Letras tu revista literaria

viernes, 18 de mayo de 2012

El sueño de la razón




Cuando las Ninfas se retiran a sus aposentos, el poeta queda yerto como el más desolado páramo,
expuesto al embotamiento y embrutecimiento
en los que el hombre moderno está cayendo.


Del poemario "Cuando las Musas lloran", inédito de Salvador Moreno Valencia

viernes, 11 de mayo de 2012

Agotado el sueño

Fotografía E. de Juan

Ya se agota el sueño
de precipicios, gatos muertos,
cuchillos en manos de hombres
mujeres rubias carmines labios
fresas de almíbar
sueño trasnochado
el tren, siempre el tren
que no llega.

Avenidas de aristas
afiladas que arrancan la piel
de los que huyen
como cobardes.

La cobardía queda a buen resguardo
en su cubículo cálido y mortuorio.

El tren, siempre el tren
promete como una Circe
el paraíso.


martes, 8 de mayo de 2012

Atenea Café (El crepúsculo de un dios menor), en Megustaescribir.com (Red Social Literaria de Random House Mondadori S.A)

Como estamos en Reflexiones en el limbo festejando que este año se cumplen seis desde que abriera el Blog, además de haber regalado mis dos novelas "El sonido lacónico de las balas", y "Así en el cielo", y el libro de relatos "dosmásuna"; como tengo casi 30 MIL VISITAS, para celebrarlo y esperar que de aquí a septiembre se hayan doblado las mismas, os voy a invitar a leer mi novela Atenea Café (El crepúsculo de un dios menor), y para ello solo tienes que entrar en el siguiente enlace: http://megustaescribir.com/wp-content/plugins/visor-mge/visor/?docId=4fa0e7b7d0071 y de paso si quieres puedes votarla.

Muchas gracias a todos por leerme y seguirme: Vosotros sois mi éxito.

Salvador Moreno Valencia
Escritor
http://alvaeno.com/salvabiografia.htm

viernes, 4 de mayo de 2012

Sueños



En la noche sueño enredaderas como plantas trepadoras.

Trepan, trepan, enredándose en mis pensamientos
oníricos, salpicando mis sueños con sus hojas.

Trepan, trepan mojando con su lluvia
azulada que lo hace todo mar,
trepan, trepan por las rendijas del sueño.

La arista, perfil sangrante,
hace que caiga al abismo
del que brotan frondosas selvas,
trepan, trepan por las esquinas del sueño.

En la huida un tren me lleva a ciudades inciertas. Despierto.

lunes, 30 de abril de 2012

ENTREGA DE UN EJEMPLAR DE ASÍ EN EL CIELO

Ha llegado el día 30 de abril, y como lo prometido es deuda todos los seguidores de este Blog podéis descargaros aquí Así en el cielo.

Muchas gracias por seguirme y leer mis post.
Un saludo.
Salvador Moreno Valencia
Escritor
http://alvaeno.com/salvabiografia.htm

viernes, 27 de abril de 2012

Ciudad desconocida

Fotografía E. de Juan

Deseos incumplidos, pasiones muertas.

Una manita frágil de niño de dos años
toma la mía y a ella se aferra como buscando algo.

A lo lejos, lejos, muy lejos
en un gris y viejo horizonte
llueve, sigue lloviendo.

Llueve sobre la vida
sobre el hombre
sobre la mujer herida
sobre el mundo.

El viento susurra y el tren promete llevarme a una ciudad desconocida.

jueves, 26 de abril de 2012

CAPÍTULO VII DE "ASÍ EN EL CIELO"

Próximo capítulo el lunes día 30 de abril de 2012 y ENTREGA DEL LIBRO EN FORMATO DIGITAL EN TU BUZÓN DE CORREO ELECTRÓNICO.

Vean como divago. En fin, que aquella satisfacción duraba lo que un coito, hablando en términos generales, aunque lo de generalizar no sea lo correcto, sobre todo un polvo realizado por alguien que lleva tiempo sin practicar el acto sexual, ya sabes que el de la defecación es de una frecuencia que ya quisiéramos para los coitos. Resulta tan fugaz y el placer se desvanece tras una eyaculación tan precoz que con toda seguridad ha regado, como lluvia de verano, rápida y voraz, el pubis peludo, velludo, pelado, rapado, de la que yace insatisfecha por no haber olido ni de lejos el orgasmo.
Dejo las divagaciones y sigo donde estábamos. La camioneta anaranjada óxido estacionó en la acera frente al lugar en el que yo me encontraba observando el paso de la gente, de los automovilistas y de toda esa variopinta caterva de personajes, cada uno yendo hacia algún lugar determinado o viniendo o buscándolo. Introduciéndose en la malvada máquina de consumo que los acecha por todos los rincones del planeta. Y me viene a la memoria un anuncio, no voy a divulgar la marca de lo que se anunciaba en él, había imágenes y unos frases subtituladas que traducían lo que una voz en off y en otro idioma estaba narrando; era algo así: “Esos creen que son libres yendo a sus trabajos cada día, a sus fábricas; para poder pagar sus hipotecas, sus coches, sus viajes, sus estudios... Pero en realidad no lo son, aunque las empresas que los emplean les obsequien con quince días de vacaciones o treinta al año, no, no son realmente libres, porque ellos les dicen lo que tienen que hacer, cómo vestir, cómo andar, qué lugares frecuentar, qué bebidas tomar, qué comidas comer... Va a ser un reto, realmente duro”.
Ya no me voy más por las ramas y veo la camioneta oxidada que estaciona, que al hacerlo rompe una de esos aparatos que sirven como surtidor de agua para los bomberos en el caso de que se produzca un incendio, y el agua comienza a brotar como si fuera un geiser, pero en éste en particular el agua brota fría y sube y llega a una altura de unos diez metros. De la camioneta bajan dos personas, una, por su apariencia, aunque me impide, la distancia y con ello mi miopía, distinguir, con absoluta claridad, sus rasgos, es una anciana, y, digo anciana porque la miopía que sufro no me impide distinguir una vestimenta de otra, tampoco me impide ver la forma de caminar; otra cosa es que luego las apariencias engañen, eso ya es sabido, aunque en los tiempos que vivimos esa frase o dicho tiene menos valor que un billete de diez euros por no decir de diez dólares. La otra, por su aparente estatura y corpulencia es sin duda alguna un joven, un hombre joven. Lo que sí pude distinguir sin lugar a dudas fue un peculiar rasgo que era idéntico en ambos personajes, una nariz aguileña que se aventuraba unos centímetros delante de las mejillas, como un telescopio o periscopio, en el caso de hallarse en uno de esos submarinos donde varios metros por debajo de agua puede verse el horizonte en la superficie donde las olas siguen ajenas al tránsito de esos pesados peces de metal que van dejando su huella, ineludible huella de contaminación sobre las limpias aguas de los océanos.
Aquellas narices se adelantaban olfateando el camino, que a sus propietarios, aún, les quedaba por recorrer. Las narices avanzando. Subiendo la escalera de seis escalones, traspasando el umbral y luego la puerta de entrada de la comisaría de aquel pueblo. El mismo que hemos descrito donde una única calle hacía su labor de daga para atravesarlo y digo daga porque en su parte final, conforme se sale hacia el sur, se curva la ancha calle y se dirige por unos instantes hacia el este y luego como si la misma punta de daga tuviese una rotonda allí, ya en las afueras del pueblo, un semicírculo nos pone de cara al suroeste y así podemos ver que la carretera se pierde en una infinita recta que se fuga con sus dos líneas paralelas en un lejano horizonte.
Lo que en el interior de la oficina del sheriff Cesáreo iba a acontecer lo sabría yo días más tarde. Realmente lo que allí iba a ocurrir no era más que el inicio de mi aventura y la razón por la cual estoy relatando sobre el hecho en concreto, a pesar de mis divagaciones.

Continuará próximo capítulo el lunes día 30 de abril de 2012 y ENTREGA DEL LIBRO EN FORMATO DIGITAL EN TU BUZÓN DE CORREO ELECTRÓNICO.



Así en el cielo novela de Salvador Moreno Valencia: http://www.alvaeno.com/asienelcielo.htm

martes, 24 de abril de 2012

CAPÍTULO VI DE "ASÍ EN EL CIELO"

No fui yo el único que lo hizo y no precisamente por determinación propia, no, sino motivado por el reguero de sangre que aquel dictador estaba dejando por todas la tierras de aquel país donde vine al mundo; a éste terrible e infumable desierto de seres humanos sumidos en la desgracia del anhelo y los deseos frustrados y del vivir cada día. Aunque hay algunos que pregonan teorías sobre la positividad y la esperanza, creo que un escritor premio Nobel de literatura, evidentemente, dijo algo sobre la crueldad de los hombres. Dicen que los cambios y los viajes enriquecen al hombre, en eso estoy de acuerdo, pero lo hacen cuando es el hombre quien decide los mismos, no cuando se ve obligado a emprender un viaje sin retorno dejando a sus seres queridos, si los tiene, tras de su estela, también esta forma de viaje enriquece sobre todo en el sufrimiento. ¿Las necesidades diferencian a los viajeros?

El caso es que entre un Licinio y otro lo único que los asemejaba era el nombre que con toda seguridad no era, lo que se dice, realmente corriente. Porque a qué padre o madre se le puede ocurrir cargar, con la desgracia de llamarse Licinio u Olegario, a un hijo, por citar un ejemplo, quizá el portador al cabo de oírlo durante toda su existencia se acostumbra e incluso le parecerá un nombre bonito.

A mí me parece gracioso. También me recuerda a Plinio, el viejo, un divertido señor que murió por salvar a sus prójimos, aunque no es esta la hazaña que más se debería nombrar sino la de haber sido escritor, científico, historiador, político...

Estando yo dispuesto a entrar en acción como va el ciervo, en época de berrea, y se lanza encarecidamente de cuernos contra su rival en la lucha desesperada por la realización del coito, y, con ello, perpetuar la especie; lucha encarnizada, encabritada… Ahí me encontré sin comerlo ni beberlo o sin cortarlo ni pincharlo, observando la escena que ya he contado algunas líneas más arriba o más atrás decida el lector el uso y abuso de la frase que va a decidir si era más atrás o más arriba, el caso que líneas antes he descrito la imagen; una vieja y destartalada camioneta, en la que prevalecía el color naranja sobre el óxido, se detenía frente a la cafetería a la que instantes antes acababa de entrar para disponerme a zamparme un par de donuts recién hechos (al microondas) y un espeso y humeante tazón de chocolate.

Sabiendo el resultado que la ingestión de aquel bárbaro desayuno me iba a deparar. Y el resultado, no era otro (como cada mañana desde que descubrí el antro en concreto), que salir corriendo hacia el excusado, wc, letrina, retrete, taza turca o más sofisticadamente el baño, aunque no tuviera la intención, de bañarme, precisamente, sino todo lo contrario. Por grotesco que parezca, me cagaba a chorros y ese ejercicio lo realizaba todas las mañanas como ya he dicho desde que encontré el tugurio. Algo de masoca tenía tal acción; pero qué placer es sentir el retortijón y luego, tras la espera adecuada, exacta, de lo contrario las consecuencias hubieran sido nefastas. Sabiendo el tiempo que se tarda en recorrer la distancia que existe entre el lugar donde uno se encuentra sentado y el dichoso excusado se aguanta hasta el que sabemos que es el último retortijón, el que precede la inminente expulsión en forma de pedorrera con la satisfacción que se asemeja a la de un orgasmo, al menos a mí me lo parece así. Una vez sentado sobre la taza del inodoro se me ocurrían una serie de pensamientos o ideas como por ejemplo: pensaba en los de sangre real, es que ellos no cagaban, es que ellos no tenían necesidades fisiológicas, y con ellas disfrutaban igual que cualquier hijo de vecino. O es que se permitía en cualquier novela hablar de sexo, en cualquier película se veía a la gente follando pero en muy pocas ocasiones se las veía cagando, no era eso un acto igual de sano que los demás, quizá es el acto más sano que exista, pues es sabido que de no defecar en condiciones la muerte se aproxima con una diligencia indiscriminada.
Continuará próximo capítulo el jueves día 26 de abril de 2012

Así en el cielo novela de Salvador Moreno Valencia: http://www.alvaeno.com/asienelcielo.htm

viernes, 20 de abril de 2012

Gritos en el tejado (El poema de los viernes)



Gritos en el tejado, sobre el suelo, quizás un cadáver distorsionado.

Hombre siniestro cuchillo en mano
mujer llorando en las esquinas del tiempo.

Recorro un mundo de aristas y precipicios
montando en bicicleta caigo al abismo
mis piernas desnudas se aferran como lapas.

Al agua, a la piedra, al barro…
El tren promete llevarme lejos, lejos, lejos…
Hasta el corazón del olvido
en una ciudad incierta donde ella habita.

Gritos en los tejados como fieras devorando cadáveres.

miércoles, 18 de abril de 2012

CAPÍTULO V DE "ASÍ EN EL CIELO"

Me encontraba aquella mañana por allí, entre otras cosas porque tenía una cita con uno de mis clientes. Ha decir verdad era el único cliente que tenía en mucho tiempo. Y además frente a la comisaría existía un lugar donde yo podía permitirme tomar un desayuno digno, bueno, era el único lugar que había por el momento, el mismo que servía de reunión, para los hombres, tras el oficio vespertino.

La ventaja de ser un divagador nato es que uno posee una imaginación desmesurada, tanto que a veces se miente, más bien diría se inventa sin coherencia pero con propia improvisación y en otras ocasiones se pierde el sentido de la realidad y no se sabe dónde ocurrió esto o aquello.

Mi único cliente era un hombre bajito de ojos acaramelados, lucía, sobre la comisura de su labio superior, un triste bigote que hacía compañía a su no menos triste sonrisa y a su melancólica mirada, que a mí se me antojaba como la de una de esas vacas que lo miran a uno cuando pasa cerca de ellas en el prado, donde pastan absortas al mundo que las rodea; sí; esa era la mirada de mi queridísimo y único cliente, el que me habría de sacar de aquella mala racha que duraba casi seis meses. Que cómo sobrevivía, muy fácil; iba dejando un rastro de ronchas por todos los lugares donde se me conocía que no eran, precisamente, muchos, pero sí, los suficientes para ir tirando; así y con un par de chapuzas me las iba arreglando y sobre todo con la inestimable ayuda de mi querida secretaria, que debido a su gran corazón, lleno éste, además de sangre y músculos, de una gran bondad, por la que ella sacaba de su otro trabajo algo de ayuda, convencida de que pronto mi empresa de detectives iba a ir hacia adelante.

Vuelvo a divagar y eso es algo que me afecta como una enfermedad crónica. Estaba diciendo que cinco minutos antes de que abuela y nieto se encontraran frente al sheriff yo pude verlos llegar en su ruinosa chatarra con ruedas, ya que me encontraba sentado junto a uno de los ventanales de aquel café, tienda, único en el pueblo.

Pronto mi atención fue atraída por la llegada del hombre que parecía el trío de las tristezas por su lánguida mirada, por su mueca en los labios que no llegaba a ser sonrisa, pero tampoco asco, como esos pucheros que los niños hacen cuando se debaten entre el retortijón de barriga que les molesta y la alegría que les produce el desprenderse de ellos con un aireado pedo.

Así era mi cliente, pequeño y triste, pero a ratos alegre, tenía repentinos cambios de humor, él me confesó, que eran debido a que se acordaba de su linda mujer y de cómo la conoció y eso le colmaba de alegría. Y como había algo que no me aclaraba su otro estado de ánimo, no pude evitar hacer la pregunta.

 -¿Y cuál es el motivo por el que se entristece?- el pequeño hombrecillo se enrojeció y vi la cólera en su chispeantes ojos color pardo; me respondió sin titubear con un tono de odio en sus palabras, si no era odio era un sentimiento similar, quizá resentimiento.

 -¿Acaso cree que estaría aquí hablando con usted perdiendo mi preciado tiempo y pidiéndole que dedique el suyo y su profesionalidad a ayudarme si no fuera por esa tristeza?

 -¡Bueno no se altere!- le dije yo sin más, no obstante no podía perder a aquel que de momento era mi único cliente, como ya he dicho.

Y no es del todo seguro que él, Licinio como me dijo que se llamaba, se dejara su dinero en mis servicios si yo andaba con bromas al respecto. Porque en realidad si no hubiera sido por lo que me afectaba, me hubiera reído en sus narices por cabrito. Claro que, una vez que acepté el trabajo, por supuesto él lo permitió al darme el cincuenta por ciento por adelantado, conocería a la que era protagonista y motivo de las dudas que traían a Licinio por la calle de la amargura y digo que en eso tenía razón aquel tipo, no era para menos, yo en su lugar hubiera sufrido lo mismo.

He vuelto a las andadas. No puedo dejar de mencionar el efecto que me produjo el oír el nombre de Licinio. Fue un escalofrío intenso que me recorrió el espinazo, aquel nombre me trajo a la memoria otro y cómo no, la edad en la que tuve la desgracia de conocerlo, de oídas, menos mal, pero al fin y al cabo el mismo efecto de terror producía aquel hombre que llevaba el nombre de Licinio de la Fuente, ministro de trabajo del antiguo régimen de la dictadura del país del que tuve que salir poniendo pies en polvorosa, si en algo apreciaba mi vida.

Continuará próximo capítulo el lunes día 23 de abril de 2012

Así en el cielo novela de Salvador Moreno Valencia: http://www.alvaeno.com/asienelcielo.htm