verdad que al resto de vecinos no los he visto casi nunca, por ser yo un ave nocturna. Vivo de noche y duermo de día. No, no soy panadero, pero me dedico a la ardua tarea de ahuyentar fantasmas durante la noche y por ello no puedo dormir. Soy insomne desde que nací.
Bueno, algo había sacado de las dos entrevistas; el sueco y la rusa, a pesar de no hablar casi nada el español, me dijeron que sabían lo de la mierda en la escalera, y que además había habido más veces; en este punto no coincidían, porque la señora Lana aseguraba que habían sido cuatro, y el señor Juan, afirmaba que eran seis. Menos mal que las entrevistas las hice por separado de lo contrario se hubiera armado un conflicto internacional, por lo pronto el sueco, y la rusa tenían informaciones distintas, o más bien no se habían informado bien.
¿Quién podía estar enterado o enterada con más fiabilidad del asunto? Claro, el autor de la desagradable cagada, pero a él, o ella, no hay que descartar a las mujeres en el caso. Aunque a juzgar por las apariencias del cuerpo del delito, no creo que haya mujer que pueda hacer tal cosa, sobre todo por el tamaño. Pero no voy a descartar a ninguna mujer; sí, como ya he dicho, descarté a los habitantes del quinto y cuarto piso.
Bajé el tramo del cuarto al tercer piso y me dije que comenzaría por el tercero de. Así que me acerqué resuelto a hacer mi tercera entrevista hacia la puerta, pulsé el timbre un par de veces. Como no respondían lo intenté otras dos más; al poco tiempo y cuando ya me daba la vuelta para probar suerte en otra puerta, oí que la puerta se abría, y tras ella se asomó una mujer joven casi desnuda y me dijo:
-Lo siento por haberte hecho esperar, ¿qué quieres?- se atusó el pelo, se pasó un dedo por los labios y esperó que yo le respondiera.
-Bueno, bue, bu…- tartamudeé nervioso porque ante mí tenía el cuerpo de una ninfa-…bueno me llamo Arturo Montes y quería hacerle algunas preguntas.
-Pasa, pasa chico, no te quedes ahí parado que voy a coger frío- y literalmente me arrastró hasta el interior de la casa.

La disección del edifico había comenzado a dar sorpresas.

jueves, 14 de mayo de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (Basado en hechos reales)



El lunes veintital amaneció con bruma, y sin variar la hora, el sol comenzó a despuntar por el este metiendo un pie en el agua y el otro por la ventana de mi cocina. Había tenido una noche incierta, despertándome cada dos por tres, sobresaltado, como excitado pero sin erección alguna; en la primera ocasión desperté justo al principio de comenzar a ser arrastrado por los pelos en mis sueños. Sin embargo… no nos desviemos del tema.
Decía que el veintital amaneció brumoso. Yo hice lo que cada lunes vengo haciendo desde que el mundo es mundo, al menos, desde que mi mundo es mi mundo: entré en el baño, defequé y oriné, me miré en el espejo tras haber quedado liberado de mis inmundicias. Fui a la cocina, preparé mi adición preferida, el té, y tosté una rebanada de pan integral, la coloqué sobre un plato, la rocié de un aceite de oliva color oro, y luego restregué sobre su rugosa textura un diente de ajo. La cocina fue adquiriendo forma conforme el sol la fue iluminando por completo. En un cesto de mimbre brillaron manzanas, plátanos y nísperos.

Una vez oficiada la homilía del desayuno, encendí el ordenador y mientras éste se ponía en marcha, me lavé los dientes, me atusé el mentón donde se comenzaban a adivinar como una fina nevada las canas. Entonces llaman al portero electrónico. Voy hacia él, lo descuelgo y oigo la voz de una mujer mayor que no era otra que la de una de mis vecinas.
-Perdón pero me he equivocado- dijo y yo colgué antes de decir nada.
Pensé que mi vecina, la que vive al este del edificio, justo colindando con mi piso, esa mañana había olvidado tomar las pastillas, las mismas que con toda seguridad la mantenían en un estado como de eterna estupidez mostrando una sonrisa todavía más eterna y estúpida; con sus andares como si flotara; sí, me dije, la señora Adela ha olvidado su Prozac.
Terminé de asearme y tras un último vistazo al espejo, con el que parecía haber firmado un pacto, al que me unía una especie de complicidad porque cada día al mirarme en su superficie engañosa, el otro, el que estaba dentro o fuera, dejaba de ser yo por momentos. Así que me dediqué un cariñoso guiño, y le dije al del otro lado: ‘¡eres irresistible!’, y satisfecho me senté al ordenador para comenzar mi trabajo. Tengo, entre otros muchos vicios, el de escribir en Blogs y contar mis desventuras y aventuras.

No había hecho nada más que sentarme cuando llaman a la puerta, y pienso que quién puede ser a esas horas tan tempranas, no espero a nadie. Me levanto, voy hacia la puerta, miro por la 'mirilla', y allí, no hay duda, está la señora Adela.
-¡Buenos días señora!- le digo al abrir-, ¿le ocurre algo?
-No, no es nada, pero...- se queda pensativa y como sin atreverse a contarme lo que ha venido a decirme; su voz parece atribulada, yo me reafirmo en el pensamiento de que la señora ha olvida tomar sus píldoras celestiales, y como tomando carrerilla dice- es que mire lo que han hecho en la escalera, venga, venga, por favor.
Yo la sigo algo preocupado, quizá han hecho un destrozo, o quizá son sólo manías de vieja.
-Mire, es que no hay vergüenza, un perro ha tenido que ser, de los de arriba, sí- dice enseñándome (justo en el tercer escalón del primer tramo de la escalera del edificio, he de decir que yo vivo en el primero a unos dieciséis escalones), una grotesca mierda, de medidas, peso y olor alarmantes, que luce en todo su esplendor.
-¿Verdad Arturo?- me dice la señora Adela-, verdad que no hay vergüenza, tener esos animales sueltos y dejar que hagan su caca en cualquier parte.
Yo miro con estupor la mojama que hay sobre el escalón, analizo su color, su dimensión, incluso observo su textura… al poco aparece otra de las vecinas, la del 2 B, y dice:
-No es la primera vez, con esta van seis; mi marido se la ha encontrado esta mañana a las siete y media y me ha llamado para decírmelo; luego la ha visto mi hija, y mis hijos han tenido que saltar por encima de ella- abre la puerta del ascensor y sentencia-, de perro nada, esa es de persona.
Cosa que yo había deducido en el momento en que vi tamaña miseria allí en el tercer escalón de la escalera. Sin duda era de persona.
-¿Usted cree Arturo que es de persona?- pregunta incrédula la señora Adela; asiento con un movimiento de cabeza.
La otra mujer, la del 2 B, de la que desconozco el nombre, cierra la puerta del ascensor, movimiento que me hace ver un folio en el que leo:

“Han vuelto a lo de la caca en la escalera, el día tal la recogió fulana, el tal fulanita, y el cual zutanito del piso tal, y son 6 las veces”

Entonces y dada mi afición a resolver misterios, y a mi aburrida vida, decidí abrir una investigación para averiguar, y para poner emoción en mi estrecha existencia, quién podría ser el culpable de tamaña acción; y no sólo averiguar quién había sido, sino que quería averiguar qué motivos lo habrían llevado a hacerlo.
¿Quizá fuera un desequilibrado el autor de tan ruin acto? ¿Una venganza?, ¿una broma macabra?, ¿un joder por joder al vecindario? No lo sabía, pero en aquel momento totalmente decidido inicié mi investigación y los resultados son los que ahora les cuento.

Y como el forense disecciona las partes de un cadáver, yo comencé a diseccionar el edifico al que me acababa de mudar, no hacía ni dos meses.

viernes, 3 de abril de 2009

Tais y la leyenda del farol nórdico

Hasta aquí el cuento de Tais. Os invito a leerlo esta semana santa, son 20 páginas y con el sistema issuu es como leer un libro, sin olor a papel recién impreso, pero unos árboles menos que cortar.
Y además te lo puedes bajar en pdf.
Una buenas vacaciones de semana santa. Nos vemos a la vuelta.


lunes, 23 de marzo de 2009

Tais y la leyenda del farol nórdico

El lago

Cuando llegaron a la casa de Tom, era noche profunda y en el silencio de la noche se dibujaron las notas musicales de un búho en el pentagrama del infinito universo.
-Ya hemos llegado- dijo Tom cuando detuvo el coche para bajar y abrir la cancela.
-Está muy oscuro, por favor no pagues la luz- respondió Tais con el frío en los huesos. Era un frío lejano como venido de otro tiempo, el sueño que con frecuencia solía tener cuando se angustiaba demasiado por un tema en concreto. El frío de los fiordos nórdicos llegaba para abrir las puertas del abismo a los toros negros de la reina Tais que arrasó los pueblos vecinos en pos de encontrar al minotauro con el que pretendía perpetuar su raza. Era un sueño recurrente y que la dejaba helada, pero en él siempre refulgía una llama en un farol. El farol nórdico que había comprado le recordaba al del sueño.
Tom abrió la cancela y volvió al auto, dos perros enormes salieron al encuentro de los recién llegados. Eran One y Avla dos mastines del pirineo que Tom había comprado en su primer y único viaje por Europa. A Tais los perros le gustaban mucho, y la presencia de aquellos canes le produjo alegría y seguridad porque: ¿qué bestia u hombre podía adentrarse en el territorio de dos animales como aquellos?
-No te preocupes One y Avla son muy cariñosos- dijo Tom para que Tais no tuviera miedo de ellos. Lo que no sabía Tom era que a ella le encantaban los perros.
-No me dan miedo, todo lo contrario- le respondió ella para mostrarle su satisfacción al saberlos allí-, los perros son mi debilidad y estos parece que están dispuestos a ser buenos amigos míos.
-Sin duda, ya verás cómo se desviven por ti- dijo Tom dirigiendo el automóvil al garaje.
En la puerta de la casa se encendieron sendas farolas cuando los recién llegados se acercaron. ‘Tom no vive solo’ pensó Tais.
-¿Hay alguien en casa?- preguntó para salir de dudas.
-Sí, no te lo he dicho porque lo olvido, siempre me olvido de Fran, es como una parte más del bosque, un árbol, una piedra, o una casa, que te habitúas a verlos en el mismo lugar con la misma actitud, si es que su estar se puede definir como actitud, es como la indiferencia que produce la cotidianidad, el día a día. He visto a Fran desde que era un niño, y siempre ha sido igual, no ha cambiado desde entonces.
-¿Fran vive contigo o trabaja para ti?- preguntó Tais.
-Ni lo uno ni lo otro, pero podríamos decir que Fran y yo tenemos un trato e intercambiamos servicios- respondió Tom acercándose para abrirle la puerta a Tais.
Tais odiaba a todos los hombres que hacían eso, que intentaban mediante gestos, que ella consideraba machistas, ser caballerosos cosa que le removía el estómago.
-No hace falta que demuestres tu caballerosidad- dijo al abrir la puerta sin dar opción a Tom a abrirla.
-Sólo pretendía ser amable- protestó él bombero algo dolido por el rechazo hacia su actitud por parte de Tais.
-No te ofendas pero no soporto esos detalles, van en contra de mis principios- se disculpó ella buscando con la vista la figura de Fran que no aparecía por ningún lado.
Los perros también habían desparecido al encenderse las farolas del porche, en el que una hamaca se balanceaba como recién abandona. Un gato pardo y demasiado grande para ser gato, se acercó a Tais y se restregó entre sus piernas.
-Ten cuidado con ese zalamero- dijo Tom invitando a Tais a pasar al interior-
-Podríamos quedarnos un rato aquí en el porche, la noche es muy agradable; ¿tienes un cigarrillo?- propuso ella que terminó por sucumbir al vicio del tabaco, afición que había dejado hacía unos tres años; pero algo aquella noche la incitó a pedirle a Tom un cigarrillo.
-No tengo, no fumo, pero Fran si lo hace, así que iré a buscar uno de sus cigarros; creo que él fuma tabaco negro, la verdad es que no puedo decirlo porque no soy un experto en tabaco, sin embargo sí en fuegos- le dedicó una leve sonrisa a Tais y desapareció tras la puerta. En ese momento a Tais la recorrió un escalofrío y el gran gato pardo de un salto se encaramó a la copa de un frondoso roble que presidía en pequeño jardín.

sábado, 14 de marzo de 2009

Tais y la leyenda del farol nórdico

La Luz

Los salvadores, a veces, pueden llegar a ser la peor de las opciones. Sin duda, Tais había elegido al peor, pero a pesar de ello, no era la peor de todas. El bombero con el que se había refugiado, por el momento de ser de nuevo atrapada por el farol, resultó ser un cretino de poca monta que sólo hablaba de él.
-Tais, espero no aburrirte- le dijo cuando terminaron el baile.
-No, no me aburres-disimuló ella como tan sólo lo saben hacer las mujeres.
-Entonces me gustaría invitarte a ver la televisión en mi casa- propuso el tipo sin estupor alguno por el tipo de propuesta.
-¿A ver la televisión?- dijo ella pensando: ‘me han hecho propuestas extrañas, de todo tipo, no en vano el hombre carece de imaginación para conquistar a una mujer, pero ésta supera con creces todas las propuestas estúpidas que hasta hoy me hayan hecho, sin embargo no tengo más remedio que aceptar antes que vérmelas con ese maldito farol.
-Bueno…- dudó Tom que haciendo de su tripa un corazón con determinación dijo-… bueno, si quieres podemos ver mis álbumes de jugadores de béisbol, tengo los más grandes de todos los tiempos pegados con sus fotografías y sus historiales sobre libros que yo mismo he encuadernado.
-Está, bien, pero en ese caso prefiero la televisión- diciendo esto recordó que la última vez que un tipo al que había conocido una noche de copas, le había hecho la propuesta idiota de ir a ver la televisión, terminó follando como una energúmena, pero el perfil de aquél, distaba mucho del perfil del bombero, aquél, al menos, era un hombre culto, éste era un cebollino acomodado a la huerta y al riego fácil, a ser el patán del pueblo que presume de ser el más fuerte y el mejor apaga fuegos, pero fuegos apagaría éste los de cualquier casa o almacén, porque el que Tais llevaba dentro no había bombero que lo extinguiese por mucho conocimiento del fuego que éste tuviese.
-Tengo el coche ahí aparcado- dijo Tom asiendo el brazo de Tais. Ella en ese momento recordó la garra y el farol se pareció en su mente como una idea, algo que no existe pero que está ahí, esperando que alguien, ella misma, lo atrajese al lado real, al lado de la materia; y éste, el farol, va abandonando poco a poco el mundo de la idea, y se va transformando en una forma, algo tangible y terrorífico, un farol que surca el viento asido por una garra que pertenece a un ser no nato, un ser que no puede pertenecer más que a ese mundo de las ideas, porque su maldad y su fealdad no han de caber en el mundo real, al menos en el de Tais.
-Pero si aquí no hace falta ir en coche- dijo Tais con razón, el pueblo era pequeño y se podía recorrer de punta a punta en menos que canta un gallo.
-Pero no vamos a quedarnos aquí, yo vivo en el lago-dijo Tom abriendo la puerta de su camioneta Ford de color anaranjado.
-Vivo cerca, y no me gustaría ir por allí- dijo ella con el temor que la quemaba por dentro.
-Pero: ¿qué tienes que temer?- preguntó él.
-Nada, nada, no te apures- intentó Tais restar importancia a sus temores.
-Llevo viviendo allí desde que nací, la casa fue de mi abuelo, primero, luego de mi madre, y por último mía, y digo por último porque como no me de prisa, no habrá nadie que la herede, al menos que sea mi descendiente directo.
-¿No tienes hijos?
-No- respondió Ton dirigiendo su mirada al suelo.
-Lo siento, si he ido demasiado lejos- se disculpó Tais.
-No, no te preocupes, pero es una larga historia- subió Tom a la camioneta, no sin antes haberle abierto la puerta a su acompañante; Tais vio en ese gesto un acto propio de machista, en lugar de una actitud caballerosa, y se dijo: ‘me parece que me he equivocado’.
Hubo varios minutos de silencio mientras el fantasma, o los fantasmas que había en la respuesta de aquella pregunta, se difuminaron, en un lapso de tiempo, como en un cuadro se va perdiendo su brillo, quedando esa patina de silencio; así quedaron tanto la pregunta ‘¿tienes hijos?’ Como la respuesta, ‘es una historia muy larga’.
En el camino, a lo lejos, Tais pudo ver cómo una luz se desdibujaba en la negrura de la noche.

viernes, 27 de febrero de 2009

Tais y la leyenda del farol nórdico

El baile

Tras el fortuito y desagradable encuentro con la garra, y ¡tan desagradable! ¿o no es horrible que una garra que de repente aparece intente estrangularte? Tais recobro la fuerza y lo primero que hizo fue coger el farol, apagarlo, y salir con determinada osadía hacia el lugar donde lo había comprado. Pero no encontró la destartalada tienda al lado de la carretera. ‘No puede ser’ se dijo perdiendo la seguridad que siempre la había caracterizado. Pero sí podía ser, en la carretera no había más que un montón de escombros que ocupaban el lugar donde por la mañana se había detenido, por desgracia, para comprar las chucherías de los viernes. Se frotó los ojos una y otra vez hasta casi llevarlos al estado de hinchazón por la fricción., pero pese a su empeño, la tienda seguía sin aparecer en el lugar que antes había ocupado.
Como hasta el pueblo había poca distancia Tais decidió ir allí, entre otras cosas porque después de lo sucedido no se atrevía a volver a la casa. En el pueblo como de costumbre los viernes por la tarde, ya casi anochecido, se celebraba una especie de verbena o baile en el que participaban todos los habitantes, con muy pocas excepciones, un par de hombres de color que vivían en lo que antaño había sido una mansión habitada por el viejo gobernador, un estafador de provincias que tuvo que escapar por la noche para evitar su linchamiento, no en vano se había quedado con todos los ahorros del pueblo, y con algunas grandes cifras que pertenecieron a tres grandes ranchos que rodeaban el pueblo.
En la plaza, un lugar variopinto por sus estrafalarias y variadas construcciones, bailaban ajenos a su entorno los felices paisanos, que estando tan ensimismados en su tarea de no pisar a sus parejas no se percataron de la presencia de Tais y menos de que en su mano derecha portaba el farol, encendido de nuevo y por acción ajena a la voluntad de la maestra que temblaba de miedo sin atreverse a soltar el asidero de la luminaria como si a ella hubiera sido soldada o remachada como hacían los antiguos artesanos con las esculturas de bronce. La gente siguió afanada en su quehacer danzarín, Tais se dirigió hacia el lugar que ocupaba la orquesta ‘un señor barrigudo con pelo crespo y una ristra de medallas colgadas de la pechera de su vieja americana’; pero nadie, ni el mismo hombre orquesta parecía percibir las presencia de la maestra. Sólo un gato gris de pelo largo se acercó con ronroneo casposo y se restregó entre las piernas de Tais; el farol volvió a apagarse en el preciso momento en el que la oronda orquesta daba por finalizada la pieza que había hecho danzar a los poblanos como muñecos de una caja de música. La gente aplaudió al multiforme músico. El gato despareció tras un arbusto. Entonces Tais fue avistada por Tom, jefe de bomberos de Mutter y éste se acercó con ensayada actitud poniendo en evidencia su torpeza a la hora de dirigirse a una mujer.
-¡Buenas noches señorita Siat!- dijo enseñando tímidamente su blanca dentadura.
-¡Buenas noches señor Siniqui!- respondió ella con educación y algo de recato.
El farol volvió a encenderse y la mano de Tais que aferra el asa del mismo parecía haberse echado a arder porque un calor intenso recorrió sus dedos y luego fue subiendo por todo su brazo hasta apagarse en el omoplato como se apaga un ascua en un cubo de agua.
-¿Lo ha visto usted?- preguntó alterada.
-¡Ver qué señorita!- respondió Tom rascándose la cabeza que brillaba por su incipiente calvicie.
El gato volvió al escenario donde el hombre orquesta se disponía a seguir con su concierto. Cuando sonó el primer compás Tom invitó a Tais a bailar y ella aceptó con la desesperación de deshacerse del dichoso farol y dejándolo sobre el suelo se dejó llevar por la torpeza bailarina del jefe de bomberos que más que un ágil bailarín parecía un concursante de una carrera de sacos.
El farol volvió a apagarse y tras el arbusto por donde minutos antes desapareciera el gato gris apareció una garra que asió el asidero de la lámpara y la arrastró hacia su propietario.
Tais esa noche no regresó a casa porque prefirió la compañía del robusto bombero, aunque no fuese, precisamente, lo que ella prefería a la hora de tener relaciones con un hombre, pero el miedo fue mayor que sus convicciones y sin dudarlo se echó en los brazos del que por el momento había sido su salvador.

lunes, 23 de febrero de 2009

Tais y la leyenda del farol nórdico

Se encendió la luz del farol, Tais se quedó perpleja porque aquel acto no había sido obra de sus actos, ni de sus dedos, ni de su mano, ni de su brazo; había sido el efecto de la acción de unos dedos, una mano, y un brazo que no le pertenecían a ella, sí era él, el portador de la garra de acero que sin dudarlo ni un segundo aferró el cuello de Tais y comenzó a estrangularla…

En ese momento, precisamente en el que ya el color de la piel de Tais se comenzaba a mostrar azulado, se oyó un estruendo en el exterior y la garra soltó el cuello de la mujer y se esfumó, la lámpara todavía refulgía ofreciendo su danza de fuego donde los toros de Tais bufaban salvajemente esperando resurgir de las tinieblas a las que habían sido desterrados por la reina Siat cuando ésta gobernaba sobre la tierra de Nor...

jueves, 29 de enero de 2009

Reflexiones en el limbo se proclama en huelga

Estimados lectores del Limbo en Reflexiones, el autor de este blog, se declara en HUELGA, durante una temporada. Voy a dejar de escribir por el momento aquí, otras ocupaciones más deshonestas que éstas de escribir, y más renumeradas me han seducido por la indigente cifra de 800.000 reales, mientras, lo único que tengo que hacer es practicar el sexo. Y que conste que es el mismo vaticano el que pone la mano.
Hasta siempre compañeros.

Tais, seguirá los derroteros que el resto de mis quince libros (mal escritos?), en el cajón de sastre que Pandora me regaló una noche allá por el mil y pico antes de C, porque podría haber sido antes de J pero no fue así, y es en esto que estoy disfrazado de pervertido al que enloquecen las ropas intimas femeninas de color naranja. Y me doy de bruces en el suelo en este mausoleo del mundo donde la maldad se nos merienda cada día a destajo, y donde los que todavía no ha sido devorados afeitan sus barbas como hacía mi vecino, porque no hay nada mejor para un ignorante como yo que recurrir, como los hizo nuestro querido ZP, al refranero. Lo dicho: con pan y cebollas estoy de no ganar un duro hasta la... polla, porque no poner la palabra que define al pene, a la picha, al cipote etc, me parece absurdo, y sin pelos en la boca, porque todavía no me he comido un coño (no se apuren, no me he vuelto loco, y no se molesten por mi lenguaje soez, que me deje pelos en la punta de la lengua para ir luego escupiéndolos a la cara de esos cabrones que sin reparo alguno se quedan con lo que no es suyo, y no contentos con ello, por si las moscas, de paso, arrasan con la vida de miles de inocentes. Y luego nos da asco pensar que los chinos comen ratas. Y peor todavía imaginar que el pollo que te venden en los restaurantes de los citados, es rata, gato, o la puta madre de un sionista, y que las costillas tan ricas y tan buenas(bromeaba un escritor chileno que conocí una vez, personalmente, y que ahora tengo en mi lista de amigos del cara libro de los cojones, y al que no he vuelto a ver desde hace cinco años)son de los chinos muertos que nunca vemos, quiero decir en los tanatorios porque venden sus cadáveres, no para costillas, sino para quemarlos, con tal de que el que los compra pueda enterrar a sus muertos de un modo (ilegal en China), pero acorde según sus antiguas tradiciones.
Luego me vienen con que el ser humano es un cúmulo de virtudes? No me jodan, sí, hoy tengo una de malaleche, no se cansen, ni ellos, ni ellas, sino cosotras y cosotros, no es un error ni tipo, ni otro, gráfico, es una palabra que me acabo de inventar, que otro día si vuelvo a escribir sobre el farol y Tais, os digo qué significan, ambas con su masculino y femenino, y a follar que son tres días, perdón que no me pega este lenguaje, dirán algunos, como si al que subscribe, a estas alturas, le importase lo que piensen cosotras o cosotros, vaya a cambiar mi existencia cuestra opinión y me deshaga, luego, en perdones y disculpas como si fuere, o fuese, o siguiere, o siguiese, siendo gilipollas.

Así que Tais compró el puto farol nórdico sin saber lo que le deparaba el destino, pero esto tampoco lo habría soñado incluso sin haberlo comprado.
Se encendió la luz del farol, Tais se quedó perpleja porque aquel acto no había sido obra de sus actos, ni de sus dedos, ni de su mano, ni de su brazo; había sido el efecto de la acción de unos dedos, una mano, y un brazo que no le pertenecían a ella, sí era él, el portador de la garra de acero que sin dudarlo ni un segundo aferró el cuello de Tais y comenzó a estrangularla…

martes, 6 de enero de 2009

Tais y la leyenda del farol nórdico

La clase

En la escuela saludó, al llegar, al director, Antony Mardigan, que estaba a punto de jubilarse y que había sido el único director que aquella escuela rural había tenido. Tuvo una directora hacía mucho tiempo, justo antes de que llegase Antony al pueblo destinado desde la gran ciudad, Wiquita que se encuentra al norte de Mutter, pueblo que ahora la recibía en su papel de profesora de los niños de infantil. Tenía a su cargo la clase 4C, veinticinco entre niños y niñas, donde las segundas eran más numerosas que los primeros.
-¡Buenos días señor Antony!- saludó educadamente Tais.
-¡Buenos días señorita Tais!- respondió son su característica sonrisa el director.
-¡Buenos días Anny!- saludó Tais a Anny la otra profesora que tenía a su cargo otros veinticinco niños, pero estos de primaria 3ª.
Los demás profesores y profesoras saludaron al unísono de forma automática.
-¡Pero Tais!- dijo el director-, ¿qué tienes ahí?- dijo dirigiendo su mirada hacia el farol que Tais asía en su mano derecha.
-Nada importante señor Antony, un farol que el tendero de la carretera me ha vendido- respondió Tais sin darle importancia a la antigualla que acaba de adquirir.
-Déjame verlo- se adelantó Anny casi arrebatándole el farol de la mano-, ¡no puede ser esto es un farol nórdico!- dijo Anny ya con el farol en su poder-. Sí es un auténtico farol que se usaba en los países nórdicos en los siglos dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve y principios del veinte, aunque todavía lo usan en algunas granjas, pero muy al norte, ahora es más una pieza decorativa, cuyo valor es exiguo. En su tiempo fue la forma de iluminación por excelencia en aquellos países- terminó Anny, dando por sentada su erudición sobre el farol, no en vano era la profesora de historia. El director le arrebató el farol a ésta y lo observó detenidamente y dijo:
-Yo he visto este farol en algún sitio, pero no recuerdo dónde- se rascó la cabeza como si con ello consiguiera traer a su memoria el lugar donde había visto el farol. Desistió y lo devolvió a la mano de Tais que un tanto extrañada, los miraba a ambos. Sonó la campana para entrar en clases, y tras su sonido el aire se llenó del murmullo que hacían los niños, mientras en fila se dirigían a sus aulas.
Tais fue por el pasillo hasta su aula, entró y puso el farol sobre la mesa. Los niños esperaban expectantes que comenzaran las actividades que los viernes solían realizar desde que Tais llegara al colegio, al principio del curso, hacía ya tres meses y habían pasado las vacaciones de navidad. Guardaron silencio y todos quedaron como hipnotizados mirando el farol. Objeto que a ellos les producía cierta curiosidad, más por su aspecto, original y muy poco visto por aquellos lugares, tan alejados del lugar de donde provenía el objeto. Así que Tais no tuvo más remedio que intentar explicar a los niños lo que la señorita Anny le había contado minutos antes.
Y los niños embobados escucharon qué utilidad tenía el cacharro, y de dónde provenía éste. El farol pronto quedó relegado a un objeto más de la clase y los niños y niñas comenzaron las actividades del viernes. Poco antes de terminar la clase, Tais repartió las chucherías que acostumbraba a dar los viernes. Cosa que generó una gran algarabía entre los chiquillos.
Tais volvió a la casa que había alquilado al lado del lago. Colocó el farol en su dormitorio y decidió pasara la tarde paseando por los alrededores del lago donde un frondoso bosque se asomaba dejando que los árboles de la orilla se mirasen en el espejo de aquellas aguas.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Tais y la leyenda del farol nórdico

Tarde de lluvia

Llovía a mares desde las ocho de la mañana. Tais se había despertado varias veces en la noche, había tenido un sueño inquieto: soñó con leones que querían comérsela. Sobre todo un enorme león de melena negra y greñuda del que escapó como siempre se escapa de los peligros en los sueños, despertando. Y allí estaba la luz del farol nórdico iluminando su cuarto. El farol lo había comprado una mañana que se encontraba de camino a la escuela, en una tienda que hay en la carretera antes de llegar al pueblo.

La tienda estaba vacía. No había ningún cliente. Tais quería comprar algunas chucherías para los niños, todos los viernes lo hacía, y este había olvidado comprarlas, así que paró en aquella tienda al borde de la carreta, lugar al que no hubiera ido nunca si no hubiera sido por la necesidad. De repente un señor la sorprendió saliendo de detrás de una cortina. El hombre tenía un rostro apacible, de rechonchas y sonrosadas mejillas y una sonrisa plácida y amable.
-¡Buenos días!- dijo amablemente-. Nunca la he visto por aquí, ¿es usted de fuera?
-Eso debe ser porque nunca he venido- respondió Tais que tenía esa manía de cortar a la gente en cuanto la saludaban.
-Eso es más que evidente, y ¿qué se le ofrece señorita?- preguntó el tendero demostrando una vez más su amabilidad.
-Perdone, si he sido algo brusca- se disculpó Tais.
-No se apure señorita, estoy acostumbrado, en un lugar como este entra mucha gente rara, no quiero decir que usted sea rara, quizá algo arisca- intentó arreglar lo que parecía insalvable el buen hombre.
-No se preocupe, lo entiendo. Soy nueva por aquí, trabajo en la escuela y olvidé comprar las chucherías de los viernes, y me dije entraré en la tienda de la carretera. Vivo cerca de aquí- aclaró Tais.
-Bienvenida entonces señorita- sonrió el tendero de sonrosadas mejillas-, mire, como le decía antes sobre que entra gente rara por aquí, sin ir más lejos el otro día- hizo una pausa y se dirigió a un estante de detrás del mostrador y de él cogió lo que a Tais le pareció un farol-, ¿ve este bonito y viejo farol?, lo dejó hace unos meses un tipo, que si le digo la verdad me causó terror al verlo- se detuvo y le acercó el farol a Tais.
-Muy interesante- dijo ella sin apenas mirarlo. No había venido a comprar nada que no fuesen las golosinas para sus niños.
-Pero quizá le interese llevárselo por un buen precio. El hombre que me lo dejó dice que tiene una leyenda muy antigua sobre él. Cuando estuve a punto de pedirle que me la contase, el tipo: ¿sabe lo que hizo?- carraspeó el hombre, se rascó la brillante calva y miró por la ventana a un punto indeterminado y siguió-, se dio media vuelta y sin decir nada más se fue por donde había venido, y hasta hoy, ni siquiera me dio tiempo a darle algo por la reliquia- terminó el tendero, sacó un pañuelo y se secó el sudor.
-Muy bien- dijo Tais sin aparentar curiosidad por la historia ni por el farol-, quiero veinticinco de estos, y otros tantos de aquellos, es suficiente, dos por niño.
-Aquí tiene, ¿señorita…?- dejó en el aire la pregunta para ver si ella entendía que debía presentarse por educación.
-Señorita Tais- dijo ella sabiendo que así debía hacerlo.
-Gracias señorita Tais, bonito nombre el mío es Teodor- dijo el tendero-, ¿no quiere llevarse esta reliquia, seguro que le irá bien en su casa?- terminó preguntando mientras le daba el cambio a Tais.
-Está bien- dijo ella tras pensarlo unos segundos-, me lo llevaré, seguro que quedará bien en mi habitación.
Así es como Tais se hizo con el farol nórdico, y así es como comenzó su terrorífica aventura…