Letras tu revista literaria

sábado, 8 de agosto de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 10

-Mire señor Arturo lo que vengo a proponerle- dijo el señor Mena tras haber tomado la copa de un trago, hizo un gesto con la mano y rauda y veloz Anita apareció con la botella y sirvió sendas copas de coñac.
-Le decía, perdón, le quiero decir que mi idea será la que nos saque a ambos de esta penuria- volvió a tomar la copa, pero esta vez lo hizo en dos sorbos.
-Perdone señor Mena, pero yo no quiero salir de penuria alguna, ya me vale estar como estoy que no me quejo- atiné a decir casi de carrerilla, sin duda el efecto del coñac me había restablecido, tanto, que incluso me creí lúcido, con una lucidez extraordinaria como el escritor que creó la saga de El Señor de los anillos, tras beberse botellas y botellas de buen escocés.
-No diga usted, hombre, todos queremos mejorar, ser libres, ¿sabe?- tosió y volvió a beber y a levantar la mano y como una máquina Anita llenó las copas, la mía casi rebosante.
-No, no va a convencerme de nada, si no recuerdo mal, la última ocasión acabamos los dos en la cuneta, ¿o ya lo ha olvidado?- le digo y bebo, esta vez de un trago; el señor Mena me sigue y mueve la mano como en una acto mecánico y la máquina de Anita vuelve a llenar las copas y se vuelve a llevar la botella de magno.
-Pero aquella vez nos faltó lo más importante, un plan, amigo, un plan estructurado como esos planes de empresa que ahora hacen para engañar la realidad, amigo, y usted y yo sabemos cual es la realidad: sin dinero no hay tutía.
-Eso sí, menos cuadrantes y menos previsiones, y más dinero; pero esos planes de empresa que el gobierno fomenta a base de subvenciones no son más que la excusa, porque lo que ellos quieren es controlar a todos los empresarios, para cogerlos por los huevos, y así tenerlos comiendo en la palma de su mano.
-Tiene razón, amigo Arturo, por eso nosotros no vamos a fracasar esta vez, tengo el negocio redondo.
-Señor Mena, perdone que le diga pero ya está todo inventado, usted no va a descubrir nada que otro, u otros no hayan pensado ya.
-Es usted muy negativo, y esa enfermedad es mala para la salud- dijo mi interlocutor acabándose la cuarta copa, creo.
-La negatividad, no me hable usted de negativos o positivos, eso es una patraña, otro dogma inventado para aborregar al personal- dije y acabé la que creía era la cuarta y la Anita máquina de expender coñac volcó el cuello de la magno y me apuntó a la cabeza vertiendo sobre ella un chorro cálido y de color de miel que me hizo recordad la fatídica madrugada en la que salí vivo por las casualidades de la vida, vamos que si no es porque el vecino de al lado, un chico joven que trabajaba en un bar de copas, regresaba a los minutos de que los desalmados esbirros del Pensamiento Hispánico, me habían dejado tirado en la escalera hecho una piltrafa sangrando por todos los poros de la piel, vamos, hecho una verdadera mierda, no como la que descubrí la mañana en que la vecina prozáica vino a darme la nueva de aquel esperpento en la escalera, me habían dejado el cuerpo, los huesos molidos, los labios hinchados y morados o llegando a ese color azulado amoratado, los ojos como los de un boxeador tras un combate de catorce asaltos, y la cabeza… si no es por el joven ahora estaría aportando mi granito al gran núcleo de la materia.
-Digamos pues, que usted es un cobarde- dijo como el sacerdote sentencia en el sermón en contra de sus feligreses-, de lo contrario usted se apuntaría a la aventura que tengo preparara para los dos, porque es un negocio para tipos como usted y yo, sin duda, no caben damiselas ni cobardicas, aquí como en el patio del colegio, o eres de los salvajes o te muelen a palos- y diciendo esto bebió la que ya no sabía yo qué número hacía de todas las copas de magno y vi resuelta a Anita con la botella, que parecían no agotarse, ni ella ni la botella, nunca, en la mano como si empuñara una pistola.

sábado, 1 de agosto de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 9

Desperté con un intenso dolor de cabeza. No recordaba nada de lo que había sucedido el día anterior, ni cómo había llegado a mi pisito nuevo. Pero esto era algo que conocía, algo que en el pasado se había convertido en habitual en mi vida. Desde aquella madrugada cuando llamaron a la puerta. Corría el año mil novecientos ochenta y seis como corren todos lo años, o como creemos que corren los años con esa certidumbre de que al acabar uno vendrá otro que soñamos mejor que el pasado para descalabrarnos de nuevo con la misma piedra.

Llamaron y yo ingenuamente me acerqué a la puerta y antes de que pudiera evitarlo la habían echado abajo, literalmente la puerta cayó sobre mí como un alud y tras ella aquellos emisarios del pensamiento hispánico, que eran sucesores de los padres e hijos de la dictadura, o lo que es lo mismo, los nietos de los secuaces que habían heredado el ideal de una grande y libre…

La cabeza me iba a saltar por los aires, si es que esta acción es posible que se realice sin que los sesos queden esparcidos por el bonito decorado de mi nuevo pisito, donde un desalmado o desalmada, probablemente nieta o nieto de aquellos bárbaros (y que habían asido el relevo con el pensamiento hispánico, secta o contubernio de fascistas enfermos de nostalgia), se cagaba en la escalera para dar escarmiento a los pobres vecinos.

Yo era un ejemplar a estudiar por aquel movimiento tan patriótico, porque había tenido la osadía de escribir varios artículos en los que los ponía a parir, así que allí estaban los descerebrados que usaba el club para dar escarmiento, como ellos lo definían: `le daremos un escarmiento a ese periodistilla`. Y así lo hicieron.

Estando yo en esos recuerdos (más malos que buenos, pero tan enriquecedores tanto unos como los otros, porque el mal y el bien, al fin y al cabo lo que hacen es darnos lecciones que difícilmente entendemos), llamaron a la puerta de mi nuevo pisito en aquel barrio donde la burguesía de codeaba con los paletos que habían hecho dinero especulando y estafando a más de uno.

Me acerco lentamente hacia la entrada sujetándome la cabeza con las dos manos. No recordaba una resaca tan brutal como esta. Pero las anteriores, que fueron miles, no serían tan graves por encontrarme habituado a ellas, y como he dicho me acabada de rehabilitar y salí a celebrarlo. Llegué a la puerta y puse un ojo en la mirilla, que como un ojo de buey me abría la visión a la perspectiva del pasillo donde deformada por la lente del artefacto pude ver la figura de la que me pareció Erika, o la abstracción de su cuerpo. Abrí y efectivamente, Erika estaba ante la puerta.

-¡Buenos días Arturo!- saludó con su aire de gentileza.
-¿Buenos?- salió de mí la palabra como clavada con los signos de interrogación.
-Tienes mala cara esta mañana. ¿Estás enfermo?
-Precisamente enfermo no, pero algún malestar me anda rondando la cabeza por tenerla precisamente, mala.
-¡Ay Arturo mala cabeza!- dijo Erika acercándose peligrosamente a mí.
-Sí, a veces uno debería utilizar el sentido común y…
-¿El sentido común en los tiempos que corren?- preguntó ella empujándome hacia dentro de casa-. Hoy tengo mi día libre y pensé que mejor te hacía una visita y te contaba cosas que sé sobre el tema que te preocupa.
-¡Ah! Eso. Lo había olvidado, la verdad es que desde que me he despertado no recuerdo nada, espero ir recuperando las imágenes de lo ocurrido ayer- dije ya dentro de casa. Erika cerró la puerta tras ella.
-Yo te cuidaré Arturo, yo te cuidaré mi Sir Arthur.

viernes, 24 de julio de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 8

Siempre he sido algo despistado con los horarios, y sobre todo con la percepción de las horas, casi nunca acierto si es por la tarde, quiero decir sobremesa, más o menos a eso de las tres para los que comen a las dos, o las cinco para funcionarios y banqueros, tanto masculinamente hablando como femeninamente. Digo que siempre he sido un desastre para el cálculo de las horas. Así que cuando salí del piso donde la señora Natalina hacía la función de niñera, no eran, precisamente, cerca de las ocho como he apuntado antes, si no que eran aproximadamente las seis de la tarde; los suecos padres del niño Tube, y “amos” de Natalina, trabajan con horario europeo, así que faltaban unas tres horas para averiguar si Erika vendría o no a visitarme, el resto ya lo he contado.

Entramos en el bar de Anita, el señor Mena y yo, o lo que era yo en esos momentos, una especie de despojo cadavérico que apenas se tenía en pie. El bar era, si cabe, peor todavía que el que yo solía frecuentar. Anita una mujer de unos cuarenta años con rasgos en el rostro de sufrimiento y envejecimiento prematuros, parecía haberse forjado a sí misma en plena sociedad machista, de hecho en el bar sólo había hombres curtidos, casi todos viejos o aparentemente viejos, de pieles quemadas por el sol sobre las aguas marinas que azotaban aquella venturosa y apestosa ciudad, y digo azotaban porque raro era el día en que las aguas de aquel mar estaban, o se mostraban con la mansedumbre que lo hacen las aguas del mediterráneo durante casi todo el año.

Saludó el señor Mena a la concurrencia, la que le devolvió un sonoro saludo casi al unísono como si orasen frente al púlpito donde un cura de complexión de atleta airea las razones por las que los hombres caerán en los infiernos si no acatan la doctrina y el dogma cristiano.
Él, el señor Mena, resuelto como Pedro por su casa me arrastró literalmente hasta un rincón donde yacía una triste mesa pringosa custodiada por cuatro sillas como cuatro ángeles exterminadores.
-Siéntese señor Arturo- me invitó el señor Mena tirándome, otra vez, literalmente, sobre el asiento de una de aquellas mugrientas sillas-. Pon dos copas de coñac Anita- gritó mi acompañante mientras se estiraba el traje en el fallido intento de que quedara impoluto. El traje no había dios que lo enmendara, quizá a los seguidores del párroco sí, o a sermones a saetazos.
-Señor Mena, mejor será que yo me limite a escucharle y no beba nada más- dije teniendo un ataque de sentido común, algo de lo que suelen carecer los borrachos, y sobre todo los alcohólicos como yo, que en esos momentos acababa de terminar mi terapia grupal para alcohólicos anónimos, y para celebrarlo me fui a tomar una copas, con la certeza, y la confianza de que ya estaba curado. Pero no hice, a sabiendas, más que engañarme con ese autoengaño que siempre usan los que padecen de algún vicio o alguna debilidad, o lo que yo diría: personas que carecemos de voluntad propia, y en muchos casos recurrimos a la ajena, que puede ser peor que no recurrir a ninguna.
-Nada, amigo Arturo, usted viene conmigo, bebe conmigo y ya veremos en qué acaba esta junta.
Anita puso dos copas de coñac en la mesa, ambas quedaron como dos ventosas de esas con las que pegan colgantes absurdos algunos automovilistas en sus coches. El señor Mena, alzó su copa y me invitó a brindar.
-Por mi nuevo proyecto, verá señor Arturo cómo va a ser todo un éxito- se repantigó en la silla pegajosa como queriendo escapar de ella.
-¿Qué proyecto trae entre manos?- atiné a preguntar motivado por el aroma del coñac que tenía en mi mano. Anita volvió a ocupar el mismo lugar que ocupaba cuando entramos. Tras el mostrador, volvía a reanudar la tarea interrumpida para servirnos las copas: atrapar moscas con el mismo trapo con el que secaba los vasos.
-Espere y le cuento, pero antes beba amigo, beba.

domingo, 19 de julio de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 7

No pasaba el tiempo, al menos a mí así me lo parecía, la música del excepcional músico Albert Cialenva no hizo el efecto acostumbrado en mí: no pude dormir la siesta, en mi cabeza todo daba vueltas, y giraba en torno a una puta mierda.

Sí, lo único que podía remediar aquella tarde que se adentraba en la penumbra del atardecer, no era otra cosa que la visita de Erika; ella sin duda sabría sacarme, por un momento, de mi pasado.

Erika esa tarde no pasó, y estuve atento de los pasos en la escalera, de las veces que subía o bajaba el ascensor, pero ninguna persona que bajara o subiera tanto por la escalera como usando el dichoso artefacto, era ella. El ascensor me trae malos recuerdos, en mi juventud, cuando era yo un avezado chaval con ganas de comerse el mundo, y sin pensar en que un día el mundo me comería a mí, me quedé cinco horas encerrado en un ascensor, que para mí los efectos secundarios: fobia a los sitios cerrados, fobia a los aviones, fobia a todo lo que se mueva hacia arriba o abajo y rete las leyes de la gravedad y que además posea cierres electrónicos.

Erika no vino. Quizá pensó que yo tan sólo era un chiflado. Y no es para menos. ¿Qué pensaría yo si un día llaman a mi puerta, y en ella hay un tipo que está interesado en un mezquino asunto de una mierda en la escalera? Sin duda, debo de aprender a empatizar, porque yo le cierro con toda seguridad la puerta en las narices. Es normal, ¿no?

Así que al ver que mi probable cita no llegaba decidí salir a estirar las piernas, y me fui a tomar un café doble con copa de brandy al bar más escatológicamente ruin y cutre de la ciudad que me albergaba por entonces: un lindo lugar donde las cucarachas se paseaban como si fueran las mascotas de los vecinos y no digamos las ratas.

Más tarde, cuando regresaba ya beodo perdido, sufriendo la pérdida de unos euros, me encontré con el señor Mena, hombre de malas compañías que me alquilaba de tarde en tarde unos volúmenes sobre filosofía griega a un precio razonable: un par de cafés con copa y puro en el bar citado: aquel tugurio de mala muerte, que en otro tiempo pudo haber llegado a ser, con toda seguridad, uno de los mejores locales de la ciudad, pero venido a menos y como todo en aquella cutre metrópoli respirando un aire de total decadencia. El señor Mena iba como siempre, hecho un figurín, a pesar de que el traje era de hacía veinte años, probablemente el primero y el único que él pudo haberse comprado, o quizá no.

Se detuvo ante mí y me dijo:
-Hombre Arturo, a usted quería yo verle.
Yo que como ya he dicho iba como un piojo casi lo piso cuando estaba frente a él.
-Una sorpresa-tartamudeé o creí que lo hacía porque aquel sonido más bien parecía un gruñido, o una especie de gorgoteo como si me estuviera ahogando.
-Tenemos que hablar, vamos al bar de Anita, y allí le cuento mi plan- dijo agarrándome por el hombro y yo sin poder evitarlo y casi arrastras allí que me fui con el señor Mena a escuchar sus ideas o sus planes, que tanto las unas como los otros seguro que me iban a dar dolor de cabeza además de los de la resaca que iba a tener al día siguiente.
Por el momento había olvidado el misterio de la mierda en la escalera, a Erika, a Natalina y al tipo anodino que me había encontrado en la escalera y que según la señora Natalina era el responsable de aquel soez acto.

domingo, 12 de julio de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 6

-No tenemos mucho tiempo, los padres de Tube están al llegar- continuó Natalina sirviéndome más té-, y coma unas galletitas hombre, bueno, galletas, galletas, lo que se dice galletas no son, es un híbrido que estos suecos han inventado a raíz de la receta de una galleta y ellos la han bautizado como la gallebule.
Tomé una gallebule y seguí escuchando a la anciana que bajando la voz, tanto que apenas era audible, me susurró que el culpable de lo de la ‘caca’, (dijo esta palabra y dio su razón que era la de que el niño Tube estaba delante y no era correcto para el español decir mierda, pero sí para el sueco decir ‘bais’ bajs, que traducido, es mierda), en la escalera era el vecino de al lado, sí, él era el tipo asqueroso que había cometido las siete fechorías.
-Pero si está usted tan segura por qué no hacen nada contra él- dije todavía más atolondrado con el torbellino que Natalina soltaba por su boca en voz baja.
-¿Por qué? Muy sencillo porque no hay pruebas de ello, así de simple y sencillo- respondió la anciana mientras se levantaba y se dirigía a la cocina que estaba al lado del salón, desde dentro de la misma podía oír su retahíla casi inaudible-. Muy sencillo, no hay pruebas, así, pero yo estoy segurísima que es él, mire, un tipo como ese, que no hay quien lo vea de día, ni una sola vez me lo he encontrado en la escalera en todos los años que llevo aquí que son los cuatro que tiene Tube. Sí, un hombre extraño…
-Será panadero- dije inocentemente.
-¿Panadero? Y una Bais de los suecos, panadero, panadero- refunfuñaba en la cocina y al poco volvió a aparecer pidiéndome que la perdonara pero los señores estaban a punto de llegar y le tenían prohibido hablar con extraños y mucho menos hacerlos pasar a casa.
-Tienen demasiado miedo ¿sabe? Temen que alguien les quite su hijo, como ahora eso está tan de moda, sí, pero la culpa la tendrán los que siempre la tienen. Lo que yo le diga señor Arturo, que ese tipo de al lado- volvió a bajar la voz-, ese tipo es el que se caga en la escalera.
-Pero- la interrumpí-, ¿cómo puede tener esa certeza sobre el asunto?
-Porque una lo sabe todo, y ve hasta lo traspuesto, y ahora le pido por favor que se vaya, si quiere seguir hablando puede venir mañana a la misma hora, y ya sabe, ni una palabra a nadie de que ha estado usted aquí.
El niño se acercó a Natalina y le pidió algo en su idioma, y como ésta no le hizo caso a la primera el niño se puso hecho una fiera.
-Ve, un mal educado, eso es lo que es, un mal educado. Los padres todo el día por ahí, y yo aquí educando a su hijo, y claro, todo lo que le enseño se va al retrete cuando ellos llegan porque le consienten todo. Adiós, adiós señor Arturo, que ya le veo otro día- dijo empujándome literalmente hacia la puerta.
-Adiós y gracias- me despedí educadamente. Oí que el ascensor subía. Decidí ir por la escalera y cuando llegaba al segundo piso me crucé que un tipo que sin duda era el vecino del que me había hablado Natalina. Era un tipo normal, de esos que uno se encuentra mil veces por las calles de este mundo, sí, uno más, un ser sin carisma alguno, como una autómata. De estatura mediana, rasgos que no destacaban en absoluto, ni ojos, ni nariz, ni orejas, ni boca, ni nada en su rostro podía llamar la atención, incluso su mirada era como la de una vaca, anodina y sin el menor ápice de profundidad, lo que se dice una mirada vacía como si le hubieran extraído el cerebro en algún experimento. Aquel tipo sin duda no tenía pinta de ser el autor de lo que nos ocupa en esta historia. Yo imaginaba a alguien con cara de malos amigos, resentido con todo lo que le rodea, personas, trabajo, amigos, vecinos, vida, mujer, no sé, un paranoico acaso, un colgado, o alguien con muy mala leche dispuesto a vengarse de alguna trastada que le hubieran hecho en la comunidad. Pero aquel tipo que me crucé en la escalera cuando venía de entrevistarme con Natalina, no, aquel tipo vacuo no podía haber hecho daño ni a una mosca. Natalina, sin duda, sospechaba injustamente de aquel hombrecillo que parecía, incluso, que lo había abandonado hasta su sombra. La anciana se dejaba llevar por su mente imaginativa y retorcida, quizá el motivo que la había llevado a pensar que aquel hombre era el culpable, fuese el de no haber podido verlo ni una sola vez desde que comenzara a cuidar al pequeño Tube. No había duda.
Mire el reloj y me recorrió un escalofrío, eran casi las ocho de la tarde y Erika me había dicho que a la vuelta de su trabajo quizá pasara por mi casa. Así que ilusionado me encerré de nuevo en mi pisito. Busqué algo de música pero no encontraba lo que deseaba oír, más bien desorientado por los nervios de la posible visita. Por fin hallé un disco entrañable para mí, ‘La camisa blanca’ de Albert Cialenva. Lo coloqué en el gira discos y la melodía comenzó a llenar el espacio hasta que me envolvió de tal modo que me trasladó a la madrugada del diez de enero de mil novecientos ochenta y seis. Tocaron a la puerta, yo estaba escribiendo aquel artículo para la revista ‘La patria que no cesa’, sobre el fascismo y la dictadura, once años desde que el dictador muriese, y todavía se alargaba su sombra desde la tumba.

viernes, 3 de julio de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 5

Algo me decía que la información que en el edificio corría de piso en piso y de boca en boca, no era muy clara, a no ser que los que allí vivían tuviesen, como es lo más natural en el ser humano, esa predisposición a cambiar cuanto oye, y cuanto ve. Porque si mi memoria no me falla, mis dos primeros encuestados, por decirlo de algún modo, no coincidían en el aspecto matemático del asunto, porque uno decía que seis y la otra que cuatro; y ahora la señora Natalina, tan amable, tan hospitalaria, tan dulce, aseguraba que habían sido siete; y no olvido que en esto coincidía con Erika. Entonces quizá tanto una como la otra estuvieran más al tanto sobre la sordidez del asunto.
Natalina me invitó a pasar como ya he dicho. Al hacerlo pude comprobar que el niño que había salido a recibirme jugaba en el salón con un entramado de vías de madera donde un tren con su locomotora antigua recorría la corta distancia que distaba entre su punto de encuentro; un viaje apasionante donde el niño imaginaba paisajes, animales, pueblos, coches, hombres, árboles y todo tipo de monstruos.
-¿Es su nieto?- pregunté a la anciana.
-No, ¡que va! Mis nietos, nos lo he llegado a conocer, bueno, en persona, los he visto en fotos, pero nada más- respondió Natalina.
-¿Viven en otro país?- pregunté algo ingenuo. Tampoco era de vital importancia para mí descubrir el paradero de los nietos de la dulce anciana.
-Sí, señor…- se detuvo, se atusó el pelo que lucía plateado y exuberante-, ¿cómo ha dicho que se llama?
-Arturo-, dije y sumé-, Montes, señora, Arturo Montes. Me vino a la memoria la coletilla con la que crecí y con la que me educaron: “para servir a dios y a usted”. Me pilló la dictadura casi al final de la misma, pero recuerdo que nos hacían cantar el himno nacional todas las mañanas ante la bandera, mientras ésta izaba sus alas y nos enseñaba su pico afilado de águila y sus ojos avizores y amenazantes como si nos perdonara la vida.
-¡Uy! Perdone pero tengo muy mala memoria, siempre me ocurre lo mismo, pero desde que tengo memoria, ya ve, y es muy poca, recuerdo que he olvidado siempre los nombres de las personas, luego al cabo de varios intentos y equívocos, termino memorizándolos y ya nada los borra de esta cubierta de canas- se señaló la cabeza con un gesto algo cómico-, pero siéntese por favor, no sea tímido, que ahora le pongo un té y le cuento, ande, ande, siéntese.
El niño seguía viajando a bordo de su tren de madera por campos imaginarios, llegando a estaciones, también imaginarias donde los viajeros hechos del mismo barro que todo en su viaje, la imaginación, subían y bajaban, se encontraban o se despedían de sus seres queridos, y luego la locomotora hacía sonar el silbato y el jefe imaginario de estación daba la salida y el niño ponía el sonido del motor apretando sus labios y haciendo vibrar la lengua sobre ellos.
Natalina regresó con el té y un plato de galletas en una bandeja. La puso sobre la mesita, sirvió una taza de té y se sentó frente a mí.
-Le decía que no es mi nieto- comenzó a decir-, pero es casi como si lo fuera, lo cuido desde que nació prácticamente; necesitaba un trabajo y este no es del todo malo, ya ve, una ya con los años no puede acceder a cualquier trabajo; no crea, estoy contenta, pero echo de menos a los míos, mi tierra, bueno, ¿qué le parece?, esta es de algún modo mi tierra, al menos mis padres nacieron en ella, y las paradojas de la vida, fíjese, ellos tuvieron que abandonarla para ir en busca de mejor vida, y yo he tenido que abandonar la que ellos buscaron para mejorar por motivos similares- se detuvo, le dijo algo al niño en un idioma desconocido para mí, el niño comenzó a desmontar su mundo ferroviario como si el gobierno de aquel país inventado hubiera decretado el cierre de todos los ferrocarriles por motivos económicos, el niño guardó todas las piezas en una caja de madera en la que rezaba una leyenda también en un lenguaje desconocido para mí.
-Perdone, ¿qué idioma es?- pregunté con la curiosidad que me es característica.
-¡Ah!, perdone que no me he dado cuenta, siempre le hablo a él y sus padres en su idioma, ¿sabe?; ellos son suecos, el niño no, cómo se lo explico, el niño nació en este país, pero sus padres no quieren que tenga esta nacionalidad sino la de su país. ¡Ve! El mundo es una paradoja. ¿Cuántas miles de criaturas hay por ahí que darían un ojo, un riñón, o qué se sabe, cualquier cosa por que les dieran papeles, quiero decir la nacionalidad en este país al que han venido buscando algo mejor; pero ellos no quieren que su hijo, aunque vive en este país, sea del mismo. Va a una escuela sueca, no tiene amigos de aquí, sólo de allí, y no hablan, ni él ni sus padres el idioma de aquí. Una tuvo que aprender el de ellos allí cuando llegué a Suecia, pero esto es una historia muy larga, y a usted no le interesa, ha venido aquí para descubrir quién es el mal nacido que hace esa barbaridad en la escalera.
-Bueno, me interesa su historia, no crea- dije algo aturdido. Aquella mujer no iba a dudar contarme su vida.

miércoles, 24 de junio de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 4

Oyendo el “Mon Legionnaire” me quedé dormido. Había tenido una noche como tantas otras, mi enfermedad comenzaba a lanzarme hacia el precipicio con total violencia. Al principio lo había hecho paulatinamente, con una lentitud quizá todavía peor que la velocidad con la que ahora me mantenía en esa lucha interna, yo intentando aferrarme a cualquier clavo ardiendo para no dejarme atraer por eso que llamamos ley de la gravedad. Sí, me quedé profundamente dormido y soñé: ¿pasajes ya vividos, o por vivir? Tanto eran lo primero como lo segundo, porque ambos se mostraban con esa familiaridad que tienen algunas ciudades, algunas personas y algunos objetos cuando uno los ve, o cree verlos por primera vez. Sí, allí estaban de nuevo o quizá no estaban sino que eran una visión que me adelantaba acontecimientos venideros. Muchas veces me he preguntado, ¿cómo diferenciar lo vivido con lo que se está viviendo en el momento presente? Sin duda una de mis mayores paranoias, entre otras, pero esta, la que más ha contribuido a postrarme en el estado en que me encuentro.
Sí, creí haber soñado que era un niño de mejillas pálidas y piernas delgadas y demasiado largas para mi edad, o para la proporción de mi cuerpo, y mi torso como uno de esos fetos que se exhiben en museos arrugados y suspendidos en ese líquido amniótico; ese era mi torso del que salían dos extremidades largas que llegaban casi a las rodillas y de las ramas superiores al final como tallos se ramificaban los diez dedos, que en este caso parecían trece rabanillos colorados. ¿Era una pesadilla? Sin duda, pero era una de las menos importantes con relación a las que verdaderamente me dejaban sin dormir noches y noches, por eso aquella mañana tras despedirme de Erika caí en ese sueño soporífero que por algunas tierras llaman la siesta del burro. ¿Cuándo había empezado mi carrera de insomne crónico? Hacía ya casi una década desde que me ocurriera lo que tenía que ocurrirme. Yo soy de los que piensa, que nada puede hacerse cuando las cosas tienen que pasar, lo llamen como lo llamen, pero es así, si algo ha de ocurrir ocurrirá y nada ni nadie puede impedirlo. Ahora tras esas largas noches de vela, parece que el mecanismo que me ha llevado a ese estado de insomne es el mismo que me hace ver como algo muy lejano lo que sucedió aquella madrugada.
Soñaba con mis piernas largas, con mi torso fetal y con mis brazos como ramas de un viejo rosal cuando un sonido me sacó del sueño. Me desperté, al menos eso creí yo, que me había despertado y lo que había ocurrido fue que había despertado de un estado de sueño para ir a otro en el que yo creía estar despierto. Llamaron a la puerta y con toda naturalidad fui hacia ella, sin mirar por ese caleidoscopio que en las puertas nos hace ver a quien se encuentra tras ella desfigurado por la lente, abrí. Pero allí no había nadie, así que bostezando volví a cerrar la puerta y volví a tumbarme en el sofá, en el giradiscos el disco de Edith Piaff había concluido y el sonido de la aguja rozando con las últimas líneas de este me recordó aquella madrugada. Seguía dormido a pesar de creer que estaba despierto. Y seguí así hasta que verdaderamente quise despertar y entonces sobrevino la lucha de siempre, allí estaba como una sierpe de siete cabezas, dispuesta a no dejarme salir jamás del mundo de los sueños. Con la resignación de soldado que ha sido vencido en la batalla y sabe que morirá fusilado por el enemigo, yo me entregué a lo perversión de mi pesadilla.
Tres horas más tarde desperté empapado en sudor y con el corazón que se me salía por la boca. El disco seguía girando y el sonido lo envolvía todo: muebles, paredes, suelos, ventanas, camas y aire.
Recordé la agradable conversación que había mantenido por la mañana con aquella bella vecina, y me alegré de saber que cabía la posibilidad de que Erika se detuviese en casa antes de subir a su piso. Pero todavía faltaban algunas horas, así que decidí tomar una copa de vino tinto y un buen trozo de queso. Luego salí para continuar la ronda de mi investigación sobre el misterio de la mierda en la escalera. Así que subí al tercer piso y llamé a la puerta de al lado del piso de Erika. Cuando había pulsado el timbre por cuarta vez me asaltó una premonición, sin duda, algo me decía que estaba ante la puerta del presunto autor del delito. Entonces se abrió lentamente la puerta y tras ella se asomó un niño de unos cuatro años, de cabellos dorados como el trigo, ojos azul cielo y un suave acento extranjero. Se quedó mirándome sin decir nada, un par de segundos después una anciana se asomó apartando al chiquillo de la puerta y dijo:
-¡Anda Luca déjame ver qué quiere este señor!- el niño obedeció a regañadientes y desapareció de mi vista.
-¿Qué se le ofrece buen hombre?- me preguntó amablemente la anciana.
-Me llamo Arturo Montes- me presenté-, y soy el vecino del primero be, recién llegado apenas hace unos meses.
La anciana sonrió mostrándome su dentadura postiza, tenía expresión de bondad en su rostro marcado por las arrugas, sin duda parecía que la vida la había tratado mal. Era de esas mujeres a las que les tocó vivir los estragos de la guerra.
-Encantada hijo, mi nombre es Catalina- me ofreció la mano que yo estreché con suavidad porque pensé que hacer el gesto de besársela le iba a parecer una extravagancia.
-Quería preguntarle si está al tanto del tema de…- no supe cómo hacer referencia al asunto, me pareció algo grosero decirle a aquella abuela que rebosaba bondad por todos lados, algo tan grotesco como lo de la defecación en la escalera.
-No se apure muchacho- dijo invitándome a entrar-, ya sé por lo que ha venido, no se apure hombre, que con esta van siete veces, sí como lo oye.
Me quedé de una pieza, ¿cómo lo había adivinado?

jueves, 18 de junio de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 3

No creas que sucedió como imaginas, no, la mujer, que me había recibido casi desnuda, resultó ser de una castidad casi exasperante, a pesar de que en sus primeros años, cuando llegó a España, había ejercido la prostitución. Eso fue lo que Erika me contó esa tarde en su piso cuando yo estaba comenzando la investigación sobre el asunto tan pestilente como el de la defecación en la escalera.
-Me llamo Arturo Montes- le extendí mi mano y ella casi la acarició con una sensibilidad poco habitual en mi entorno, ninguna mujer, hasta entonces, me había dado un apretón de manos como lo hizo Erika.
-Yo me llamo Erika, encantada de conocerte- sus labios se buscaron el uno al otro-, perdona que te reciba con esta pinta, pero me has pillado justo saliendo de la ducha, en media hora tengo que ir a trabajar.
-Si quiere vuelvo otro día- le dije sin poder disimular mis nervios. Sí, estaba nervioso ante aquella mujer, hacía mucho tiempo que no estaba tan cerca de una fémina, y menos tan bella como Erika.
-No, te apures, y tutéame- dijo-, siéntate por favor- me indicó con sus suaves manos una butaca y yo accedí a su petición con gusto-. Y dime: ¿qué te trae por mi casa?
-Bueno, en primer lugar tengo que decirte que estoy recién llegado a este edificio, me mudé hace poco al primero be. El motivo de mi visita es que quiero descubrir quién ha podido hacer una barbaridad como la de cagarse en la escalera- me revolví en la butaca inquieto, Erika no se había sentado y me observaba apoyada en la mesa del salón.
-¡Bueno! ¿Ha vuelto ese cerdo a hacerlo?- dijo sin sorprenderse.
-Sí, eso parece, he hablado con los vecinos de arriba y ambos coinciden en el conocimiento que del acto tienen, pero no se ponen de acuerdo en el número de veces que ha ocurrido, el señor Jam dice que han sido cinco y la señora Lana, mantiene que han sido cuatro.
-Esos dos no se enteran de nada, no han sido ni cuatro, ni cinco, sino seis, lo que quiere decir que con esta van siete- se acercó a la butaca donde yo estaba sentado, seguía con el albornoz medio abierto y al agacharse intuí, antes de verlas, sus tetas, sendas peras uniformes.
-Sabes Arturo, los de arriba se hacen los suecos, ya les vale, que llevan aquí más de quince años y no pían ni una palabra de español, bueno lo justo para salir del paso, pero eso sí, entender lo entienden todo. ¿Sabes cuánto tiempo llevo en España?- preguntó mientras se sentaba frente a mí en el sofá. Sobre la mesita había un paquete de cigarros, Erika alargó su delicada mano y sacó uno ofreciéndome otro.
-No gracias, no fumo- respondí al ofrecimiento.
-¿Te importa que lo haga yo?- preguntó llevándose el cigarro a la comisura de los labios. Rojo carmín que tatuó mis entrañas para siempre.
-¡No, qué va!- respondí intentando disimular mi excitación, que tanto era interna como externa. Erika encendió el cigarro, aspiró hondo y al pasar unos segundos exhaló una bocanada de humo como si toda ella fuera un volcán.
-¿Cuánto dices que hace que vives en España?- volví a su pregunta, esperando su respuesta-, yo diría que bastante tiempo por la perfección con la que hablas mi idioma- dije sin esperar que ella me diera ese dato, quizá insignificante en ese momento.
-Tan sólo llevo tres años, y mira si hablo bien el español, no como esos de arriba, que ni lo hablan, ni les hace falta, como aquí lo tienen todo en inglés y en sueco, pues a ellos como si llueve.
-La señora Lana habla mejor el español que el señor Jam- apunté.
-¿No hablarías tú cualquier idioma si te mudases a vivir a otro país?- preguntó apagando el cigarro casi entero-. Y más si en ello te fuera la vida.
-Sí, lo haría, pero una cosa es ser turista y otra un pobre inmigrante que llega a otro país para buscarse la vida- le dije si dejar de mirar la pierna que había quedado al aire cuando Erika la cruzó sobre la derecha con un movimiento seductor.
-Como yo, que vine aquí engañada, y eso me costó, dos años de prostituta y si rechistar por miedo a esos matones- se levantó y me dijo que debía vestirse para ir a trabajar, que si quería podíamos seguir otro día, y si era urgente para mí descubrir lo de la mierda, podíamos vernos esa misma tarde cuando ella regresase del trabajo, sobre las ocho de la tarde.
-Llamo a tu puerta cuando suba- me dijo-, pero si quieres puedes quedarte mientras me visto y seguimos charlando.
-No, no te preocupes, no es urgente descubrir una acción como la que me ha traído hasta aquí, pero sí, estará bien que pases esta tarde por casa y así podemos seguir hablando- me despedí de Erika que amablemente me acompañó hasta la puerta y con un guiño dijo:
-Ha sido un verdadero placer conocerte Arturo.
-El placer es mío- dije torpemente intentando desviar mi mirada de su escote.
Bajé sin ganas de seguir preguntando al vecindario sobre el asunto de la mierda. Entré en casa, puse a Edith Piaff y oí “Mon Legionnaire”.

viernes, 22 de mayo de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (Basado en hechos reales)


Capítulo 2

El edificio tiene trece viviendas distribuidas en cinco plantas. La cuarta y quita planta son uno por planta, el resto cinco en la tercera, cuatro en la segunda y dos en la primera. La planta baja es solamente la entrada y un restaurante, pero este no tiene acceso por el portal del edificio.
Así que son trece pisos. El quinto y el cuarto debemos descartarlo, por estar habitados por personas de más de setenta año. No quiere decir este hecho que éstas personas no realicen sus necesidades fisiológicas, o lo que es lo mismo y en lenguaje de la calle, éstos aunque tengan setenta años cagan y mean. Pero no tienen vitalidad como para ponerse en cuclillas en el tercer escalón del primer tramo de la escalera y plantar allí su masa infesta e inmunda. No, que cómo lo sé. Muy fácil, los he visitado para hacerles unas preguntas al respecto. Al principio, debo decir, que cuando me abrieron la puerta, tanto el del quinto como la del cuarto, pusieron cara de extraños como si yo fuera de la iglesia de los últimos días de Jesucristo y les viniera a vender el cielo; pero cuando les informé de mi propósito: desenmascarar al cagador de la escalera reaccionaron con más estupor si cabe, e intentaron cerrarme la puerta en las narices. Yo, prevenido sobre esa posibilidad bien hice en colocar mi pie, calzado con mis botas de montaña, entre el bastidor de la puerta y la hoja de esta para evitar que la misma me diese en las narices.
-¿Sabe usted lo de la mierda en la escalera?- fue lo que les pregunté a mis dos primeros entrevistados sobre el asunto que aquí nos concierne; evidentemente, antes, justo en el momento en que me abrieron la puerta, primero el uno y luego la otra, me presenté diciéndoles:
-Me llamo Arturo Montes, estoy recién llegado a este edificio, vivo en el primero be, es un placer presentarle mis respetos- y mi probable interlocutor e interlocutora, la del cuarto y el del quinto, me dedicaron una sonrisa a medias.
-Yo me llamo Lana- dijo la señora del cuarto-, perdone pero no veo muy bien, ¿qué se le ofrece?- y en ese instante fue cuando le hice la pregunta que ya he expuesto líneas atrás:
¿Sane usted lo de la mierda en la escalera?
-Sí, claro, estoy informado- respondió el del quinto, y luego, minutos más tarde esta misma respuesta me la daría la señora Lana. El señor del quinto es un anciano de ochenta años que se llama Jam, o lo que es lo mismo Juan traducido al hispaniol. Él es un sueco que hace unos quince años decidió que pasaría su jubilación en Espania como él dice-. Sí, claro que sí, es terrible, y no es la primera vez que eso ocurre- dijo el sueco.
Y la señora Lana, rusa de nacimiento, también respondió lo mismo.
Por lo pronto, me dije, parece que me he venido a vivir a la ONU, los dos primeros en entrevistar son extranjeros. Y la verdad que al resto de vecinos no los he visto casi nunca, por ser yo un ave nocturna. Vivo de noche y duermo de día. No, no soy panadero, pero me dedico a la ardua tarea de ahuyentar fantasmas durante la noche y por ello no puedo dormir. Soy insomne desde que nací.
Bueno, algo había sacado de las dos entrevistas; el sueco y la rusa, a pesar de no hablar casi nada el español, me dijeron que sabían lo de la mierda en la escalera, y que además había habido más veces; en este punto no coincidían, porque la señora Lana aseguraba que habían sido cuatro, y el señor Juan, afirmaba que eran seis. Menos mal que las entrevistas las hice por separado de lo contrario se hubiera armado un conflicto internacional, por lo pronto el sueco, y la rusa tenían informaciones distintas, o más bien no se habían informado bien.
¿Quién podía estar enterado o enterada con más fiabilidad del asunto? Claro, el autor de la desagradable cagada, pero a él, o ella, no hay que descartar a las mujeres en el caso. Aunque a juzgar por las apariencias del cuerpo del delito, no creo que haya mujer que pueda hacer tal cosa, sobre todo por el tamaño. Pero no voy a descartar a ninguna mujer; sí, como ya he dicho, descarté a los habitantes del quinto y cuarto piso.
Bajé el tramo del cuarto al tercer piso y me dije que comenzaría por el tercero de. Así que me acerqué resuelto a hacer mi tercera entrevista hacia la puerta, pulsé el timbre un par de veces. Como no respondían lo intenté otras dos más; al poco tiempo y cuando ya me daba la vuelta para probar suerte en otra puerta, oí que la puerta se abría, y tras ella se asomó una mujer joven casi desnuda y me dijo:
-Lo siento por haberte hecho esperar, ¿qué quieres?- se atusó el pelo, se pasó un dedo por los labios y esperó que yo le respondiera.
-Bueno, bue, bu…- tartamudeé nervioso porque ante mí tenía el cuerpo de una ninfa-…bueno me llamo Arturo Montes y quería hacerle algunas preguntas.
-Pasa, pasa chico, no te quedes ahí parado que voy a coger frío- y literalmente me arrastró hasta el interior de la casa.

La disección del edifico había comenzado a dar sorpresas.

jueves, 14 de mayo de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (Basado en hechos reales)



El lunes veintital amaneció con bruma, y sin variar la hora, el sol comenzó a despuntar por el este metiendo un pie en el agua y el otro por la ventana de mi cocina. Había tenido una noche incierta, despertándome cada dos por tres, sobresaltado, como excitado pero sin erección alguna; en la primera ocasión desperté justo al principio de comenzar a ser arrastrado por los pelos en mis sueños. Sin embargo… no nos desviemos del tema.
Decía que el veintital amaneció brumoso. Yo hice lo que cada lunes vengo haciendo desde que el mundo es mundo, al menos, desde que mi mundo es mi mundo: entré en el baño, defequé y oriné, me miré en el espejo tras haber quedado liberado de mis inmundicias. Fui a la cocina, preparé mi adición preferida, el té, y tosté una rebanada de pan integral, la coloqué sobre un plato, la rocié de un aceite de oliva color oro, y luego restregué sobre su rugosa textura un diente de ajo. La cocina fue adquiriendo forma conforme el sol la fue iluminando por completo. En un cesto de mimbre brillaron manzanas, plátanos y nísperos.

Una vez oficiada la homilía del desayuno, encendí el ordenador y mientras éste se ponía en marcha, me lavé los dientes, me atusé el mentón donde se comenzaban a adivinar como una fina nevada las canas. Entonces llaman al portero electrónico. Voy hacia él, lo descuelgo y oigo la voz de una mujer mayor que no era otra que la de una de mis vecinas.
-Perdón pero me he equivocado- dijo y yo colgué antes de decir nada.
Pensé que mi vecina, la que vive al este del edificio, justo colindando con mi piso, esa mañana había olvidado tomar las pastillas, las mismas que con toda seguridad la mantenían en un estado como de eterna estupidez mostrando una sonrisa todavía más eterna y estúpida; con sus andares como si flotara; sí, me dije, la señora Adela ha olvidado su Prozac.
Terminé de asearme y tras un último vistazo al espejo, con el que parecía haber firmado un pacto, al que me unía una especie de complicidad porque cada día al mirarme en su superficie engañosa, el otro, el que estaba dentro o fuera, dejaba de ser yo por momentos. Así que me dediqué un cariñoso guiño, y le dije al del otro lado: ‘¡eres irresistible!’, y satisfecho me senté al ordenador para comenzar mi trabajo. Tengo, entre otros muchos vicios, el de escribir en Blogs y contar mis desventuras y aventuras.

No había hecho nada más que sentarme cuando llaman a la puerta, y pienso que quién puede ser a esas horas tan tempranas, no espero a nadie. Me levanto, voy hacia la puerta, miro por la 'mirilla', y allí, no hay duda, está la señora Adela.
-¡Buenos días señora!- le digo al abrir-, ¿le ocurre algo?
-No, no es nada, pero...- se queda pensativa y como sin atreverse a contarme lo que ha venido a decirme; su voz parece atribulada, yo me reafirmo en el pensamiento de que la señora ha olvida tomar sus píldoras celestiales, y como tomando carrerilla dice- es que mire lo que han hecho en la escalera, venga, venga, por favor.
Yo la sigo algo preocupado, quizá han hecho un destrozo, o quizá son sólo manías de vieja.
-Mire, es que no hay vergüenza, un perro ha tenido que ser, de los de arriba, sí- dice enseñándome (justo en el tercer escalón del primer tramo de la escalera del edificio, he de decir que yo vivo en el primero a unos dieciséis escalones), una grotesca mierda, de medidas, peso y olor alarmantes, que luce en todo su esplendor.
-¿Verdad Arturo?- me dice la señora Adela-, verdad que no hay vergüenza, tener esos animales sueltos y dejar que hagan su caca en cualquier parte.
Yo miro con estupor la mojama que hay sobre el escalón, analizo su color, su dimensión, incluso observo su textura… al poco aparece otra de las vecinas, la del 2 B, y dice:
-No es la primera vez, con esta van seis; mi marido se la ha encontrado esta mañana a las siete y media y me ha llamado para decírmelo; luego la ha visto mi hija, y mis hijos han tenido que saltar por encima de ella- abre la puerta del ascensor y sentencia-, de perro nada, esa es de persona.
Cosa que yo había deducido en el momento en que vi tamaña miseria allí en el tercer escalón de la escalera. Sin duda era de persona.
-¿Usted cree Arturo que es de persona?- pregunta incrédula la señora Adela; asiento con un movimiento de cabeza.
La otra mujer, la del 2 B, de la que desconozco el nombre, cierra la puerta del ascensor, movimiento que me hace ver un folio en el que leo:

“Han vuelto a lo de la caca en la escalera, el día tal la recogió fulana, el tal fulanita, y el cual zutanito del piso tal, y son 6 las veces”

Entonces y dada mi afición a resolver misterios, y a mi aburrida vida, decidí abrir una investigación para averiguar, y para poner emoción en mi estrecha existencia, quién podría ser el culpable de tamaña acción; y no sólo averiguar quién había sido, sino que quería averiguar qué motivos lo habrían llevado a hacerlo.
¿Quizá fuera un desequilibrado el autor de tan ruin acto? ¿Una venganza?, ¿una broma macabra?, ¿un joder por joder al vecindario? No lo sabía, pero en aquel momento totalmente decidido inicié mi investigación y los resultados son los que ahora les cuento.

Y como el forense disecciona las partes de un cadáver, yo comencé a diseccionar el edifico al que me acababa de mudar, no hacía ni dos meses.