4 de noviembre de 2009

Letras (Fuengirola)nº16/año09/noviembre


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18 de octubre de 2009

Salvador Moreno Valencia ha publicado en bubok.com, tres libros de relatos, a continuación podrás leer una reseña sobre ellos y sobre el autor.


Para comprarlos en papel o en formato digital accede a: http://alvaeno.bubok.com/
Sobre las obras

http://www.bubok.com/libros/16898/dosmasuna


‘dosmásuna’

Tres relatos de estilo profano, y construidos con un denominador común, el absurdo humano.

El primer relato ‘Tais y la leyenda del farol nórdico’ está estructurado en sub-relatos, relatos dentro del relato y que en un principio pueden parecer ajenos al relato que los alberga, no lo son, están unidos por una frágil y casi invisible línea que es la que nos adentra en esperpénticas escenas donde los personajes mantienen un monólogo en ocasiones, y un diálogo en otras que nos muestra el grado de absurdo en el que habitan, en el que contemplan su existencia con un punto de vista incoherente y extravagante, Tais parece no estar en los inicios pero subyace en cada párrafo, cada personaje es ella, y cada luz es el farol con el que más tarde ha de enfrentarse por coincidencias de la vida, que para ella pueden ser el destino, el suyo que inexorablemente está trazado, pero ¿por qué ese objeto, el farol nórdico, será el causante de sus desgracias?

En el siguiente relato ‘Bitácora de un pervertido’ podemos adentrarnos a través de la voz de su protagonista en su paranoia, en su complejo que lo lleva a tener una extraña pasión excitándose con ropa interior de color naranja, y es en el diálogo que mantiene con su siquiatra donde nos irá contando sus peripecias con el amor, el sexo y la guerra; la muerte como una opción, una salida a su imparcial pensamiento, una venganza para acabar con todo lo que le ha supuesto esa paranoia, y su venganza la lleva a cabo como quien apuesta, una vez arruinados sus recursos y arriesga a todo o nada, rojo o negro, la única ficha que le queda para salir triunfante.

Y el tercero de los relatos ‘El misterio de la mierda en la escalera’, protagonizado por Arturo Montes, ex periodista venido a menos que se adentrará en una no menos esperpéntica investigación que lo llevará a descubrir a los que viven en el edificio al que acaba de mudarse, una especie de Torre de Babel en unos casos, y en otros un centro de refugiados de la ONU; y todo por que una de sus vecinas lo viene a buscar una mañana para que la acompañe a ver una grotesca mierda que hay en el tercer escalón del primer tramo de la escalera común.

http://www.bubok.com/libros/16897/El-defecto-mariposa

El defecto mariposa

A través de veinticinco (25) relatos vamos descubriendo cómo el amor, la felicidad, el dolor, la frustración, el éxito, la búsqueda de un ideal convierten a sus protagonistas, que podríamos ser cualquiera de nosotros, en seres tan fuertes como frágiles, tan humanos como inhumanos, tan dioses como hombres, tan significantes como insignificantes, personajes existencialistas que luchan en connivencia con sus circunstancias, incluso, intentando ir en contra de ellas y de sus destinos, que no dilucidan como algo innato en ellos, algo de lo que ellos son los hacedores, los propios creadores de sí mismos. Pero, ¿cómo aceptar esa realidad de existencia, portando esa carga adquirida con el paso del tiempo a través de las imposiciones religiosas, sociales, y políticas a las que han sido expuestos?

Los personajes sufren, disfrutan, aman, y desaman, huyen y afrontan, pero siempre les queda un resquicio de contradicción por donde se escapa su esperanza, y donde la duda los atrapa sin remisión alguna.

Relatos cargados de humanismo, de compasión por los personajes y el mundo en que viven. Terribles escenas de locura donde se traspasa esa delgada línea que parece separar la cordura de la pérdida de toda noción, tiempo, espacio, espíritu, cuerpo, materia…

Conversaciones con los órganos que nos acompañan durante nuestra existencia y de los que algunas veces no recordamos su nombre, bautizo de éstos por parte del protagonista de Conversaciones con mi bastón, buscando a través del diálogo con éstos la sanación de la materia en la que perviven y sucumben a la vez, porque todo es vida y muerte, nacimiento y deceso.

Y otros micro-relatos que nos llevan a la reflexión de cómo y para qué viven sus vidas los protagonistas de los mismos, enfrentados siempre a sus indecisiones, tormentos, y análisis de sus actos, incluso comprar el pan puede convertirse en una odisea para el protagonista de Compré el pan.


http://www.bubok.com/libros/16899/

7(Siete) cuentos de pan y pimiento,

Cuentos jamás contados de padres a hijos o de abuelos a nietos. Son cuentos con un punto de vista diferente a los cuentos tradicionales.

Dragones y princesas, pero ni éstos, ni aquéllas, se comportan como se nos ha transmitido, ellas no son rescatadas por sus héroes principescos, ni los dragones son exterminados por mano de los salvadores de las doncellas. No, en 7 (Siete) cuentos de pan y pimiento es distinto, los dragones son amigos de las princesas a las que llevan sobre su lomo surcando el cielo, los niños no temen a éstos sino que meriendan con ellos y comparten secretos.

Hay flores silvestres que hablan y sabios que hacen pócimas, arañas peludas y malvadas, y niñas pobres, muy pobres que nos enseñan una lección muy importante, el amor y el respeto por todas las personas y cosas.

Sobre el autor

Salvador Moreno Valencia nació en Setenil de las bodegas (Cádiz).

Su primera novela ‘Una puerta en el laberinto’ se publicó en 2004 (Imagine Ediciones), y en bubok.com sus novelas Así en el cielo; Pasos Largos, el último bandolero; El sonido lacónico de las balas, entre el 2007 y 2009.
Es director de la revista digital Letras (Fuengirola), dedicada a literatura, arte, música, cine y opinión, y subdirector del diario Online El Librepensador.

Como artista plástico ha realizado más de cincuenta Exposiciones en España, Portugal, Argentina, y Francia.

Actualmente participa en una colectiva con Global Present Art en Barcelona, y en el 2010 expondrá en Frankfurt y Miami.

Lo que se ha escrito sobre su obra

En cuanto el lector haya atisbado la filosofía naturalista descrita en su obra, en donde el ser humano es representado como una fuerza sometida y zarandeada por el azar de los elementos, comprobará que en el existencialismo con que Salvador Moreno Valencia ve a sus personajes y a su mundo, no hay desilusión ni melodramas, sino fuerza, pasión, y tragedia.
Ricardo Mena, escritor

Salvador Moreno Valencia tiene una forma muy particular de escribir, muy distinta a lo demás que conozco, a mi modo de ver, tal vez, una forma rompedora de esquemas, no sé si enmarcada en una línea de forma de escritura que no conocía. Tal vez sea yo, que estoy muy atado a las viejas tradiciones de la narrativa.
Carlos Medina Viglielm escritor, periodista, escultor y músico

El estilo literario de Salvador Moreno Valencia, si hubiéramos de definirlo, o de encorsetarlo de algún modo, erraríamos con toda seguridad porque tiene reminiscencia de muchos grandes autores, y como él mismo dice con ironía. ‘mi estilo literario es uni-verso’.De lo que estoy seguro es de que, no cabe duda, es único y múltiple.
Eladio Canteras, periodista

15 de octubre de 2009

El defecto mariposa y dosmásuna




Amigas y amigos seguidores, tras una larga ausencia de este blog, vuelvo para comunicaros que en una semana estarán aquí y en la red, los dos libros de en los que he incluido los relatos que he ido publicando aquí últimanmente.
Os dejo una breve reseña sobre ellos y la portada del primero de ellos titulado dosmásuna .
Y en el momento en que estén a la venta lo publicaré aquí para que podáis comprarlos si es vuestra intención tenerlos en papel.
saludos y nos vemos

9 de septiembre de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 13

-Creo que será mejor dejaros solos- dijo Erika despidiéndose de mis dos nuevos visitantes.
-Por mí no se preocupe- dijo el señor Mena ignorando al ratónhuróncicatriz como si no existiera.
-Perdone…- intentó el hombrecillo imponerse para decir algo. Ninguno de los presentes le prestamos la más mínima atención. Erika aprovechó que la puerta estaba abierta para salir, en ese momento subía la señora Natalina, que no dudó un momento en meter sus narices, y cuando descubrió al hombrecillo dentro de ella, hizo un gesto displicente y dijo:
-¡Vaya! veo que hace usted muy buenos progresos señor Arturo.
-No crea, que la cosa está todavía algo liada y no sabemos o al menos no tenemos pruebas de lo que sospechamos- le dije. Erika salió al paso preguntándole que si iba para arriba la acompañaría. Natalina aceptó más por enterarse de algo que por la compañía, agradable sin duda, de Erika.
Cerré la puerta despidiéndome de ambas, y me quedé con mis dos, ¿cómo podría definirlos? Al señor Mena lo conocía de otra ocasión en la que nos enrolamos en un negocio que fue un desastre y no me unía a él ningún lazo de amistad, sino, podía decir empresarial, que era lo único que nos llevaba a reunirnos de tarde en tarde o cada vez que el señor Mena tenía una idea, que eran, la mayoría de las veces, descabelladas. Y al otro individuo lo había visto una sola vez, me lo había encontrado al salir del piso donde Natalina ejercía de niñera y ama doméstica, el eterno dilema el norte y el sur.
-Señor Arturo, he venido para contarle quién es el culpable de la mierda en la escalera- dijo sin atragantarse y con una decisión impropia de lo que había demostrado hasta el momento el ratónhuróbocadecicatriz.
-Oiga no sea pesado y váyase a casa- le dijo el señor Mena con cara de matón.
-No me iré de aquí hasta que no hayan escuchado lo que he venido a contar.
-Está bien- intercedí porque el señor Mena y el hombrecillo estaban subiendo el tono, y lo más probable era que el pequeño hombrecillo acabara con la nariz echada abajo.
-¿Por qué sospechan todos en el edifico de mí?- preguntó el hurón-. Muy sencillo, porque soy inmigrante, pero, alto ahí, que inmigrantes son también el inglés del tercero c o b, no lo sé exactamente, y también el sueco y la rusa, ¿no lo es esa retorcida de Malina o Matildina o como se llame que sirve como una esclava a esos otros?, ¿es que ellos no son inmigrantes? No, se sospecha de mí porque soy árabe, sí, un pobre diablo que cruzó el mar con el peligro de ahogarse en cualquier momento. Sí, el moro ese, dice la gente, sí, incluso esos que presumen de tolerantes y esas cosas- se detuvo, tomó aliento, sus ojos chispeantes llenos de dolor, de tristeza, no había en ellos una señal de odio, de celos, de rencor, pero sí de tristeza como la había también en sus palabras.
-No se altere amigo- le dije-, mejor será que tomemos un café.
-No tomo café, gracias- respondió el ratón- déme un vaso de agua por favor.
-¿Usted ha venido aquí a decirle a Arturo quién se ha cagado en la escalera o a contarle su vida, o hacer un tratado de paz entre el norte y el sur?- preguntó irreverente el señor Mena.
-Deje que le explique- dijo el hombrecillo cogiendo el vaso de agua.
-¿Cómo se llama usted?- pregunté.
-Mi nombre es Omar Ben Hiddlah, y pertenezco a una tribu del desierto del Sahara.
-¿Y por qué no se ha quedado usted allí?- volvió a preguntar el señor Mena que tenía fama de no ser, precisamente, muy tolerante con los inmigrantes.
-¿Se quedaría usted en un lugar sin agua ni comida?
-Mire no me líe con su sermoncito, abrevie con la historia y váyase, el señor Arturo y yo tenemos muchas cosas que hacer como para andar aguantando a tipos como usted. Ya le digo que si no está usted satisfecho en nuestro país, ala, coja el petate y a su tierra, que aquí lo único que hace es molestar- fue tajante y déspota el señor Mena.
-Mejor será que oigamos a Omar señor Mena, y le recuerdo que estamos en mi casa, y no debería usted de comportarse así, así que si usted no quiere oír lo que ha venido a contar este hombre, váyase y vuelve en otro momento, además no estoy yo para negocios ahora mismo, que ya me hizo perder buen dinero la otra vez- le dije sin perder la compostura pero con dolor de cabeza todavía. El señor Mena no se iría si lo que había venido a proponerme le parecía una gran empresa. Y así fue, se quedó y los dos oímos lo que Omar nos vino a contar. El culpable de la cagada en la escalera era un inglés que vivía en el tercero a, dicha acción la había contemplado Omar que bajaba a las dos de la mañana para ir a trabajar a una panadería que lo había contratado para hacer pan árabe, y como escuchó ruido en la entrada se agazapó con miedo, y pudo ver cómo el inglés se bajaba los pantalones y hacía lo que a la mañana siguiente encontraron mi vecina Adela y otros vecinos que pasaron sobre el cadáver sin intención de quitarlo como si no fuera con ellos. Así fue que llegó poco después de que Adela llamase a mi casa para comunicarme el despilfarro gástrico, un tipo que por aquel entonces me rondaba con intenciones poco honestas, y en un alarde de ser desprendido servicial y nada escrupuloso, cosa que comprobaría días más tarde, me pidió un par de guantes, unos periódicos y se puso manos a la mierda, quiero decir a la obra. Las páginas de cultura, las de deporte y las de economía internacional fueron las victimas de aquel holocausto. El rostro estirado de un columnista consagrado, escritor premiado y laureado con los más altos honores que vendía millones de libros antes, incluso, de salir al mercado, fue ilustrado con el oloroso manjar que el inglés, haciendo alarde de sus educación y su civismo, dejó sobre el tercer escalón del primer tramo de escalera del edificio al que me acaba de mudar. Al moro, Omar no lo lincharon pero nadie en el edificio le dirigía la palabra, sin embargo al inglés no sé si por temor, un tipo de unos dos metros con espaldas de caballo, y bebedor nato de cervezas, o por que era europeo, no dejaron de saludarlo cuando se cruzaban con él en la escalera. Y si hubo más cagadas no lo sé porque me enrolé en un negocio con el señor Mena que nos llevó directamente a la cárcel sin anestesia ni nada, nos dieron una tunda de palos que me acordé de los del pensamiento hispano. ¿O fueron ellos los que nos machacaron?

29 de agosto de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 12

Nada podía hacer. Lo mismo que cuando los del pensamiento vinieron y se jactaron con mis humildes huesos. El señor Mena apareció, en el preciso momento que el hombre, el vecino, del que sospechaba Natalina, sí, el señor Mena vino como caído del cielo, aunque desde ese lugar no recibía nunca correspondencia.
Entonces abrí la puerta.
-¡Señor Mena, qué sorpresa!- dije tendiéndole la mano e ignorando al vecino atribulado.
-¿Sorpresa?- preguntó sorprendido-, si habíamos quedado Arturo, ¿no se acuerda?
No, no me acordaba y la cabeza, a pesar de los cuidados de la princesa de las amazonas, me seguía doliendo. El hombrecillo permanecía imperturbable, allí, mirando con sus ojillos de ratón, su nariz de hurón, y sus boquita cerrada como una cicatriz.
-Perdone, pero…-abrió la cicatriz en un intento llamar la atención el pobre cagador, o al menos el presunto cagador, pero cagadores somos todos, una cosa es que lo hagamos en el lugar ideado para tal fin y otra es que lo hagamos en la escalera, pero, ¿con qué fin se caga uno en una escalera? Quizá el hombrecillo asediado de repente por uno de esos retortijones que no tienen intención de aviso, sino de acción, se vio en la disyuntiva de bajarse los pantalones y zas.
-Perdone pero… dijo nuevamente el ratón inquieto…-, me gustaría contarle a usted, quiero decir- se detuvo como pensando en la o las palabras que quería y había venido a decirme. El señor Mena lo miraba con cara de no creer lo que estaba viendo, sin embargo, se quedaría de una pieza, como un bloque de mármol, cuando escuchara lo que el hurón había venido a contarme, motivado, según dijo, por el rumor que se había propagado cual incendio en un mes de agosto al lado de un pinar, en todo el edificio; no se hablaba de otra cosa. No de la acción en sí, quiero decir del acto miserable de plantar un pino excremental en la puerta de entrada del edifico, no, de este acto no se hablaba, pero, curiosamente, sí se hablaba de que un recién llegado vecino que vivía en el primero b, estaba haciendo preguntas sobre el asunto en su afán de saber quién había sido el culpable de aquella bellaquería.
Así que no me quedó más remedio que hacerlo pasar junto al señor Mena, con el que al parecer había quedado el día anterior, del que recordaba poco más que a la camarera del bar Anita, o sea, la misma Anita propietaria del antro, sirviendo la copa que puso fin a todas mis cábalas de consciencia.

15 de agosto de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 11

Como una enfermera me cuidó Erika y durante la mañana que estuvo atendiéndome me terminó de contar su odisea, desde que la engañaron con el contrato de trabajo hasta que la secuestraron y la obligaron a prostituirse.

El timbre de la puerta sonó, una, dos, tres y a la quinta Erika abrió.
-Buenos, buenos, días, días- dijo la voz de él.
-¿Qué se le ofrece?- dijo ella, la princesa de las copas sin lustrar.
-¿Vive aquí Arturo Montes?
-Sí- oí que Erika respondía.
-Me gustaría hablar con él.
Yo desde el sofá intenté decirle a Erika que le dijera a quien fuese que no estaba, yo, claro, quién si no iba ser?
Un energúmeno con boca de pez.
-Lo siento, pero Arturo no está- oí la sensual voz de mi vecina.
-Vale, pero dígale que es muy importante, soy el vecino de arriba.
Y la voz se extinguió como se extinguen las especies. Dice alguien con quien cené una noche,la mujer de un tipo estirado y con aires de grandeza, sí, ella, con una insatisfacción sexual que le sale por las orejas, que a ella, sí a la mal follada, no le parece bien que los niños beban con quince años. No te jode, ¿con qué edad creen que ella echó su primer polvo? a los doce.
Mejor es preservar a la especie de la extinción, absoluta e indiscriminada.
Y yo me quedé pillado en la puerta de un lavabo con la polla en la mano y en la otra un buen monte venusiano, con las dos manos, ano.
Sí, decía que…
Nada, que esa noche no podía realizar mis actos, no, que quería hablar con Arturo con respecto a lo de la mierda en la escalera.
Oí la frase y casi estuve a punto de levantarme del sofá en el que hacía buena cuenta de un verdadero Blody Mary a lo polaco, y ella interrumpida a punto de hincar su felación sobre mi apenado corazón.
El tipo ahuecó el ala, Erika volvió al relato que había interrumpido cuando llamaron a la puerta, y mi pene disparó un chorro de dinamita, pura y dura explosión anárquica que dejó su huella sobre la boca de la impaciente vecina.
Luego, un golpe seco sobre la puerta, nos volvió a la realidad, otro, y otro golpe, hasta que decidí ir a abrir, miré por la mirilla y allí, tras la puerta estaba el individuo con el que me había cruzado y que sin duda era el sospechoso de haber cometido el acto de cagarse en la escalera.

8 de agosto de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 10

-Mire señor Arturo lo que vengo a proponerle- dijo el señor Mena tras haber tomado la copa de un trago, hizo un gesto con la mano y rauda y veloz Anita apareció con la botella y sirvió sendas copas de coñac.
-Le decía, perdón, le quiero decir que mi idea será la que nos saque a ambos de esta penuria- volvió a tomar la copa, pero esta vez lo hizo en dos sorbos.
-Perdone señor Mena, pero yo no quiero salir de penuria alguna, ya me vale estar como estoy que no me quejo- atiné a decir casi de carrerilla, sin duda el efecto del coñac me había restablecido, tanto, que incluso me creí lúcido, con una lucidez extraordinaria como el escritor que creó la saga de El Señor de los anillos, tras beberse botellas y botellas de buen escocés.
-No diga usted, hombre, todos queremos mejorar, ser libres, ¿sabe?- tosió y volvió a beber y a levantar la mano y como una máquina Anita llenó las copas, la mía casi rebosante.
-No, no va a convencerme de nada, si no recuerdo mal, la última ocasión acabamos los dos en la cuneta, ¿o ya lo ha olvidado?- le digo y bebo, esta vez de un trago; el señor Mena me sigue y mueve la mano como en una acto mecánico y la máquina de Anita vuelve a llenar las copas y se vuelve a llevar la botella de magno.
-Pero aquella vez nos faltó lo más importante, un plan, amigo, un plan estructurado como esos planes de empresa que ahora hacen para engañar la realidad, amigo, y usted y yo sabemos cual es la realidad: sin dinero no hay tutía.
-Eso sí, menos cuadrantes y menos previsiones, y más dinero; pero esos planes de empresa que el gobierno fomenta a base de subvenciones no son más que la excusa, porque lo que ellos quieren es controlar a todos los empresarios, para cogerlos por los huevos, y así tenerlos comiendo en la palma de su mano.
-Tiene razón, amigo Arturo, por eso nosotros no vamos a fracasar esta vez, tengo el negocio redondo.
-Señor Mena, perdone que le diga pero ya está todo inventado, usted no va a descubrir nada que otro, u otros no hayan pensado ya.
-Es usted muy negativo, y esa enfermedad es mala para la salud- dijo mi interlocutor acabándose la cuarta copa, creo.
-La negatividad, no me hable usted de negativos o positivos, eso es una patraña, otro dogma inventado para aborregar al personal- dije y acabé la que creía era la cuarta y la Anita máquina de expender coñac volcó el cuello de la magno y me apuntó a la cabeza vertiendo sobre ella un chorro cálido y de color de miel que me hizo recordad la fatídica madrugada en la que salí vivo por las casualidades de la vida, vamos que si no es porque el vecino de al lado, un chico joven que trabajaba en un bar de copas, regresaba a los minutos de que los desalmados esbirros del Pensamiento Hispánico, me habían dejado tirado en la escalera hecho una piltrafa sangrando por todos los poros de la piel, vamos, hecho una verdadera mierda, no como la que descubrí la mañana en que la vecina prozáica vino a darme la nueva de aquel esperpento en la escalera, me habían dejado el cuerpo, los huesos molidos, los labios hinchados y morados o llegando a ese color azulado amoratado, los ojos como los de un boxeador tras un combate de catorce asaltos, y la cabeza… si no es por el joven ahora estaría aportando mi granito al gran núcleo de la materia.
-Digamos pues, que usted es un cobarde- dijo como el sacerdote sentencia en el sermón en contra de sus feligreses-, de lo contrario usted se apuntaría a la aventura que tengo preparara para los dos, porque es un negocio para tipos como usted y yo, sin duda, no caben damiselas ni cobardicas, aquí como en el patio del colegio, o eres de los salvajes o te muelen a palos- y diciendo esto bebió la que ya no sabía yo qué número hacía de todas las copas de magno y vi resuelta a Anita con la botella, que parecían no agotarse, ni ella ni la botella, nunca, en la mano como si empuñara una pistola.

1 de agosto de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 9

Desperté con un intenso dolor de cabeza. No recordaba nada de lo que había sucedido el día anterior, ni cómo había llegado a mi pisito nuevo. Pero esto era algo que conocía, algo que en el pasado se había convertido en habitual en mi vida. Desde aquella madrugada cuando llamaron a la puerta. Corría el año mil novecientos ochenta y seis como corren todos lo años, o como creemos que corren los años con esa certidumbre de que al acabar uno vendrá otro que soñamos mejor que el pasado para descalabrarnos de nuevo con la misma piedra.

Llamaron y yo ingenuamente me acerqué a la puerta y antes de que pudiera evitarlo la habían echado abajo, literalmente la puerta cayó sobre mí como un alud y tras ella aquellos emisarios del pensamiento hispánico, que eran sucesores de los padres e hijos de la dictadura, o lo que es lo mismo, los nietos de los secuaces que habían heredado el ideal de una grande y libre…

La cabeza me iba a saltar por los aires, si es que esta acción es posible que se realice sin que los sesos queden esparcidos por el bonito decorado de mi nuevo pisito, donde un desalmado o desalmada, probablemente nieta o nieto de aquellos bárbaros (y que habían asido el relevo con el pensamiento hispánico, secta o contubernio de fascistas enfermos de nostalgia), se cagaba en la escalera para dar escarmiento a los pobres vecinos.

Yo era un ejemplar a estudiar por aquel movimiento tan patriótico, porque había tenido la osadía de escribir varios artículos en los que los ponía a parir, así que allí estaban los descerebrados que usaba el club para dar escarmiento, como ellos lo definían: `le daremos un escarmiento a ese periodistilla`. Y así lo hicieron.

Estando yo en esos recuerdos (más malos que buenos, pero tan enriquecedores tanto unos como los otros, porque el mal y el bien, al fin y al cabo lo que hacen es darnos lecciones que difícilmente entendemos), llamaron a la puerta de mi nuevo pisito en aquel barrio donde la burguesía de codeaba con los paletos que habían hecho dinero especulando y estafando a más de uno.

Me acerco lentamente hacia la entrada sujetándome la cabeza con las dos manos. No recordaba una resaca tan brutal como esta. Pero las anteriores, que fueron miles, no serían tan graves por encontrarme habituado a ellas, y como he dicho me acabada de rehabilitar y salí a celebrarlo. Llegué a la puerta y puse un ojo en la mirilla, que como un ojo de buey me abría la visión a la perspectiva del pasillo donde deformada por la lente del artefacto pude ver la figura de la que me pareció Erika, o la abstracción de su cuerpo. Abrí y efectivamente, Erika estaba ante la puerta.

-¡Buenos días Arturo!- saludó con su aire de gentileza.
-¿Buenos?- salió de mí la palabra como clavada con los signos de interrogación.
-Tienes mala cara esta mañana. ¿Estás enfermo?
-Precisamente enfermo no, pero algún malestar me anda rondando la cabeza por tenerla precisamente, mala.
-¡Ay Arturo mala cabeza!- dijo Erika acercándose peligrosamente a mí.
-Sí, a veces uno debería utilizar el sentido común y…
-¿El sentido común en los tiempos que corren?- preguntó ella empujándome hacia dentro de casa-. Hoy tengo mi día libre y pensé que mejor te hacía una visita y te contaba cosas que sé sobre el tema que te preocupa.
-¡Ah! Eso. Lo había olvidado, la verdad es que desde que me he despertado no recuerdo nada, espero ir recuperando las imágenes de lo ocurrido ayer- dije ya dentro de casa. Erika cerró la puerta tras ella.
-Yo te cuidaré Arturo, yo te cuidaré mi Sir Arthur.

24 de julio de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 8

Siempre he sido algo despistado con los horarios, y sobre todo con la percepción de las horas, casi nunca acierto si es por la tarde, quiero decir sobremesa, más o menos a eso de las tres para los que comen a las dos, o las cinco para funcionarios y banqueros, tanto masculinamente hablando como femeninamente. Digo que siempre he sido un desastre para el cálculo de las horas. Así que cuando salí del piso donde la señora Natalina hacía la función de niñera, no eran, precisamente, cerca de las ocho como he apuntado antes, si no que eran aproximadamente las seis de la tarde; los suecos padres del niño Tube, y “amos” de Natalina, trabajan con horario europeo, así que faltaban unas tres horas para averiguar si Erika vendría o no a visitarme, el resto ya lo he contado.

Entramos en el bar de Anita, el señor Mena y yo, o lo que era yo en esos momentos, una especie de despojo cadavérico que apenas se tenía en pie. El bar era, si cabe, peor todavía que el que yo solía frecuentar. Anita una mujer de unos cuarenta años con rasgos en el rostro de sufrimiento y envejecimiento prematuros, parecía haberse forjado a sí misma en plena sociedad machista, de hecho en el bar sólo había hombres curtidos, casi todos viejos o aparentemente viejos, de pieles quemadas por el sol sobre las aguas marinas que azotaban aquella venturosa y apestosa ciudad, y digo azotaban porque raro era el día en que las aguas de aquel mar estaban, o se mostraban con la mansedumbre que lo hacen las aguas del mediterráneo durante casi todo el año.

Saludó el señor Mena a la concurrencia, la que le devolvió un sonoro saludo casi al unísono como si orasen frente al púlpito donde un cura de complexión de atleta airea las razones por las que los hombres caerán en los infiernos si no acatan la doctrina y el dogma cristiano.
Él, el señor Mena, resuelto como Pedro por su casa me arrastró literalmente hasta un rincón donde yacía una triste mesa pringosa custodiada por cuatro sillas como cuatro ángeles exterminadores.
-Siéntese señor Arturo- me invitó el señor Mena tirándome, otra vez, literalmente, sobre el asiento de una de aquellas mugrientas sillas-. Pon dos copas de coñac Anita- gritó mi acompañante mientras se estiraba el traje en el fallido intento de que quedara impoluto. El traje no había dios que lo enmendara, quizá a los seguidores del párroco sí, o a sermones a saetazos.
-Señor Mena, mejor será que yo me limite a escucharle y no beba nada más- dije teniendo un ataque de sentido común, algo de lo que suelen carecer los borrachos, y sobre todo los alcohólicos como yo, que en esos momentos acababa de terminar mi terapia grupal para alcohólicos anónimos, y para celebrarlo me fui a tomar una copas, con la certeza, y la confianza de que ya estaba curado. Pero no hice, a sabiendas, más que engañarme con ese autoengaño que siempre usan los que padecen de algún vicio o alguna debilidad, o lo que yo diría: personas que carecemos de voluntad propia, y en muchos casos recurrimos a la ajena, que puede ser peor que no recurrir a ninguna.
-Nada, amigo Arturo, usted viene conmigo, bebe conmigo y ya veremos en qué acaba esta junta.
Anita puso dos copas de coñac en la mesa, ambas quedaron como dos ventosas de esas con las que pegan colgantes absurdos algunos automovilistas en sus coches. El señor Mena, alzó su copa y me invitó a brindar.
-Por mi nuevo proyecto, verá señor Arturo cómo va a ser todo un éxito- se repantigó en la silla pegajosa como queriendo escapar de ella.
-¿Qué proyecto trae entre manos?- atiné a preguntar motivado por el aroma del coñac que tenía en mi mano. Anita volvió a ocupar el mismo lugar que ocupaba cuando entramos. Tras el mostrador, volvía a reanudar la tarea interrumpida para servirnos las copas: atrapar moscas con el mismo trapo con el que secaba los vasos.
-Espere y le cuento, pero antes beba amigo, beba.

19 de julio de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 7

No pasaba el tiempo, al menos a mí así me lo parecía, la música del excepcional músico Albert Cialenva no hizo el efecto acostumbrado en mí: no pude dormir la siesta, en mi cabeza todo daba vueltas, y giraba en torno a una puta mierda.

Sí, lo único que podía remediar aquella tarde que se adentraba en la penumbra del atardecer, no era otra cosa que la visita de Erika; ella sin duda sabría sacarme, por un momento, de mi pasado.

Erika esa tarde no pasó, y estuve atento de los pasos en la escalera, de las veces que subía o bajaba el ascensor, pero ninguna persona que bajara o subiera tanto por la escalera como usando el dichoso artefacto, era ella. El ascensor me trae malos recuerdos, en mi juventud, cuando era yo un avezado chaval con ganas de comerse el mundo, y sin pensar en que un día el mundo me comería a mí, me quedé cinco horas encerrado en un ascensor, que para mí los efectos secundarios: fobia a los sitios cerrados, fobia a los aviones, fobia a todo lo que se mueva hacia arriba o abajo y rete las leyes de la gravedad y que además posea cierres electrónicos.

Erika no vino. Quizá pensó que yo tan sólo era un chiflado. Y no es para menos. ¿Qué pensaría yo si un día llaman a mi puerta, y en ella hay un tipo que está interesado en un mezquino asunto de una mierda en la escalera? Sin duda, debo de aprender a empatizar, porque yo le cierro con toda seguridad la puerta en las narices. Es normal, ¿no?

Así que al ver que mi probable cita no llegaba decidí salir a estirar las piernas, y me fui a tomar un café doble con copa de brandy al bar más escatológicamente ruin y cutre de la ciudad que me albergaba por entonces: un lindo lugar donde las cucarachas se paseaban como si fueran las mascotas de los vecinos y no digamos las ratas.

Más tarde, cuando regresaba ya beodo perdido, sufriendo la pérdida de unos euros, me encontré con el señor Mena, hombre de malas compañías que me alquilaba de tarde en tarde unos volúmenes sobre filosofía griega a un precio razonable: un par de cafés con copa y puro en el bar citado: aquel tugurio de mala muerte, que en otro tiempo pudo haber llegado a ser, con toda seguridad, uno de los mejores locales de la ciudad, pero venido a menos y como todo en aquella cutre metrópoli respirando un aire de total decadencia. El señor Mena iba como siempre, hecho un figurín, a pesar de que el traje era de hacía veinte años, probablemente el primero y el único que él pudo haberse comprado, o quizá no.

Se detuvo ante mí y me dijo:
-Hombre Arturo, a usted quería yo verle.
Yo que como ya he dicho iba como un piojo casi lo piso cuando estaba frente a él.
-Una sorpresa-tartamudeé o creí que lo hacía porque aquel sonido más bien parecía un gruñido, o una especie de gorgoteo como si me estuviera ahogando.
-Tenemos que hablar, vamos al bar de Anita, y allí le cuento mi plan- dijo agarrándome por el hombro y yo sin poder evitarlo y casi arrastras allí que me fui con el señor Mena a escuchar sus ideas o sus planes, que tanto las unas como los otros seguro que me iban a dar dolor de cabeza además de los de la resaca que iba a tener al día siguiente.
Por el momento había olvidado el misterio de la mierda en la escalera, a Erika, a Natalina y al tipo anodino que me había encontrado en la escalera y que según la señora Natalina era el responsable de aquel soez acto.