Letras tu revista literaria

miércoles, 9 de septiembre de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 13

-Creo que será mejor dejaros solos- dijo Erika despidiéndose de mis dos nuevos visitantes.
-Por mí no se preocupe- dijo el señor Mena ignorando al ratónhuróncicatriz como si no existiera.
-Perdone…- intentó el hombrecillo imponerse para decir algo. Ninguno de los presentes le prestamos la más mínima atención. Erika aprovechó que la puerta estaba abierta para salir, en ese momento subía la señora Natalina, que no dudó un momento en meter sus narices, y cuando descubrió al hombrecillo dentro de ella, hizo un gesto displicente y dijo:
-¡Vaya! veo que hace usted muy buenos progresos señor Arturo.
-No crea, que la cosa está todavía algo liada y no sabemos o al menos no tenemos pruebas de lo que sospechamos- le dije. Erika salió al paso preguntándole que si iba para arriba la acompañaría. Natalina aceptó más por enterarse de algo que por la compañía, agradable sin duda, de Erika.
Cerré la puerta despidiéndome de ambas, y me quedé con mis dos, ¿cómo podría definirlos? Al señor Mena lo conocía de otra ocasión en la que nos enrolamos en un negocio que fue un desastre y no me unía a él ningún lazo de amistad, sino, podía decir empresarial, que era lo único que nos llevaba a reunirnos de tarde en tarde o cada vez que el señor Mena tenía una idea, que eran, la mayoría de las veces, descabelladas. Y al otro individuo lo había visto una sola vez, me lo había encontrado al salir del piso donde Natalina ejercía de niñera y ama doméstica, el eterno dilema el norte y el sur.
-Señor Arturo, he venido para contarle quién es el culpable de la mierda en la escalera- dijo sin atragantarse y con una decisión impropia de lo que había demostrado hasta el momento el ratónhuróbocadecicatriz.
-Oiga no sea pesado y váyase a casa- le dijo el señor Mena con cara de matón.
-No me iré de aquí hasta que no hayan escuchado lo que he venido a contar.
-Está bien- intercedí porque el señor Mena y el hombrecillo estaban subiendo el tono, y lo más probable era que el pequeño hombrecillo acabara con la nariz echada abajo.
-¿Por qué sospechan todos en el edifico de mí?- preguntó el hurón-. Muy sencillo, porque soy inmigrante, pero, alto ahí, que inmigrantes son también el inglés del tercero c o b, no lo sé exactamente, y también el sueco y la rusa, ¿no lo es esa retorcida de Malina o Matildina o como se llame que sirve como una esclava a esos otros?, ¿es que ellos no son inmigrantes? No, se sospecha de mí porque soy árabe, sí, un pobre diablo que cruzó el mar con el peligro de ahogarse en cualquier momento. Sí, el moro ese, dice la gente, sí, incluso esos que presumen de tolerantes y esas cosas- se detuvo, tomó aliento, sus ojos chispeantes llenos de dolor, de tristeza, no había en ellos una señal de odio, de celos, de rencor, pero sí de tristeza como la había también en sus palabras.
-No se altere amigo- le dije-, mejor será que tomemos un café.
-No tomo café, gracias- respondió el ratón- déme un vaso de agua por favor.
-¿Usted ha venido aquí a decirle a Arturo quién se ha cagado en la escalera o a contarle su vida, o hacer un tratado de paz entre el norte y el sur?- preguntó irreverente el señor Mena.
-Deje que le explique- dijo el hombrecillo cogiendo el vaso de agua.
-¿Cómo se llama usted?- pregunté.
-Mi nombre es Omar Ben Hiddlah, y pertenezco a una tribu del desierto del Sahara.
-¿Y por qué no se ha quedado usted allí?- volvió a preguntar el señor Mena que tenía fama de no ser, precisamente, muy tolerante con los inmigrantes.
-¿Se quedaría usted en un lugar sin agua ni comida?
-Mire no me líe con su sermoncito, abrevie con la historia y váyase, el señor Arturo y yo tenemos muchas cosas que hacer como para andar aguantando a tipos como usted. Ya le digo que si no está usted satisfecho en nuestro país, ala, coja el petate y a su tierra, que aquí lo único que hace es molestar- fue tajante y déspota el señor Mena.
-Mejor será que oigamos a Omar señor Mena, y le recuerdo que estamos en mi casa, y no debería usted de comportarse así, así que si usted no quiere oír lo que ha venido a contar este hombre, váyase y vuelve en otro momento, además no estoy yo para negocios ahora mismo, que ya me hizo perder buen dinero la otra vez- le dije sin perder la compostura pero con dolor de cabeza todavía. El señor Mena no se iría si lo que había venido a proponerme le parecía una gran empresa. Y así fue, se quedó y los dos oímos lo que Omar nos vino a contar. El culpable de la cagada en la escalera era un inglés que vivía en el tercero a, dicha acción la había contemplado Omar que bajaba a las dos de la mañana para ir a trabajar a una panadería que lo había contratado para hacer pan árabe, y como escuchó ruido en la entrada se agazapó con miedo, y pudo ver cómo el inglés se bajaba los pantalones y hacía lo que a la mañana siguiente encontraron mi vecina Adela y otros vecinos que pasaron sobre el cadáver sin intención de quitarlo como si no fuera con ellos. Así fue que llegó poco después de que Adela llamase a mi casa para comunicarme el despilfarro gástrico, un tipo que por aquel entonces me rondaba con intenciones poco honestas, y en un alarde de ser desprendido servicial y nada escrupuloso, cosa que comprobaría días más tarde, me pidió un par de guantes, unos periódicos y se puso manos a la mierda, quiero decir a la obra. Las páginas de cultura, las de deporte y las de economía internacional fueron las victimas de aquel holocausto. El rostro estirado de un columnista consagrado, escritor premiado y laureado con los más altos honores que vendía millones de libros antes, incluso, de salir al mercado, fue ilustrado con el oloroso manjar que el inglés, haciendo alarde de sus educación y su civismo, dejó sobre el tercer escalón del primer tramo de escalera del edificio al que me acaba de mudar. Al moro, Omar no lo lincharon pero nadie en el edificio le dirigía la palabra, sin embargo al inglés no sé si por temor, un tipo de unos dos metros con espaldas de caballo, y bebedor nato de cervezas, o por que era europeo, no dejaron de saludarlo cuando se cruzaban con él en la escalera. Y si hubo más cagadas no lo sé porque me enrolé en un negocio con el señor Mena que nos llevó directamente a la cárcel sin anestesia ni nada, nos dieron una tunda de palos que me acordé de los del pensamiento hispano. ¿O fueron ellos los que nos machacaron?

sábado, 29 de agosto de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 12

Nada podía hacer. Lo mismo que cuando los del pensamiento vinieron y se jactaron con mis humildes huesos. El señor Mena apareció, en el preciso momento que el hombre, el vecino, del que sospechaba Natalina, sí, el señor Mena vino como caído del cielo, aunque desde ese lugar no recibía nunca correspondencia.
Entonces abrí la puerta.
-¡Señor Mena, qué sorpresa!- dije tendiéndole la mano e ignorando al vecino atribulado.
-¿Sorpresa?- preguntó sorprendido-, si habíamos quedado Arturo, ¿no se acuerda?
No, no me acordaba y la cabeza, a pesar de los cuidados de la princesa de las amazonas, me seguía doliendo. El hombrecillo permanecía imperturbable, allí, mirando con sus ojillos de ratón, su nariz de hurón, y sus boquita cerrada como una cicatriz.
-Perdone, pero…-abrió la cicatriz en un intento llamar la atención el pobre cagador, o al menos el presunto cagador, pero cagadores somos todos, una cosa es que lo hagamos en el lugar ideado para tal fin y otra es que lo hagamos en la escalera, pero, ¿con qué fin se caga uno en una escalera? Quizá el hombrecillo asediado de repente por uno de esos retortijones que no tienen intención de aviso, sino de acción, se vio en la disyuntiva de bajarse los pantalones y zas.
-Perdone pero… dijo nuevamente el ratón inquieto…-, me gustaría contarle a usted, quiero decir- se detuvo como pensando en la o las palabras que quería y había venido a decirme. El señor Mena lo miraba con cara de no creer lo que estaba viendo, sin embargo, se quedaría de una pieza, como un bloque de mármol, cuando escuchara lo que el hurón había venido a contarme, motivado, según dijo, por el rumor que se había propagado cual incendio en un mes de agosto al lado de un pinar, en todo el edificio; no se hablaba de otra cosa. No de la acción en sí, quiero decir del acto miserable de plantar un pino excremental en la puerta de entrada del edifico, no, de este acto no se hablaba, pero, curiosamente, sí se hablaba de que un recién llegado vecino que vivía en el primero b, estaba haciendo preguntas sobre el asunto en su afán de saber quién había sido el culpable de aquella bellaquería.
Así que no me quedó más remedio que hacerlo pasar junto al señor Mena, con el que al parecer había quedado el día anterior, del que recordaba poco más que a la camarera del bar Anita, o sea, la misma Anita propietaria del antro, sirviendo la copa que puso fin a todas mis cábalas de consciencia.

sábado, 15 de agosto de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 11

Como una enfermera me cuidó Erika y durante la mañana que estuvo atendiéndome me terminó de contar su odisea, desde que la engañaron con el contrato de trabajo hasta que la secuestraron y la obligaron a prostituirse.

El timbre de la puerta sonó, una, dos, tres y a la quinta Erika abrió.
-Buenos, buenos, días, días- dijo la voz de él.
-¿Qué se le ofrece?- dijo ella, la princesa de las copas sin lustrar.
-¿Vive aquí Arturo Montes?
-Sí- oí que Erika respondía.
-Me gustaría hablar con él.
Yo desde el sofá intenté decirle a Erika que le dijera a quien fuese que no estaba, yo, claro, quién si no iba ser?
Un energúmeno con boca de pez.
-Lo siento, pero Arturo no está- oí la sensual voz de mi vecina.
-Vale, pero dígale que es muy importante, soy el vecino de arriba.
Y la voz se extinguió como se extinguen las especies. Dice alguien con quien cené una noche,la mujer de un tipo estirado y con aires de grandeza, sí, ella, con una insatisfacción sexual que le sale por las orejas, que a ella, sí a la mal follada, no le parece bien que los niños beban con quince años. No te jode, ¿con qué edad creen que ella echó su primer polvo? a los doce.
Mejor es preservar a la especie de la extinción, absoluta e indiscriminada.
Y yo me quedé pillado en la puerta de un lavabo con la polla en la mano y en la otra un buen monte venusiano, con las dos manos, ano.
Sí, decía que…
Nada, que esa noche no podía realizar mis actos, no, que quería hablar con Arturo con respecto a lo de la mierda en la escalera.
Oí la frase y casi estuve a punto de levantarme del sofá en el que hacía buena cuenta de un verdadero Blody Mary a lo polaco, y ella interrumpida a punto de hincar su felación sobre mi apenado corazón.
El tipo ahuecó el ala, Erika volvió al relato que había interrumpido cuando llamaron a la puerta, y mi pene disparó un chorro de dinamita, pura y dura explosión anárquica que dejó su huella sobre la boca de la impaciente vecina.
Luego, un golpe seco sobre la puerta, nos volvió a la realidad, otro, y otro golpe, hasta que decidí ir a abrir, miré por la mirilla y allí, tras la puerta estaba el individuo con el que me había cruzado y que sin duda era el sospechoso de haber cometido el acto de cagarse en la escalera.

sábado, 8 de agosto de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 10

-Mire señor Arturo lo que vengo a proponerle- dijo el señor Mena tras haber tomado la copa de un trago, hizo un gesto con la mano y rauda y veloz Anita apareció con la botella y sirvió sendas copas de coñac.
-Le decía, perdón, le quiero decir que mi idea será la que nos saque a ambos de esta penuria- volvió a tomar la copa, pero esta vez lo hizo en dos sorbos.
-Perdone señor Mena, pero yo no quiero salir de penuria alguna, ya me vale estar como estoy que no me quejo- atiné a decir casi de carrerilla, sin duda el efecto del coñac me había restablecido, tanto, que incluso me creí lúcido, con una lucidez extraordinaria como el escritor que creó la saga de El Señor de los anillos, tras beberse botellas y botellas de buen escocés.
-No diga usted, hombre, todos queremos mejorar, ser libres, ¿sabe?- tosió y volvió a beber y a levantar la mano y como una máquina Anita llenó las copas, la mía casi rebosante.
-No, no va a convencerme de nada, si no recuerdo mal, la última ocasión acabamos los dos en la cuneta, ¿o ya lo ha olvidado?- le digo y bebo, esta vez de un trago; el señor Mena me sigue y mueve la mano como en una acto mecánico y la máquina de Anita vuelve a llenar las copas y se vuelve a llevar la botella de magno.
-Pero aquella vez nos faltó lo más importante, un plan, amigo, un plan estructurado como esos planes de empresa que ahora hacen para engañar la realidad, amigo, y usted y yo sabemos cual es la realidad: sin dinero no hay tutía.
-Eso sí, menos cuadrantes y menos previsiones, y más dinero; pero esos planes de empresa que el gobierno fomenta a base de subvenciones no son más que la excusa, porque lo que ellos quieren es controlar a todos los empresarios, para cogerlos por los huevos, y así tenerlos comiendo en la palma de su mano.
-Tiene razón, amigo Arturo, por eso nosotros no vamos a fracasar esta vez, tengo el negocio redondo.
-Señor Mena, perdone que le diga pero ya está todo inventado, usted no va a descubrir nada que otro, u otros no hayan pensado ya.
-Es usted muy negativo, y esa enfermedad es mala para la salud- dijo mi interlocutor acabándose la cuarta copa, creo.
-La negatividad, no me hable usted de negativos o positivos, eso es una patraña, otro dogma inventado para aborregar al personal- dije y acabé la que creía era la cuarta y la Anita máquina de expender coñac volcó el cuello de la magno y me apuntó a la cabeza vertiendo sobre ella un chorro cálido y de color de miel que me hizo recordad la fatídica madrugada en la que salí vivo por las casualidades de la vida, vamos que si no es porque el vecino de al lado, un chico joven que trabajaba en un bar de copas, regresaba a los minutos de que los desalmados esbirros del Pensamiento Hispánico, me habían dejado tirado en la escalera hecho una piltrafa sangrando por todos los poros de la piel, vamos, hecho una verdadera mierda, no como la que descubrí la mañana en que la vecina prozáica vino a darme la nueva de aquel esperpento en la escalera, me habían dejado el cuerpo, los huesos molidos, los labios hinchados y morados o llegando a ese color azulado amoratado, los ojos como los de un boxeador tras un combate de catorce asaltos, y la cabeza… si no es por el joven ahora estaría aportando mi granito al gran núcleo de la materia.
-Digamos pues, que usted es un cobarde- dijo como el sacerdote sentencia en el sermón en contra de sus feligreses-, de lo contrario usted se apuntaría a la aventura que tengo preparara para los dos, porque es un negocio para tipos como usted y yo, sin duda, no caben damiselas ni cobardicas, aquí como en el patio del colegio, o eres de los salvajes o te muelen a palos- y diciendo esto bebió la que ya no sabía yo qué número hacía de todas las copas de magno y vi resuelta a Anita con la botella, que parecían no agotarse, ni ella ni la botella, nunca, en la mano como si empuñara una pistola.

sábado, 1 de agosto de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 9

Desperté con un intenso dolor de cabeza. No recordaba nada de lo que había sucedido el día anterior, ni cómo había llegado a mi pisito nuevo. Pero esto era algo que conocía, algo que en el pasado se había convertido en habitual en mi vida. Desde aquella madrugada cuando llamaron a la puerta. Corría el año mil novecientos ochenta y seis como corren todos lo años, o como creemos que corren los años con esa certidumbre de que al acabar uno vendrá otro que soñamos mejor que el pasado para descalabrarnos de nuevo con la misma piedra.

Llamaron y yo ingenuamente me acerqué a la puerta y antes de que pudiera evitarlo la habían echado abajo, literalmente la puerta cayó sobre mí como un alud y tras ella aquellos emisarios del pensamiento hispánico, que eran sucesores de los padres e hijos de la dictadura, o lo que es lo mismo, los nietos de los secuaces que habían heredado el ideal de una grande y libre…

La cabeza me iba a saltar por los aires, si es que esta acción es posible que se realice sin que los sesos queden esparcidos por el bonito decorado de mi nuevo pisito, donde un desalmado o desalmada, probablemente nieta o nieto de aquellos bárbaros (y que habían asido el relevo con el pensamiento hispánico, secta o contubernio de fascistas enfermos de nostalgia), se cagaba en la escalera para dar escarmiento a los pobres vecinos.

Yo era un ejemplar a estudiar por aquel movimiento tan patriótico, porque había tenido la osadía de escribir varios artículos en los que los ponía a parir, así que allí estaban los descerebrados que usaba el club para dar escarmiento, como ellos lo definían: `le daremos un escarmiento a ese periodistilla`. Y así lo hicieron.

Estando yo en esos recuerdos (más malos que buenos, pero tan enriquecedores tanto unos como los otros, porque el mal y el bien, al fin y al cabo lo que hacen es darnos lecciones que difícilmente entendemos), llamaron a la puerta de mi nuevo pisito en aquel barrio donde la burguesía de codeaba con los paletos que habían hecho dinero especulando y estafando a más de uno.

Me acerco lentamente hacia la entrada sujetándome la cabeza con las dos manos. No recordaba una resaca tan brutal como esta. Pero las anteriores, que fueron miles, no serían tan graves por encontrarme habituado a ellas, y como he dicho me acabada de rehabilitar y salí a celebrarlo. Llegué a la puerta y puse un ojo en la mirilla, que como un ojo de buey me abría la visión a la perspectiva del pasillo donde deformada por la lente del artefacto pude ver la figura de la que me pareció Erika, o la abstracción de su cuerpo. Abrí y efectivamente, Erika estaba ante la puerta.

-¡Buenos días Arturo!- saludó con su aire de gentileza.
-¿Buenos?- salió de mí la palabra como clavada con los signos de interrogación.
-Tienes mala cara esta mañana. ¿Estás enfermo?
-Precisamente enfermo no, pero algún malestar me anda rondando la cabeza por tenerla precisamente, mala.
-¡Ay Arturo mala cabeza!- dijo Erika acercándose peligrosamente a mí.
-Sí, a veces uno debería utilizar el sentido común y…
-¿El sentido común en los tiempos que corren?- preguntó ella empujándome hacia dentro de casa-. Hoy tengo mi día libre y pensé que mejor te hacía una visita y te contaba cosas que sé sobre el tema que te preocupa.
-¡Ah! Eso. Lo había olvidado, la verdad es que desde que me he despertado no recuerdo nada, espero ir recuperando las imágenes de lo ocurrido ayer- dije ya dentro de casa. Erika cerró la puerta tras ella.
-Yo te cuidaré Arturo, yo te cuidaré mi Sir Arthur.

viernes, 24 de julio de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 8

Siempre he sido algo despistado con los horarios, y sobre todo con la percepción de las horas, casi nunca acierto si es por la tarde, quiero decir sobremesa, más o menos a eso de las tres para los que comen a las dos, o las cinco para funcionarios y banqueros, tanto masculinamente hablando como femeninamente. Digo que siempre he sido un desastre para el cálculo de las horas. Así que cuando salí del piso donde la señora Natalina hacía la función de niñera, no eran, precisamente, cerca de las ocho como he apuntado antes, si no que eran aproximadamente las seis de la tarde; los suecos padres del niño Tube, y “amos” de Natalina, trabajan con horario europeo, así que faltaban unas tres horas para averiguar si Erika vendría o no a visitarme, el resto ya lo he contado.

Entramos en el bar de Anita, el señor Mena y yo, o lo que era yo en esos momentos, una especie de despojo cadavérico que apenas se tenía en pie. El bar era, si cabe, peor todavía que el que yo solía frecuentar. Anita una mujer de unos cuarenta años con rasgos en el rostro de sufrimiento y envejecimiento prematuros, parecía haberse forjado a sí misma en plena sociedad machista, de hecho en el bar sólo había hombres curtidos, casi todos viejos o aparentemente viejos, de pieles quemadas por el sol sobre las aguas marinas que azotaban aquella venturosa y apestosa ciudad, y digo azotaban porque raro era el día en que las aguas de aquel mar estaban, o se mostraban con la mansedumbre que lo hacen las aguas del mediterráneo durante casi todo el año.

Saludó el señor Mena a la concurrencia, la que le devolvió un sonoro saludo casi al unísono como si orasen frente al púlpito donde un cura de complexión de atleta airea las razones por las que los hombres caerán en los infiernos si no acatan la doctrina y el dogma cristiano.
Él, el señor Mena, resuelto como Pedro por su casa me arrastró literalmente hasta un rincón donde yacía una triste mesa pringosa custodiada por cuatro sillas como cuatro ángeles exterminadores.
-Siéntese señor Arturo- me invitó el señor Mena tirándome, otra vez, literalmente, sobre el asiento de una de aquellas mugrientas sillas-. Pon dos copas de coñac Anita- gritó mi acompañante mientras se estiraba el traje en el fallido intento de que quedara impoluto. El traje no había dios que lo enmendara, quizá a los seguidores del párroco sí, o a sermones a saetazos.
-Señor Mena, mejor será que yo me limite a escucharle y no beba nada más- dije teniendo un ataque de sentido común, algo de lo que suelen carecer los borrachos, y sobre todo los alcohólicos como yo, que en esos momentos acababa de terminar mi terapia grupal para alcohólicos anónimos, y para celebrarlo me fui a tomar una copas, con la certeza, y la confianza de que ya estaba curado. Pero no hice, a sabiendas, más que engañarme con ese autoengaño que siempre usan los que padecen de algún vicio o alguna debilidad, o lo que yo diría: personas que carecemos de voluntad propia, y en muchos casos recurrimos a la ajena, que puede ser peor que no recurrir a ninguna.
-Nada, amigo Arturo, usted viene conmigo, bebe conmigo y ya veremos en qué acaba esta junta.
Anita puso dos copas de coñac en la mesa, ambas quedaron como dos ventosas de esas con las que pegan colgantes absurdos algunos automovilistas en sus coches. El señor Mena, alzó su copa y me invitó a brindar.
-Por mi nuevo proyecto, verá señor Arturo cómo va a ser todo un éxito- se repantigó en la silla pegajosa como queriendo escapar de ella.
-¿Qué proyecto trae entre manos?- atiné a preguntar motivado por el aroma del coñac que tenía en mi mano. Anita volvió a ocupar el mismo lugar que ocupaba cuando entramos. Tras el mostrador, volvía a reanudar la tarea interrumpida para servirnos las copas: atrapar moscas con el mismo trapo con el que secaba los vasos.
-Espere y le cuento, pero antes beba amigo, beba.

domingo, 19 de julio de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 7

No pasaba el tiempo, al menos a mí así me lo parecía, la música del excepcional músico Albert Cialenva no hizo el efecto acostumbrado en mí: no pude dormir la siesta, en mi cabeza todo daba vueltas, y giraba en torno a una puta mierda.

Sí, lo único que podía remediar aquella tarde que se adentraba en la penumbra del atardecer, no era otra cosa que la visita de Erika; ella sin duda sabría sacarme, por un momento, de mi pasado.

Erika esa tarde no pasó, y estuve atento de los pasos en la escalera, de las veces que subía o bajaba el ascensor, pero ninguna persona que bajara o subiera tanto por la escalera como usando el dichoso artefacto, era ella. El ascensor me trae malos recuerdos, en mi juventud, cuando era yo un avezado chaval con ganas de comerse el mundo, y sin pensar en que un día el mundo me comería a mí, me quedé cinco horas encerrado en un ascensor, que para mí los efectos secundarios: fobia a los sitios cerrados, fobia a los aviones, fobia a todo lo que se mueva hacia arriba o abajo y rete las leyes de la gravedad y que además posea cierres electrónicos.

Erika no vino. Quizá pensó que yo tan sólo era un chiflado. Y no es para menos. ¿Qué pensaría yo si un día llaman a mi puerta, y en ella hay un tipo que está interesado en un mezquino asunto de una mierda en la escalera? Sin duda, debo de aprender a empatizar, porque yo le cierro con toda seguridad la puerta en las narices. Es normal, ¿no?

Así que al ver que mi probable cita no llegaba decidí salir a estirar las piernas, y me fui a tomar un café doble con copa de brandy al bar más escatológicamente ruin y cutre de la ciudad que me albergaba por entonces: un lindo lugar donde las cucarachas se paseaban como si fueran las mascotas de los vecinos y no digamos las ratas.

Más tarde, cuando regresaba ya beodo perdido, sufriendo la pérdida de unos euros, me encontré con el señor Mena, hombre de malas compañías que me alquilaba de tarde en tarde unos volúmenes sobre filosofía griega a un precio razonable: un par de cafés con copa y puro en el bar citado: aquel tugurio de mala muerte, que en otro tiempo pudo haber llegado a ser, con toda seguridad, uno de los mejores locales de la ciudad, pero venido a menos y como todo en aquella cutre metrópoli respirando un aire de total decadencia. El señor Mena iba como siempre, hecho un figurín, a pesar de que el traje era de hacía veinte años, probablemente el primero y el único que él pudo haberse comprado, o quizá no.

Se detuvo ante mí y me dijo:
-Hombre Arturo, a usted quería yo verle.
Yo que como ya he dicho iba como un piojo casi lo piso cuando estaba frente a él.
-Una sorpresa-tartamudeé o creí que lo hacía porque aquel sonido más bien parecía un gruñido, o una especie de gorgoteo como si me estuviera ahogando.
-Tenemos que hablar, vamos al bar de Anita, y allí le cuento mi plan- dijo agarrándome por el hombro y yo sin poder evitarlo y casi arrastras allí que me fui con el señor Mena a escuchar sus ideas o sus planes, que tanto las unas como los otros seguro que me iban a dar dolor de cabeza además de los de la resaca que iba a tener al día siguiente.
Por el momento había olvidado el misterio de la mierda en la escalera, a Erika, a Natalina y al tipo anodino que me había encontrado en la escalera y que según la señora Natalina era el responsable de aquel soez acto.

domingo, 12 de julio de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 6

-No tenemos mucho tiempo, los padres de Tube están al llegar- continuó Natalina sirviéndome más té-, y coma unas galletitas hombre, bueno, galletas, galletas, lo que se dice galletas no son, es un híbrido que estos suecos han inventado a raíz de la receta de una galleta y ellos la han bautizado como la gallebule.
Tomé una gallebule y seguí escuchando a la anciana que bajando la voz, tanto que apenas era audible, me susurró que el culpable de lo de la ‘caca’, (dijo esta palabra y dio su razón que era la de que el niño Tube estaba delante y no era correcto para el español decir mierda, pero sí para el sueco decir ‘bais’ bajs, que traducido, es mierda), en la escalera era el vecino de al lado, sí, él era el tipo asqueroso que había cometido las siete fechorías.
-Pero si está usted tan segura por qué no hacen nada contra él- dije todavía más atolondrado con el torbellino que Natalina soltaba por su boca en voz baja.
-¿Por qué? Muy sencillo porque no hay pruebas de ello, así de simple y sencillo- respondió la anciana mientras se levantaba y se dirigía a la cocina que estaba al lado del salón, desde dentro de la misma podía oír su retahíla casi inaudible-. Muy sencillo, no hay pruebas, así, pero yo estoy segurísima que es él, mire, un tipo como ese, que no hay quien lo vea de día, ni una sola vez me lo he encontrado en la escalera en todos los años que llevo aquí que son los cuatro que tiene Tube. Sí, un hombre extraño…
-Será panadero- dije inocentemente.
-¿Panadero? Y una Bais de los suecos, panadero, panadero- refunfuñaba en la cocina y al poco volvió a aparecer pidiéndome que la perdonara pero los señores estaban a punto de llegar y le tenían prohibido hablar con extraños y mucho menos hacerlos pasar a casa.
-Tienen demasiado miedo ¿sabe? Temen que alguien les quite su hijo, como ahora eso está tan de moda, sí, pero la culpa la tendrán los que siempre la tienen. Lo que yo le diga señor Arturo, que ese tipo de al lado- volvió a bajar la voz-, ese tipo es el que se caga en la escalera.
-Pero- la interrumpí-, ¿cómo puede tener esa certeza sobre el asunto?
-Porque una lo sabe todo, y ve hasta lo traspuesto, y ahora le pido por favor que se vaya, si quiere seguir hablando puede venir mañana a la misma hora, y ya sabe, ni una palabra a nadie de que ha estado usted aquí.
El niño se acercó a Natalina y le pidió algo en su idioma, y como ésta no le hizo caso a la primera el niño se puso hecho una fiera.
-Ve, un mal educado, eso es lo que es, un mal educado. Los padres todo el día por ahí, y yo aquí educando a su hijo, y claro, todo lo que le enseño se va al retrete cuando ellos llegan porque le consienten todo. Adiós, adiós señor Arturo, que ya le veo otro día- dijo empujándome literalmente hacia la puerta.
-Adiós y gracias- me despedí educadamente. Oí que el ascensor subía. Decidí ir por la escalera y cuando llegaba al segundo piso me crucé que un tipo que sin duda era el vecino del que me había hablado Natalina. Era un tipo normal, de esos que uno se encuentra mil veces por las calles de este mundo, sí, uno más, un ser sin carisma alguno, como una autómata. De estatura mediana, rasgos que no destacaban en absoluto, ni ojos, ni nariz, ni orejas, ni boca, ni nada en su rostro podía llamar la atención, incluso su mirada era como la de una vaca, anodina y sin el menor ápice de profundidad, lo que se dice una mirada vacía como si le hubieran extraído el cerebro en algún experimento. Aquel tipo sin duda no tenía pinta de ser el autor de lo que nos ocupa en esta historia. Yo imaginaba a alguien con cara de malos amigos, resentido con todo lo que le rodea, personas, trabajo, amigos, vecinos, vida, mujer, no sé, un paranoico acaso, un colgado, o alguien con muy mala leche dispuesto a vengarse de alguna trastada que le hubieran hecho en la comunidad. Pero aquel tipo que me crucé en la escalera cuando venía de entrevistarme con Natalina, no, aquel tipo vacuo no podía haber hecho daño ni a una mosca. Natalina, sin duda, sospechaba injustamente de aquel hombrecillo que parecía, incluso, que lo había abandonado hasta su sombra. La anciana se dejaba llevar por su mente imaginativa y retorcida, quizá el motivo que la había llevado a pensar que aquel hombre era el culpable, fuese el de no haber podido verlo ni una sola vez desde que comenzara a cuidar al pequeño Tube. No había duda.
Mire el reloj y me recorrió un escalofrío, eran casi las ocho de la tarde y Erika me había dicho que a la vuelta de su trabajo quizá pasara por mi casa. Así que ilusionado me encerré de nuevo en mi pisito. Busqué algo de música pero no encontraba lo que deseaba oír, más bien desorientado por los nervios de la posible visita. Por fin hallé un disco entrañable para mí, ‘La camisa blanca’ de Albert Cialenva. Lo coloqué en el gira discos y la melodía comenzó a llenar el espacio hasta que me envolvió de tal modo que me trasladó a la madrugada del diez de enero de mil novecientos ochenta y seis. Tocaron a la puerta, yo estaba escribiendo aquel artículo para la revista ‘La patria que no cesa’, sobre el fascismo y la dictadura, once años desde que el dictador muriese, y todavía se alargaba su sombra desde la tumba.

viernes, 3 de julio de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 5

Algo me decía que la información que en el edificio corría de piso en piso y de boca en boca, no era muy clara, a no ser que los que allí vivían tuviesen, como es lo más natural en el ser humano, esa predisposición a cambiar cuanto oye, y cuanto ve. Porque si mi memoria no me falla, mis dos primeros encuestados, por decirlo de algún modo, no coincidían en el aspecto matemático del asunto, porque uno decía que seis y la otra que cuatro; y ahora la señora Natalina, tan amable, tan hospitalaria, tan dulce, aseguraba que habían sido siete; y no olvido que en esto coincidía con Erika. Entonces quizá tanto una como la otra estuvieran más al tanto sobre la sordidez del asunto.
Natalina me invitó a pasar como ya he dicho. Al hacerlo pude comprobar que el niño que había salido a recibirme jugaba en el salón con un entramado de vías de madera donde un tren con su locomotora antigua recorría la corta distancia que distaba entre su punto de encuentro; un viaje apasionante donde el niño imaginaba paisajes, animales, pueblos, coches, hombres, árboles y todo tipo de monstruos.
-¿Es su nieto?- pregunté a la anciana.
-No, ¡que va! Mis nietos, nos lo he llegado a conocer, bueno, en persona, los he visto en fotos, pero nada más- respondió Natalina.
-¿Viven en otro país?- pregunté algo ingenuo. Tampoco era de vital importancia para mí descubrir el paradero de los nietos de la dulce anciana.
-Sí, señor…- se detuvo, se atusó el pelo que lucía plateado y exuberante-, ¿cómo ha dicho que se llama?
-Arturo-, dije y sumé-, Montes, señora, Arturo Montes. Me vino a la memoria la coletilla con la que crecí y con la que me educaron: “para servir a dios y a usted”. Me pilló la dictadura casi al final de la misma, pero recuerdo que nos hacían cantar el himno nacional todas las mañanas ante la bandera, mientras ésta izaba sus alas y nos enseñaba su pico afilado de águila y sus ojos avizores y amenazantes como si nos perdonara la vida.
-¡Uy! Perdone pero tengo muy mala memoria, siempre me ocurre lo mismo, pero desde que tengo memoria, ya ve, y es muy poca, recuerdo que he olvidado siempre los nombres de las personas, luego al cabo de varios intentos y equívocos, termino memorizándolos y ya nada los borra de esta cubierta de canas- se señaló la cabeza con un gesto algo cómico-, pero siéntese por favor, no sea tímido, que ahora le pongo un té y le cuento, ande, ande, siéntese.
El niño seguía viajando a bordo de su tren de madera por campos imaginarios, llegando a estaciones, también imaginarias donde los viajeros hechos del mismo barro que todo en su viaje, la imaginación, subían y bajaban, se encontraban o se despedían de sus seres queridos, y luego la locomotora hacía sonar el silbato y el jefe imaginario de estación daba la salida y el niño ponía el sonido del motor apretando sus labios y haciendo vibrar la lengua sobre ellos.
Natalina regresó con el té y un plato de galletas en una bandeja. La puso sobre la mesita, sirvió una taza de té y se sentó frente a mí.
-Le decía que no es mi nieto- comenzó a decir-, pero es casi como si lo fuera, lo cuido desde que nació prácticamente; necesitaba un trabajo y este no es del todo malo, ya ve, una ya con los años no puede acceder a cualquier trabajo; no crea, estoy contenta, pero echo de menos a los míos, mi tierra, bueno, ¿qué le parece?, esta es de algún modo mi tierra, al menos mis padres nacieron en ella, y las paradojas de la vida, fíjese, ellos tuvieron que abandonarla para ir en busca de mejor vida, y yo he tenido que abandonar la que ellos buscaron para mejorar por motivos similares- se detuvo, le dijo algo al niño en un idioma desconocido para mí, el niño comenzó a desmontar su mundo ferroviario como si el gobierno de aquel país inventado hubiera decretado el cierre de todos los ferrocarriles por motivos económicos, el niño guardó todas las piezas en una caja de madera en la que rezaba una leyenda también en un lenguaje desconocido para mí.
-Perdone, ¿qué idioma es?- pregunté con la curiosidad que me es característica.
-¡Ah!, perdone que no me he dado cuenta, siempre le hablo a él y sus padres en su idioma, ¿sabe?; ellos son suecos, el niño no, cómo se lo explico, el niño nació en este país, pero sus padres no quieren que tenga esta nacionalidad sino la de su país. ¡Ve! El mundo es una paradoja. ¿Cuántas miles de criaturas hay por ahí que darían un ojo, un riñón, o qué se sabe, cualquier cosa por que les dieran papeles, quiero decir la nacionalidad en este país al que han venido buscando algo mejor; pero ellos no quieren que su hijo, aunque vive en este país, sea del mismo. Va a una escuela sueca, no tiene amigos de aquí, sólo de allí, y no hablan, ni él ni sus padres el idioma de aquí. Una tuvo que aprender el de ellos allí cuando llegué a Suecia, pero esto es una historia muy larga, y a usted no le interesa, ha venido aquí para descubrir quién es el mal nacido que hace esa barbaridad en la escalera.
-Bueno, me interesa su historia, no crea- dije algo aturdido. Aquella mujer no iba a dudar contarme su vida.

miércoles, 24 de junio de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 4

Oyendo el “Mon Legionnaire” me quedé dormido. Había tenido una noche como tantas otras, mi enfermedad comenzaba a lanzarme hacia el precipicio con total violencia. Al principio lo había hecho paulatinamente, con una lentitud quizá todavía peor que la velocidad con la que ahora me mantenía en esa lucha interna, yo intentando aferrarme a cualquier clavo ardiendo para no dejarme atraer por eso que llamamos ley de la gravedad. Sí, me quedé profundamente dormido y soñé: ¿pasajes ya vividos, o por vivir? Tanto eran lo primero como lo segundo, porque ambos se mostraban con esa familiaridad que tienen algunas ciudades, algunas personas y algunos objetos cuando uno los ve, o cree verlos por primera vez. Sí, allí estaban de nuevo o quizá no estaban sino que eran una visión que me adelantaba acontecimientos venideros. Muchas veces me he preguntado, ¿cómo diferenciar lo vivido con lo que se está viviendo en el momento presente? Sin duda una de mis mayores paranoias, entre otras, pero esta, la que más ha contribuido a postrarme en el estado en que me encuentro.
Sí, creí haber soñado que era un niño de mejillas pálidas y piernas delgadas y demasiado largas para mi edad, o para la proporción de mi cuerpo, y mi torso como uno de esos fetos que se exhiben en museos arrugados y suspendidos en ese líquido amniótico; ese era mi torso del que salían dos extremidades largas que llegaban casi a las rodillas y de las ramas superiores al final como tallos se ramificaban los diez dedos, que en este caso parecían trece rabanillos colorados. ¿Era una pesadilla? Sin duda, pero era una de las menos importantes con relación a las que verdaderamente me dejaban sin dormir noches y noches, por eso aquella mañana tras despedirme de Erika caí en ese sueño soporífero que por algunas tierras llaman la siesta del burro. ¿Cuándo había empezado mi carrera de insomne crónico? Hacía ya casi una década desde que me ocurriera lo que tenía que ocurrirme. Yo soy de los que piensa, que nada puede hacerse cuando las cosas tienen que pasar, lo llamen como lo llamen, pero es así, si algo ha de ocurrir ocurrirá y nada ni nadie puede impedirlo. Ahora tras esas largas noches de vela, parece que el mecanismo que me ha llevado a ese estado de insomne es el mismo que me hace ver como algo muy lejano lo que sucedió aquella madrugada.
Soñaba con mis piernas largas, con mi torso fetal y con mis brazos como ramas de un viejo rosal cuando un sonido me sacó del sueño. Me desperté, al menos eso creí yo, que me había despertado y lo que había ocurrido fue que había despertado de un estado de sueño para ir a otro en el que yo creía estar despierto. Llamaron a la puerta y con toda naturalidad fui hacia ella, sin mirar por ese caleidoscopio que en las puertas nos hace ver a quien se encuentra tras ella desfigurado por la lente, abrí. Pero allí no había nadie, así que bostezando volví a cerrar la puerta y volví a tumbarme en el sofá, en el giradiscos el disco de Edith Piaff había concluido y el sonido de la aguja rozando con las últimas líneas de este me recordó aquella madrugada. Seguía dormido a pesar de creer que estaba despierto. Y seguí así hasta que verdaderamente quise despertar y entonces sobrevino la lucha de siempre, allí estaba como una sierpe de siete cabezas, dispuesta a no dejarme salir jamás del mundo de los sueños. Con la resignación de soldado que ha sido vencido en la batalla y sabe que morirá fusilado por el enemigo, yo me entregué a lo perversión de mi pesadilla.
Tres horas más tarde desperté empapado en sudor y con el corazón que se me salía por la boca. El disco seguía girando y el sonido lo envolvía todo: muebles, paredes, suelos, ventanas, camas y aire.
Recordé la agradable conversación que había mantenido por la mañana con aquella bella vecina, y me alegré de saber que cabía la posibilidad de que Erika se detuviese en casa antes de subir a su piso. Pero todavía faltaban algunas horas, así que decidí tomar una copa de vino tinto y un buen trozo de queso. Luego salí para continuar la ronda de mi investigación sobre el misterio de la mierda en la escalera. Así que subí al tercer piso y llamé a la puerta de al lado del piso de Erika. Cuando había pulsado el timbre por cuarta vez me asaltó una premonición, sin duda, algo me decía que estaba ante la puerta del presunto autor del delito. Entonces se abrió lentamente la puerta y tras ella se asomó un niño de unos cuatro años, de cabellos dorados como el trigo, ojos azul cielo y un suave acento extranjero. Se quedó mirándome sin decir nada, un par de segundos después una anciana se asomó apartando al chiquillo de la puerta y dijo:
-¡Anda Luca déjame ver qué quiere este señor!- el niño obedeció a regañadientes y desapareció de mi vista.
-¿Qué se le ofrece buen hombre?- me preguntó amablemente la anciana.
-Me llamo Arturo Montes- me presenté-, y soy el vecino del primero be, recién llegado apenas hace unos meses.
La anciana sonrió mostrándome su dentadura postiza, tenía expresión de bondad en su rostro marcado por las arrugas, sin duda parecía que la vida la había tratado mal. Era de esas mujeres a las que les tocó vivir los estragos de la guerra.
-Encantada hijo, mi nombre es Catalina- me ofreció la mano que yo estreché con suavidad porque pensé que hacer el gesto de besársela le iba a parecer una extravagancia.
-Quería preguntarle si está al tanto del tema de…- no supe cómo hacer referencia al asunto, me pareció algo grosero decirle a aquella abuela que rebosaba bondad por todos lados, algo tan grotesco como lo de la defecación en la escalera.
-No se apure muchacho- dijo invitándome a entrar-, ya sé por lo que ha venido, no se apure hombre, que con esta van siete veces, sí como lo oye.
Me quedé de una pieza, ¿cómo lo había adivinado?