3 de julio de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 5

Algo me decía que la información que en el edificio corría de piso en piso y de boca en boca, no era muy clara, a no ser que los que allí vivían tuviesen, como es lo más natural en el ser humano, esa predisposición a cambiar cuanto oye, y cuanto ve. Porque si mi memoria no me falla, mis dos primeros encuestados, por decirlo de algún modo, no coincidían en el aspecto matemático del asunto, porque uno decía que seis y la otra que cuatro; y ahora la señora Natalina, tan amable, tan hospitalaria, tan dulce, aseguraba que habían sido siete; y no olvido que en esto coincidía con Erika. Entonces quizá tanto una como la otra estuvieran más al tanto sobre la sordidez del asunto.
Natalina me invitó a pasar como ya he dicho. Al hacerlo pude comprobar que el niño que había salido a recibirme jugaba en el salón con un entramado de vías de madera donde un tren con su locomotora antigua recorría la corta distancia que distaba entre su punto de encuentro; un viaje apasionante donde el niño imaginaba paisajes, animales, pueblos, coches, hombres, árboles y todo tipo de monstruos.
-¿Es su nieto?- pregunté a la anciana.
-No, ¡que va! Mis nietos, nos lo he llegado a conocer, bueno, en persona, los he visto en fotos, pero nada más- respondió Natalina.
-¿Viven en otro país?- pregunté algo ingenuo. Tampoco era de vital importancia para mí descubrir el paradero de los nietos de la dulce anciana.
-Sí, señor…- se detuvo, se atusó el pelo que lucía plateado y exuberante-, ¿cómo ha dicho que se llama?
-Arturo-, dije y sumé-, Montes, señora, Arturo Montes. Me vino a la memoria la coletilla con la que crecí y con la que me educaron: “para servir a dios y a usted”. Me pilló la dictadura casi al final de la misma, pero recuerdo que nos hacían cantar el himno nacional todas las mañanas ante la bandera, mientras ésta izaba sus alas y nos enseñaba su pico afilado de águila y sus ojos avizores y amenazantes como si nos perdonara la vida.
-¡Uy! Perdone pero tengo muy mala memoria, siempre me ocurre lo mismo, pero desde que tengo memoria, ya ve, y es muy poca, recuerdo que he olvidado siempre los nombres de las personas, luego al cabo de varios intentos y equívocos, termino memorizándolos y ya nada los borra de esta cubierta de canas- se señaló la cabeza con un gesto algo cómico-, pero siéntese por favor, no sea tímido, que ahora le pongo un té y le cuento, ande, ande, siéntese.
El niño seguía viajando a bordo de su tren de madera por campos imaginarios, llegando a estaciones, también imaginarias donde los viajeros hechos del mismo barro que todo en su viaje, la imaginación, subían y bajaban, se encontraban o se despedían de sus seres queridos, y luego la locomotora hacía sonar el silbato y el jefe imaginario de estación daba la salida y el niño ponía el sonido del motor apretando sus labios y haciendo vibrar la lengua sobre ellos.
Natalina regresó con el té y un plato de galletas en una bandeja. La puso sobre la mesita, sirvió una taza de té y se sentó frente a mí.
-Le decía que no es mi nieto- comenzó a decir-, pero es casi como si lo fuera, lo cuido desde que nació prácticamente; necesitaba un trabajo y este no es del todo malo, ya ve, una ya con los años no puede acceder a cualquier trabajo; no crea, estoy contenta, pero echo de menos a los míos, mi tierra, bueno, ¿qué le parece?, esta es de algún modo mi tierra, al menos mis padres nacieron en ella, y las paradojas de la vida, fíjese, ellos tuvieron que abandonarla para ir en busca de mejor vida, y yo he tenido que abandonar la que ellos buscaron para mejorar por motivos similares- se detuvo, le dijo algo al niño en un idioma desconocido para mí, el niño comenzó a desmontar su mundo ferroviario como si el gobierno de aquel país inventado hubiera decretado el cierre de todos los ferrocarriles por motivos económicos, el niño guardó todas las piezas en una caja de madera en la que rezaba una leyenda también en un lenguaje desconocido para mí.
-Perdone, ¿qué idioma es?- pregunté con la curiosidad que me es característica.
-¡Ah!, perdone que no me he dado cuenta, siempre le hablo a él y sus padres en su idioma, ¿sabe?; ellos son suecos, el niño no, cómo se lo explico, el niño nació en este país, pero sus padres no quieren que tenga esta nacionalidad sino la de su país. ¡Ve! El mundo es una paradoja. ¿Cuántas miles de criaturas hay por ahí que darían un ojo, un riñón, o qué se sabe, cualquier cosa por que les dieran papeles, quiero decir la nacionalidad en este país al que han venido buscando algo mejor; pero ellos no quieren que su hijo, aunque vive en este país, sea del mismo. Va a una escuela sueca, no tiene amigos de aquí, sólo de allí, y no hablan, ni él ni sus padres el idioma de aquí. Una tuvo que aprender el de ellos allí cuando llegué a Suecia, pero esto es una historia muy larga, y a usted no le interesa, ha venido aquí para descubrir quién es el mal nacido que hace esa barbaridad en la escalera.
-Bueno, me interesa su historia, no crea- dije algo aturdido. Aquella mujer no iba a dudar contarme su vida.

24 de junio de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 4

Oyendo el “Mon Legionnaire” me quedé dormido. Había tenido una noche como tantas otras, mi enfermedad comenzaba a lanzarme hacia el precipicio con total violencia. Al principio lo había hecho paulatinamente, con una lentitud quizá todavía peor que la velocidad con la que ahora me mantenía en esa lucha interna, yo intentando aferrarme a cualquier clavo ardiendo para no dejarme atraer por eso que llamamos ley de la gravedad. Sí, me quedé profundamente dormido y soñé: ¿pasajes ya vividos, o por vivir? Tanto eran lo primero como lo segundo, porque ambos se mostraban con esa familiaridad que tienen algunas ciudades, algunas personas y algunos objetos cuando uno los ve, o cree verlos por primera vez. Sí, allí estaban de nuevo o quizá no estaban sino que eran una visión que me adelantaba acontecimientos venideros. Muchas veces me he preguntado, ¿cómo diferenciar lo vivido con lo que se está viviendo en el momento presente? Sin duda una de mis mayores paranoias, entre otras, pero esta, la que más ha contribuido a postrarme en el estado en que me encuentro.
Sí, creí haber soñado que era un niño de mejillas pálidas y piernas delgadas y demasiado largas para mi edad, o para la proporción de mi cuerpo, y mi torso como uno de esos fetos que se exhiben en museos arrugados y suspendidos en ese líquido amniótico; ese era mi torso del que salían dos extremidades largas que llegaban casi a las rodillas y de las ramas superiores al final como tallos se ramificaban los diez dedos, que en este caso parecían trece rabanillos colorados. ¿Era una pesadilla? Sin duda, pero era una de las menos importantes con relación a las que verdaderamente me dejaban sin dormir noches y noches, por eso aquella mañana tras despedirme de Erika caí en ese sueño soporífero que por algunas tierras llaman la siesta del burro. ¿Cuándo había empezado mi carrera de insomne crónico? Hacía ya casi una década desde que me ocurriera lo que tenía que ocurrirme. Yo soy de los que piensa, que nada puede hacerse cuando las cosas tienen que pasar, lo llamen como lo llamen, pero es así, si algo ha de ocurrir ocurrirá y nada ni nadie puede impedirlo. Ahora tras esas largas noches de vela, parece que el mecanismo que me ha llevado a ese estado de insomne es el mismo que me hace ver como algo muy lejano lo que sucedió aquella madrugada.
Soñaba con mis piernas largas, con mi torso fetal y con mis brazos como ramas de un viejo rosal cuando un sonido me sacó del sueño. Me desperté, al menos eso creí yo, que me había despertado y lo que había ocurrido fue que había despertado de un estado de sueño para ir a otro en el que yo creía estar despierto. Llamaron a la puerta y con toda naturalidad fui hacia ella, sin mirar por ese caleidoscopio que en las puertas nos hace ver a quien se encuentra tras ella desfigurado por la lente, abrí. Pero allí no había nadie, así que bostezando volví a cerrar la puerta y volví a tumbarme en el sofá, en el giradiscos el disco de Edith Piaff había concluido y el sonido de la aguja rozando con las últimas líneas de este me recordó aquella madrugada. Seguía dormido a pesar de creer que estaba despierto. Y seguí así hasta que verdaderamente quise despertar y entonces sobrevino la lucha de siempre, allí estaba como una sierpe de siete cabezas, dispuesta a no dejarme salir jamás del mundo de los sueños. Con la resignación de soldado que ha sido vencido en la batalla y sabe que morirá fusilado por el enemigo, yo me entregué a lo perversión de mi pesadilla.
Tres horas más tarde desperté empapado en sudor y con el corazón que se me salía por la boca. El disco seguía girando y el sonido lo envolvía todo: muebles, paredes, suelos, ventanas, camas y aire.
Recordé la agradable conversación que había mantenido por la mañana con aquella bella vecina, y me alegré de saber que cabía la posibilidad de que Erika se detuviese en casa antes de subir a su piso. Pero todavía faltaban algunas horas, así que decidí tomar una copa de vino tinto y un buen trozo de queso. Luego salí para continuar la ronda de mi investigación sobre el misterio de la mierda en la escalera. Así que subí al tercer piso y llamé a la puerta de al lado del piso de Erika. Cuando había pulsado el timbre por cuarta vez me asaltó una premonición, sin duda, algo me decía que estaba ante la puerta del presunto autor del delito. Entonces se abrió lentamente la puerta y tras ella se asomó un niño de unos cuatro años, de cabellos dorados como el trigo, ojos azul cielo y un suave acento extranjero. Se quedó mirándome sin decir nada, un par de segundos después una anciana se asomó apartando al chiquillo de la puerta y dijo:
-¡Anda Luca déjame ver qué quiere este señor!- el niño obedeció a regañadientes y desapareció de mi vista.
-¿Qué se le ofrece buen hombre?- me preguntó amablemente la anciana.
-Me llamo Arturo Montes- me presenté-, y soy el vecino del primero be, recién llegado apenas hace unos meses.
La anciana sonrió mostrándome su dentadura postiza, tenía expresión de bondad en su rostro marcado por las arrugas, sin duda parecía que la vida la había tratado mal. Era de esas mujeres a las que les tocó vivir los estragos de la guerra.
-Encantada hijo, mi nombre es Catalina- me ofreció la mano que yo estreché con suavidad porque pensé que hacer el gesto de besársela le iba a parecer una extravagancia.
-Quería preguntarle si está al tanto del tema de…- no supe cómo hacer referencia al asunto, me pareció algo grosero decirle a aquella abuela que rebosaba bondad por todos lados, algo tan grotesco como lo de la defecación en la escalera.
-No se apure muchacho- dijo invitándome a entrar-, ya sé por lo que ha venido, no se apure hombre, que con esta van siete veces, sí como lo oye.
Me quedé de una pieza, ¿cómo lo había adivinado?

18 de junio de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (basado en hechos reales)

Capítulo 3

No creas que sucedió como imaginas, no, la mujer, que me había recibido casi desnuda, resultó ser de una castidad casi exasperante, a pesar de que en sus primeros años, cuando llegó a España, había ejercido la prostitución. Eso fue lo que Erika me contó esa tarde en su piso cuando yo estaba comenzando la investigación sobre el asunto tan pestilente como el de la defecación en la escalera.
-Me llamo Arturo Montes- le extendí mi mano y ella casi la acarició con una sensibilidad poco habitual en mi entorno, ninguna mujer, hasta entonces, me había dado un apretón de manos como lo hizo Erika.
-Yo me llamo Erika, encantada de conocerte- sus labios se buscaron el uno al otro-, perdona que te reciba con esta pinta, pero me has pillado justo saliendo de la ducha, en media hora tengo que ir a trabajar.
-Si quiere vuelvo otro día- le dije sin poder disimular mis nervios. Sí, estaba nervioso ante aquella mujer, hacía mucho tiempo que no estaba tan cerca de una fémina, y menos tan bella como Erika.
-No, te apures, y tutéame- dijo-, siéntate por favor- me indicó con sus suaves manos una butaca y yo accedí a su petición con gusto-. Y dime: ¿qué te trae por mi casa?
-Bueno, en primer lugar tengo que decirte que estoy recién llegado a este edificio, me mudé hace poco al primero be. El motivo de mi visita es que quiero descubrir quién ha podido hacer una barbaridad como la de cagarse en la escalera- me revolví en la butaca inquieto, Erika no se había sentado y me observaba apoyada en la mesa del salón.
-¡Bueno! ¿Ha vuelto ese cerdo a hacerlo?- dijo sin sorprenderse.
-Sí, eso parece, he hablado con los vecinos de arriba y ambos coinciden en el conocimiento que del acto tienen, pero no se ponen de acuerdo en el número de veces que ha ocurrido, el señor Jam dice que han sido cinco y la señora Lana, mantiene que han sido cuatro.
-Esos dos no se enteran de nada, no han sido ni cuatro, ni cinco, sino seis, lo que quiere decir que con esta van siete- se acercó a la butaca donde yo estaba sentado, seguía con el albornoz medio abierto y al agacharse intuí, antes de verlas, sus tetas, sendas peras uniformes.
-Sabes Arturo, los de arriba se hacen los suecos, ya les vale, que llevan aquí más de quince años y no pían ni una palabra de español, bueno lo justo para salir del paso, pero eso sí, entender lo entienden todo. ¿Sabes cuánto tiempo llevo en España?- preguntó mientras se sentaba frente a mí en el sofá. Sobre la mesita había un paquete de cigarros, Erika alargó su delicada mano y sacó uno ofreciéndome otro.
-No gracias, no fumo- respondí al ofrecimiento.
-¿Te importa que lo haga yo?- preguntó llevándose el cigarro a la comisura de los labios. Rojo carmín que tatuó mis entrañas para siempre.
-¡No, qué va!- respondí intentando disimular mi excitación, que tanto era interna como externa. Erika encendió el cigarro, aspiró hondo y al pasar unos segundos exhaló una bocanada de humo como si toda ella fuera un volcán.
-¿Cuánto dices que hace que vives en España?- volví a su pregunta, esperando su respuesta-, yo diría que bastante tiempo por la perfección con la que hablas mi idioma- dije sin esperar que ella me diera ese dato, quizá insignificante en ese momento.
-Tan sólo llevo tres años, y mira si hablo bien el español, no como esos de arriba, que ni lo hablan, ni les hace falta, como aquí lo tienen todo en inglés y en sueco, pues a ellos como si llueve.
-La señora Lana habla mejor el español que el señor Jam- apunté.
-¿No hablarías tú cualquier idioma si te mudases a vivir a otro país?- preguntó apagando el cigarro casi entero-. Y más si en ello te fuera la vida.
-Sí, lo haría, pero una cosa es ser turista y otra un pobre inmigrante que llega a otro país para buscarse la vida- le dije si dejar de mirar la pierna que había quedado al aire cuando Erika la cruzó sobre la derecha con un movimiento seductor.
-Como yo, que vine aquí engañada, y eso me costó, dos años de prostituta y si rechistar por miedo a esos matones- se levantó y me dijo que debía vestirse para ir a trabajar, que si quería podíamos seguir otro día, y si era urgente para mí descubrir lo de la mierda, podíamos vernos esa misma tarde cuando ella regresase del trabajo, sobre las ocho de la tarde.
-Llamo a tu puerta cuando suba- me dijo-, pero si quieres puedes quedarte mientras me visto y seguimos charlando.
-No, no te preocupes, no es urgente descubrir una acción como la que me ha traído hasta aquí, pero sí, estará bien que pases esta tarde por casa y así podemos seguir hablando- me despedí de Erika que amablemente me acompañó hasta la puerta y con un guiño dijo:
-Ha sido un verdadero placer conocerte Arturo.
-El placer es mío- dije torpemente intentando desviar mi mirada de su escote.
Bajé sin ganas de seguir preguntando al vecindario sobre el asunto de la mierda. Entré en casa, puse a Edith Piaff y oí “Mon Legionnaire”.

22 de mayo de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (Basado en hechos reales)


Capítulo 2

El edificio tiene trece viviendas distribuidas en cinco plantas. La cuarta y quita planta son uno por planta, el resto cinco en la tercera, cuatro en la segunda y dos en la primera. La planta baja es solamente la entrada y un restaurante, pero este no tiene acceso por el portal del edificio.
Así que son trece pisos. El quinto y el cuarto debemos descartarlo, por estar habitados por personas de más de setenta año. No quiere decir este hecho que éstas personas no realicen sus necesidades fisiológicas, o lo que es lo mismo y en lenguaje de la calle, éstos aunque tengan setenta años cagan y mean. Pero no tienen vitalidad como para ponerse en cuclillas en el tercer escalón del primer tramo de la escalera y plantar allí su masa infesta e inmunda. No, que cómo lo sé. Muy fácil, los he visitado para hacerles unas preguntas al respecto. Al principio, debo decir, que cuando me abrieron la puerta, tanto el del quinto como la del cuarto, pusieron cara de extraños como si yo fuera de la iglesia de los últimos días de Jesucristo y les viniera a vender el cielo; pero cuando les informé de mi propósito: desenmascarar al cagador de la escalera reaccionaron con más estupor si cabe, e intentaron cerrarme la puerta en las narices. Yo, prevenido sobre esa posibilidad bien hice en colocar mi pie, calzado con mis botas de montaña, entre el bastidor de la puerta y la hoja de esta para evitar que la misma me diese en las narices.
-¿Sabe usted lo de la mierda en la escalera?- fue lo que les pregunté a mis dos primeros entrevistados sobre el asunto que aquí nos concierne; evidentemente, antes, justo en el momento en que me abrieron la puerta, primero el uno y luego la otra, me presenté diciéndoles:
-Me llamo Arturo Montes, estoy recién llegado a este edificio, vivo en el primero be, es un placer presentarle mis respetos- y mi probable interlocutor e interlocutora, la del cuarto y el del quinto, me dedicaron una sonrisa a medias.
-Yo me llamo Lana- dijo la señora del cuarto-, perdone pero no veo muy bien, ¿qué se le ofrece?- y en ese instante fue cuando le hice la pregunta que ya he expuesto líneas atrás:
¿Sane usted lo de la mierda en la escalera?
-Sí, claro, estoy informado- respondió el del quinto, y luego, minutos más tarde esta misma respuesta me la daría la señora Lana. El señor del quinto es un anciano de ochenta años que se llama Jam, o lo que es lo mismo Juan traducido al hispaniol. Él es un sueco que hace unos quince años decidió que pasaría su jubilación en Espania como él dice-. Sí, claro que sí, es terrible, y no es la primera vez que eso ocurre- dijo el sueco.
Y la señora Lana, rusa de nacimiento, también respondió lo mismo.
Por lo pronto, me dije, parece que me he venido a vivir a la ONU, los dos primeros en entrevistar son extranjeros. Y la verdad que al resto de vecinos no los he visto casi nunca, por ser yo un ave nocturna. Vivo de noche y duermo de día. No, no soy panadero, pero me dedico a la ardua tarea de ahuyentar fantasmas durante la noche y por ello no puedo dormir. Soy insomne desde que nací.
Bueno, algo había sacado de las dos entrevistas; el sueco y la rusa, a pesar de no hablar casi nada el español, me dijeron que sabían lo de la mierda en la escalera, y que además había habido más veces; en este punto no coincidían, porque la señora Lana aseguraba que habían sido cuatro, y el señor Juan, afirmaba que eran seis. Menos mal que las entrevistas las hice por separado de lo contrario se hubiera armado un conflicto internacional, por lo pronto el sueco, y la rusa tenían informaciones distintas, o más bien no se habían informado bien.
¿Quién podía estar enterado o enterada con más fiabilidad del asunto? Claro, el autor de la desagradable cagada, pero a él, o ella, no hay que descartar a las mujeres en el caso. Aunque a juzgar por las apariencias del cuerpo del delito, no creo que haya mujer que pueda hacer tal cosa, sobre todo por el tamaño. Pero no voy a descartar a ninguna mujer; sí, como ya he dicho, descarté a los habitantes del quinto y cuarto piso.
Bajé el tramo del cuarto al tercer piso y me dije que comenzaría por el tercero de. Así que me acerqué resuelto a hacer mi tercera entrevista hacia la puerta, pulsé el timbre un par de veces. Como no respondían lo intenté otras dos más; al poco tiempo y cuando ya me daba la vuelta para probar suerte en otra puerta, oí que la puerta se abría, y tras ella se asomó una mujer joven casi desnuda y me dijo:
-Lo siento por haberte hecho esperar, ¿qué quieres?- se atusó el pelo, se pasó un dedo por los labios y esperó que yo le respondiera.
-Bueno, bue, bu…- tartamudeé nervioso porque ante mí tenía el cuerpo de una ninfa-…bueno me llamo Arturo Montes y quería hacerle algunas preguntas.
-Pasa, pasa chico, no te quedes ahí parado que voy a coger frío- y literalmente me arrastró hasta el interior de la casa.

La disección del edifico había comenzado a dar sorpresas.

14 de mayo de 2009

El misterio de la mierda en la escalera (Basado en hechos reales)



El lunes veintital amaneció con bruma, y sin variar la hora, el sol comenzó a despuntar por el este metiendo un pie en el agua y el otro por la ventana de mi cocina. Había tenido una noche incierta, despertándome cada dos por tres, sobresaltado, como excitado pero sin erección alguna; en la primera ocasión desperté justo al principio de comenzar a ser arrastrado por los pelos en mis sueños. Sin embargo… no nos desviemos del tema.
Decía que el veintital amaneció brumoso. Yo hice lo que cada lunes vengo haciendo desde que el mundo es mundo, al menos, desde que mi mundo es mi mundo: entré en el baño, defequé y oriné, me miré en el espejo tras haber quedado liberado de mis inmundicias. Fui a la cocina, preparé mi adición preferida, el té, y tosté una rebanada de pan integral, la coloqué sobre un plato, la rocié de un aceite de oliva color oro, y luego restregué sobre su rugosa textura un diente de ajo. La cocina fue adquiriendo forma conforme el sol la fue iluminando por completo. En un cesto de mimbre brillaron manzanas, plátanos y nísperos.

Una vez oficiada la homilía del desayuno, encendí el ordenador y mientras éste se ponía en marcha, me lavé los dientes, me atusé el mentón donde se comenzaban a adivinar como una fina nevada las canas. Entonces llaman al portero electrónico. Voy hacia él, lo descuelgo y oigo la voz de una mujer mayor que no era otra que la de una de mis vecinas.
-Perdón pero me he equivocado- dijo y yo colgué antes de decir nada.
Pensé que mi vecina, la que vive al este del edificio, justo colindando con mi piso, esa mañana había olvidado tomar las pastillas, las mismas que con toda seguridad la mantenían en un estado como de eterna estupidez mostrando una sonrisa todavía más eterna y estúpida; con sus andares como si flotara; sí, me dije, la señora Adela ha olvidado su Prozac.
Terminé de asearme y tras un último vistazo al espejo, con el que parecía haber firmado un pacto, al que me unía una especie de complicidad porque cada día al mirarme en su superficie engañosa, el otro, el que estaba dentro o fuera, dejaba de ser yo por momentos. Así que me dediqué un cariñoso guiño, y le dije al del otro lado: ‘¡eres irresistible!’, y satisfecho me senté al ordenador para comenzar mi trabajo. Tengo, entre otros muchos vicios, el de escribir en Blogs y contar mis desventuras y aventuras.

No había hecho nada más que sentarme cuando llaman a la puerta, y pienso que quién puede ser a esas horas tan tempranas, no espero a nadie. Me levanto, voy hacia la puerta, miro por la 'mirilla', y allí, no hay duda, está la señora Adela.
-¡Buenos días señora!- le digo al abrir-, ¿le ocurre algo?
-No, no es nada, pero...- se queda pensativa y como sin atreverse a contarme lo que ha venido a decirme; su voz parece atribulada, yo me reafirmo en el pensamiento de que la señora ha olvida tomar sus píldoras celestiales, y como tomando carrerilla dice- es que mire lo que han hecho en la escalera, venga, venga, por favor.
Yo la sigo algo preocupado, quizá han hecho un destrozo, o quizá son sólo manías de vieja.
-Mire, es que no hay vergüenza, un perro ha tenido que ser, de los de arriba, sí- dice enseñándome (justo en el tercer escalón del primer tramo de la escalera del edificio, he de decir que yo vivo en el primero a unos dieciséis escalones), una grotesca mierda, de medidas, peso y olor alarmantes, que luce en todo su esplendor.
-¿Verdad Arturo?- me dice la señora Adela-, verdad que no hay vergüenza, tener esos animales sueltos y dejar que hagan su caca en cualquier parte.
Yo miro con estupor la mojama que hay sobre el escalón, analizo su color, su dimensión, incluso observo su textura… al poco aparece otra de las vecinas, la del 2 B, y dice:
-No es la primera vez, con esta van seis; mi marido se la ha encontrado esta mañana a las siete y media y me ha llamado para decírmelo; luego la ha visto mi hija, y mis hijos han tenido que saltar por encima de ella- abre la puerta del ascensor y sentencia-, de perro nada, esa es de persona.
Cosa que yo había deducido en el momento en que vi tamaña miseria allí en el tercer escalón de la escalera. Sin duda era de persona.
-¿Usted cree Arturo que es de persona?- pregunta incrédula la señora Adela; asiento con un movimiento de cabeza.
La otra mujer, la del 2 B, de la que desconozco el nombre, cierra la puerta del ascensor, movimiento que me hace ver un folio en el que leo:

“Han vuelto a lo de la caca en la escalera, el día tal la recogió fulana, el tal fulanita, y el cual zutanito del piso tal, y son 6 las veces”

Entonces y dada mi afición a resolver misterios, y a mi aburrida vida, decidí abrir una investigación para averiguar, y para poner emoción en mi estrecha existencia, quién podría ser el culpable de tamaña acción; y no sólo averiguar quién había sido, sino que quería averiguar qué motivos lo habrían llevado a hacerlo.
¿Quizá fuera un desequilibrado el autor de tan ruin acto? ¿Una venganza?, ¿una broma macabra?, ¿un joder por joder al vecindario? No lo sabía, pero en aquel momento totalmente decidido inicié mi investigación y los resultados son los que ahora les cuento.

Y como el forense disecciona las partes de un cadáver, yo comencé a diseccionar el edifico al que me acababa de mudar, no hacía ni dos meses.

3 de abril de 2009

Tais y la leyenda del farol nórdico

Hasta aquí el cuento de Tais. Os invito a leerlo esta semana santa, son 20 páginas y con el sistema issuu es como leer un libro, sin olor a papel recién impreso, pero unos árboles menos que cortar.
Y además te lo puedes bajar en pdf.
Una buenas vacaciones de semana santa. Nos vemos a la vuelta.


23 de marzo de 2009

Tais y la leyenda del farol nórdico

El lago

Cuando llegaron a la casa de Tom, era noche profunda y en el silencio de la noche se dibujaron las notas musicales de un búho en el pentagrama del infinito universo.
-Ya hemos llegado- dijo Tom cuando detuvo el coche para bajar y abrir la cancela.
-Está muy oscuro, por favor no pagues la luz- respondió Tais con el frío en los huesos. Era un frío lejano como venido de otro tiempo, el sueño que con frecuencia solía tener cuando se angustiaba demasiado por un tema en concreto. El frío de los fiordos nórdicos llegaba para abrir las puertas del abismo a los toros negros de la reina Tais que arrasó los pueblos vecinos en pos de encontrar al minotauro con el que pretendía perpetuar su raza. Era un sueño recurrente y que la dejaba helada, pero en él siempre refulgía una llama en un farol. El farol nórdico que había comprado le recordaba al del sueño.
Tom abrió la cancela y volvió al auto, dos perros enormes salieron al encuentro de los recién llegados. Eran One y Avla dos mastines del pirineo que Tom había comprado en su primer y único viaje por Europa. A Tais los perros le gustaban mucho, y la presencia de aquellos canes le produjo alegría y seguridad porque: ¿qué bestia u hombre podía adentrarse en el territorio de dos animales como aquellos?
-No te preocupes One y Avla son muy cariñosos- dijo Tom para que Tais no tuviera miedo de ellos. Lo que no sabía Tom era que a ella le encantaban los perros.
-No me dan miedo, todo lo contrario- le respondió ella para mostrarle su satisfacción al saberlos allí-, los perros son mi debilidad y estos parece que están dispuestos a ser buenos amigos míos.
-Sin duda, ya verás cómo se desviven por ti- dijo Tom dirigiendo el automóvil al garaje.
En la puerta de la casa se encendieron sendas farolas cuando los recién llegados se acercaron. ‘Tom no vive solo’ pensó Tais.
-¿Hay alguien en casa?- preguntó para salir de dudas.
-Sí, no te lo he dicho porque lo olvido, siempre me olvido de Fran, es como una parte más del bosque, un árbol, una piedra, o una casa, que te habitúas a verlos en el mismo lugar con la misma actitud, si es que su estar se puede definir como actitud, es como la indiferencia que produce la cotidianidad, el día a día. He visto a Fran desde que era un niño, y siempre ha sido igual, no ha cambiado desde entonces.
-¿Fran vive contigo o trabaja para ti?- preguntó Tais.
-Ni lo uno ni lo otro, pero podríamos decir que Fran y yo tenemos un trato e intercambiamos servicios- respondió Tom acercándose para abrirle la puerta a Tais.
Tais odiaba a todos los hombres que hacían eso, que intentaban mediante gestos, que ella consideraba machistas, ser caballerosos cosa que le removía el estómago.
-No hace falta que demuestres tu caballerosidad- dijo al abrir la puerta sin dar opción a Tom a abrirla.
-Sólo pretendía ser amable- protestó él bombero algo dolido por el rechazo hacia su actitud por parte de Tais.
-No te ofendas pero no soporto esos detalles, van en contra de mis principios- se disculpó ella buscando con la vista la figura de Fran que no aparecía por ningún lado.
Los perros también habían desparecido al encenderse las farolas del porche, en el que una hamaca se balanceaba como recién abandona. Un gato pardo y demasiado grande para ser gato, se acercó a Tais y se restregó entre sus piernas.
-Ten cuidado con ese zalamero- dijo Tom invitando a Tais a pasar al interior-
-Podríamos quedarnos un rato aquí en el porche, la noche es muy agradable; ¿tienes un cigarrillo?- propuso ella que terminó por sucumbir al vicio del tabaco, afición que había dejado hacía unos tres años; pero algo aquella noche la incitó a pedirle a Tom un cigarrillo.
-No tengo, no fumo, pero Fran si lo hace, así que iré a buscar uno de sus cigarros; creo que él fuma tabaco negro, la verdad es que no puedo decirlo porque no soy un experto en tabaco, sin embargo sí en fuegos- le dedicó una leve sonrisa a Tais y desapareció tras la puerta. En ese momento a Tais la recorrió un escalofrío y el gran gato pardo de un salto se encaramó a la copa de un frondoso roble que presidía en pequeño jardín.

14 de marzo de 2009

Tais y la leyenda del farol nórdico

La Luz

Los salvadores, a veces, pueden llegar a ser la peor de las opciones. Sin duda, Tais había elegido al peor, pero a pesar de ello, no era la peor de todas. El bombero con el que se había refugiado, por el momento de ser de nuevo atrapada por el farol, resultó ser un cretino de poca monta que sólo hablaba de él.
-Tais, espero no aburrirte- le dijo cuando terminaron el baile.
-No, no me aburres-disimuló ella como tan sólo lo saben hacer las mujeres.
-Entonces me gustaría invitarte a ver la televisión en mi casa- propuso el tipo sin estupor alguno por el tipo de propuesta.
-¿A ver la televisión?- dijo ella pensando: ‘me han hecho propuestas extrañas, de todo tipo, no en vano el hombre carece de imaginación para conquistar a una mujer, pero ésta supera con creces todas las propuestas estúpidas que hasta hoy me hayan hecho, sin embargo no tengo más remedio que aceptar antes que vérmelas con ese maldito farol.
-Bueno…- dudó Tom que haciendo de su tripa un corazón con determinación dijo-… bueno, si quieres podemos ver mis álbumes de jugadores de béisbol, tengo los más grandes de todos los tiempos pegados con sus fotografías y sus historiales sobre libros que yo mismo he encuadernado.
-Está, bien, pero en ese caso prefiero la televisión- diciendo esto recordó que la última vez que un tipo al que había conocido una noche de copas, le había hecho la propuesta idiota de ir a ver la televisión, terminó follando como una energúmena, pero el perfil de aquél, distaba mucho del perfil del bombero, aquél, al menos, era un hombre culto, éste era un cebollino acomodado a la huerta y al riego fácil, a ser el patán del pueblo que presume de ser el más fuerte y el mejor apaga fuegos, pero fuegos apagaría éste los de cualquier casa o almacén, porque el que Tais llevaba dentro no había bombero que lo extinguiese por mucho conocimiento del fuego que éste tuviese.
-Tengo el coche ahí aparcado- dijo Tom asiendo el brazo de Tais. Ella en ese momento recordó la garra y el farol se pareció en su mente como una idea, algo que no existe pero que está ahí, esperando que alguien, ella misma, lo atrajese al lado real, al lado de la materia; y éste, el farol, va abandonando poco a poco el mundo de la idea, y se va transformando en una forma, algo tangible y terrorífico, un farol que surca el viento asido por una garra que pertenece a un ser no nato, un ser que no puede pertenecer más que a ese mundo de las ideas, porque su maldad y su fealdad no han de caber en el mundo real, al menos en el de Tais.
-Pero si aquí no hace falta ir en coche- dijo Tais con razón, el pueblo era pequeño y se podía recorrer de punta a punta en menos que canta un gallo.
-Pero no vamos a quedarnos aquí, yo vivo en el lago-dijo Tom abriendo la puerta de su camioneta Ford de color anaranjado.
-Vivo cerca, y no me gustaría ir por allí- dijo ella con el temor que la quemaba por dentro.
-Pero: ¿qué tienes que temer?- preguntó él.
-Nada, nada, no te apures- intentó Tais restar importancia a sus temores.
-Llevo viviendo allí desde que nací, la casa fue de mi abuelo, primero, luego de mi madre, y por último mía, y digo por último porque como no me de prisa, no habrá nadie que la herede, al menos que sea mi descendiente directo.
-¿No tienes hijos?
-No- respondió Ton dirigiendo su mirada al suelo.
-Lo siento, si he ido demasiado lejos- se disculpó Tais.
-No, no te preocupes, pero es una larga historia- subió Tom a la camioneta, no sin antes haberle abierto la puerta a su acompañante; Tais vio en ese gesto un acto propio de machista, en lugar de una actitud caballerosa, y se dijo: ‘me parece que me he equivocado’.
Hubo varios minutos de silencio mientras el fantasma, o los fantasmas que había en la respuesta de aquella pregunta, se difuminaron, en un lapso de tiempo, como en un cuadro se va perdiendo su brillo, quedando esa patina de silencio; así quedaron tanto la pregunta ‘¿tienes hijos?’ Como la respuesta, ‘es una historia muy larga’.
En el camino, a lo lejos, Tais pudo ver cómo una luz se desdibujaba en la negrura de la noche.

27 de febrero de 2009

Tais y la leyenda del farol nórdico

El baile

Tras el fortuito y desagradable encuentro con la garra, y ¡tan desagradable! ¿o no es horrible que una garra que de repente aparece intente estrangularte? Tais recobro la fuerza y lo primero que hizo fue coger el farol, apagarlo, y salir con determinada osadía hacia el lugar donde lo había comprado. Pero no encontró la destartalada tienda al lado de la carretera. ‘No puede ser’ se dijo perdiendo la seguridad que siempre la había caracterizado. Pero sí podía ser, en la carretera no había más que un montón de escombros que ocupaban el lugar donde por la mañana se había detenido, por desgracia, para comprar las chucherías de los viernes. Se frotó los ojos una y otra vez hasta casi llevarlos al estado de hinchazón por la fricción., pero pese a su empeño, la tienda seguía sin aparecer en el lugar que antes había ocupado.
Como hasta el pueblo había poca distancia Tais decidió ir allí, entre otras cosas porque después de lo sucedido no se atrevía a volver a la casa. En el pueblo como de costumbre los viernes por la tarde, ya casi anochecido, se celebraba una especie de verbena o baile en el que participaban todos los habitantes, con muy pocas excepciones, un par de hombres de color que vivían en lo que antaño había sido una mansión habitada por el viejo gobernador, un estafador de provincias que tuvo que escapar por la noche para evitar su linchamiento, no en vano se había quedado con todos los ahorros del pueblo, y con algunas grandes cifras que pertenecieron a tres grandes ranchos que rodeaban el pueblo.
En la plaza, un lugar variopinto por sus estrafalarias y variadas construcciones, bailaban ajenos a su entorno los felices paisanos, que estando tan ensimismados en su tarea de no pisar a sus parejas no se percataron de la presencia de Tais y menos de que en su mano derecha portaba el farol, encendido de nuevo y por acción ajena a la voluntad de la maestra que temblaba de miedo sin atreverse a soltar el asidero de la luminaria como si a ella hubiera sido soldada o remachada como hacían los antiguos artesanos con las esculturas de bronce. La gente siguió afanada en su quehacer danzarín, Tais se dirigió hacia el lugar que ocupaba la orquesta ‘un señor barrigudo con pelo crespo y una ristra de medallas colgadas de la pechera de su vieja americana’; pero nadie, ni el mismo hombre orquesta parecía percibir las presencia de la maestra. Sólo un gato gris de pelo largo se acercó con ronroneo casposo y se restregó entre las piernas de Tais; el farol volvió a apagarse en el preciso momento en el que la oronda orquesta daba por finalizada la pieza que había hecho danzar a los poblanos como muñecos de una caja de música. La gente aplaudió al multiforme músico. El gato despareció tras un arbusto. Entonces Tais fue avistada por Tom, jefe de bomberos de Mutter y éste se acercó con ensayada actitud poniendo en evidencia su torpeza a la hora de dirigirse a una mujer.
-¡Buenas noches señorita Siat!- dijo enseñando tímidamente su blanca dentadura.
-¡Buenas noches señor Siniqui!- respondió ella con educación y algo de recato.
El farol volvió a encenderse y la mano de Tais que aferra el asa del mismo parecía haberse echado a arder porque un calor intenso recorrió sus dedos y luego fue subiendo por todo su brazo hasta apagarse en el omoplato como se apaga un ascua en un cubo de agua.
-¿Lo ha visto usted?- preguntó alterada.
-¡Ver qué señorita!- respondió Tom rascándose la cabeza que brillaba por su incipiente calvicie.
El gato volvió al escenario donde el hombre orquesta se disponía a seguir con su concierto. Cuando sonó el primer compás Tom invitó a Tais a bailar y ella aceptó con la desesperación de deshacerse del dichoso farol y dejándolo sobre el suelo se dejó llevar por la torpeza bailarina del jefe de bomberos que más que un ágil bailarín parecía un concursante de una carrera de sacos.
El farol volvió a apagarse y tras el arbusto por donde minutos antes desapareciera el gato gris apareció una garra que asió el asidero de la lámpara y la arrastró hacia su propietario.
Tais esa noche no regresó a casa porque prefirió la compañía del robusto bombero, aunque no fuese, precisamente, lo que ella prefería a la hora de tener relaciones con un hombre, pero el miedo fue mayor que sus convicciones y sin dudarlo se echó en los brazos del que por el momento había sido su salvador.

23 de febrero de 2009

Tais y la leyenda del farol nórdico

Se encendió la luz del farol, Tais se quedó perpleja porque aquel acto no había sido obra de sus actos, ni de sus dedos, ni de su mano, ni de su brazo; había sido el efecto de la acción de unos dedos, una mano, y un brazo que no le pertenecían a ella, sí era él, el portador de la garra de acero que sin dudarlo ni un segundo aferró el cuello de Tais y comenzó a estrangularla…

En ese momento, precisamente en el que ya el color de la piel de Tais se comenzaba a mostrar azulado, se oyó un estruendo en el exterior y la garra soltó el cuello de la mujer y se esfumó, la lámpara todavía refulgía ofreciendo su danza de fuego donde los toros de Tais bufaban salvajemente esperando resurgir de las tinieblas a las que habían sido desterrados por la reina Siat cuando ésta gobernaba sobre la tierra de Nor...