A modo de prólogo: todos los años por éstas fechas edito éste cuento, sé que, como cada año, habrá detractores de la historia, pero es algo común y razonable. Pero éste año además del cuento me gustaría que al menos, los que lo lean tomen consciencia de la magnitud del despilfarro que se avecina. Consuman pero sean moderados y piensen que si se repartiera, tan sólo, una mínima cantidad de todo lo que se va a gastar, probablemente tendríamos la mejor navidad de todos los tiempos; y para terminar (cuántos millones de euros consumiremos en energía...) Pregunta: ¿Qué podríamos hacer con menos bombillas? Quizá acabar con la miseria en el mundo. ( Feliz navidad, próspero consumidor de occidente) El Espíritu de la navidad Dedicado a los miles de niños que sufren la incomprensión de los hombres.
Espíritu de Navidad
Vivía en un barrio de casas tristes, viejas y casi derruidas. Un barrio donde las ratas paseaban con desparpajo y descaro, entrando y saliendo de las casas y chabolas que había construido aquella gente que llegó del campo a la gran ciudad con la esperanza de encontrar un trabajo y el maravilloso bienestar que había visto en la televisión.Tenía unos diez años, una vela de mocos le caía por la comisura de los labios. Los ojos azules y el pelo rizado y pelirrojo. Andaba buscando en las basuras como lo hacían los otros niños mayores que ella. Llevaba puestos unos pantalones ajados de miseria y manchas, un suéter azul con rayas blancas de mangas largas que a ella le sobrepasaban las rodillas.Su madre trabajaba limpiando escaleras por un sueldo de mierda, su padre tenía como profesión darle a la botella y además cumplía a rajatabla con la función de cabeza de familia. Propinándole palizas a su mujer cuando llegaba embriagado por los dos o tres litros de vino de tetra brik que compraba en el kiosco de la esquina a noventa pelas.Ella se ocultaba tras unos cartones cuando veía a su padre maltratar a su madre y muerta de miedo no le salía ni un sollozo. Una tarde fue con su madre al centro de aquella maravillosa ciudad, donde ya brillaban las luces de la navidad y los escaparates relucían llenos de artículos que como cebos se disponían a cazar a los consumidores que pasaban envueltos en sus abrigos. Cogida de la mano de su madre, miraba con un brillo en sus ojos que iluminaban más que alguno de aquellos árboles, llenos de bolas de cristal y de luces que parpadeaban como estrellas. En un remolino de gente se soltó su pequeña mano y se vio envuelta en un torbellino de personas que corrían y gritaban. De repente todo el mundo se detuvo frente a una fuerte y cegadora luz. Delante de ella, tan cerca que casi podía tocarlo, estaba aquel hombre, aquel gordinflón con rosadas mejillas, con enormes barbas blancas y con aquel traje de color rojo; sentado en un trineo con renos que miraban la muchedumbre con aquellos ojos redondos y donde Rocío pudo mirarse como en un espejo. El hombre la miró y con un guiño le pidió que se acercara. La cogió en sus brazos. Rocío sintió el calor que desprendía aquel traje rojo y se enredó en las blancas barbas que nacían de aquellas sonrosadas mejillas como chorros de agua plateada por la luna. Su madre apareció entre la muchedumbre, se acercó y abrazó a la pequeña que miraba los renos con los ojos como ventanas. El hombre de rojo le dio un beso en la mejilla y mirándolo madre e hija se alejaron por la avenida llena de gente y de coches.Esa noche Rocío se durmió feliz pensando en aquella tarde. Dieron las tres de la madrugada en el reloj de una iglesia cercana al barrio de chabolas. Rocío se despertó con los gritos de su padre, que una vez más llegaba borracho y le estaba pegando a su madre. Se levantó despacio y se asomó tras la cortina que dividía aquella chabola en dos. Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando pudo ver que aquel gordinflón de mejillas sonrosadas, que por la tarde le había dado un beso en la mejilla, estaba en su casa gritándole a su madre y atizándole con el ancho cinturón de cuero de donde le colgaban, la tarde anterior, las ilusiones y los deseos de miles de niños.
© Salvador Moreno Valencia
Letras tu revista literaria
miércoles, 13 de diciembre de 2006
lunes, 11 de diciembre de 2006
Escritor en paro busca...
-¿Pretendes ganarte la vida siendo escritor? ¿Estás loco? ¿Sin estudios, autodidácticamente? Estás más loco de lo que creía.
¿Sin relaciones, sin amistades en ese mundo de putos y concubinas, de putas y concubinos?
Estás majareta, como una cabra, peor de lo que había creído jamás. No podrás publicar ni una sola letra. No ves que el pan literario se lo reparten unos cuantos… Los mismos de siempre y sus chupaculos, chupapollas, comechochos…
De todos modos, qué importa, si ello te hace ilusión, nada chico a estrellarte con tu muro literario. Por cierto, lo olvidaba, el próximo lunes tienes una entrevista en la oficina del SAE.
-¿Y para qué me querrán esos?
-Para qué va a ser, para justificar sus empleos.
-Bueno ellos dicen que me van ayudar.
-¡Ya! Pero nada de literatura te dirán.
¿Y a qué hora es la cita?
-A las nueve y cuarenta.
Allí estaré.
-¡Buenos días! Venía para la entrevista con el señor tal…
-Está con la anterior entrevista, espere fuera.
-Gracias.
Al rato sale un hombre con cara de estar escondido como una ardilla cuando se refugia en el árbol donde esconde su tesoro de nueces.
No sé si lleva gafas, quizá sí, o no. Una camisa de rayas rosadas y una rebeca sin k que espanta.
-Hola es usted fulanito.
-Sí, soy yo.
-Pase, por favor.
-Gracias.
-Siéntese.
-¿Qué plan tienes para tu futuro trabajo?- dice el funcionario con sus ojillos chicos y parpadeantes como si los párpados se hubiesen despegado eternamente de sus ojos.
- Mi plan es ser escritor, bueno intentar seguir siéndolo- le respondo.
-La literatura no está recogida en el plan de ayuda para encontrar empleo, debe canalizar sus objetivos sobre un empleo concreto. Además para llegar a eso has de tener contactos, ¡ya sabe!
-Pero no quiero hacer otra cosa.
-No se preocupe, nosotros le ayudaremos a encontrar el empleo apropiado para usted- responde el ratón funcionario desde detrás de la mesa como si no hubiese escuchado ni una palabra de lo que le digo. Automatizado como el ordenador que tiene enfrente.
-Ya le he dicho que soy escritor. ¿Tienen un empleo para un escritor?
-No, para ese tipo de profesiones hay otros canales. ¡Ya sabe! El dinero, los contactos…Nosotros nos dedicamos a orientar e informar de cómo encontrar empleo. De cómo acceder a los cursos de formación profesional, subvencionados por la Junta de Andalucía. No somos ni editores ni editoriales. Aquí usted encuentra un empleo.
-¿No me estará usted diciendo que el oficio de escritor no está considerado como trabajo?
-No es eso, lo que ocurre que nosotros no nos ocupamos de esos empleos.
-No sé. ¿Dígame, entonces, qué es lo que tengo que decir o qué es lo que necesita escuchar usted?- le respondo al funcionario ratón que no muestra, ni preocupación por mi situación, ni ilusión por conseguir solucionar el asunto.
-Usted debe canalizar sus preferencias sobre el empleo- repite como un contestador automático.
Me habla de los canales que debo utilizar para conseguir mi empleo favorito: la prensa, Internet…
Vuelvo a repetirle, algo confuso y hastiado que lo que quiero es dedicarme a escribir que considero una profesión digna la de escritor…
-No, mire, no podemos ayudarle en ese campo. Sin embargo si le gusta la informática le puedo proponer unos cursos sobre diseño web. ¡Qué le parece?
-No me parece nada- le digo un tanto enfadado, al parecer no hablo el idioma del funcionario- señor cuántas veces le voy a decir lo que quiero.
-De todos modos lo voy a citar para una reunión en grupo, el próximo viernes, a las nueve, le parece- dice mecánicamente- y el próximo martes a la uno vuelva para seguir con nuestra entrevista. Y no se preocupe, usted dígame los objetivos que tiene, sus preferencias a la hora de encontrar un empleo- vuelve el ratón mecánico a soltar esa retahíla aprehendida sin escucharme.
Escritor en paro busca empleo…
Se necesita ayudante de cocina, dejar Cv con fotografía…
Abstenerse sin papeles.
Se necesita carnicero para matadero…
Se necesita dependiente pendiente del sistema informá…
Se ofrece periodista con experiencia para cuidar niños…
Se necesitan mozos para almacén, no queremos sin papeles y sin carné de carretilla.
Se necesita mujer con labia…
Se necesita esteticista cristalero…
Se necesitan peones con albañiles y viceversa, interesados llamar a Julián Muñoz…
Se necesitan dameros y caballeras…
Señoritas atractivas…
Francés, griego, lésbico…
Se necesitan camareros jornada laboral completa de doce horas, abstenerse los que quieran una jornada digna y no digamos el sueldo…
Si quieres ganar dinero…
Eres joven y emprendedor…
Hipotecamos tu futuro a largo plazo, no dudes en llamar, una sola cuota, si gastos…
Se necesitan in movilizados fijos sin móvil…
Abstenerse gente en silla de ruedas…
Tu futuro en un gran grupo, fuerte y con proyección de más futuro…
Olvídate mileurista, ahora te damos la oportunidad de ser novecieneurista, tan sólo por llamar…
Vendo apartamento de doce metros cuadros, todo incluido, baño, cocina, salón, dormitorios y una terraza. Chollo cuatrocientos mil euros…
Se ofrece chica con ganas de ser explotada para esclava, añado la familia completa a la esclavitud y al servilismo…
Escritor en paro busca empleo…
Todos los prevaricadores juntos y así nos va…
©salvador moreno valencia
¿Sin relaciones, sin amistades en ese mundo de putos y concubinas, de putas y concubinos?
Estás majareta, como una cabra, peor de lo que había creído jamás. No podrás publicar ni una sola letra. No ves que el pan literario se lo reparten unos cuantos… Los mismos de siempre y sus chupaculos, chupapollas, comechochos…
De todos modos, qué importa, si ello te hace ilusión, nada chico a estrellarte con tu muro literario. Por cierto, lo olvidaba, el próximo lunes tienes una entrevista en la oficina del SAE.
-¿Y para qué me querrán esos?
-Para qué va a ser, para justificar sus empleos.
-Bueno ellos dicen que me van ayudar.
-¡Ya! Pero nada de literatura te dirán.
¿Y a qué hora es la cita?
-A las nueve y cuarenta.
Allí estaré.
-¡Buenos días! Venía para la entrevista con el señor tal…
-Está con la anterior entrevista, espere fuera.
-Gracias.
Al rato sale un hombre con cara de estar escondido como una ardilla cuando se refugia en el árbol donde esconde su tesoro de nueces.
No sé si lleva gafas, quizá sí, o no. Una camisa de rayas rosadas y una rebeca sin k que espanta.
-Hola es usted fulanito.
-Sí, soy yo.
-Pase, por favor.
-Gracias.
-Siéntese.
-¿Qué plan tienes para tu futuro trabajo?- dice el funcionario con sus ojillos chicos y parpadeantes como si los párpados se hubiesen despegado eternamente de sus ojos.
- Mi plan es ser escritor, bueno intentar seguir siéndolo- le respondo.
-La literatura no está recogida en el plan de ayuda para encontrar empleo, debe canalizar sus objetivos sobre un empleo concreto. Además para llegar a eso has de tener contactos, ¡ya sabe!
-Pero no quiero hacer otra cosa.
-No se preocupe, nosotros le ayudaremos a encontrar el empleo apropiado para usted- responde el ratón funcionario desde detrás de la mesa como si no hubiese escuchado ni una palabra de lo que le digo. Automatizado como el ordenador que tiene enfrente.
-Ya le he dicho que soy escritor. ¿Tienen un empleo para un escritor?
-No, para ese tipo de profesiones hay otros canales. ¡Ya sabe! El dinero, los contactos…Nosotros nos dedicamos a orientar e informar de cómo encontrar empleo. De cómo acceder a los cursos de formación profesional, subvencionados por la Junta de Andalucía. No somos ni editores ni editoriales. Aquí usted encuentra un empleo.
-¿No me estará usted diciendo que el oficio de escritor no está considerado como trabajo?
-No es eso, lo que ocurre que nosotros no nos ocupamos de esos empleos.
-No sé. ¿Dígame, entonces, qué es lo que tengo que decir o qué es lo que necesita escuchar usted?- le respondo al funcionario ratón que no muestra, ni preocupación por mi situación, ni ilusión por conseguir solucionar el asunto.
-Usted debe canalizar sus preferencias sobre el empleo- repite como un contestador automático.
Me habla de los canales que debo utilizar para conseguir mi empleo favorito: la prensa, Internet…
Vuelvo a repetirle, algo confuso y hastiado que lo que quiero es dedicarme a escribir que considero una profesión digna la de escritor…
-No, mire, no podemos ayudarle en ese campo. Sin embargo si le gusta la informática le puedo proponer unos cursos sobre diseño web. ¡Qué le parece?
-No me parece nada- le digo un tanto enfadado, al parecer no hablo el idioma del funcionario- señor cuántas veces le voy a decir lo que quiero.
-De todos modos lo voy a citar para una reunión en grupo, el próximo viernes, a las nueve, le parece- dice mecánicamente- y el próximo martes a la uno vuelva para seguir con nuestra entrevista. Y no se preocupe, usted dígame los objetivos que tiene, sus preferencias a la hora de encontrar un empleo- vuelve el ratón mecánico a soltar esa retahíla aprehendida sin escucharme.
Escritor en paro busca empleo…
Se necesita ayudante de cocina, dejar Cv con fotografía…
Abstenerse sin papeles.
Se necesita carnicero para matadero…
Se necesita dependiente pendiente del sistema informá…
Se ofrece periodista con experiencia para cuidar niños…
Se necesitan mozos para almacén, no queremos sin papeles y sin carné de carretilla.
Se necesita mujer con labia…
Se necesita esteticista cristalero…
Se necesitan peones con albañiles y viceversa, interesados llamar a Julián Muñoz…
Se necesitan dameros y caballeras…
Señoritas atractivas…
Francés, griego, lésbico…
Se necesitan camareros jornada laboral completa de doce horas, abstenerse los que quieran una jornada digna y no digamos el sueldo…
Si quieres ganar dinero…
Eres joven y emprendedor…
Hipotecamos tu futuro a largo plazo, no dudes en llamar, una sola cuota, si gastos…
Se necesitan in movilizados fijos sin móvil…
Abstenerse gente en silla de ruedas…
Tu futuro en un gran grupo, fuerte y con proyección de más futuro…
Olvídate mileurista, ahora te damos la oportunidad de ser novecieneurista, tan sólo por llamar…
Vendo apartamento de doce metros cuadros, todo incluido, baño, cocina, salón, dormitorios y una terraza. Chollo cuatrocientos mil euros…
Se ofrece chica con ganas de ser explotada para esclava, añado la familia completa a la esclavitud y al servilismo…
Escritor en paro busca empleo…
Todos los prevaricadores juntos y así nos va…
©salvador moreno valencia
Escritor en paro busca...
-¿Pretendes ganarte la vida siendo escritor? ¿Estás loco? ¿Sin estudios, autodidácticamente? Estás más loco de lo que creía.
¿Sin relaciones, sin amistades en ese mundo de putos y concubinas, de putas y concubinos?
Estás majareta, como una cabra, peor de lo que había creído jamás. No podrás publicar ni una sola letra. No ves que el pan literario se lo reparten unos cuantos… Los mismos de siempre y sus chupaculos, chupapollas, comechochos…
De todos modos, qué importa, si ello te hace ilusión, nada chico a estrellarte con tu muro literario. Por cierto, lo olvidaba, el próximo lunes tienes una entrevista en la oficina del SAE.
-¿Y para qué me querrán esos?
-Para qué va a ser, para justificar sus empleos.
-Bueno ellos dicen que me van ayudar.
-¡Ya! Pero nada de literatura te dirán.
¿Y a qué hora es la cita?
-A las nueve y cuarenta.
Allí estaré.
-¡Buenos días! Venía para la entrevista con el señor tal…
-Está con la anterior entrevista, espere fuera.
-Gracias.
Al rato sale un hombre con cara de estar escondido como una ardilla cuando se refugia en el árbol donde esconde su tesoro de nueces.
No sé si lleva gafas, quizá sí, o no. Una camisa de rayas rosadas y una rebeca sin k que espanta.
-Hola es usted fulanito.
-Sí, soy yo.
-Pase, por favor.
-Gracias.
-Siéntese.
-¿Qué plan tienes para tu futuro trabajo?- dice el funcionario con sus ojillos chicos y parpadeantes como si los párpados se hubiesen despegado eternamente de sus ojos.
- Mi plan es ser escritor, bueno intentar seguir siéndolo- le respondo.
-La literatura no está recogida en el plan de ayuda para encontrar empleo, debe canalizar sus objetivos sobre un empleo concreto. Además para llegar a eso has de tener contactos, ¡ya sabe!
-Pero no quiero hacer otra cosa.
-No se preocupe, nosotros le ayudaremos a encontrar el empleo apropiado para usted- responde el ratón funcionario desde detrás de la mesa como si no hubiese escuchado ni una palabra de lo que le digo. Automatizado como el ordenador que tiene enfrente.
-Ya le he dicho que soy escritor. ¿Tienen un empleo para un escritor?
-No, para ese tipo de profesiones hay otros canales. ¡Ya sabe! El dinero, los contactos…Nosotros nos dedicamos a orientar e informar de cómo encontrar empleo. De cómo acceder a los cursos de formación profesional, subvencionados por la Junta de Andalucía. No somos ni editores ni editoriales. Aquí usted encuentra un empleo.
-¿No me estará usted diciendo que el oficio de escritor no está considerado como trabajo?
-No es eso, lo que ocurre que nosotros no nos ocupamos de esos empleos.
-No sé. ¿Dígame, entonces, qué es lo que tengo que decir o qué es lo que necesita escuchar usted?- le respondo al funcionario ratón que no muestra, ni preocupación por mi situación, ni ilusión por conseguir solucionar el asunto.
-Usted debe canalizar sus preferencias sobre el empleo- repite como un contestador automático.
Me habla de los canales que debo utilizar para conseguir mi empleo favorito: la prensa, Internet…
Vuelvo a repetirle, algo confuso y hastiado que lo que quiero es dedicarme a escribir que considero una profesión digna la de escritor…
-No, mire, no podemos ayudarle en ese campo. Sin embargo si le gusta la informática le puedo proponer unos cursos sobre diseño web. ¡Qué le parece?
-No me parece nada- le digo un tanto enfadado, al parecer no hablo el idioma del funcionario- señor cuántas veces le voy a decir lo que quiero.
-De todos modos lo voy a citar para una reunión en grupo, el próximo viernes, a las nueve, le parece- dice mecánicamente- y el próximo martes a la uno vuelva para seguir con nuestra entrevista. Y no se preocupe, usted dígame los objetivos que tiene, sus preferencias a la hora de encontrar un empleo- vuelve el ratón mecánico a soltar esa retahíla aprehendida sin escucharme.
Escritor en paro busca empleo…
Se necesita ayudante de cocina, dejar Cv con fotografía…
Abstenerse sin papeles.
Se necesita carnicero para matadero…
Se necesita dependiente pendiente del sistema informá…
Se ofrece periodista con experiencia para cuidar niños…
Se necesitan mozos para almacén, no queremos sin papeles y sin carné de carretilla.
Se necesita mujer con labia…
Se necesita esteticista cristalero…
Se necesitan peones con albañiles y viceversa, interesados llamar a Julián Muñoz…
Se necesitan dameros y caballeras…
Señoritas atractivas…
Francés, griego, lésbico…
Se necesitan camareros jornada laboral completa de doce horas, abstenerse los que quieran una jornada digna y no digamos el sueldo…
Si quieres ganar dinero…
Eres joven y emprendedor…
Hipotecamos tu futuro a largo plazo, no dudes en llamar, una sola cuota, si gastos…
Se necesitan in movilizados fijos sin móvil…
Abstenerse gente en silla de ruedas…
Tu futuro en un gran grupo, fuerte y con proyección de más futuro…
Olvídate mileurista, ahora te damos la oportunidad de ser novecieneurista, tan sólo por llamar…
Vendo apartamento de doce metros cuadros, todo incluido, baño, cocina, salón, dormitorios y una terraza. Chollo cuatrocientos mil euros…
Se ofrece chica con ganas de ser explotada para esclava, añado la familia completa a la esclavitud y al servilismo…
Escritor en paro busca empleo…
Todos los prevaricadores juntos y así nos va…
¿Sin relaciones, sin amistades en ese mundo de putos y concubinas, de putas y concubinos?
Estás majareta, como una cabra, peor de lo que había creído jamás. No podrás publicar ni una sola letra. No ves que el pan literario se lo reparten unos cuantos… Los mismos de siempre y sus chupaculos, chupapollas, comechochos…
De todos modos, qué importa, si ello te hace ilusión, nada chico a estrellarte con tu muro literario. Por cierto, lo olvidaba, el próximo lunes tienes una entrevista en la oficina del SAE.
-¿Y para qué me querrán esos?
-Para qué va a ser, para justificar sus empleos.
-Bueno ellos dicen que me van ayudar.
-¡Ya! Pero nada de literatura te dirán.
¿Y a qué hora es la cita?
-A las nueve y cuarenta.
Allí estaré.
-¡Buenos días! Venía para la entrevista con el señor tal…
-Está con la anterior entrevista, espere fuera.
-Gracias.
Al rato sale un hombre con cara de estar escondido como una ardilla cuando se refugia en el árbol donde esconde su tesoro de nueces.
No sé si lleva gafas, quizá sí, o no. Una camisa de rayas rosadas y una rebeca sin k que espanta.
-Hola es usted fulanito.
-Sí, soy yo.
-Pase, por favor.
-Gracias.
-Siéntese.
-¿Qué plan tienes para tu futuro trabajo?- dice el funcionario con sus ojillos chicos y parpadeantes como si los párpados se hubiesen despegado eternamente de sus ojos.
- Mi plan es ser escritor, bueno intentar seguir siéndolo- le respondo.
-La literatura no está recogida en el plan de ayuda para encontrar empleo, debe canalizar sus objetivos sobre un empleo concreto. Además para llegar a eso has de tener contactos, ¡ya sabe!
-Pero no quiero hacer otra cosa.
-No se preocupe, nosotros le ayudaremos a encontrar el empleo apropiado para usted- responde el ratón funcionario desde detrás de la mesa como si no hubiese escuchado ni una palabra de lo que le digo. Automatizado como el ordenador que tiene enfrente.
-Ya le he dicho que soy escritor. ¿Tienen un empleo para un escritor?
-No, para ese tipo de profesiones hay otros canales. ¡Ya sabe! El dinero, los contactos…Nosotros nos dedicamos a orientar e informar de cómo encontrar empleo. De cómo acceder a los cursos de formación profesional, subvencionados por la Junta de Andalucía. No somos ni editores ni editoriales. Aquí usted encuentra un empleo.
-¿No me estará usted diciendo que el oficio de escritor no está considerado como trabajo?
-No es eso, lo que ocurre que nosotros no nos ocupamos de esos empleos.
-No sé. ¿Dígame, entonces, qué es lo que tengo que decir o qué es lo que necesita escuchar usted?- le respondo al funcionario ratón que no muestra, ni preocupación por mi situación, ni ilusión por conseguir solucionar el asunto.
-Usted debe canalizar sus preferencias sobre el empleo- repite como un contestador automático.
Me habla de los canales que debo utilizar para conseguir mi empleo favorito: la prensa, Internet…
Vuelvo a repetirle, algo confuso y hastiado que lo que quiero es dedicarme a escribir que considero una profesión digna la de escritor…
-No, mire, no podemos ayudarle en ese campo. Sin embargo si le gusta la informática le puedo proponer unos cursos sobre diseño web. ¡Qué le parece?
-No me parece nada- le digo un tanto enfadado, al parecer no hablo el idioma del funcionario- señor cuántas veces le voy a decir lo que quiero.
-De todos modos lo voy a citar para una reunión en grupo, el próximo viernes, a las nueve, le parece- dice mecánicamente- y el próximo martes a la uno vuelva para seguir con nuestra entrevista. Y no se preocupe, usted dígame los objetivos que tiene, sus preferencias a la hora de encontrar un empleo- vuelve el ratón mecánico a soltar esa retahíla aprehendida sin escucharme.
Escritor en paro busca empleo…
Se necesita ayudante de cocina, dejar Cv con fotografía…
Abstenerse sin papeles.
Se necesita carnicero para matadero…
Se necesita dependiente pendiente del sistema informá…
Se ofrece periodista con experiencia para cuidar niños…
Se necesitan mozos para almacén, no queremos sin papeles y sin carné de carretilla.
Se necesita mujer con labia…
Se necesita esteticista cristalero…
Se necesitan peones con albañiles y viceversa, interesados llamar a Julián Muñoz…
Se necesitan dameros y caballeras…
Señoritas atractivas…
Francés, griego, lésbico…
Se necesitan camareros jornada laboral completa de doce horas, abstenerse los que quieran una jornada digna y no digamos el sueldo…
Si quieres ganar dinero…
Eres joven y emprendedor…
Hipotecamos tu futuro a largo plazo, no dudes en llamar, una sola cuota, si gastos…
Se necesitan in movilizados fijos sin móvil…
Abstenerse gente en silla de ruedas…
Tu futuro en un gran grupo, fuerte y con proyección de más futuro…
Olvídate mileurista, ahora te damos la oportunidad de ser novecieneurista, tan sólo por llamar…
Vendo apartamento de doce metros cuadros, todo incluido, baño, cocina, salón, dormitorios y una terraza. Chollo cuatrocientos mil euros…
Se ofrece chica con ganas de ser explotada para esclava, añado la familia completa a la esclavitud y al servilismo…
Escritor en paro busca empleo…
Todos los prevaricadores juntos y así nos va…
domingo, 10 de diciembre de 2006
El efecto mariposa
El efecto mariposa
A las cuatro en punto de la tarde, minuto arriba, minuto abajo, un barco hace su entrada en el puerto.
A esa misma hora, minuto abajo, minuto arriba, un señor con gafas entra en una cafetería.
El barco lleva realizando la acción de entrar al puerto desde que saliera del armador, hace casi quince años.
El hombre de gafas realiza la acción de entrar en la cafetería, también desde hace unos quince años, precisamente desde que él aprobó las oposiciones convirtiéndose en funcionario público.
¿Qué pueden tener de común estas situaciones? Nada, excepto que se producen, cada día, a la misma hora.
Pero ésta tarde ha sucedido algo impensable. El barco ha encallado en la entrada del puerto. Sin embargo, el funcionario ha hecho su entrada en la cafetería a la misma hora, sin que nada le haya impedido hacerlo.
Tanto el señor de gafas como el patrón del barco son ajenos, el uno del otro, además de que desconocen dichas coincidencias.
Cada uno de ellos realiza su función, digamos que cada uno hace acto de presencia en su escena cotidiana sin saber nada del otro. Sin imaginar que éstas acciones que llevan a cabo cada día, puedan ocasionarles algún contratiempo.
El efecto mariposa para ambos es desconocido y por tanto carece de sentido y valor.
El patrón del barco se irrita al cometer semejante error. ¿Cómo puede haber cometido una torpeza similar? Tantos años realizando la misma maniobra, a la misma hora, con buen tiempo, con temporal y siempre ha llegado perfectamente al puerto. Conoce el lugar como la palma de su mano. Pero ésta tarde algo lo ha lanzado sobre las rocas, y lo peor para él es que acaba de perder parte de su carga. Unas treinta cajas de pescado recién extraído de las profundidades del abismo marino. El trabajo de un día completo tirado por la borda, nunca mejor dicho.
El señor funcionario de gafas, pongamos que se llama Aurelio, sí, Aurelio Benítez Sánchez, eso es, un nombre y apellidos corrientes. A él nunca le ha ocurrido nada en particular, nada que se salga de lo habitual, su ordinaria y esquemática vida. Su vida ha sido y es un tránsito de acciones organizadas con meticulosidad extrema, rayando la obsesión. Nada escapa al azar. Todo está esquematizado. Ni siquiera el destino escapa al cuadrante con el que regula su existencia.
El efecto mariposa.
Al patrón del barco, que acaba de encallar a la misma hora en que Aurelio entra en la cafetería, también habrá que ponerle un nombre y unos apellidos de común y ordinario, corrientes como el de muchos, está bien: Antonio Aranda Pérez, será un buen nombre.
Ni Aurelio, ni Antonio saben, tampoco intuyen que las circunstancias en las que se van a ver envueltos, tienen un factor común, o un denominador.
Aurelio como cada día entra en la misma cafetería a las cuatro de la tarde, pide un cortado con un chorreoncito de leche fría. Lo bebe de tres tragos, exactos tragos de sabor cafetero. Paga religiosamente con dos monedas: de cincuenta y veinte céntimos. Y luego vuelve sobre sus pasos, entra en la oficina donde trabaja hace quince años.
Mientras tanto, el pescado que ha vuelto al mar va siendo empujado por las olas hacia la orilla. Allí se reúnen cientos de gaviotas que con sus estridentes graznidos se lanzan sobre el festín.
Minutos más tarde otra bandada, no de pájaros, sino de personas, se abalanza también sobre el preciado festín, disputando con las gaviotas el pescado que yace sobre la arena.
Aurelio hace su trabajo como cada día. Escrupuloso. Esquemático. Archiva. Introduce datos. Enter. Alt G. Control C. Control V. hasta las siete de la tarde que dará por finalizada su jornada laboral.
Antonio grita a sus marineros para evitar males mayores. Pide ayuda por radio. Un barco grúa acude en pocos minutos. Remolca al Rosario del viento hasta el armador.
Al menos no se ha perdido todo, se dice el patrón tomando el asunto por el lado positivo. Pero el día está perdido y casi toda la pesca destrozada; hay que pagar los jornales, los gastos y el arreglo, pero podría haber sido peor.
Aurelio sale de su trabajo en el mismo momento en que el Rosario del viento entra en el hangar. De repente ha decidido cambiar de recorrido. Decide ir de regreso a su casa por otro camino. Algo impensable en él. Hay en su interior algo que lo empuja a tomar esa determinación y en el exterior, como si fuese un imán, algo que lo atrae hacia un lugar.
El efecto mariposa.
Y Aurelio llega a la playa sin saber cómo y sin preguntarse por qué. Oye las gaviotas como locas chillando. Se acerca. Ve la tragedia. Piensa en una catástrofe ecológica. Miles de peces muertos sobre la arena. Se plantea su existencia mirando sobre la arena esos miles de ojos saltones que lo miran a él, por qué. Un hombre se acerca al verlo. Le cuenta lo sucedido y Aurelio decide, como todos, llevar a casa un poco de pescado para sorprender a su querida esposa. Al recoger su botín se pincha en el dedo índice con una púa de algún pescado y siente un fuerte y agudo dolor. Al rato ha olvidado el dolor y el pinchazo y como un niño con zapatos nuevos, regresa feliz con la cena.
Antonio en ese momento sale del astillero y va a visitar a su amante, visita que ha estado haciendo con puntualidad escrupulosa, desde hace unos quince años. Hoy llegará un poco tarde de modo que la visita ha de ser breve. Antonio estrecha en sus brazos a su amada reconfortando de algún modo la pérdida.
Aurelio llega al portal del edificio donde vive.
Antonio azorado por la pasión hace el amor con su amante en el pasillo.
Aurelio sube los tres tramos de escalera.
El efecto mariposa.
Rosario grita de placer.
Aurelio saca las llaves del bolsillo.
Antonio aprieta con fuerza todo su cuerpo contra el de su amante como si fuese el viento envistiendo a las olas.
Rosario gime convulsionado su cuerpo.
Aurelio abre la puerta, el dedo índice se ha hinchado y tiene un color morado nauseabundo. La bandada de gaviotas lucha por los peces del Rosario del viento.
El índice se agita con odio y rabia. Señalando al efecto mariposa apretando su pus virulenta sobre el ojo de un pez volador.
©salvador moreno valencia
A las cuatro en punto de la tarde, minuto arriba, minuto abajo, un barco hace su entrada en el puerto.
A esa misma hora, minuto abajo, minuto arriba, un señor con gafas entra en una cafetería.
El barco lleva realizando la acción de entrar al puerto desde que saliera del armador, hace casi quince años.
El hombre de gafas realiza la acción de entrar en la cafetería, también desde hace unos quince años, precisamente desde que él aprobó las oposiciones convirtiéndose en funcionario público.
¿Qué pueden tener de común estas situaciones? Nada, excepto que se producen, cada día, a la misma hora.
Pero ésta tarde ha sucedido algo impensable. El barco ha encallado en la entrada del puerto. Sin embargo, el funcionario ha hecho su entrada en la cafetería a la misma hora, sin que nada le haya impedido hacerlo.
Tanto el señor de gafas como el patrón del barco son ajenos, el uno del otro, además de que desconocen dichas coincidencias.
Cada uno de ellos realiza su función, digamos que cada uno hace acto de presencia en su escena cotidiana sin saber nada del otro. Sin imaginar que éstas acciones que llevan a cabo cada día, puedan ocasionarles algún contratiempo.
El efecto mariposa para ambos es desconocido y por tanto carece de sentido y valor.
El patrón del barco se irrita al cometer semejante error. ¿Cómo puede haber cometido una torpeza similar? Tantos años realizando la misma maniobra, a la misma hora, con buen tiempo, con temporal y siempre ha llegado perfectamente al puerto. Conoce el lugar como la palma de su mano. Pero ésta tarde algo lo ha lanzado sobre las rocas, y lo peor para él es que acaba de perder parte de su carga. Unas treinta cajas de pescado recién extraído de las profundidades del abismo marino. El trabajo de un día completo tirado por la borda, nunca mejor dicho.
El señor funcionario de gafas, pongamos que se llama Aurelio, sí, Aurelio Benítez Sánchez, eso es, un nombre y apellidos corrientes. A él nunca le ha ocurrido nada en particular, nada que se salga de lo habitual, su ordinaria y esquemática vida. Su vida ha sido y es un tránsito de acciones organizadas con meticulosidad extrema, rayando la obsesión. Nada escapa al azar. Todo está esquematizado. Ni siquiera el destino escapa al cuadrante con el que regula su existencia.
El efecto mariposa.
Al patrón del barco, que acaba de encallar a la misma hora en que Aurelio entra en la cafetería, también habrá que ponerle un nombre y unos apellidos de común y ordinario, corrientes como el de muchos, está bien: Antonio Aranda Pérez, será un buen nombre.
Ni Aurelio, ni Antonio saben, tampoco intuyen que las circunstancias en las que se van a ver envueltos, tienen un factor común, o un denominador.
Aurelio como cada día entra en la misma cafetería a las cuatro de la tarde, pide un cortado con un chorreoncito de leche fría. Lo bebe de tres tragos, exactos tragos de sabor cafetero. Paga religiosamente con dos monedas: de cincuenta y veinte céntimos. Y luego vuelve sobre sus pasos, entra en la oficina donde trabaja hace quince años.
Mientras tanto, el pescado que ha vuelto al mar va siendo empujado por las olas hacia la orilla. Allí se reúnen cientos de gaviotas que con sus estridentes graznidos se lanzan sobre el festín.
Minutos más tarde otra bandada, no de pájaros, sino de personas, se abalanza también sobre el preciado festín, disputando con las gaviotas el pescado que yace sobre la arena.
Aurelio hace su trabajo como cada día. Escrupuloso. Esquemático. Archiva. Introduce datos. Enter. Alt G. Control C. Control V. hasta las siete de la tarde que dará por finalizada su jornada laboral.
Antonio grita a sus marineros para evitar males mayores. Pide ayuda por radio. Un barco grúa acude en pocos minutos. Remolca al Rosario del viento hasta el armador.
Al menos no se ha perdido todo, se dice el patrón tomando el asunto por el lado positivo. Pero el día está perdido y casi toda la pesca destrozada; hay que pagar los jornales, los gastos y el arreglo, pero podría haber sido peor.
Aurelio sale de su trabajo en el mismo momento en que el Rosario del viento entra en el hangar. De repente ha decidido cambiar de recorrido. Decide ir de regreso a su casa por otro camino. Algo impensable en él. Hay en su interior algo que lo empuja a tomar esa determinación y en el exterior, como si fuese un imán, algo que lo atrae hacia un lugar.
El efecto mariposa.
Y Aurelio llega a la playa sin saber cómo y sin preguntarse por qué. Oye las gaviotas como locas chillando. Se acerca. Ve la tragedia. Piensa en una catástrofe ecológica. Miles de peces muertos sobre la arena. Se plantea su existencia mirando sobre la arena esos miles de ojos saltones que lo miran a él, por qué. Un hombre se acerca al verlo. Le cuenta lo sucedido y Aurelio decide, como todos, llevar a casa un poco de pescado para sorprender a su querida esposa. Al recoger su botín se pincha en el dedo índice con una púa de algún pescado y siente un fuerte y agudo dolor. Al rato ha olvidado el dolor y el pinchazo y como un niño con zapatos nuevos, regresa feliz con la cena.
Antonio en ese momento sale del astillero y va a visitar a su amante, visita que ha estado haciendo con puntualidad escrupulosa, desde hace unos quince años. Hoy llegará un poco tarde de modo que la visita ha de ser breve. Antonio estrecha en sus brazos a su amada reconfortando de algún modo la pérdida.
Aurelio llega al portal del edificio donde vive.
Antonio azorado por la pasión hace el amor con su amante en el pasillo.
Aurelio sube los tres tramos de escalera.
El efecto mariposa.
Rosario grita de placer.
Aurelio saca las llaves del bolsillo.
Antonio aprieta con fuerza todo su cuerpo contra el de su amante como si fuese el viento envistiendo a las olas.
Rosario gime convulsionado su cuerpo.
Aurelio abre la puerta, el dedo índice se ha hinchado y tiene un color morado nauseabundo. La bandada de gaviotas lucha por los peces del Rosario del viento.
El índice se agita con odio y rabia. Señalando al efecto mariposa apretando su pus virulenta sobre el ojo de un pez volador.
©salvador moreno valencia
martes, 5 de diciembre de 2006
manifiesto
Hay hombres que luchan un día y son buenos.
Hay otros que luchan un año y son mejores.
Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos.
Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.
Con estas palabras de Bertolt Brecht comienza uno de sus poemas. Pensamos que se les pueden aplicar a un grupo de personas que están siendo sometidas a presiones de diversa índole simplemente por ejercer su derecho a discrepar de un determinado modelo de desarrollo.
Por ello, los abajo firmantes, relacionados de una u otra forma con la Serranía de Ronda, con el presente manifiesto declaramos nuestra absoluta identificación y solidaridad con quienes están siendo presionados y denunciados por ejercer un derecho básico constitucional como es la libertad de opinión y de expresión. La defensa de nuestro entorno ha sido lo que ha provocado que haya personas denunciadas: ciudadanos honrados, vecinos de Ronda y de la Serranía que ejercen sus actividades con profesionalidad y respeto escrupuloso hacia todos. Nosotros, como ellos, ejercemos nuestro derecho a discrepar y estamos de acuerdo con sus actuaciones y su línea de trabajo. Los ataques a que están siendo sometidos en un vano intento por silenciarlos, las difamaciones, las calumnias, las denuncias para intimidarles, etc. las interpretamos y sufrimos como si fueran hacia nuestras personas.
Estamos convencidos de que existe un modelo de desarrollo diferente al patrocinado por los promotores de los campos de golf y de las macrourbanizaciones que los acompañan, un modelo acorde con las peculiaridades de nuestra comarca, basado en el uso racional de sus recursos naturales y en el mantenimiento de los mismos para garantizar el futuro de las generaciones venideras, que es la base fundamental del desarrollo sostenible. El modelo que se nos quiere imponer a base de cheques, no es sostenible, y ni siquiera es desarrollo, es destrucción y sus efectos son irreversibles. Pan para hoy y hambre y sed para mañana.
Propugnamos el equilibrio entre la naturaleza y la actividad humana y pretendemos que no desaparezca la identidad de la población agrupada en núcleos cohesionados y perfectamente adaptados al paisaje hasta tal punto que forman parte indisoluble de él. El crecimiento artificial y forzado que provoca la construcción desenfrenada contribuye a destruir nuestra identidad y genera un enorme consumo de recursos como agua, energía, paisaje, etc.
No ignoramos que el poder económico y político de los que promueven este tipo de actuaciones es inmenso, a raíz de las noticias que continuamente aparecen en los medios de comunicación sobre escándalos urbanísticos, y que enfrente sólo estamos ciudadanos “insolventes”, como nos calificó un concejal del Ayuntamiento de Ronda, pero seguiremos en nuestra lucha porque estamos convencidos de que es justo y que la razón nos asiste.
Por último terminamos haciendo nuestras las palabras de Jaume Terradas, postulando por el desarrollo integral del ser humano, cuando dice que “deberíamos tratar de adoptar un comportamiento superior al del cerdo que come bellotas, pero ni considera el sol que les dio la vida, ni la influencia de los cielos por la cual se nutrieron, ni la raíz misma del árbol de donde surgieron”.
Envía tu adhesión a:
Paco Rojas E-mail: frojashormigo@gmail.com
Hay otros que luchan un año y son mejores.
Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos.
Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.
Con estas palabras de Bertolt Brecht comienza uno de sus poemas. Pensamos que se les pueden aplicar a un grupo de personas que están siendo sometidas a presiones de diversa índole simplemente por ejercer su derecho a discrepar de un determinado modelo de desarrollo.
Por ello, los abajo firmantes, relacionados de una u otra forma con la Serranía de Ronda, con el presente manifiesto declaramos nuestra absoluta identificación y solidaridad con quienes están siendo presionados y denunciados por ejercer un derecho básico constitucional como es la libertad de opinión y de expresión. La defensa de nuestro entorno ha sido lo que ha provocado que haya personas denunciadas: ciudadanos honrados, vecinos de Ronda y de la Serranía que ejercen sus actividades con profesionalidad y respeto escrupuloso hacia todos. Nosotros, como ellos, ejercemos nuestro derecho a discrepar y estamos de acuerdo con sus actuaciones y su línea de trabajo. Los ataques a que están siendo sometidos en un vano intento por silenciarlos, las difamaciones, las calumnias, las denuncias para intimidarles, etc. las interpretamos y sufrimos como si fueran hacia nuestras personas.
Estamos convencidos de que existe un modelo de desarrollo diferente al patrocinado por los promotores de los campos de golf y de las macrourbanizaciones que los acompañan, un modelo acorde con las peculiaridades de nuestra comarca, basado en el uso racional de sus recursos naturales y en el mantenimiento de los mismos para garantizar el futuro de las generaciones venideras, que es la base fundamental del desarrollo sostenible. El modelo que se nos quiere imponer a base de cheques, no es sostenible, y ni siquiera es desarrollo, es destrucción y sus efectos son irreversibles. Pan para hoy y hambre y sed para mañana.
Propugnamos el equilibrio entre la naturaleza y la actividad humana y pretendemos que no desaparezca la identidad de la población agrupada en núcleos cohesionados y perfectamente adaptados al paisaje hasta tal punto que forman parte indisoluble de él. El crecimiento artificial y forzado que provoca la construcción desenfrenada contribuye a destruir nuestra identidad y genera un enorme consumo de recursos como agua, energía, paisaje, etc.
No ignoramos que el poder económico y político de los que promueven este tipo de actuaciones es inmenso, a raíz de las noticias que continuamente aparecen en los medios de comunicación sobre escándalos urbanísticos, y que enfrente sólo estamos ciudadanos “insolventes”, como nos calificó un concejal del Ayuntamiento de Ronda, pero seguiremos en nuestra lucha porque estamos convencidos de que es justo y que la razón nos asiste.
Por último terminamos haciendo nuestras las palabras de Jaume Terradas, postulando por el desarrollo integral del ser humano, cuando dice que “deberíamos tratar de adoptar un comportamiento superior al del cerdo que come bellotas, pero ni considera el sol que les dio la vida, ni la influencia de los cielos por la cual se nutrieron, ni la raíz misma del árbol de donde surgieron”.
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Paco Rojas E-mail: frojashormigo@gmail.com
jueves, 30 de noviembre de 2006
Casa de muñecas
Me llamo Ursula, tengo esa edad en la que los conflictos internos y externos se enfrentan al radical cambio del cuerpo. Ya hace dos años que tuve la menstruación y pensé que cómo iba a ser posible, que mi cuerpo de niña, estuviese dispuesto a engendrar vida. Pero biológicamente así es.
Desde que era una niña me educaron como a una princesita, y me consta que no he sido la única. A mi hermano, dos años mayor que yo, lo han educado como a un príncipe; ese que en los cuentos vendrá a rescatarnos a las indefensas princesitas.
He crecido en una sociedad sexista por antonomasia; en mi familia siempre fui la niña sensible y frágil, porque tanto mi madre como mi padre así lo habían decidido.
Mi hermano, sin embargo, fue siempre el chico fuerte, audaz e ingenioso. Para mí estuvieron reservadas las muñecas, tanto, que incluso, cuando tenía apenas cinco años, imitaba a mi madre, que iba con el carro de bebé con mí otro hermano de un año y yo iba con mi carrito y mi bebé, incluso, con una actitud orgullosa, sin saber a lo que se me estaba condenando.
Ahora suelo ayudar en casa, a mi madre, a mi padre no, porque entre otras cosas, él nunca ha colaborado en las tareas del hogar, pero tampoco lo hace mi hermano mayor, que ahora va a cumplir dieciséis años, tiene moto, juega al fútbol y hace las cosas, que según mi padre, le corresponden a un hombre.
Y ese es el rol con el que me han llevado hasta mis cortos catorce años, pero no estoy dispuesta a seguir las normas establecidas. Solamente el pensar que he sido educada para entregarme a un machito como mi hermano, me da nauseas.
Y no me conformo que con ese rol que me han impuesto, primero, de niña y luego de chica frágil, no estoy dispuesta a aceptar que mi vida no es más que convertirme en la esclava de un patán.
He de reconocer que he conocido a hombres que eran diferentes a lo que yo entendía por estos. Y espero que con el tiempo, esos hombres junto a mujeres como yo, consigamos que tanto las unas como los otros caminemos en una auténtica igualdad, no con esa hipocresía con la que muchos pretenden disfrazar las diferencias y la violencia.
© Salvador Moreno Valencia
Desde que era una niña me educaron como a una princesita, y me consta que no he sido la única. A mi hermano, dos años mayor que yo, lo han educado como a un príncipe; ese que en los cuentos vendrá a rescatarnos a las indefensas princesitas.
He crecido en una sociedad sexista por antonomasia; en mi familia siempre fui la niña sensible y frágil, porque tanto mi madre como mi padre así lo habían decidido.
Mi hermano, sin embargo, fue siempre el chico fuerte, audaz e ingenioso. Para mí estuvieron reservadas las muñecas, tanto, que incluso, cuando tenía apenas cinco años, imitaba a mi madre, que iba con el carro de bebé con mí otro hermano de un año y yo iba con mi carrito y mi bebé, incluso, con una actitud orgullosa, sin saber a lo que se me estaba condenando.
Ahora suelo ayudar en casa, a mi madre, a mi padre no, porque entre otras cosas, él nunca ha colaborado en las tareas del hogar, pero tampoco lo hace mi hermano mayor, que ahora va a cumplir dieciséis años, tiene moto, juega al fútbol y hace las cosas, que según mi padre, le corresponden a un hombre.
Y ese es el rol con el que me han llevado hasta mis cortos catorce años, pero no estoy dispuesta a seguir las normas establecidas. Solamente el pensar que he sido educada para entregarme a un machito como mi hermano, me da nauseas.
Y no me conformo que con ese rol que me han impuesto, primero, de niña y luego de chica frágil, no estoy dispuesta a aceptar que mi vida no es más que convertirme en la esclava de un patán.
He de reconocer que he conocido a hombres que eran diferentes a lo que yo entendía por estos. Y espero que con el tiempo, esos hombres junto a mujeres como yo, consigamos que tanto las unas como los otros caminemos en una auténtica igualdad, no con esa hipocresía con la que muchos pretenden disfrazar las diferencias y la violencia.
© Salvador Moreno Valencia
miércoles, 29 de noviembre de 2006
Momentos
A la hora exacta, en la madrugada, la soñé en un lugar imaginario donde las olas se confunden con el brillo de la luna.
Era esa hora en la que el efecto, de las cervezas, creaba en mi cabeza caballitos de mar, sirenas de plata, veleros blancos empujados por el viento. La hora de la sentencia, el amargo trago del amor, me bebí la soledad en una barra de nostalgia, en la barra de ese bar donde palpitan los sentimientos de seres solitarios. Allí me la tomé de un trago y la sentí correr por mi garganta quemando mi esófago y encendiendo una llama en la boca del estómago. Era la novena cerveza o la décima porque a la novena siempre pierdo la cuenta y la cabeza.
Ella, fría, calculadora, me atajó sin rodeos y me pidió que la dejara tranquila, que le apetecía estar sola. Es así, orgullosa. Sentenció con el brillo de sus ojos y en sus labios corrían los deseos y los prejuicios. Y fueron los cristales de su boca los que nos separaron una vez más.
Era la hora exacta, la del tiempo detenido, la del silencio amargo, la del reloj de arena en la playa de su vientre, en las crestas de sus pechos.
En la cerveza número once o doce, quizá en la primera perdí de nuevo en el amor, gané en el olvido y me retiré a dormitar en los espejos moribundos de las calles vacías. Caminé toda la noche hasta que el alba me sorprendió un día más, embriagado de amargos tragos, dando tumbos, observado por las ventanas cerradas del amor, del calor interno, del sueño perdido.
La luz del sol me estalló en los ojos que se llenaron de lagrimas muertas, de llanto olvidado en el camino. Regué las calles empedradas de esa ciudad soñada con una larga meada de cervezas y de noches rotas. La forja de las rejas me hablaba de encierros, de cárceles.
Sueños amputados, secuestrados por el calor de sabanas engarzadas a cuerpos sudorosos. Sus labios, sus pechos, su agujero infinito, su aliento macilento enfrascado con el mío cargado de cervezas y de cigarros de melancolía. Mis labios, mi torre de Babel asaltando esos puntos en los que se rompen los cristales y ya nada nos separa.
Era la hora de la realidad, de la puesta en escena de los prejuicios y los cristales se empañaron alejándonos una vez más. Así de nuevo desperté a la hora en la que se despiertan los noctámbulos. El almuerzo me la devolvió en el sabor de la sopa y la primera cerveza estalló en mi estómago y comencé un día más, una noche que se ajetreaba por ser viernes y los deseos cabalgaron en tropel a lomos de otros ojos, otros labios.
La luna saltó de su cama y fue regando los rincones oscuros en los espejos y los cristales se rompieron a la novena o décima cerveza.
Siempre pierdo la cuenta y la cabeza. Me refugié en los pechos calientes de una mujer y desperté abrazado a la botella.
© Salvador Moreno Valencia
Era esa hora en la que el efecto, de las cervezas, creaba en mi cabeza caballitos de mar, sirenas de plata, veleros blancos empujados por el viento. La hora de la sentencia, el amargo trago del amor, me bebí la soledad en una barra de nostalgia, en la barra de ese bar donde palpitan los sentimientos de seres solitarios. Allí me la tomé de un trago y la sentí correr por mi garganta quemando mi esófago y encendiendo una llama en la boca del estómago. Era la novena cerveza o la décima porque a la novena siempre pierdo la cuenta y la cabeza.
Ella, fría, calculadora, me atajó sin rodeos y me pidió que la dejara tranquila, que le apetecía estar sola. Es así, orgullosa. Sentenció con el brillo de sus ojos y en sus labios corrían los deseos y los prejuicios. Y fueron los cristales de su boca los que nos separaron una vez más.
Era la hora exacta, la del tiempo detenido, la del silencio amargo, la del reloj de arena en la playa de su vientre, en las crestas de sus pechos.
En la cerveza número once o doce, quizá en la primera perdí de nuevo en el amor, gané en el olvido y me retiré a dormitar en los espejos moribundos de las calles vacías. Caminé toda la noche hasta que el alba me sorprendió un día más, embriagado de amargos tragos, dando tumbos, observado por las ventanas cerradas del amor, del calor interno, del sueño perdido.
La luz del sol me estalló en los ojos que se llenaron de lagrimas muertas, de llanto olvidado en el camino. Regué las calles empedradas de esa ciudad soñada con una larga meada de cervezas y de noches rotas. La forja de las rejas me hablaba de encierros, de cárceles.
Sueños amputados, secuestrados por el calor de sabanas engarzadas a cuerpos sudorosos. Sus labios, sus pechos, su agujero infinito, su aliento macilento enfrascado con el mío cargado de cervezas y de cigarros de melancolía. Mis labios, mi torre de Babel asaltando esos puntos en los que se rompen los cristales y ya nada nos separa.
Era la hora de la realidad, de la puesta en escena de los prejuicios y los cristales se empañaron alejándonos una vez más. Así de nuevo desperté a la hora en la que se despiertan los noctámbulos. El almuerzo me la devolvió en el sabor de la sopa y la primera cerveza estalló en mi estómago y comencé un día más, una noche que se ajetreaba por ser viernes y los deseos cabalgaron en tropel a lomos de otros ojos, otros labios.
La luna saltó de su cama y fue regando los rincones oscuros en los espejos y los cristales se rompieron a la novena o décima cerveza.
Siempre pierdo la cuenta y la cabeza. Me refugié en los pechos calientes de una mujer y desperté abrazado a la botella.
© Salvador Moreno Valencia
domingo, 1 de octubre de 2006
En la habitación
En la habitación hay sólo una silla situada en el centro, orientada, según me siento, hacia la única ventana que existe. A través de ella puedo contemplar el paso de los días, de las noches y de las estaciones. No hay nada a mí alrededor. Sólo la silla, una vieja silla que encontré en la basura, es de color verdoso y su asiento es de cuerda. La madera de la silla está gastada por el roce de los años.
A veces me pregunto cómo serían las personas que la han utilizado como asiento. Intento hacer un retrato, en mí mente, de ellas. Cómo eran sus vidas, qué hacían, a qué se dedicaban y qué pensaban cuando asentaban sus posaderas sobre el asiento de cuerda, que en otro tiempo, debió ser nueva. Ahora la cuerda está tan gastada. Al rato me evado mirando por la ventana y olvido esas conjeturas.
Por la ventana entra una luz cenital que ilumina mi rostro, dejando caer sobre el suelo la sombra del tiempo que llevo aquí sentado.
A veces suelo pensar qué habrá más allá de ésta habitación, de ésta ventana que me mira sin mirar, que me habla sin hablar.
En el suelo de la habitación hay una botella, quizá más de una, de ginebra. Algunos limones y un cenicero atiborrado de colillas.
A veces pienso, más bien me pregunto cuánto tiempo llevo aquí. No sé quién trae los cigarrillos ni la ginebra. No lo sé. Tampoco me preocupa. Siempre hay tabaco y ginebra y limones.
La habitación, a veces, da vueltas. El norte se convierte en el sur, el este en el oeste. La ventana siempre está en el mismo lugar.
Cerrada o abierta. Tampoco sé quién la cierra o la abre. A veces, una voz me dice en tono melancólico que aún cree en el amor. Entonces la palabra amor queda grabada en una de las paredes y al instante se proyectan sobre ella las imágenes de otros tiempos.
Una mujer y otra se suceden en el laberinto de fotogramas que van superponiéndose en la fría cal de la pared.
¿Así ha sido mí vida? Me pregunto taciturno, mientras otra voz me susurra palabras de aliento y esperanza. Es su voz, creo recordarla, y luego es otra voz y otra y así cientos de voces me susurran una retahíla de palabras de las que he olvidado el significado.
Esperanza, amor, libertad, paz, tolerancia, respeto, independencia.
Ya hace mucho que estoy aquí, bebo y fumo sin escrúpulos. Las noches se detienen, veo las estrellas ahí fuera acompañando a la luna en un baile infinito. Hacia el sur se dirige mí mirada. Busco la ventana y ya no está. Tampoco las paredes, tampoco la silla, tampoco estoy yo. El olor a ginebra y a tabaco lo invade todo. El humo se escapa por la vía láctea. Otra vez la voz y luego el coro de voces. Una mujer se dibuja en algún punto en la oscuridad de la noche. Lleva un vestido de lino blanco. El color de su piel es canela, sus ojos color de miel me miran desde el abismo de los días.
Ella abre sus brazos hacia mí, me llama con una tierna y delicada sonrisa.
Ven, ven. Te estoy esperando y luego el coro de voces, te estamos esperando, ven, ven.
Vuelven las paredes, vuelve la ventana, vuelve la silla, vuelve la habitación y en ella no hay nada, sólo botellas de ginebra vacías, cajetillas de tabaco vacías y una montaña de colillas en algo que se parece a un cenicero. Mi sombra ha desaparecido y con ella también yo.
© Salvador Moreno Valencia
A veces me pregunto cómo serían las personas que la han utilizado como asiento. Intento hacer un retrato, en mí mente, de ellas. Cómo eran sus vidas, qué hacían, a qué se dedicaban y qué pensaban cuando asentaban sus posaderas sobre el asiento de cuerda, que en otro tiempo, debió ser nueva. Ahora la cuerda está tan gastada. Al rato me evado mirando por la ventana y olvido esas conjeturas.
Por la ventana entra una luz cenital que ilumina mi rostro, dejando caer sobre el suelo la sombra del tiempo que llevo aquí sentado.
A veces suelo pensar qué habrá más allá de ésta habitación, de ésta ventana que me mira sin mirar, que me habla sin hablar.
En el suelo de la habitación hay una botella, quizá más de una, de ginebra. Algunos limones y un cenicero atiborrado de colillas.
A veces pienso, más bien me pregunto cuánto tiempo llevo aquí. No sé quién trae los cigarrillos ni la ginebra. No lo sé. Tampoco me preocupa. Siempre hay tabaco y ginebra y limones.
La habitación, a veces, da vueltas. El norte se convierte en el sur, el este en el oeste. La ventana siempre está en el mismo lugar.
Cerrada o abierta. Tampoco sé quién la cierra o la abre. A veces, una voz me dice en tono melancólico que aún cree en el amor. Entonces la palabra amor queda grabada en una de las paredes y al instante se proyectan sobre ella las imágenes de otros tiempos.
Una mujer y otra se suceden en el laberinto de fotogramas que van superponiéndose en la fría cal de la pared.
¿Así ha sido mí vida? Me pregunto taciturno, mientras otra voz me susurra palabras de aliento y esperanza. Es su voz, creo recordarla, y luego es otra voz y otra y así cientos de voces me susurran una retahíla de palabras de las que he olvidado el significado.
Esperanza, amor, libertad, paz, tolerancia, respeto, independencia.
Ya hace mucho que estoy aquí, bebo y fumo sin escrúpulos. Las noches se detienen, veo las estrellas ahí fuera acompañando a la luna en un baile infinito. Hacia el sur se dirige mí mirada. Busco la ventana y ya no está. Tampoco las paredes, tampoco la silla, tampoco estoy yo. El olor a ginebra y a tabaco lo invade todo. El humo se escapa por la vía láctea. Otra vez la voz y luego el coro de voces. Una mujer se dibuja en algún punto en la oscuridad de la noche. Lleva un vestido de lino blanco. El color de su piel es canela, sus ojos color de miel me miran desde el abismo de los días.
Ella abre sus brazos hacia mí, me llama con una tierna y delicada sonrisa.
Ven, ven. Te estoy esperando y luego el coro de voces, te estamos esperando, ven, ven.
Vuelven las paredes, vuelve la ventana, vuelve la silla, vuelve la habitación y en ella no hay nada, sólo botellas de ginebra vacías, cajetillas de tabaco vacías y una montaña de colillas en algo que se parece a un cenicero. Mi sombra ha desaparecido y con ella también yo.
© Salvador Moreno Valencia
Absurdamente absurdo
A Juan Pérez no le gustaba mucho su nombre, tampoco su apellido. Él pensaba que no era lo mismo llamarse Juan Pérez que, por ejemplo: Jhon Smist. Claro que él siempre había intentado hacer todo lo posible por llamarse Jhon o Tom o Jhones o Gustavo. De hecho había cursado varios estudios de idiomas. El inglés casi lo hablaba a la perfección. También hizo algún curso intensivo de francés en una de esas academias que por regla general siempre están situadas en las afueras de las ciudades y por supuesto al lado de alguna carretera con mucho tránsito. El curso lo aprobó con notable pero le costó un ojo de la cara, cara era la experiencia, caro era todo y además tenía como encono aquel nombre que tanto le fastidiaba. Pensó cambiarlo mil veces pero al final siempre surgía algún formalismo burocrático que impedía que su nombre pasara a los anales de su propia historia.
Juan Pérez se llamaba su padre, su abuelo, su bisabuelo, su tatarabuelo, su tío, su primo, su hermano. En aquella familia todo el mundo se llamaba Juan Pérez. Para él eso era terrible. Evidentemente, en el pueblo, la familia de Juan Pérez era archiconocida. Hasta tal punto que incluso, una calle, llevaba el nombre en honor a Juan Pérez su bisabuelo que llegó a realizar una gran hazaña. En el tiempo en que éste vivía hubo unas inundaciones que lo arrastraron todo, el pueblo quedó barrido de la noche al día y a Juan Pérez el bisabuelo, que también había sido arrastrado por la crecida del río Juan Pérez, (es que en aquel pueblo todo se llamaba así, hasta el pueblo había recibido el nombre por orden de un rey al que sirvió su tatarabuelo hacía más de cuatrocientos años) se le ocurrió la gran idea de hacer que el río, Juan Pérez, mediante unas canalizaciones apropiadas bordeara el pueblo y de este modo se evitaba que en época de lluvias las crecidas arrastraran nuevamente a Juan Pérez.
En el pueblo había al menos cuarenta personas que tenían el dichoso nombre y por eso nuestro Juan Pérez luchaba como un cosaco para cambiar su nombre y desde que empezó a tener uso de razón, siempre decía llamarse Jhon, aunque todo el mundo lo llamaba el hijo de Juan Pérez.
Ante estas circunstancias Jhon decidió marcharse del pueblo en pos de encontrar una nueva vida. Así lo hizo. Una mañana de primavera, cuando el sol despuntaba alzándose victorioso en el horizonte, cogió sus maletas y subió al Autocar con rumbo a una nueva ciudad. Tras tres horas de viaje llegó a una nueva tierra. Era una ciudad mediana, tanto en su tamaño, como en su población. Un lugar predispuesto al descanso y al sueño. Idílico es el horizonte en sus atardeceres, sus calles están bañadas con la luz de la cal blanca y empedradas sus entrañas. Jhon ajeno a su destino decidió pasear por aquella ciudad. Llegada la tarde entró en un bar, se sentó junto a una de sus ventanas, desde la que se podía disfrutar del atardecer que enciende los sueños. Pidió un café cortado y mientras lo saboreaba, ocurrió. Una mujer entró en el bar, clavó sus ojos en él, se dirigió hacia la mesa y le dijo con voz entrecortada: hola Juan Pérez, llevaba años esperándote, mi nombre es Juana Pérez.
Y como este es un relato absurdo no cuento el final de la historia, lo dejo a vuestro libre albedrío y que cada uno le saque final a este lío.
© Salvador Moreno Valencia
Juan Pérez se llamaba su padre, su abuelo, su bisabuelo, su tatarabuelo, su tío, su primo, su hermano. En aquella familia todo el mundo se llamaba Juan Pérez. Para él eso era terrible. Evidentemente, en el pueblo, la familia de Juan Pérez era archiconocida. Hasta tal punto que incluso, una calle, llevaba el nombre en honor a Juan Pérez su bisabuelo que llegó a realizar una gran hazaña. En el tiempo en que éste vivía hubo unas inundaciones que lo arrastraron todo, el pueblo quedó barrido de la noche al día y a Juan Pérez el bisabuelo, que también había sido arrastrado por la crecida del río Juan Pérez, (es que en aquel pueblo todo se llamaba así, hasta el pueblo había recibido el nombre por orden de un rey al que sirvió su tatarabuelo hacía más de cuatrocientos años) se le ocurrió la gran idea de hacer que el río, Juan Pérez, mediante unas canalizaciones apropiadas bordeara el pueblo y de este modo se evitaba que en época de lluvias las crecidas arrastraran nuevamente a Juan Pérez.
En el pueblo había al menos cuarenta personas que tenían el dichoso nombre y por eso nuestro Juan Pérez luchaba como un cosaco para cambiar su nombre y desde que empezó a tener uso de razón, siempre decía llamarse Jhon, aunque todo el mundo lo llamaba el hijo de Juan Pérez.
Ante estas circunstancias Jhon decidió marcharse del pueblo en pos de encontrar una nueva vida. Así lo hizo. Una mañana de primavera, cuando el sol despuntaba alzándose victorioso en el horizonte, cogió sus maletas y subió al Autocar con rumbo a una nueva ciudad. Tras tres horas de viaje llegó a una nueva tierra. Era una ciudad mediana, tanto en su tamaño, como en su población. Un lugar predispuesto al descanso y al sueño. Idílico es el horizonte en sus atardeceres, sus calles están bañadas con la luz de la cal blanca y empedradas sus entrañas. Jhon ajeno a su destino decidió pasear por aquella ciudad. Llegada la tarde entró en un bar, se sentó junto a una de sus ventanas, desde la que se podía disfrutar del atardecer que enciende los sueños. Pidió un café cortado y mientras lo saboreaba, ocurrió. Una mujer entró en el bar, clavó sus ojos en él, se dirigió hacia la mesa y le dijo con voz entrecortada: hola Juan Pérez, llevaba años esperándote, mi nombre es Juana Pérez.
Y como este es un relato absurdo no cuento el final de la historia, lo dejo a vuestro libre albedrío y que cada uno le saque final a este lío.
© Salvador Moreno Valencia
No me gustan los días de lluvia
He venido para acabar contigo. No es el tiempo lo que necesito para hacerlo, es la razón para verte caer entre mis manos.
Estaba lloviendo aquel día. Tú te habías enfundado en ese horrible impermeable amarillo. Estabas, en el fondo, atractiva con él, aunque lo que realmente te hacía bella era la forma en la que te calabas el sombrero, levemente caído hacia la izquierda.
Sí, fue aquel día. Aquel maldito día lluvioso. Todo se estropeó cuando te empecinaste en hacerme ver que los días de lluvia son maravillosos.
Las calles estaban abarrotadas de coches y de paraguas. Todo el mundo corría y tú hacías que perdiera la paciencia, siempre lo hacías. Eras una experta en ponerme de los nervios.
No, en el coche no vamos, iremos caminando. Llovía a mares. Yo estaba empapado hasta los huesos. Odio los impermeables y los abrigos y las gabardinas y los sombreros. Todo lo que a ti te encanta. Tú, siempre tenías el armario repleto de abrigos, gabardinas, impermeables y sombreros de colores.
He deseado tanto que llegue este momento. He soñado tantas veces con verte sucumbir entre mis dedos. He perdido el sueño tantas noches pensando en este maravilloso momento, que ahora que te veo escurrirte, lentamente, entre mis dedos, como una serpiente se escabulle entre los matorrales, siento delirio de placer al ver como tus ojos desorbitados se pierden en la oscuridad de esta noche.
Sí, aquel día lluvioso, te empeñaste en ir a casa de tus padres. Sabes perfectamente que nunca les caí bien. El caso que a mí tampoco me hacían mucha gracia. Odio las hipocresías y a ellos a hipócritas no hay quien les gane. Eso debe ser genético, porque tú eres tan hipócrita como ellos.
Me amabas, siempre decías lo mismo, yo te quiero mucho, más que tú a mí. Siempre me subestimaste, insultando mi inteligencia como el que se toma un café y se queda tan pancho.
Pero esta noche he venido para acabar contigo. Alguien te ha visto salir de un bar con ese hombre, al que has despachado cuando he llegado.
Alguien te habrá visto entrar con él en tu casa y alguien le habrá visto salir de aquí esta noche. Que casualidad, llevaba puesta una gabardina como la que yo traigo puesta esta noche a pesar del odio que les tengo.
Nadie me ha visto entrar y seguro que nadie me verá al salir, tengo la coartada perfecta, ni siquiera estoy en esta ciudad.
Y tú te quedaras ahí tumbada en la cama, estrangulada con restos de semen en tu vientre. Pero ese semen no es mío, es una prueba contundente para que le carguen tu muerte a ese pardillo. Cuando venga la policía y el forense tomarán huellas y evidentemente encontraran la eyaculación de ese tipo sobre tu monte de Venus. Qué pena me das. Aunque no debería de compadecerme de ti sino de mí.
Ya no te podrás poner ese horrible impermeable amarillo. Ya no podrás calarte el sombrero con ese arte que tenías, ya no podrás jamás intentar convencerme de que los días de lluvia son maravillosos.
Voy a abrir las puertas del armario para que todos esos horribles trajes y abrigos, impermeables y sombreros puedan verte tumbada en la cama con los ojos desorbitados y tu pelo púbico mojado con el semen de ese tipo al que te estabas follando cuando llegué esta noche para acabar contigo.
© Salvador Moreno Valencia
Estaba lloviendo aquel día. Tú te habías enfundado en ese horrible impermeable amarillo. Estabas, en el fondo, atractiva con él, aunque lo que realmente te hacía bella era la forma en la que te calabas el sombrero, levemente caído hacia la izquierda.
Sí, fue aquel día. Aquel maldito día lluvioso. Todo se estropeó cuando te empecinaste en hacerme ver que los días de lluvia son maravillosos.
Las calles estaban abarrotadas de coches y de paraguas. Todo el mundo corría y tú hacías que perdiera la paciencia, siempre lo hacías. Eras una experta en ponerme de los nervios.
No, en el coche no vamos, iremos caminando. Llovía a mares. Yo estaba empapado hasta los huesos. Odio los impermeables y los abrigos y las gabardinas y los sombreros. Todo lo que a ti te encanta. Tú, siempre tenías el armario repleto de abrigos, gabardinas, impermeables y sombreros de colores.
He deseado tanto que llegue este momento. He soñado tantas veces con verte sucumbir entre mis dedos. He perdido el sueño tantas noches pensando en este maravilloso momento, que ahora que te veo escurrirte, lentamente, entre mis dedos, como una serpiente se escabulle entre los matorrales, siento delirio de placer al ver como tus ojos desorbitados se pierden en la oscuridad de esta noche.
Sí, aquel día lluvioso, te empeñaste en ir a casa de tus padres. Sabes perfectamente que nunca les caí bien. El caso que a mí tampoco me hacían mucha gracia. Odio las hipocresías y a ellos a hipócritas no hay quien les gane. Eso debe ser genético, porque tú eres tan hipócrita como ellos.
Me amabas, siempre decías lo mismo, yo te quiero mucho, más que tú a mí. Siempre me subestimaste, insultando mi inteligencia como el que se toma un café y se queda tan pancho.
Pero esta noche he venido para acabar contigo. Alguien te ha visto salir de un bar con ese hombre, al que has despachado cuando he llegado.
Alguien te habrá visto entrar con él en tu casa y alguien le habrá visto salir de aquí esta noche. Que casualidad, llevaba puesta una gabardina como la que yo traigo puesta esta noche a pesar del odio que les tengo.
Nadie me ha visto entrar y seguro que nadie me verá al salir, tengo la coartada perfecta, ni siquiera estoy en esta ciudad.
Y tú te quedaras ahí tumbada en la cama, estrangulada con restos de semen en tu vientre. Pero ese semen no es mío, es una prueba contundente para que le carguen tu muerte a ese pardillo. Cuando venga la policía y el forense tomarán huellas y evidentemente encontraran la eyaculación de ese tipo sobre tu monte de Venus. Qué pena me das. Aunque no debería de compadecerme de ti sino de mí.
Ya no te podrás poner ese horrible impermeable amarillo. Ya no podrás calarte el sombrero con ese arte que tenías, ya no podrás jamás intentar convencerme de que los días de lluvia son maravillosos.
Voy a abrir las puertas del armario para que todos esos horribles trajes y abrigos, impermeables y sombreros puedan verte tumbada en la cama con los ojos desorbitados y tu pelo púbico mojado con el semen de ese tipo al que te estabas follando cuando llegué esta noche para acabar contigo.
© Salvador Moreno Valencia
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