Letras tu revista literaria

domingo, 1 de octubre de 2006

No me gustan los días de lluvia

He venido para acabar contigo. No es el tiempo lo que necesito para hacerlo, es la razón para verte caer entre mis manos.
Estaba lloviendo aquel día. Tú te habías enfundado en ese horrible impermeable amarillo. Estabas, en el fondo, atractiva con él, aunque lo que realmente te hacía bella era la forma en la que te calabas el sombrero, levemente caído hacia la izquierda.
Sí, fue aquel día. Aquel maldito día lluvioso. Todo se estropeó cuando te empecinaste en hacerme ver que los días de lluvia son maravillosos.
Las calles estaban abarrotadas de coches y de paraguas. Todo el mundo corría y tú hacías que perdiera la paciencia, siempre lo hacías. Eras una experta en ponerme de los nervios.
No, en el coche no vamos, iremos caminando. Llovía a mares. Yo estaba empapado hasta los huesos. Odio los impermeables y los abrigos y las gabardinas y los sombreros. Todo lo que a ti te encanta. Tú, siempre tenías el armario repleto de abrigos, gabardinas, impermeables y sombreros de colores.
He deseado tanto que llegue este momento. He soñado tantas veces con verte sucumbir entre mis dedos. He perdido el sueño tantas noches pensando en este maravilloso momento, que ahora que te veo escurrirte, lentamente, entre mis dedos, como una serpiente se escabulle entre los matorrales, siento delirio de placer al ver como tus ojos desorbitados se pierden en la oscuridad de esta noche.
Sí, aquel día lluvioso, te empeñaste en ir a casa de tus padres. Sabes perfectamente que nunca les caí bien. El caso que a mí tampoco me hacían mucha gracia. Odio las hipocresías y a ellos a hipócritas no hay quien les gane. Eso debe ser genético, porque tú eres tan hipócrita como ellos.
Me amabas, siempre decías lo mismo, yo te quiero mucho, más que tú a mí. Siempre me subestimaste, insultando mi inteligencia como el que se toma un café y se queda tan pancho.
Pero esta noche he venido para acabar contigo. Alguien te ha visto salir de un bar con ese hombre, al que has despachado cuando he llegado.
Alguien te habrá visto entrar con él en tu casa y alguien le habrá visto salir de aquí esta noche. Que casualidad, llevaba puesta una gabardina como la que yo traigo puesta esta noche a pesar del odio que les tengo.
Nadie me ha visto entrar y seguro que nadie me verá al salir, tengo la coartada perfecta, ni siquiera estoy en esta ciudad.
Y tú te quedaras ahí tumbada en la cama, estrangulada con restos de semen en tu vientre. Pero ese semen no es mío, es una prueba contundente para que le carguen tu muerte a ese pardillo. Cuando venga la policía y el forense tomarán huellas y evidentemente encontraran la eyaculación de ese tipo sobre tu monte de Venus. Qué pena me das. Aunque no debería de compadecerme de ti sino de mí.
Ya no te podrás poner ese horrible impermeable amarillo. Ya no podrás calarte el sombrero con ese arte que tenías, ya no podrás jamás intentar convencerme de que los días de lluvia son maravillosos.
Voy a abrir las puertas del armario para que todos esos horribles trajes y abrigos, impermeables y sombreros puedan verte tumbada en la cama con los ojos desorbitados y tu pelo púbico mojado con el semen de ese tipo al que te estabas follando cuando llegué esta noche para acabar contigo.

© Salvador Moreno Valencia

domingo, 10 de septiembre de 2006

¿Te sientes aludido o eres el presidente...?

¿Qué hombre es capaz de mirar a los ojos de sus hijos, con sinceridad, cuando ha terminado su jornada de trabajo en la que ha ocupado su tiempo matando a otros niños como sus hijos?

¿Qué tipo de hombre se sienta a la mesa con el júbilo desatado de su progenie hambrienta, dispuesta a devorar una suculenta comida, cuando poco antes ha dictado el embargo de medicinas y alimentos a un país destrozado por las bombas, que previamente, ha ordenado lanzar sobre esos desdichados?

¿Qué hombre juega con sus hijos, sobre la hierba reluciente de su maravilloso jardín, con la conciencia tranquila, por estar fuera de peligro de encontrar minas bajo su frondosa hierba, ya que se ha encargado él de que éstas estallen en otros jardines y sobre los pies de otros niños que no son los suyos?

¿Qué tipo de hombre jura y perjura defender a su progenie, en su bonito jardín, en su repleta mesa, en su vida de paz, matando a niños como los suyos, tan inocentes como éstos, quemando sus jardines, vaciando sus mesas y negándoles la paz?

¿Terrorismo?

Mientras en el mundo exista un solo niño desprotegido, sin comida, sin medicina, sin colegio, sin padres, sin familia...

Esto de la democracia no será más que una farsa.

© Salvador Moreno Valencia

martes, 5 de septiembre de 2006

Érase una vez que fui joven.

Érase una vez que fui joven.

Nunca me encontré a gusto en la sociedad en la que me había tocado vivir. Siendo, como era, un muchacho que dejaba la adolescencia para zambullirme de lleno en la soñada juventud. Esa etapa de la vida, que como todo en la misma es tránsito, en la que a los jóvenes se nos endilga sin más la etiqueta de que somos complicados. Eso lo dicen los que nos preceden en generación y eso lo diremos nosotros cuando, la dorada juventud, divino tesoro, haya quedado relegada a los espacios en donde la memoria se codea con la batallita del anciano, ese que añora otro tiempo que ni fue mejor ni peor, sólo fue el momento en que tuvimos al alcance cambiar el mundo y que no lo conseguimos porque sin darnos cuenta nos vimos, de sopetón, sumergidos en la edad madura, dejando atrás esa juventud que nos valió para llevar, por unos años, la etiqueta que ahora otros llevan por ser ellos los jóvenes complicados. Yo, a pesar de que el paso del tiempo no perdona, sigo sin estar satisfecho con la sociedad que me rodea e incluso albergo la esperanza de que algún día podamos cambiarla para mejorarla.

© Salvador Moreno Valencia

El reportaje

Aquel día luminoso me abrió una puerta a la esperanza. La frustración que sentía por no ver realizados mis sueños quedaba relegada, de repente, al universo de los recuerdos.
Un trabajo me llegaba como una inspiración le llega al artista y entonces decidí que afrontaría el riesgo e intentaría conseguir lo que suponía el mayor de los retos. Como una ventana cuando se abre deja pasar la luz matinal mi futuro se abría iluminando las sombras en las que la desidia y el desamparo me habían tenido recluida. Respiré una bocanada de aire nuevo y limpio y salí a la calle para hacer aquel reportaje.

© Salvador Moreno Valencia

Rojo sobre rojo

Llueve en París, ésta ciudad de luz que ilumina mi camino. He llegado a las 6,30h de la mañana. Hace frío y cae una fina lluvia que va creando cortinas de luz en los Campos Elíseos.
Estoy helado, los ojos abiertos de par en par. Ya había estado antes en París. Pero ahora es diferente, ahora es como un sueño. Aquí la realidad se confunde con el sueño, la gran Torre corta las cortinas de lluvia que se abren en cataratas que caen desde el punto más alto de la misma. Allí arriba está el creador. Allí ha quedado inmortalizado para la eternidad ese loco que construyó su sueño basándose en hierros superpuestos unos con otros, tornillo a tornillo, escalón a escalón. Así forjó el sueño de su vida.
Yo estoy en París hoy día de los difuntos. Podría estar en cualquier parte del mundo, pero qué importa si hoy estoy en París, mañana en Roma, pasado en Berlín y, luego, quién sabe.
Uno puede estar en cualquier sitio, a cualquier hora y en cualquier rincón de los sueños. París la ciudad de la luz.
París está lluvioso, está gris con una leve luz azulada y el Sena está dormitando en el tiempo a través de sus puentes.
Pienso en una pistola. La habitación tiene tres metros cuadrados.
Rojo sobre rojo.
Ella tiene los ojos verdes, verdes como la esperanza.
Rojo sobre rojo.
En la habitación hay un lavabo, un pequeño espejo lo acompaña en su antiestética. El armario es viejo, raído por el paso del tiempo.
Pienso en una pistola. París está frío esta noche. Las luces de los Campos Elíseos tiritan en el espacio inerte de los indigentes. Casas de cartón. París, Madrid, Barcelona.
Rojo sobre rojo.
Ella mira desde sus esmeraldas, un lunar preside sus labios rojos y otro su ceja izquierda.
Rojo sobre rojo.
Pienso en una pistola. Ella sumerge sus labios en su púrpura lengua.
Rojo sobre rojo.
El lavabo muestra su soledad y su inhospitalidad, el espejo no mira a ningún sitio y nadie se mira en él. La habitación tiene tres metros cuadrados. La cama está abatida y sus sabanas tiene manchas blancas y amarillas y pruebas de fumadores empedernidos y atrapados en el insomnio.
Rojo sobre rojo.
Sus ojos son estrellas en invierno. Sonríe y con su lánguida
mirada me estrella en los muros del recuerdo.
Rojo sobre rojo.
Pienso en una pistola. La pistola tiene ojos, tiene labios y tiene cuerpo. Ella dispara con su senil sonrisa.
La habitación del hostal de París mide tres metros cuadrados como en Madrid y Barcelona. El armario muestra su rigidez del paso del tiempo y mira al espejo que hace compañía infinita al lavabo.
Pienso en una pistola. Con cañón largo.
Las chicas del show girl posan desnudas si le pones monedas a la cabina. Trescientas pelas y te enseñan las tetas y el coño.
Rojo sobre rojo.
El molino rojo está caliente. Mon Maitre duerme su sueño en un cuadro de Van Gogh.
Pienso en una pistola.
Un hombre solitario, una calle solitaria. El silencio es empañado por los gritos de una chica.
Pienso en una pistola.
Otro hombre llama con desesperación en un portero automático. Se oyen gritos de una chica. Nadie responde en el portero. Silencio. Sólo los gritos de una chica.
Las chicas del sexo posan desnudas para ti si le echas monedas a la cabina.
Pienso en una pistola.
Suenan dos disparos. Secos. Fríos. Y los gritos los rompe el silencio en un quejido sin final.
Pienso en una pistola.
Rojo sobre rojo.
He llegado a Barcelona desde París, hoy no está lloviendo. Hay un sol cenital y los cristales empañados anuncian el frío exterior.
Las Ramblas están abarrotadas a pesar del frío que hace. La tarde cae lentamente y Colón sigue con su dedo imperecedero señalando a un punto infinito en el horizonte del Mediterráneo.
Como siempre, en las Ramblas, hay gente buscándose la vida. Estatuas vivientes, mimos, pintores, timadores, vendedores de todo tipo de objetos, carteristas, chorizos, putas que se asoman a las esquinas del barrio chino. Barrio Gótico elemento emblemático de la arquitectura de siglos pasados. Chinos, turcos, sudafricanos, marroquíes, peruanos, chilenos, ecuatorianos, colombianos, búlgaros, checoslovacos, polacos, rusos, tailandeses, filipinos, indios, argentinos. Gente de todo el mundo. Barcelona, París, Madrid, ciudades cosmopolitas. Mezclas de culturas y razas. Mafias, robos, asesinatos.
Barcelona está encantada esta tarde, la magia de sus calles se trasmite a través de los muros de sus casas centenarias. Aquí hay sitio para todos. Casa de cartón. Indigentes, inadaptados viviendo en las calles. Todo se repite. Todo es igual. La gente que pasea por la Rambla, es igual a la que lo hace por los Campos Elíseos o por la calle Preciados de Madrid. Todo se repite.
Pienso en una pistola.
Rojo sobre rojo.
En mis sueños se repiten las imágenes y los gritos de una chica me sobresaltan y me despiertan.
La prensa: La Vanguardia de Barcelona. Sucesos. Encuentran a una chica muerta en su domicilio. Tiene dos balas incrustadas en su cuerpo. Corazón y cabeza.
Rojo sobre rojo.
Pienso en una pistola.
Prensa de París: Le Monde. Sucesos. Encuentran una chica desnuda y con dos disparos sobre su cuerpo. Corazón y cabeza.
Rojo sobre rojo.
Barcelona está maravillosa esta noche. Salgo a tomar unas copas. Una chica me lleva a un local para tomar algo.
Describo: Camino por la Rambla, son las once y treinta minutos. Al final de la Rambla una chica, que no es la negra flor de Radio Futura, se acerca a mí y me pregunta si conozco algún local donde pongan salsa. Le respondo que no soy del lugar y me dice que tampoco ella es de Barcelona.
Está sola y me propone que la acompañe y como yo también me encuentro solo acepto su oferta.
Rojo sobre rojo.
Es alta, me saca al menos diez centímetros, morena, ojos negros, pelo largo y rizado. Viste pantalón ajustado de color negro y una camiseta donde se adivinan sus tetas con pezones erizados y mirando a la luna.
Pasamos por un bar y ella me dice que entremos, su insistencia me da mala espina. En el bar hay otras chicas y también chicos. De momento, observo y todo parece normal. Nos acercamos a la barra y pedimos dos copas. Cinco mil, me dice la camarera que las ha servido. En ese momento me doy cuenta que me han estafado. La chica se levanta y va al baño. En la puerta del baño hay un tipo vestido con traje negro. Se detiene ante él y puedo ver como hablan dirigiéndose a mí.
Ella regresa. Se sienta a mi lado. Viene otra chica, me la presenta y le pide que se quede conmigo. Ella tiene que salir. Ya sé dónde estoy, es un local de alterne camuflado. Un polvo cinco mil. Ella vuelve con otro pardillo como yo.
Rojo sobre rojo.
Pienso en una pistola.
El whiskye es matarratas. La otra chica que se ha quedado sentada a mi lado me pide que la invite a una copa, me niego.
El señor del traje negro se acerca, se pone tras de mí y de repente siento un objeto punzante en mi costado, frío como el hielo. El tipo me pide discretamente que abandone todas las pertenencias de valor que llevo y además el dinero.
Pienso en una pistola.
Rojo sobre rojo.
La estación me da vueltas. Tengo un tambor metido en la cabeza. Los ojos rojos, no tengo tabaco ni dinero.
Rojo sobre rojo.
Mientras espero el tren veo como un señor ojea la prensa, me acerco y puedo leer. Sucesos. Encuentran a una chica asesinada en su domicilio con una bala en el corazón y otra en la cabeza. Rojo sobre rojo escrito en su pecho con carmín.
Pienso en una pistola.
Anuncian la salida del tren y pienso en París, Madrid, Barcelona. Los gritos de una chica retumban en mi cabeza. Hay una calle vacía. Un hombre solitario va por ella.
Rojo sobre rojo.
Pienso en una pistola.

© Salvador Moreno Valencia

lunes, 28 de agosto de 2006

Oh! Así!

Oh! Así!

Las arenas del desierto, ese desierto azul y solitario que veo desde la ventana de mi alma, se mueven con los vientos cálidos que vienen de tus ojos. Y me miras con esos inocentes y profundos espejos del sueño, de esos sueños que son mis arenas movedizas.
Las palmeras en el oasis de tu cuerpo me cobijan en las horas aciagas de mis deseos. Corre el agua de la fuente de tus besos por mi garganta reseca, yerta y polvorienta de este largo camino que es mi vida, donde he perdido tantas veces el sabor fresco de unos labios como los tuyos y donde el miedo a volver a perderlos hace que ni siquiera pretenda besarlos. Me tumbo en la arena caliente del desierto de la vida y miro las estrellas que brillan como tus ojos cuando me miran y tu boca es nuevamente manantial de agua limpia y pura. Sólo un sorbo de tus labios me hará sentir ese alivio y tu agua bajará por mi garganta seca y sentiré la frescura de tus pechos como dos montes nevados. Y ésta soledad se romperá en tu vulva, en tu infinito triángulo y en ese profundo y misterioso abismo que es el principio y el fin de los días.
© Salvador Moreno Valencia

domingo, 27 de agosto de 2006

A la hora anunciada

A la hora...

A la hora de la hora
es una muerte que amén
de los mortales
todos tenemos señalada.

Que por mucho que te afanes
no te valdrá de nada
eludir la cita previa
con la amada de los sueños.

Por entero yo me entrego
a lo que viene por hoy
que si ayer no fue mío
mañana no pertenezco
que lo único que tengo
es éste presente incierto.

Y en pasando ya la hora
es una muerte anunciada
para todos los mortales
que se afanan para nada.


Despertar

Cuántas veces he contemplado éste mar,
ahora en calma, ahora tempestuoso,
henchido de amargura y dolor.

Cuántas veces he oído el rumor de la olas,
suave y salvaje, con los sentidos embotados
y sumido en una eterna resaca.

Cuántas veces he soñado días de lluvia;
y lágrimas han brotado en el cielo oscuro
bajo el que me escondía, bajo el que me deslizaba
como una alimaña huyendo de mis pesadillas.

Y sin embargo, ahora, en éste momento,
una vez desaparecida la oscuridad y la obstinación de mi mente;
tus ojos que todo lo iluminan me hacen sentir, ese mar,
esas olas, esa lluvia, ese cielo con la salvaje fuerza
con la que musitan los elementos que los componen.

Tus cristalinos radiantes...
Tus labios encarnados e inocentes...
Tu dulzura angelical...

La rivera

La espuma
Primavera;
Hilo que hila
La espera;
Araña maldita
De tiempo;
Migraña en el recuerdo;

Conozco los silencios,
Tus miradas, frías, duras,
Lejanas;
Conozco, qué conozco.

Empezar es volver

Oigo unos pasos en el silencio de la tarde;
Me detengo a mirar a quién pertenecen
Los pies que construyen ese taconeo
Incesante y eterno.
La calle está tan vacía
Que casi dan ganas de vomitar;
Se detienen los pasos y no son los míos.
De repente un pensamiento pasa
Como alma que lleva el diablo,
Como si llegase tarde a una cita,
La última de las citas, entrañable y seductora...

Maltratador

Un gallo en la taberna
“machito”
y un cigarro de boca
se estrella victima,
de un miedo, de un algo que no se ve en los espejos.
Que tus ojos alba fueron
Que tus abrazos abrigo
Que tus sueños
Destino;
En una esquina
Malogra la vida
Mi vecina;
Atragantada de miedo
Moretones en el bolsillo.

Un completo no me olvides
Para la memoria
30 peces,
y un ratito de pasas para el olvido.

Dieciséis primaveras

Ella era ante el espejo
Una tierna mirada
De profunda belleza;
Pero sus ojos
Veían monstruos
En vela acechando
Para su golpe efectivo.
Ella era bella
Pero se sentía horriblemente
Fea;
Luego la abandonó
Su autoestima
Y soñó pedregosos
Caminos;
Se tatuó con sangre
Sobre sus azules venas
Una cuchilla afilada
Que la devolvió
Al mundo de las marcas,
Malvadas Hadas de este tiempo.

Un escenario pérfido

Frágiles marionetas
Para ésta farsa,
A este escenario
Le salen los ratones por debajo
Y por arriba
Vomitan los hilos
Exigiéndose tanto
Que han caído
En el abismo.
Marionetas oxidadas
Olvidadas;
Cuando la tierra era
Un lugar grato
Donde apacentar
Las vacas; las del amor.
Y ahora que te exige la exigencia
Para exigirte tanto que al final
Vamos a descubrir
Que nada vale para nada.

El embarcadero

El viejo embarcadero, está
Como tantos otros; cansado.
El viejo embarcadero se
Sumerge en las aguas del lago;
De cualquier lago donde brillan
Opacas sus negras aguas.
Hay movimiento de libélulas
Que sortean con sus transparentes
Alas, florecillas silvestres.
Yo pienso, miro el horizonte
De árboles verdes y puntiagudos
Que señalan al cielo como flechas
Vengadoras;
Y,
Las aguas mansas acarician al viejo embarcadero;
Hace ya tanto tiempo
Que las barcas oxidadas navegan por los sueños...
El viento suave y lleno de pájaros.
Hondos y próximos
Caminos se pierden en un laberinto de bosques.
Un motor suena a lo lejos,
Y un coro de distintos
Sonidos de aves flota en el aire
Como una musaraña.
Las casas como solitarias islas
Enseñan sus luces
En las ventanas;
Hilos de humo
Emergen de sus tejados y
En el cielo de óxido
Una tarde se desprende
Del vaporoso día amortajado;
Cinceles de Artista en las plumas del viento.
Esculpe la tierra colores
Sobre el agua y las maderas
Troncos de verdes ramas
Encienden la niebla,
A lo lejos, nuevamente, me detengo
Y unos ojos me miran,
Simplemente, me miran.
En el granero posan sus patas
Los grises cuervos y
Como urracas negras
Vacas dan lamentos
En el prado.
Yo disiento y caigo
En la maraña, musaraña
De mis ojos, miro, observo
Y guardo silencio.
En la orilla dos jóvenes
Se divierten con sus trajes
De baño, y, un pato se deja
Llevar por la corriente.
Los gritos de las locas
Gaviotas se mezclan con
Los de una bandada de grajos.
En el horizonte hay sirenas
De arena custodiadas
Por un Fauno.
El sol se asoma tímidamente
Manchando con dorados trazos
Las aguas de este lago y
El viejo embarcadero sigue
Viendo pasar el tiempo
De oxidadas barcas en el cielo.
Una nube de mosquitos
Baila su danza y
El viento los arrastra
Hacia cuerpos tumbados
Al sol.
Corre el hielo por la punta
De hierro oxidada, de
Tiempo la hora maga
Que ésta luz deshaga
Cobardes contradicciones
Y luchas para nada;
Si vuela el pez,
Al de diez, con un
Guiño yo me subo
A la sirena de arena que extendiendo sus alas
Me invita a volar por los sueños.
Digo adiós a éste viejo embarcadero,
Sobre tablas que envejecen y
Oxidan su tiempo al sol.
Me voy, compro champagne.
Luego me evado y
En familia oigo voces en Babel,
Que hablan o discuten y aun
Sin entender nada
No me pierdo en absoluto
Que de trivialidades
Ya tengo un saco
De conversaciones vanas.

© Salvador Moreno Valencia

sábado, 26 de agosto de 2006

LA DESESPERACIÓN DEL DESTIERRO

¿Qué está pasando papá?. ¿ Qué ruidos son esos?.
Estás y muchas más preguntas le hacía un niño de siete años a su padre, cuando el cielo se encendía y las bombas cortaban el silencio como una saeta. Papá, Mamá, ¿porqué nos vamos de la casa?, mamá ¿puedo llevar a Toby con nosotros?.
Toby no puede venir, allí a donde vamos será difícil encontrar alimentos para nosotros, déjalo aquí, así podrá cuidar la casa y cuando volvamos todo estará como antes.
La familia cogió todo lo que podía llevar consigo y se echaron al monte, poco a poco se fueron reuniendo con miles de familias que como ellos huían del terror y de la muerte. Los ancianos miraban hacia atrás y en sus ojos corrían las lagrimas de la desesperación, dejaban atrás toda una vida, todas sus pertenencias, dejaban su pasado, sus vecinos muertos a tiros por no haber salido a tiempo en busca de una libertad efímera, de un derecho a la vida, que se les negaba en su propia tierra. Allí, donde crecieron y lucharon para poder conservar sus pequeñas tierras, sus casas que, ahora ardían tras ellos, allí donde enterraron a sus padres y a sus amigos, allí donde vivían el día a día como en cualquier lugar del mundo antes de que comenzara la persecución, antes de que unos señores, que ni siquiera conocían, decidieran hacer una limpieza étnica, una atrocidad incomprensible, una barbarie de tal magnitud, que no tenía respuesta en sus mentes de personas humildes.
Solo los tiranos pueden justificar la masacre, tanto los de un bando, como los de otro. Unos por erigirse salvadores del mundo gastando miles de millones en bombas y en armas para la guerra cuando, probablemente esos miles de millones repartidos entre los pueblos afectados por la barbarie contribuirían a una paz más saludable para todos. Y los otros, en este caso los malos de la película, por erigirse en limpiadores de razas, creyendo que solo ellos tienen el derecho a disfrutar la tierra de la que pretenden exterminar a cualquier ser que no sea de los suyos.
Papá, estoy cansado, tengo hambre, tengo sed, ¿cuándo vamos a llegar?, papá tengo frío. El sol caía en el horizonte como cualquier tarde, pero no era una tarde como aquellas en las que se reunían todos en el porche de la casa y contemplaban el atardecer con alegría. El sol caía y sin embargo, las miles de familias desheredadas de sus tierras no lo contemplaban como lo habían hecho durante tantos años, sí, el sol esa tarde era el ocaso de sus vidas.
Mientras miles de personas miraban en sus televisores el estado de la guerra, miles de personas se preguntaban- ¿Porqué?.
¿La guerra es cuestión de orgullo? Porque al parecer ni los “buenos” ni los “malos” se bajan del burro y los que sufren reciben la noche con las preguntas sin respuestas.
Papá tengo frío, se oían miles de llantos y las estrellas ya no alumbran lo mismo para los desesperados en el destierro de sus vidas.
¿Porqué?
© Salvador Moreno Valencia

Homenaje a los ochenta

Corrían los chupitos como balas del infierno garganta abajo quemando nuestros esófagos con su endiablado destilado de agave, cuando sonaba, en el momento álgido de la noche, la canción que todos coreábamos: “El limite” del grupo de rock La Frontera.
Nos identificábamos con aquellas letras por creernos, a esas horas, en las que los efectos del tequila nos habían transportado al limite del bien y del mal, al menos de lo que entendíamos como tal, cercanos a ese mundo que rompe las fronteras de lo cotidiano, por cotidiano mil veces más absurdo; el limite, como estar al filo de la navaja o caminar descalzo sobre brasas de carbón era lo que creíamos entender pensando de una manera libertaria, desalojados de ataduras y de imposiciones sociales.
Más bien era un lugar imaginario en donde nos hubiera gustado estar en algún momento de nuestras vidas, dándonos la oportunidad de poder cambiar el mundo que nos rodeaba haciendo realidad ideas y sueños; entonces el ritmo de la música y el estribillo de la canción nos otorgaban unos segundos de gloria, la que en nuestros corazones anhelábamos en los labios ardientes de alguna hermosa mujer de prietas carnes lanzándonos a la lujuria más descabellada y atroz por bella e irreal, por estar más cerca del mal que del bien propiamente dichos como nos lo habían hecho creer nuestros educadores no laicos dotados de una fe y un doctrina colmada de misterios.
Nosotros éramos hijos de la frustración y el desengaño, adolescentes que despertábamos en una transición y jóvenes que nacíamos en una democracia que se acababa de estrenar en un país que salía de un duro trance dictatorial.
Y aquellas canciones de los ochenta con su movida madrileña, como siempre ha sido, centralizaba un movimiento que hacía despertar a toda la nación en su capital, quedando el resto del territorio huérfano de cultura y sumido por muchos años más en la más profunda y negra de las Españas, que todavía, en algunos pueblos, por desgracia, sigue viva.
Nos llegaba la movida ochentera tarde, casi en los noventa, al menos en aquélla ciudad que bien comparó un gran amigo mío como la Cuba sin Fidel, una isla rodeada de montañas, lejana al mundo exterior y cercana al pasado.
Canciones como “El limite” y tantas otras: Lobo hombre en París, Jardín Botánico, Cadillac solitario, Perlas ensangrentadas, La chica de ayer, Déjame, Enfermera de noche, Bote de colón, Bailaré sobre tu tumba, Galicia caníbal, Camino Soria, Juan Antonio Cortes, Groelandia, Yo tenía un novio que tocaba en un conjunto, Ataque preventivo, El pistolero, Metadona, Escuela de calor, Huesos...
Y muchas otras sin dejar en el tintero a las que nos obsequiaron sus majestades satánicas los Rolling Stones, Bob Dylan, Eric Clapton, Tina Turner, Bob Marley, Nina Simone, Eurithmics, Status Quo, Roxy Music, David Bowie, Talking Heads, Chris Rea, Leonard Cohen, Pretenders, Dire Straits, Pink Floyd, Police, U2, Scorpions, Kis, The Chlass, The Ramones...
Todos estos y muchos otros grupos que escuché en aquella isla fueron, al menos para mí, la salvación, gracias a ellos crecí como persona y aprendí cosas maravillosas; descubrí de la vida lo dulce y lo amargo y me tambaleé al limite de aquello que entendía como bien y me acercaba al mal; bailé al ritmo de las guitarras de la Frontera cuando oía aquel “El limite” dejando que mi imaginación volase hasta llegar a lugares soñados caminando por ese fina y frágil línea que separa el mal del bien y viceversa.
© Salvador Moreno Valencia
E-mail: alvaeno33@hotmail.com
Tel. 652470813

La inmigración

No deberíamos de creer que el fenómeno es exclusivo de estos días. Porque la historia constata miles de movimientos de humanos a través de todos los tiempos. Los motivos pueden ser distintos pero que en nada se diferencian los de tiempos pasados con los de ahora.
El hombre en su condición de búsqueda ha protagonizado incursiones en todos los rincones del planeta en el que es, por supremacía, el rey todo poderoso. Pero al mismo tiempo es el simio insignificante que en su pretensión de estar por encima de todas las cosas se destruye a sí mismo y cómo no a sus congéneres.
¿No es la inmigración un reflejo de la inquietud de los humanos por superarse y por conseguir lo que otros poseen con los derechos y deberes de todo ciudadano, con el respeto y la libertad que a todos nos debería amparar y sin embargo nos desampara?
¿No son las democracias modernas las causantes de ese fenómeno al cerrar las fronteras y dividir el mundo en parcelas? ¿No es de todos merecido el derecho al tener una vida digna y vivir donde plazca siempre que se responda ante los deberes y derechos establecidos con respeto y libertad?
Los humanos en pos de riquezas producen infiernos inhabitables, ghettos, marginación y caos. Consideremos que la inmigración es sólo un efecto más de las sociedades modernas y que son éstas las que deben atajar, desde un punto de vista humano, tal fluido de seres en busca de una mejor calidad de vida y no olvidar jamás que ante todo debemos compartir las riquezas y erradicar la miseria que producen las sociedades desarrolladas.
Desde mi punto de vista la inmigración no es un problema, el problema está en la ineficacia de los gobiernos y por tanto en la pasividad de las democracias. El pueblo se mueve de un lugar a otro desde tiempos remotos e intenta asentarse en los lugares donde poder crecer y prosperar, cultural y económicamente.
¿Por qué los países mal definidos “libres” y “demócratas” cierran sus fronteras y sueltan los fantasmas de la xenofobia entre sus contribuyentes, en lugar de buscar solidarizarse con los países de origen de dichos inmigrantes para, en la medida de lo posible, atajar el fenómeno creando soluciones con sus gobiernos y haciendo que esos hombres, mujeres y niños tengan en su tierra de nacimiento lo que buscan en ese éxodo hacia la tierra prometida jugándose en muchos casos la vida?
Salvador Moreno Valencia
Escritor.
DNI. 25567962N
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