Me llamo Ursula, tengo esa edad en la que los conflictos internos y externos se enfrentan al radical cambio del cuerpo. Ya hace dos años que tuve la menstruación y pensé que cómo iba a ser posible, que mi cuerpo de niña, estuviese dispuesto a engendrar vida. Pero biológicamente así es.
Desde que era una niña me educaron como a una princesita, y me consta que no he sido la única. A mi hermano, dos años mayor que yo, lo han educado como a un príncipe; ese que en los cuentos vendrá a rescatarnos a las indefensas princesitas.
He crecido en una sociedad sexista por antonomasia; en mi familia siempre fui la niña sensible y frágil, porque tanto mi madre como mi padre así lo habían decidido.
Mi hermano, sin embargo, fue siempre el chico fuerte, audaz e ingenioso. Para mí estuvieron reservadas las muñecas, tanto, que incluso, cuando tenía apenas cinco años, imitaba a mi madre, que iba con el carro de bebé con mí otro hermano de un año y yo iba con mi carrito y mi bebé, incluso, con una actitud orgullosa, sin saber a lo que se me estaba condenando.
Ahora suelo ayudar en casa, a mi madre, a mi padre no, porque entre otras cosas, él nunca ha colaborado en las tareas del hogar, pero tampoco lo hace mi hermano mayor, que ahora va a cumplir dieciséis años, tiene moto, juega al fútbol y hace las cosas, que según mi padre, le corresponden a un hombre.
Y ese es el rol con el que me han llevado hasta mis cortos catorce años, pero no estoy dispuesta a seguir las normas establecidas. Solamente el pensar que he sido educada para entregarme a un machito como mi hermano, me da nauseas.
Y no me conformo que con ese rol que me han impuesto, primero, de niña y luego de chica frágil, no estoy dispuesta a aceptar que mi vida no es más que convertirme en la esclava de un patán.
He de reconocer que he conocido a hombres que eran diferentes a lo que yo entendía por estos. Y espero que con el tiempo, esos hombres junto a mujeres como yo, consigamos que tanto las unas como los otros caminemos en una auténtica igualdad, no con esa hipocresía con la que muchos pretenden disfrazar las diferencias y la violencia.
© Salvador Moreno Valencia
Letras tu revista literaria
jueves, 30 de noviembre de 2006
miércoles, 29 de noviembre de 2006
Momentos
A la hora exacta, en la madrugada, la soñé en un lugar imaginario donde las olas se confunden con el brillo de la luna.
Era esa hora en la que el efecto, de las cervezas, creaba en mi cabeza caballitos de mar, sirenas de plata, veleros blancos empujados por el viento. La hora de la sentencia, el amargo trago del amor, me bebí la soledad en una barra de nostalgia, en la barra de ese bar donde palpitan los sentimientos de seres solitarios. Allí me la tomé de un trago y la sentí correr por mi garganta quemando mi esófago y encendiendo una llama en la boca del estómago. Era la novena cerveza o la décima porque a la novena siempre pierdo la cuenta y la cabeza.
Ella, fría, calculadora, me atajó sin rodeos y me pidió que la dejara tranquila, que le apetecía estar sola. Es así, orgullosa. Sentenció con el brillo de sus ojos y en sus labios corrían los deseos y los prejuicios. Y fueron los cristales de su boca los que nos separaron una vez más.
Era la hora exacta, la del tiempo detenido, la del silencio amargo, la del reloj de arena en la playa de su vientre, en las crestas de sus pechos.
En la cerveza número once o doce, quizá en la primera perdí de nuevo en el amor, gané en el olvido y me retiré a dormitar en los espejos moribundos de las calles vacías. Caminé toda la noche hasta que el alba me sorprendió un día más, embriagado de amargos tragos, dando tumbos, observado por las ventanas cerradas del amor, del calor interno, del sueño perdido.
La luz del sol me estalló en los ojos que se llenaron de lagrimas muertas, de llanto olvidado en el camino. Regué las calles empedradas de esa ciudad soñada con una larga meada de cervezas y de noches rotas. La forja de las rejas me hablaba de encierros, de cárceles.
Sueños amputados, secuestrados por el calor de sabanas engarzadas a cuerpos sudorosos. Sus labios, sus pechos, su agujero infinito, su aliento macilento enfrascado con el mío cargado de cervezas y de cigarros de melancolía. Mis labios, mi torre de Babel asaltando esos puntos en los que se rompen los cristales y ya nada nos separa.
Era la hora de la realidad, de la puesta en escena de los prejuicios y los cristales se empañaron alejándonos una vez más. Así de nuevo desperté a la hora en la que se despiertan los noctámbulos. El almuerzo me la devolvió en el sabor de la sopa y la primera cerveza estalló en mi estómago y comencé un día más, una noche que se ajetreaba por ser viernes y los deseos cabalgaron en tropel a lomos de otros ojos, otros labios.
La luna saltó de su cama y fue regando los rincones oscuros en los espejos y los cristales se rompieron a la novena o décima cerveza.
Siempre pierdo la cuenta y la cabeza. Me refugié en los pechos calientes de una mujer y desperté abrazado a la botella.
© Salvador Moreno Valencia
Era esa hora en la que el efecto, de las cervezas, creaba en mi cabeza caballitos de mar, sirenas de plata, veleros blancos empujados por el viento. La hora de la sentencia, el amargo trago del amor, me bebí la soledad en una barra de nostalgia, en la barra de ese bar donde palpitan los sentimientos de seres solitarios. Allí me la tomé de un trago y la sentí correr por mi garganta quemando mi esófago y encendiendo una llama en la boca del estómago. Era la novena cerveza o la décima porque a la novena siempre pierdo la cuenta y la cabeza.
Ella, fría, calculadora, me atajó sin rodeos y me pidió que la dejara tranquila, que le apetecía estar sola. Es así, orgullosa. Sentenció con el brillo de sus ojos y en sus labios corrían los deseos y los prejuicios. Y fueron los cristales de su boca los que nos separaron una vez más.
Era la hora exacta, la del tiempo detenido, la del silencio amargo, la del reloj de arena en la playa de su vientre, en las crestas de sus pechos.
En la cerveza número once o doce, quizá en la primera perdí de nuevo en el amor, gané en el olvido y me retiré a dormitar en los espejos moribundos de las calles vacías. Caminé toda la noche hasta que el alba me sorprendió un día más, embriagado de amargos tragos, dando tumbos, observado por las ventanas cerradas del amor, del calor interno, del sueño perdido.
La luz del sol me estalló en los ojos que se llenaron de lagrimas muertas, de llanto olvidado en el camino. Regué las calles empedradas de esa ciudad soñada con una larga meada de cervezas y de noches rotas. La forja de las rejas me hablaba de encierros, de cárceles.
Sueños amputados, secuestrados por el calor de sabanas engarzadas a cuerpos sudorosos. Sus labios, sus pechos, su agujero infinito, su aliento macilento enfrascado con el mío cargado de cervezas y de cigarros de melancolía. Mis labios, mi torre de Babel asaltando esos puntos en los que se rompen los cristales y ya nada nos separa.
Era la hora de la realidad, de la puesta en escena de los prejuicios y los cristales se empañaron alejándonos una vez más. Así de nuevo desperté a la hora en la que se despiertan los noctámbulos. El almuerzo me la devolvió en el sabor de la sopa y la primera cerveza estalló en mi estómago y comencé un día más, una noche que se ajetreaba por ser viernes y los deseos cabalgaron en tropel a lomos de otros ojos, otros labios.
La luna saltó de su cama y fue regando los rincones oscuros en los espejos y los cristales se rompieron a la novena o décima cerveza.
Siempre pierdo la cuenta y la cabeza. Me refugié en los pechos calientes de una mujer y desperté abrazado a la botella.
© Salvador Moreno Valencia
domingo, 1 de octubre de 2006
En la habitación
En la habitación hay sólo una silla situada en el centro, orientada, según me siento, hacia la única ventana que existe. A través de ella puedo contemplar el paso de los días, de las noches y de las estaciones. No hay nada a mí alrededor. Sólo la silla, una vieja silla que encontré en la basura, es de color verdoso y su asiento es de cuerda. La madera de la silla está gastada por el roce de los años.
A veces me pregunto cómo serían las personas que la han utilizado como asiento. Intento hacer un retrato, en mí mente, de ellas. Cómo eran sus vidas, qué hacían, a qué se dedicaban y qué pensaban cuando asentaban sus posaderas sobre el asiento de cuerda, que en otro tiempo, debió ser nueva. Ahora la cuerda está tan gastada. Al rato me evado mirando por la ventana y olvido esas conjeturas.
Por la ventana entra una luz cenital que ilumina mi rostro, dejando caer sobre el suelo la sombra del tiempo que llevo aquí sentado.
A veces suelo pensar qué habrá más allá de ésta habitación, de ésta ventana que me mira sin mirar, que me habla sin hablar.
En el suelo de la habitación hay una botella, quizá más de una, de ginebra. Algunos limones y un cenicero atiborrado de colillas.
A veces pienso, más bien me pregunto cuánto tiempo llevo aquí. No sé quién trae los cigarrillos ni la ginebra. No lo sé. Tampoco me preocupa. Siempre hay tabaco y ginebra y limones.
La habitación, a veces, da vueltas. El norte se convierte en el sur, el este en el oeste. La ventana siempre está en el mismo lugar.
Cerrada o abierta. Tampoco sé quién la cierra o la abre. A veces, una voz me dice en tono melancólico que aún cree en el amor. Entonces la palabra amor queda grabada en una de las paredes y al instante se proyectan sobre ella las imágenes de otros tiempos.
Una mujer y otra se suceden en el laberinto de fotogramas que van superponiéndose en la fría cal de la pared.
¿Así ha sido mí vida? Me pregunto taciturno, mientras otra voz me susurra palabras de aliento y esperanza. Es su voz, creo recordarla, y luego es otra voz y otra y así cientos de voces me susurran una retahíla de palabras de las que he olvidado el significado.
Esperanza, amor, libertad, paz, tolerancia, respeto, independencia.
Ya hace mucho que estoy aquí, bebo y fumo sin escrúpulos. Las noches se detienen, veo las estrellas ahí fuera acompañando a la luna en un baile infinito. Hacia el sur se dirige mí mirada. Busco la ventana y ya no está. Tampoco las paredes, tampoco la silla, tampoco estoy yo. El olor a ginebra y a tabaco lo invade todo. El humo se escapa por la vía láctea. Otra vez la voz y luego el coro de voces. Una mujer se dibuja en algún punto en la oscuridad de la noche. Lleva un vestido de lino blanco. El color de su piel es canela, sus ojos color de miel me miran desde el abismo de los días.
Ella abre sus brazos hacia mí, me llama con una tierna y delicada sonrisa.
Ven, ven. Te estoy esperando y luego el coro de voces, te estamos esperando, ven, ven.
Vuelven las paredes, vuelve la ventana, vuelve la silla, vuelve la habitación y en ella no hay nada, sólo botellas de ginebra vacías, cajetillas de tabaco vacías y una montaña de colillas en algo que se parece a un cenicero. Mi sombra ha desaparecido y con ella también yo.
© Salvador Moreno Valencia
A veces me pregunto cómo serían las personas que la han utilizado como asiento. Intento hacer un retrato, en mí mente, de ellas. Cómo eran sus vidas, qué hacían, a qué se dedicaban y qué pensaban cuando asentaban sus posaderas sobre el asiento de cuerda, que en otro tiempo, debió ser nueva. Ahora la cuerda está tan gastada. Al rato me evado mirando por la ventana y olvido esas conjeturas.
Por la ventana entra una luz cenital que ilumina mi rostro, dejando caer sobre el suelo la sombra del tiempo que llevo aquí sentado.
A veces suelo pensar qué habrá más allá de ésta habitación, de ésta ventana que me mira sin mirar, que me habla sin hablar.
En el suelo de la habitación hay una botella, quizá más de una, de ginebra. Algunos limones y un cenicero atiborrado de colillas.
A veces pienso, más bien me pregunto cuánto tiempo llevo aquí. No sé quién trae los cigarrillos ni la ginebra. No lo sé. Tampoco me preocupa. Siempre hay tabaco y ginebra y limones.
La habitación, a veces, da vueltas. El norte se convierte en el sur, el este en el oeste. La ventana siempre está en el mismo lugar.
Cerrada o abierta. Tampoco sé quién la cierra o la abre. A veces, una voz me dice en tono melancólico que aún cree en el amor. Entonces la palabra amor queda grabada en una de las paredes y al instante se proyectan sobre ella las imágenes de otros tiempos.
Una mujer y otra se suceden en el laberinto de fotogramas que van superponiéndose en la fría cal de la pared.
¿Así ha sido mí vida? Me pregunto taciturno, mientras otra voz me susurra palabras de aliento y esperanza. Es su voz, creo recordarla, y luego es otra voz y otra y así cientos de voces me susurran una retahíla de palabras de las que he olvidado el significado.
Esperanza, amor, libertad, paz, tolerancia, respeto, independencia.
Ya hace mucho que estoy aquí, bebo y fumo sin escrúpulos. Las noches se detienen, veo las estrellas ahí fuera acompañando a la luna en un baile infinito. Hacia el sur se dirige mí mirada. Busco la ventana y ya no está. Tampoco las paredes, tampoco la silla, tampoco estoy yo. El olor a ginebra y a tabaco lo invade todo. El humo se escapa por la vía láctea. Otra vez la voz y luego el coro de voces. Una mujer se dibuja en algún punto en la oscuridad de la noche. Lleva un vestido de lino blanco. El color de su piel es canela, sus ojos color de miel me miran desde el abismo de los días.
Ella abre sus brazos hacia mí, me llama con una tierna y delicada sonrisa.
Ven, ven. Te estoy esperando y luego el coro de voces, te estamos esperando, ven, ven.
Vuelven las paredes, vuelve la ventana, vuelve la silla, vuelve la habitación y en ella no hay nada, sólo botellas de ginebra vacías, cajetillas de tabaco vacías y una montaña de colillas en algo que se parece a un cenicero. Mi sombra ha desaparecido y con ella también yo.
© Salvador Moreno Valencia
Absurdamente absurdo
A Juan Pérez no le gustaba mucho su nombre, tampoco su apellido. Él pensaba que no era lo mismo llamarse Juan Pérez que, por ejemplo: Jhon Smist. Claro que él siempre había intentado hacer todo lo posible por llamarse Jhon o Tom o Jhones o Gustavo. De hecho había cursado varios estudios de idiomas. El inglés casi lo hablaba a la perfección. También hizo algún curso intensivo de francés en una de esas academias que por regla general siempre están situadas en las afueras de las ciudades y por supuesto al lado de alguna carretera con mucho tránsito. El curso lo aprobó con notable pero le costó un ojo de la cara, cara era la experiencia, caro era todo y además tenía como encono aquel nombre que tanto le fastidiaba. Pensó cambiarlo mil veces pero al final siempre surgía algún formalismo burocrático que impedía que su nombre pasara a los anales de su propia historia.
Juan Pérez se llamaba su padre, su abuelo, su bisabuelo, su tatarabuelo, su tío, su primo, su hermano. En aquella familia todo el mundo se llamaba Juan Pérez. Para él eso era terrible. Evidentemente, en el pueblo, la familia de Juan Pérez era archiconocida. Hasta tal punto que incluso, una calle, llevaba el nombre en honor a Juan Pérez su bisabuelo que llegó a realizar una gran hazaña. En el tiempo en que éste vivía hubo unas inundaciones que lo arrastraron todo, el pueblo quedó barrido de la noche al día y a Juan Pérez el bisabuelo, que también había sido arrastrado por la crecida del río Juan Pérez, (es que en aquel pueblo todo se llamaba así, hasta el pueblo había recibido el nombre por orden de un rey al que sirvió su tatarabuelo hacía más de cuatrocientos años) se le ocurrió la gran idea de hacer que el río, Juan Pérez, mediante unas canalizaciones apropiadas bordeara el pueblo y de este modo se evitaba que en época de lluvias las crecidas arrastraran nuevamente a Juan Pérez.
En el pueblo había al menos cuarenta personas que tenían el dichoso nombre y por eso nuestro Juan Pérez luchaba como un cosaco para cambiar su nombre y desde que empezó a tener uso de razón, siempre decía llamarse Jhon, aunque todo el mundo lo llamaba el hijo de Juan Pérez.
Ante estas circunstancias Jhon decidió marcharse del pueblo en pos de encontrar una nueva vida. Así lo hizo. Una mañana de primavera, cuando el sol despuntaba alzándose victorioso en el horizonte, cogió sus maletas y subió al Autocar con rumbo a una nueva ciudad. Tras tres horas de viaje llegó a una nueva tierra. Era una ciudad mediana, tanto en su tamaño, como en su población. Un lugar predispuesto al descanso y al sueño. Idílico es el horizonte en sus atardeceres, sus calles están bañadas con la luz de la cal blanca y empedradas sus entrañas. Jhon ajeno a su destino decidió pasear por aquella ciudad. Llegada la tarde entró en un bar, se sentó junto a una de sus ventanas, desde la que se podía disfrutar del atardecer que enciende los sueños. Pidió un café cortado y mientras lo saboreaba, ocurrió. Una mujer entró en el bar, clavó sus ojos en él, se dirigió hacia la mesa y le dijo con voz entrecortada: hola Juan Pérez, llevaba años esperándote, mi nombre es Juana Pérez.
Y como este es un relato absurdo no cuento el final de la historia, lo dejo a vuestro libre albedrío y que cada uno le saque final a este lío.
© Salvador Moreno Valencia
Juan Pérez se llamaba su padre, su abuelo, su bisabuelo, su tatarabuelo, su tío, su primo, su hermano. En aquella familia todo el mundo se llamaba Juan Pérez. Para él eso era terrible. Evidentemente, en el pueblo, la familia de Juan Pérez era archiconocida. Hasta tal punto que incluso, una calle, llevaba el nombre en honor a Juan Pérez su bisabuelo que llegó a realizar una gran hazaña. En el tiempo en que éste vivía hubo unas inundaciones que lo arrastraron todo, el pueblo quedó barrido de la noche al día y a Juan Pérez el bisabuelo, que también había sido arrastrado por la crecida del río Juan Pérez, (es que en aquel pueblo todo se llamaba así, hasta el pueblo había recibido el nombre por orden de un rey al que sirvió su tatarabuelo hacía más de cuatrocientos años) se le ocurrió la gran idea de hacer que el río, Juan Pérez, mediante unas canalizaciones apropiadas bordeara el pueblo y de este modo se evitaba que en época de lluvias las crecidas arrastraran nuevamente a Juan Pérez.
En el pueblo había al menos cuarenta personas que tenían el dichoso nombre y por eso nuestro Juan Pérez luchaba como un cosaco para cambiar su nombre y desde que empezó a tener uso de razón, siempre decía llamarse Jhon, aunque todo el mundo lo llamaba el hijo de Juan Pérez.
Ante estas circunstancias Jhon decidió marcharse del pueblo en pos de encontrar una nueva vida. Así lo hizo. Una mañana de primavera, cuando el sol despuntaba alzándose victorioso en el horizonte, cogió sus maletas y subió al Autocar con rumbo a una nueva ciudad. Tras tres horas de viaje llegó a una nueva tierra. Era una ciudad mediana, tanto en su tamaño, como en su población. Un lugar predispuesto al descanso y al sueño. Idílico es el horizonte en sus atardeceres, sus calles están bañadas con la luz de la cal blanca y empedradas sus entrañas. Jhon ajeno a su destino decidió pasear por aquella ciudad. Llegada la tarde entró en un bar, se sentó junto a una de sus ventanas, desde la que se podía disfrutar del atardecer que enciende los sueños. Pidió un café cortado y mientras lo saboreaba, ocurrió. Una mujer entró en el bar, clavó sus ojos en él, se dirigió hacia la mesa y le dijo con voz entrecortada: hola Juan Pérez, llevaba años esperándote, mi nombre es Juana Pérez.
Y como este es un relato absurdo no cuento el final de la historia, lo dejo a vuestro libre albedrío y que cada uno le saque final a este lío.
© Salvador Moreno Valencia
No me gustan los días de lluvia
He venido para acabar contigo. No es el tiempo lo que necesito para hacerlo, es la razón para verte caer entre mis manos.
Estaba lloviendo aquel día. Tú te habías enfundado en ese horrible impermeable amarillo. Estabas, en el fondo, atractiva con él, aunque lo que realmente te hacía bella era la forma en la que te calabas el sombrero, levemente caído hacia la izquierda.
Sí, fue aquel día. Aquel maldito día lluvioso. Todo se estropeó cuando te empecinaste en hacerme ver que los días de lluvia son maravillosos.
Las calles estaban abarrotadas de coches y de paraguas. Todo el mundo corría y tú hacías que perdiera la paciencia, siempre lo hacías. Eras una experta en ponerme de los nervios.
No, en el coche no vamos, iremos caminando. Llovía a mares. Yo estaba empapado hasta los huesos. Odio los impermeables y los abrigos y las gabardinas y los sombreros. Todo lo que a ti te encanta. Tú, siempre tenías el armario repleto de abrigos, gabardinas, impermeables y sombreros de colores.
He deseado tanto que llegue este momento. He soñado tantas veces con verte sucumbir entre mis dedos. He perdido el sueño tantas noches pensando en este maravilloso momento, que ahora que te veo escurrirte, lentamente, entre mis dedos, como una serpiente se escabulle entre los matorrales, siento delirio de placer al ver como tus ojos desorbitados se pierden en la oscuridad de esta noche.
Sí, aquel día lluvioso, te empeñaste en ir a casa de tus padres. Sabes perfectamente que nunca les caí bien. El caso que a mí tampoco me hacían mucha gracia. Odio las hipocresías y a ellos a hipócritas no hay quien les gane. Eso debe ser genético, porque tú eres tan hipócrita como ellos.
Me amabas, siempre decías lo mismo, yo te quiero mucho, más que tú a mí. Siempre me subestimaste, insultando mi inteligencia como el que se toma un café y se queda tan pancho.
Pero esta noche he venido para acabar contigo. Alguien te ha visto salir de un bar con ese hombre, al que has despachado cuando he llegado.
Alguien te habrá visto entrar con él en tu casa y alguien le habrá visto salir de aquí esta noche. Que casualidad, llevaba puesta una gabardina como la que yo traigo puesta esta noche a pesar del odio que les tengo.
Nadie me ha visto entrar y seguro que nadie me verá al salir, tengo la coartada perfecta, ni siquiera estoy en esta ciudad.
Y tú te quedaras ahí tumbada en la cama, estrangulada con restos de semen en tu vientre. Pero ese semen no es mío, es una prueba contundente para que le carguen tu muerte a ese pardillo. Cuando venga la policía y el forense tomarán huellas y evidentemente encontraran la eyaculación de ese tipo sobre tu monte de Venus. Qué pena me das. Aunque no debería de compadecerme de ti sino de mí.
Ya no te podrás poner ese horrible impermeable amarillo. Ya no podrás calarte el sombrero con ese arte que tenías, ya no podrás jamás intentar convencerme de que los días de lluvia son maravillosos.
Voy a abrir las puertas del armario para que todos esos horribles trajes y abrigos, impermeables y sombreros puedan verte tumbada en la cama con los ojos desorbitados y tu pelo púbico mojado con el semen de ese tipo al que te estabas follando cuando llegué esta noche para acabar contigo.
© Salvador Moreno Valencia
Estaba lloviendo aquel día. Tú te habías enfundado en ese horrible impermeable amarillo. Estabas, en el fondo, atractiva con él, aunque lo que realmente te hacía bella era la forma en la que te calabas el sombrero, levemente caído hacia la izquierda.
Sí, fue aquel día. Aquel maldito día lluvioso. Todo se estropeó cuando te empecinaste en hacerme ver que los días de lluvia son maravillosos.
Las calles estaban abarrotadas de coches y de paraguas. Todo el mundo corría y tú hacías que perdiera la paciencia, siempre lo hacías. Eras una experta en ponerme de los nervios.
No, en el coche no vamos, iremos caminando. Llovía a mares. Yo estaba empapado hasta los huesos. Odio los impermeables y los abrigos y las gabardinas y los sombreros. Todo lo que a ti te encanta. Tú, siempre tenías el armario repleto de abrigos, gabardinas, impermeables y sombreros de colores.
He deseado tanto que llegue este momento. He soñado tantas veces con verte sucumbir entre mis dedos. He perdido el sueño tantas noches pensando en este maravilloso momento, que ahora que te veo escurrirte, lentamente, entre mis dedos, como una serpiente se escabulle entre los matorrales, siento delirio de placer al ver como tus ojos desorbitados se pierden en la oscuridad de esta noche.
Sí, aquel día lluvioso, te empeñaste en ir a casa de tus padres. Sabes perfectamente que nunca les caí bien. El caso que a mí tampoco me hacían mucha gracia. Odio las hipocresías y a ellos a hipócritas no hay quien les gane. Eso debe ser genético, porque tú eres tan hipócrita como ellos.
Me amabas, siempre decías lo mismo, yo te quiero mucho, más que tú a mí. Siempre me subestimaste, insultando mi inteligencia como el que se toma un café y se queda tan pancho.
Pero esta noche he venido para acabar contigo. Alguien te ha visto salir de un bar con ese hombre, al que has despachado cuando he llegado.
Alguien te habrá visto entrar con él en tu casa y alguien le habrá visto salir de aquí esta noche. Que casualidad, llevaba puesta una gabardina como la que yo traigo puesta esta noche a pesar del odio que les tengo.
Nadie me ha visto entrar y seguro que nadie me verá al salir, tengo la coartada perfecta, ni siquiera estoy en esta ciudad.
Y tú te quedaras ahí tumbada en la cama, estrangulada con restos de semen en tu vientre. Pero ese semen no es mío, es una prueba contundente para que le carguen tu muerte a ese pardillo. Cuando venga la policía y el forense tomarán huellas y evidentemente encontraran la eyaculación de ese tipo sobre tu monte de Venus. Qué pena me das. Aunque no debería de compadecerme de ti sino de mí.
Ya no te podrás poner ese horrible impermeable amarillo. Ya no podrás calarte el sombrero con ese arte que tenías, ya no podrás jamás intentar convencerme de que los días de lluvia son maravillosos.
Voy a abrir las puertas del armario para que todos esos horribles trajes y abrigos, impermeables y sombreros puedan verte tumbada en la cama con los ojos desorbitados y tu pelo púbico mojado con el semen de ese tipo al que te estabas follando cuando llegué esta noche para acabar contigo.
© Salvador Moreno Valencia
domingo, 10 de septiembre de 2006
¿Te sientes aludido o eres el presidente...?
¿Qué hombre es capaz de mirar a los ojos de sus hijos, con sinceridad, cuando ha terminado su jornada de trabajo en la que ha ocupado su tiempo matando a otros niños como sus hijos?
¿Qué tipo de hombre se sienta a la mesa con el júbilo desatado de su progenie hambrienta, dispuesta a devorar una suculenta comida, cuando poco antes ha dictado el embargo de medicinas y alimentos a un país destrozado por las bombas, que previamente, ha ordenado lanzar sobre esos desdichados?
¿Qué hombre juega con sus hijos, sobre la hierba reluciente de su maravilloso jardín, con la conciencia tranquila, por estar fuera de peligro de encontrar minas bajo su frondosa hierba, ya que se ha encargado él de que éstas estallen en otros jardines y sobre los pies de otros niños que no son los suyos?
¿Qué tipo de hombre jura y perjura defender a su progenie, en su bonito jardín, en su repleta mesa, en su vida de paz, matando a niños como los suyos, tan inocentes como éstos, quemando sus jardines, vaciando sus mesas y negándoles la paz?
¿Terrorismo?
Mientras en el mundo exista un solo niño desprotegido, sin comida, sin medicina, sin colegio, sin padres, sin familia...
Esto de la democracia no será más que una farsa.
© Salvador Moreno Valencia
¿Qué tipo de hombre se sienta a la mesa con el júbilo desatado de su progenie hambrienta, dispuesta a devorar una suculenta comida, cuando poco antes ha dictado el embargo de medicinas y alimentos a un país destrozado por las bombas, que previamente, ha ordenado lanzar sobre esos desdichados?
¿Qué hombre juega con sus hijos, sobre la hierba reluciente de su maravilloso jardín, con la conciencia tranquila, por estar fuera de peligro de encontrar minas bajo su frondosa hierba, ya que se ha encargado él de que éstas estallen en otros jardines y sobre los pies de otros niños que no son los suyos?
¿Qué tipo de hombre jura y perjura defender a su progenie, en su bonito jardín, en su repleta mesa, en su vida de paz, matando a niños como los suyos, tan inocentes como éstos, quemando sus jardines, vaciando sus mesas y negándoles la paz?
¿Terrorismo?
Mientras en el mundo exista un solo niño desprotegido, sin comida, sin medicina, sin colegio, sin padres, sin familia...
Esto de la democracia no será más que una farsa.
© Salvador Moreno Valencia
martes, 5 de septiembre de 2006
Érase una vez que fui joven.
Érase una vez que fui joven.
Nunca me encontré a gusto en la sociedad en la que me había tocado vivir. Siendo, como era, un muchacho que dejaba la adolescencia para zambullirme de lleno en la soñada juventud. Esa etapa de la vida, que como todo en la misma es tránsito, en la que a los jóvenes se nos endilga sin más la etiqueta de que somos complicados. Eso lo dicen los que nos preceden en generación y eso lo diremos nosotros cuando, la dorada juventud, divino tesoro, haya quedado relegada a los espacios en donde la memoria se codea con la batallita del anciano, ese que añora otro tiempo que ni fue mejor ni peor, sólo fue el momento en que tuvimos al alcance cambiar el mundo y que no lo conseguimos porque sin darnos cuenta nos vimos, de sopetón, sumergidos en la edad madura, dejando atrás esa juventud que nos valió para llevar, por unos años, la etiqueta que ahora otros llevan por ser ellos los jóvenes complicados. Yo, a pesar de que el paso del tiempo no perdona, sigo sin estar satisfecho con la sociedad que me rodea e incluso albergo la esperanza de que algún día podamos cambiarla para mejorarla.
© Salvador Moreno Valencia
Nunca me encontré a gusto en la sociedad en la que me había tocado vivir. Siendo, como era, un muchacho que dejaba la adolescencia para zambullirme de lleno en la soñada juventud. Esa etapa de la vida, que como todo en la misma es tránsito, en la que a los jóvenes se nos endilga sin más la etiqueta de que somos complicados. Eso lo dicen los que nos preceden en generación y eso lo diremos nosotros cuando, la dorada juventud, divino tesoro, haya quedado relegada a los espacios en donde la memoria se codea con la batallita del anciano, ese que añora otro tiempo que ni fue mejor ni peor, sólo fue el momento en que tuvimos al alcance cambiar el mundo y que no lo conseguimos porque sin darnos cuenta nos vimos, de sopetón, sumergidos en la edad madura, dejando atrás esa juventud que nos valió para llevar, por unos años, la etiqueta que ahora otros llevan por ser ellos los jóvenes complicados. Yo, a pesar de que el paso del tiempo no perdona, sigo sin estar satisfecho con la sociedad que me rodea e incluso albergo la esperanza de que algún día podamos cambiarla para mejorarla.
© Salvador Moreno Valencia
El reportaje
Aquel día luminoso me abrió una puerta a la esperanza. La frustración que sentía por no ver realizados mis sueños quedaba relegada, de repente, al universo de los recuerdos.
Un trabajo me llegaba como una inspiración le llega al artista y entonces decidí que afrontaría el riesgo e intentaría conseguir lo que suponía el mayor de los retos. Como una ventana cuando se abre deja pasar la luz matinal mi futuro se abría iluminando las sombras en las que la desidia y el desamparo me habían tenido recluida. Respiré una bocanada de aire nuevo y limpio y salí a la calle para hacer aquel reportaje.
© Salvador Moreno Valencia
Un trabajo me llegaba como una inspiración le llega al artista y entonces decidí que afrontaría el riesgo e intentaría conseguir lo que suponía el mayor de los retos. Como una ventana cuando se abre deja pasar la luz matinal mi futuro se abría iluminando las sombras en las que la desidia y el desamparo me habían tenido recluida. Respiré una bocanada de aire nuevo y limpio y salí a la calle para hacer aquel reportaje.
© Salvador Moreno Valencia
Rojo sobre rojo
Llueve en París, ésta ciudad de luz que ilumina mi camino. He llegado a las 6,30h de la mañana. Hace frío y cae una fina lluvia que va creando cortinas de luz en los Campos Elíseos.
Estoy helado, los ojos abiertos de par en par. Ya había estado antes en París. Pero ahora es diferente, ahora es como un sueño. Aquí la realidad se confunde con el sueño, la gran Torre corta las cortinas de lluvia que se abren en cataratas que caen desde el punto más alto de la misma. Allí arriba está el creador. Allí ha quedado inmortalizado para la eternidad ese loco que construyó su sueño basándose en hierros superpuestos unos con otros, tornillo a tornillo, escalón a escalón. Así forjó el sueño de su vida.
Yo estoy en París hoy día de los difuntos. Podría estar en cualquier parte del mundo, pero qué importa si hoy estoy en París, mañana en Roma, pasado en Berlín y, luego, quién sabe.
Uno puede estar en cualquier sitio, a cualquier hora y en cualquier rincón de los sueños. París la ciudad de la luz.
París está lluvioso, está gris con una leve luz azulada y el Sena está dormitando en el tiempo a través de sus puentes.
Pienso en una pistola. La habitación tiene tres metros cuadrados.
Rojo sobre rojo.
Ella tiene los ojos verdes, verdes como la esperanza.
Rojo sobre rojo.
En la habitación hay un lavabo, un pequeño espejo lo acompaña en su antiestética. El armario es viejo, raído por el paso del tiempo.
Pienso en una pistola. París está frío esta noche. Las luces de los Campos Elíseos tiritan en el espacio inerte de los indigentes. Casas de cartón. París, Madrid, Barcelona.
Rojo sobre rojo.
Ella mira desde sus esmeraldas, un lunar preside sus labios rojos y otro su ceja izquierda.
Rojo sobre rojo.
Pienso en una pistola. Ella sumerge sus labios en su púrpura lengua.
Rojo sobre rojo.
El lavabo muestra su soledad y su inhospitalidad, el espejo no mira a ningún sitio y nadie se mira en él. La habitación tiene tres metros cuadrados. La cama está abatida y sus sabanas tiene manchas blancas y amarillas y pruebas de fumadores empedernidos y atrapados en el insomnio.
Rojo sobre rojo.
Sus ojos son estrellas en invierno. Sonríe y con su lánguida
mirada me estrella en los muros del recuerdo.
Rojo sobre rojo.
Pienso en una pistola. La pistola tiene ojos, tiene labios y tiene cuerpo. Ella dispara con su senil sonrisa.
La habitación del hostal de París mide tres metros cuadrados como en Madrid y Barcelona. El armario muestra su rigidez del paso del tiempo y mira al espejo que hace compañía infinita al lavabo.
Pienso en una pistola. Con cañón largo.
Las chicas del show girl posan desnudas si le pones monedas a la cabina. Trescientas pelas y te enseñan las tetas y el coño.
Rojo sobre rojo.
El molino rojo está caliente. Mon Maitre duerme su sueño en un cuadro de Van Gogh.
Pienso en una pistola.
Un hombre solitario, una calle solitaria. El silencio es empañado por los gritos de una chica.
Pienso en una pistola.
Otro hombre llama con desesperación en un portero automático. Se oyen gritos de una chica. Nadie responde en el portero. Silencio. Sólo los gritos de una chica.
Las chicas del sexo posan desnudas para ti si le echas monedas a la cabina.
Pienso en una pistola.
Suenan dos disparos. Secos. Fríos. Y los gritos los rompe el silencio en un quejido sin final.
Pienso en una pistola.
Rojo sobre rojo.
He llegado a Barcelona desde París, hoy no está lloviendo. Hay un sol cenital y los cristales empañados anuncian el frío exterior.
Las Ramblas están abarrotadas a pesar del frío que hace. La tarde cae lentamente y Colón sigue con su dedo imperecedero señalando a un punto infinito en el horizonte del Mediterráneo.
Como siempre, en las Ramblas, hay gente buscándose la vida. Estatuas vivientes, mimos, pintores, timadores, vendedores de todo tipo de objetos, carteristas, chorizos, putas que se asoman a las esquinas del barrio chino. Barrio Gótico elemento emblemático de la arquitectura de siglos pasados. Chinos, turcos, sudafricanos, marroquíes, peruanos, chilenos, ecuatorianos, colombianos, búlgaros, checoslovacos, polacos, rusos, tailandeses, filipinos, indios, argentinos. Gente de todo el mundo. Barcelona, París, Madrid, ciudades cosmopolitas. Mezclas de culturas y razas. Mafias, robos, asesinatos.
Barcelona está encantada esta tarde, la magia de sus calles se trasmite a través de los muros de sus casas centenarias. Aquí hay sitio para todos. Casa de cartón. Indigentes, inadaptados viviendo en las calles. Todo se repite. Todo es igual. La gente que pasea por la Rambla, es igual a la que lo hace por los Campos Elíseos o por la calle Preciados de Madrid. Todo se repite.
Pienso en una pistola.
Rojo sobre rojo.
En mis sueños se repiten las imágenes y los gritos de una chica me sobresaltan y me despiertan.
La prensa: La Vanguardia de Barcelona. Sucesos. Encuentran a una chica muerta en su domicilio. Tiene dos balas incrustadas en su cuerpo. Corazón y cabeza.
Rojo sobre rojo.
Pienso en una pistola.
Prensa de París: Le Monde. Sucesos. Encuentran una chica desnuda y con dos disparos sobre su cuerpo. Corazón y cabeza.
Rojo sobre rojo.
Barcelona está maravillosa esta noche. Salgo a tomar unas copas. Una chica me lleva a un local para tomar algo.
Describo: Camino por la Rambla, son las once y treinta minutos. Al final de la Rambla una chica, que no es la negra flor de Radio Futura, se acerca a mí y me pregunta si conozco algún local donde pongan salsa. Le respondo que no soy del lugar y me dice que tampoco ella es de Barcelona.
Está sola y me propone que la acompañe y como yo también me encuentro solo acepto su oferta.
Rojo sobre rojo.
Es alta, me saca al menos diez centímetros, morena, ojos negros, pelo largo y rizado. Viste pantalón ajustado de color negro y una camiseta donde se adivinan sus tetas con pezones erizados y mirando a la luna.
Pasamos por un bar y ella me dice que entremos, su insistencia me da mala espina. En el bar hay otras chicas y también chicos. De momento, observo y todo parece normal. Nos acercamos a la barra y pedimos dos copas. Cinco mil, me dice la camarera que las ha servido. En ese momento me doy cuenta que me han estafado. La chica se levanta y va al baño. En la puerta del baño hay un tipo vestido con traje negro. Se detiene ante él y puedo ver como hablan dirigiéndose a mí.
Ella regresa. Se sienta a mi lado. Viene otra chica, me la presenta y le pide que se quede conmigo. Ella tiene que salir. Ya sé dónde estoy, es un local de alterne camuflado. Un polvo cinco mil. Ella vuelve con otro pardillo como yo.
Rojo sobre rojo.
Pienso en una pistola.
El whiskye es matarratas. La otra chica que se ha quedado sentada a mi lado me pide que la invite a una copa, me niego.
El señor del traje negro se acerca, se pone tras de mí y de repente siento un objeto punzante en mi costado, frío como el hielo. El tipo me pide discretamente que abandone todas las pertenencias de valor que llevo y además el dinero.
Pienso en una pistola.
Rojo sobre rojo.
La estación me da vueltas. Tengo un tambor metido en la cabeza. Los ojos rojos, no tengo tabaco ni dinero.
Rojo sobre rojo.
Mientras espero el tren veo como un señor ojea la prensa, me acerco y puedo leer. Sucesos. Encuentran a una chica asesinada en su domicilio con una bala en el corazón y otra en la cabeza. Rojo sobre rojo escrito en su pecho con carmín.
Pienso en una pistola.
Anuncian la salida del tren y pienso en París, Madrid, Barcelona. Los gritos de una chica retumban en mi cabeza. Hay una calle vacía. Un hombre solitario va por ella.
Rojo sobre rojo.
Pienso en una pistola.
© Salvador Moreno Valencia
Estoy helado, los ojos abiertos de par en par. Ya había estado antes en París. Pero ahora es diferente, ahora es como un sueño. Aquí la realidad se confunde con el sueño, la gran Torre corta las cortinas de lluvia que se abren en cataratas que caen desde el punto más alto de la misma. Allí arriba está el creador. Allí ha quedado inmortalizado para la eternidad ese loco que construyó su sueño basándose en hierros superpuestos unos con otros, tornillo a tornillo, escalón a escalón. Así forjó el sueño de su vida.
Yo estoy en París hoy día de los difuntos. Podría estar en cualquier parte del mundo, pero qué importa si hoy estoy en París, mañana en Roma, pasado en Berlín y, luego, quién sabe.
Uno puede estar en cualquier sitio, a cualquier hora y en cualquier rincón de los sueños. París la ciudad de la luz.
París está lluvioso, está gris con una leve luz azulada y el Sena está dormitando en el tiempo a través de sus puentes.
Pienso en una pistola. La habitación tiene tres metros cuadrados.
Rojo sobre rojo.
Ella tiene los ojos verdes, verdes como la esperanza.
Rojo sobre rojo.
En la habitación hay un lavabo, un pequeño espejo lo acompaña en su antiestética. El armario es viejo, raído por el paso del tiempo.
Pienso en una pistola. París está frío esta noche. Las luces de los Campos Elíseos tiritan en el espacio inerte de los indigentes. Casas de cartón. París, Madrid, Barcelona.
Rojo sobre rojo.
Ella mira desde sus esmeraldas, un lunar preside sus labios rojos y otro su ceja izquierda.
Rojo sobre rojo.
Pienso en una pistola. Ella sumerge sus labios en su púrpura lengua.
Rojo sobre rojo.
El lavabo muestra su soledad y su inhospitalidad, el espejo no mira a ningún sitio y nadie se mira en él. La habitación tiene tres metros cuadrados. La cama está abatida y sus sabanas tiene manchas blancas y amarillas y pruebas de fumadores empedernidos y atrapados en el insomnio.
Rojo sobre rojo.
Sus ojos son estrellas en invierno. Sonríe y con su lánguida
mirada me estrella en los muros del recuerdo.
Rojo sobre rojo.
Pienso en una pistola. La pistola tiene ojos, tiene labios y tiene cuerpo. Ella dispara con su senil sonrisa.
La habitación del hostal de París mide tres metros cuadrados como en Madrid y Barcelona. El armario muestra su rigidez del paso del tiempo y mira al espejo que hace compañía infinita al lavabo.
Pienso en una pistola. Con cañón largo.
Las chicas del show girl posan desnudas si le pones monedas a la cabina. Trescientas pelas y te enseñan las tetas y el coño.
Rojo sobre rojo.
El molino rojo está caliente. Mon Maitre duerme su sueño en un cuadro de Van Gogh.
Pienso en una pistola.
Un hombre solitario, una calle solitaria. El silencio es empañado por los gritos de una chica.
Pienso en una pistola.
Otro hombre llama con desesperación en un portero automático. Se oyen gritos de una chica. Nadie responde en el portero. Silencio. Sólo los gritos de una chica.
Las chicas del sexo posan desnudas para ti si le echas monedas a la cabina.
Pienso en una pistola.
Suenan dos disparos. Secos. Fríos. Y los gritos los rompe el silencio en un quejido sin final.
Pienso en una pistola.
Rojo sobre rojo.
He llegado a Barcelona desde París, hoy no está lloviendo. Hay un sol cenital y los cristales empañados anuncian el frío exterior.
Las Ramblas están abarrotadas a pesar del frío que hace. La tarde cae lentamente y Colón sigue con su dedo imperecedero señalando a un punto infinito en el horizonte del Mediterráneo.
Como siempre, en las Ramblas, hay gente buscándose la vida. Estatuas vivientes, mimos, pintores, timadores, vendedores de todo tipo de objetos, carteristas, chorizos, putas que se asoman a las esquinas del barrio chino. Barrio Gótico elemento emblemático de la arquitectura de siglos pasados. Chinos, turcos, sudafricanos, marroquíes, peruanos, chilenos, ecuatorianos, colombianos, búlgaros, checoslovacos, polacos, rusos, tailandeses, filipinos, indios, argentinos. Gente de todo el mundo. Barcelona, París, Madrid, ciudades cosmopolitas. Mezclas de culturas y razas. Mafias, robos, asesinatos.
Barcelona está encantada esta tarde, la magia de sus calles se trasmite a través de los muros de sus casas centenarias. Aquí hay sitio para todos. Casa de cartón. Indigentes, inadaptados viviendo en las calles. Todo se repite. Todo es igual. La gente que pasea por la Rambla, es igual a la que lo hace por los Campos Elíseos o por la calle Preciados de Madrid. Todo se repite.
Pienso en una pistola.
Rojo sobre rojo.
En mis sueños se repiten las imágenes y los gritos de una chica me sobresaltan y me despiertan.
La prensa: La Vanguardia de Barcelona. Sucesos. Encuentran a una chica muerta en su domicilio. Tiene dos balas incrustadas en su cuerpo. Corazón y cabeza.
Rojo sobre rojo.
Pienso en una pistola.
Prensa de París: Le Monde. Sucesos. Encuentran una chica desnuda y con dos disparos sobre su cuerpo. Corazón y cabeza.
Rojo sobre rojo.
Barcelona está maravillosa esta noche. Salgo a tomar unas copas. Una chica me lleva a un local para tomar algo.
Describo: Camino por la Rambla, son las once y treinta minutos. Al final de la Rambla una chica, que no es la negra flor de Radio Futura, se acerca a mí y me pregunta si conozco algún local donde pongan salsa. Le respondo que no soy del lugar y me dice que tampoco ella es de Barcelona.
Está sola y me propone que la acompañe y como yo también me encuentro solo acepto su oferta.
Rojo sobre rojo.
Es alta, me saca al menos diez centímetros, morena, ojos negros, pelo largo y rizado. Viste pantalón ajustado de color negro y una camiseta donde se adivinan sus tetas con pezones erizados y mirando a la luna.
Pasamos por un bar y ella me dice que entremos, su insistencia me da mala espina. En el bar hay otras chicas y también chicos. De momento, observo y todo parece normal. Nos acercamos a la barra y pedimos dos copas. Cinco mil, me dice la camarera que las ha servido. En ese momento me doy cuenta que me han estafado. La chica se levanta y va al baño. En la puerta del baño hay un tipo vestido con traje negro. Se detiene ante él y puedo ver como hablan dirigiéndose a mí.
Ella regresa. Se sienta a mi lado. Viene otra chica, me la presenta y le pide que se quede conmigo. Ella tiene que salir. Ya sé dónde estoy, es un local de alterne camuflado. Un polvo cinco mil. Ella vuelve con otro pardillo como yo.
Rojo sobre rojo.
Pienso en una pistola.
El whiskye es matarratas. La otra chica que se ha quedado sentada a mi lado me pide que la invite a una copa, me niego.
El señor del traje negro se acerca, se pone tras de mí y de repente siento un objeto punzante en mi costado, frío como el hielo. El tipo me pide discretamente que abandone todas las pertenencias de valor que llevo y además el dinero.
Pienso en una pistola.
Rojo sobre rojo.
La estación me da vueltas. Tengo un tambor metido en la cabeza. Los ojos rojos, no tengo tabaco ni dinero.
Rojo sobre rojo.
Mientras espero el tren veo como un señor ojea la prensa, me acerco y puedo leer. Sucesos. Encuentran a una chica asesinada en su domicilio con una bala en el corazón y otra en la cabeza. Rojo sobre rojo escrito en su pecho con carmín.
Pienso en una pistola.
Anuncian la salida del tren y pienso en París, Madrid, Barcelona. Los gritos de una chica retumban en mi cabeza. Hay una calle vacía. Un hombre solitario va por ella.
Rojo sobre rojo.
Pienso en una pistola.
© Salvador Moreno Valencia
lunes, 28 de agosto de 2006
Oh! Así!
Oh! Así!
Las arenas del desierto, ese desierto azul y solitario que veo desde la ventana de mi alma, se mueven con los vientos cálidos que vienen de tus ojos. Y me miras con esos inocentes y profundos espejos del sueño, de esos sueños que son mis arenas movedizas.
Las palmeras en el oasis de tu cuerpo me cobijan en las horas aciagas de mis deseos. Corre el agua de la fuente de tus besos por mi garganta reseca, yerta y polvorienta de este largo camino que es mi vida, donde he perdido tantas veces el sabor fresco de unos labios como los tuyos y donde el miedo a volver a perderlos hace que ni siquiera pretenda besarlos. Me tumbo en la arena caliente del desierto de la vida y miro las estrellas que brillan como tus ojos cuando me miran y tu boca es nuevamente manantial de agua limpia y pura. Sólo un sorbo de tus labios me hará sentir ese alivio y tu agua bajará por mi garganta seca y sentiré la frescura de tus pechos como dos montes nevados. Y ésta soledad se romperá en tu vulva, en tu infinito triángulo y en ese profundo y misterioso abismo que es el principio y el fin de los días.
© Salvador Moreno Valencia
Las arenas del desierto, ese desierto azul y solitario que veo desde la ventana de mi alma, se mueven con los vientos cálidos que vienen de tus ojos. Y me miras con esos inocentes y profundos espejos del sueño, de esos sueños que son mis arenas movedizas.
Las palmeras en el oasis de tu cuerpo me cobijan en las horas aciagas de mis deseos. Corre el agua de la fuente de tus besos por mi garganta reseca, yerta y polvorienta de este largo camino que es mi vida, donde he perdido tantas veces el sabor fresco de unos labios como los tuyos y donde el miedo a volver a perderlos hace que ni siquiera pretenda besarlos. Me tumbo en la arena caliente del desierto de la vida y miro las estrellas que brillan como tus ojos cuando me miran y tu boca es nuevamente manantial de agua limpia y pura. Sólo un sorbo de tus labios me hará sentir ese alivio y tu agua bajará por mi garganta seca y sentiré la frescura de tus pechos como dos montes nevados. Y ésta soledad se romperá en tu vulva, en tu infinito triángulo y en ese profundo y misterioso abismo que es el principio y el fin de los días.
© Salvador Moreno Valencia
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