Insomnio
En las noches de vigilia, tras la barra de este bar, puedo observar cómo los clientes, cada noche, se debaten en intensas divagaciones amenizadas con alcohol.
En esas noches de calma chicha, de nostalgias ocultas tras el humo de los cigarrillos, miro una a una las caras y oigo retazos de diferentes conversaciones. Cada uno llega con su carga, esa carga del día a día. Arrastran pesares y alegrías empañándolas con el vaho de los cubitos de hielo, que miran mientras les sirvo las copas dejando caer un hilo de wisqui, ginebra o ron.
Saborean la última hora antes de darse de bruces con la habitación que cada noche les espera y les lleva, al silencio y a la soledad de sus destinos.
Apuran sorbo a sorbo los minutos de ese insomnio noctámbulo. Miran a la nada o se miran a los ojos, dejándose llevar por la melodía que suena de fondo a lugares donde los pensamientos y los sentimientos navegan libres sin más preocupación que la de ver la copa llena.
La primera copa la disfrutan con la calma que produce la metadona en los toxicómanos. El alcohol seda sus angustias y a medida que el vaso va quedando vacío veo brillar sus ojos con un resplandor lunar, un brillo plateado y es entonces cuando sus lenguas se desatan de ataduras, mientras que los prejuicios y perjuicios piden otra copa y se fugan con la primera mujer o con el primer hombre con los que cruzan miradas; esperando que yo les vuelva a dejar caer otro hilo dorado de licor espirituoso, con la esperanza y soltura que les producirá la segunda copa.
Hay otros que se pierden recorriendo el pasado chupito a chupito, ahogando el dolor que les produce el desamor, vaciando la amargura de sus almas solitarias ajadas por el tiempo.
Veo en sus ojos cansados la derrota, la desesperanza, la desilusión, la desconfianza y el fracaso de sus vidas. Buscan algo sin saber realmente qué. Buscan en los reflejos de vasos de ginebra, en los destellos de tubos dorados de vasos de cerveza una luz, una mirada, un gesto de calor y de afecto, un abrazo, un beso.
Buscan a alguien que les haga olvidar el dolor y sentir que en sus vidas aún hay tiempo para un nuevo amanecer.
A la tercera copa comienzan a encenderse las pasiones y las risas se confunden con estribillos de canciones bailando al compás de ritmos frenéticos. Los recuerdos dolorosos quedan diluidos en los restos de las dos primeras copas. Y poco a poco van quedando atrapados en un mundo irreal, lleno de fantasías maravillosas que surgen por los efectos del alcohol. Así vienen la cuarta y la quinta y muchas más. Entonces se confunden los pensamientos y los sentimientos; las risas, en algunas ocasiones, se vuelven llanto cuando comienza la bajada de la euforia producida por la ingestión de ese liquido mágico.
De repente se ven en brazos de alguien que no conocen y que probablemente al día siguiente ni recuerden.
Yo seguiré estando aquí tras la barra de este bar para dejar caer hilos dorados de ilusión y esperanza en las noches de insomnio.
© Salvador Moreno Valencia
Letras tu revista literaria
jueves, 24 de agosto de 2006
miércoles, 23 de agosto de 2006
La Luna del Membrillo
A Corina
El sol se está ocultando, en el horizonte el mar se viste de oro. Las gaviotas se reúnen en la playa. El viento arrastra una maraña de nubes.
Llevo horas sentado sobre la arena. Cierro los ojos y puedo ver, con nitidez, un rostro.
En el campo los membrillos van amarilleando entre las hojas. Abro los ojos y el rostro desaparece y frente a mí, nuevamente, el mar que ahora viste su traje de noche bañado por el destello plateado de la luna que se asoma tímida entre las pequeñas olas.
Cierro los ojos pensando en el color de los membrillos. Otra vez ese rostro que llega a mi mente, una mujer que se balancea bajo las ramas del membrillo asiendo un canasto en su mano, un canasto que va llenando con la dulce compota del fruto amarillo.
Es una mujer morena de ojos profundos. La imagen se repite una y otra vez: la veo allí recogiendo el fruto del membrillo.
La playa está desierta y yo sigo aquí sentado contemplando, en el horizonte, la luna que hoy hace gala de su más bella plenitud. No quiero marcharme, quiero estar aquí sintiendo el roce de la arena en mis pies descalzos.
Ella aparece y desaparece. La veo ahí tan cerca, pero se evapora como un sueño con alas de mariposa.
Sigo aquí sentado esperándola, deseándola. Pero ella va y viene como las olas. El rumor del viento me habla de su vida. El mar brilla sonriéndole a la luna, ella me sonríe ocultándose tras la niebla.
Luna de Octubre.
Luna del membrillo.
Empiezo a sentir el frío de la noche, la humedad del mar se va introduciendo en mis pensamientos entumeciendo la memoria. Decido levantarme y caminar para entrar en calor. Sigo viéndola, la presiento.
Voy andando por la playa, envuelto en mi capa de sayo. Lanzo piedras al vacío de la noche sin ella. Una fuerza desconocida hace que me detenga, caigo al suelo, todo queda en el más absoluto silencio, todo se oscurece.
El membrillo.
Luna de Octubre.
Carretera sin final.
Voy en un coche, conduzco alegre al ritmo de una sinfonía, melodías que danzan en el interior creando pensamientos alegres, un coche me adelanta. Como único ocupante una mujer que conduce ensimismada en sus asuntos, imagino. Sin intenciones de ningún tipo seguimos nuestro camino. De repente jugamos al gato y al ratón. Ese rostro ¿dónde he visto esa cara, dónde esos ojos?
El membrillo,
la luna, el mar,
esa mujer...
En el oeste el sol lanza sus últimos rayos sobre algunas nubes solitarias. En el este, sobre los llanos de La Mancha, se levanta poderosa la luna en su plenilunio iluminando los viejos molinos de viento, ¡aquellos gigantes! A mí lado, en el asiento del conductor está ella. Hablamos de Federico, de Cohen y de Pequeño Vals Vienés mientras contemplamos alegres los colores que pintan el sol y la luna sobre el lienzo del cielo.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals, este vals del "Te quiero siempre".*
La oscuridad desaparece. Estoy helado, tiemblo de frío. El mar sigue acunando a la luna. Haciendo un esfuerzo me pongo de pie y echo a andar. Siento una extraña redondez en mis manos.
Amarillo va el membrillo
Por caminos imaginarios.
Amarilla va la Luna
Por un mar solitario.
© Salvador Moreno Valencia
*Versos de Federico García Lorca: Pequeño Vals Vienés
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