Letras tu revista literaria

viernes, 13 de julio de 2012

La piel del cerdo





La guerra es la Paz
La Libertad es la Esclavitud
La ignorancia la Fuerza.
Eric Arthur Blair

I

Vosotros, cochinos histéricos,
Que entregados al mundo material
Vais obcecados osando
En vuestros propios excrementos
Removiendo vuestros afiches
Haciendo tambalear los cimientos de la humanidad.

Vosotros que tan bien usáis la hipocresía
Sin dudar defender vuestro estatus de mierda
Condenando al ostracismo
A todo aquel o aquello
Que no se rija
Por vuestros absurdos principios.

Vosotros, cochinos histéricos,
Que tan sólo pensáis
En llenar
Vuestros egoístas estómagos
No dejaréis nada salvo
Sobre la faz de la tierra
Con tal
De salvaguardar
Vuestras míseras vidas de plástico.

Vosotros, cerdos apopléjicos,
Que ni oídos, ni ojos
Os hacen falta
Por que
Ni queréis ver ni oír.
Mucho menos
Aceptar
Vuestra cerril prepotencia antihumana.

II

No, no soy yo
El profeta
Venido a estos tiempos
Para vaticinar vuestra caída,
Ni la venida de mesías alguno,
Tampoco
Para haceros ver
Vuestro destino.

No, no soy el profeta
Venido para predicar
Con el amor y la paz
Inoculándoos, ambos,
En vuestros cerrados corazones.

No, no soy yo
El profeta
Enviado por dios alguno
Para redimiros de nada
Menos de vuestras infamias.

No, no soy el profeta
Ese que sin duda mataríais,
Sin duda, si pusiera
Vuestros culos acomodados en peligro.

No, no soy profeta alguno
Que venga a castigaros con su látigo,
A expulsaros de su templo,
Tan sólo
Soy
Un hombre ingenuo (o mejor llamadme simple),
Que tiene la esperanza
De veros a todos
Con ojos para ver
Con oídos para escuchar
Con alma para ser justos
Con corazón para latir
En pos de un mundo nuevo
Un mundo justo.
En el que
Ya no os comáis
Las margaritas.


Del poemario Un mundo posible autor Salvador Moreno Valencia

martes, 10 de julio de 2012

Así en el cielo, de regalo para este verano

Queridos amigos y seguidores mientras llega final de julio, fecha en que os subiré la 2ª parte de la novela En el lado salvaje, me gustaría regalaros una de mis primeras novelas titulada Así en el cielo, y aquí la tenéis, os deseo un buen verano, y que os refresquéis con esta novela delirante y fuera de todo canon literario.
http://www.alvaeno.com/Asi%20en%20el%20cielo-revisado.pdf

viernes, 6 de julio de 2012

Sombras II


Fotografía E. de Juan

Mis sueños
Un bocado de rosas
Mi boca espina
De esperanza rota

Mi arena
En un reloj fingido
De tiempo azulado
En tu entraña
El fuego mío.

Mi luz
Tu ilusión primera
Y la esperanza
Última.

Todos seremos
Al fin libres.

Muertos y sólo muertos...

Del poemario Tenue Poseidón

viernes, 29 de junio de 2012

Significar el paisaje


Fotografía E. de Juan



Significar el paisaje, buscar el tiempo, escenificar la hora.

El paisaje cae sobre los peldaños del
tiempo dibujando escaleras a la hora.

Significar la hora,
buscar el paisaje,
escenificar el tiempo.

Caer en la huida
Atravesando el paisaje
corriendo el tiempo
al paso de la hora.

Significar el tiempo, buscar la hora, escenificar el paisaje.

Del Poemario Cuaderno de la huida, de Salvador Moreno Valencia.

viernes, 22 de junio de 2012

El centauro



Ring, ring, ring; cuatro y a la de cinco la telefonista descuelga el auricular:
-¡Dígame! aquí la central de la policía, en qué puedo ayudarle.

Sistemáticamente como una de esas máquinas, la señorita suelta su discurso. Al otro lado una voz sollozante, más bien una voz ahogada en llanto intenta hacerse paso entre la oleada de lágrimas salvajes que como un surtidor sin control humedece el cielo con su lengua de agua, las lágrimas humedecen el rostro del la mujer que intenta decir algo a la persona que como una máquina ha soltado su retahíla de palabras aprehendidas.

-¿Es la policía? -pregunta tímida y temerosa la voz.
-Sí, ya se lo he dicho -responde la telefonista algo indignada, o más bien cansada de oír siempre lo mismo, pero ahora, precisamente ahora va oír algo diferente; no es la común denuncia de robo, de pelea o de borrachos molestando a altas horas de la madrugada. Esta vez es algo fuera de lo normal, sobre todo para la telefonista que tan sólo lleva en ese puesto dos días.

-Quería poner una denuncia.
-Muy bien pues comience, no tengo todo el día para usted -responde alterada la joven.

El centauro dobló la esquina, o mejor dicho, giró en la esquina, cambió el rumbo y se dirigió, ebrio de líquido baconiano, hacia el portal de su casa. Una manzana tan sólo lo separaba de su aposento. Luego, como buenamente pudo, abrió la puerta del portal; subió la escalera, a cuatro patas; dos pisos y ya está. Un naciente ardor de ira y odio se fue apoderando de sus ojos.

Arriba dormía con un sueño entrecortado de pesadillas la mujer a la que él, afirmaba amar, con uno de esos amores posesivos y violentos.

La escena dejaba un aroma de hielo en el aire profundo de la noche.

Las llaves en la mano izquierda se agitaban o eran agitadas por un acto nervioso que no dejaba apaciguar los dedos que, inquietos, estrangulaban el llavero, donde una fotografía, (de ella, la que se debatía entre pesadillas) sonreía al objetivo de una cámara que inmortalizó el momento en que contrajera matrimonio, con él, el centauro. El flash y luego la posteridad, el futuro imperfecto que la balanceaba (a ella que despierta de su pesadilla), entre el terror y la locura.

El centauro abigarrado y sumido en el despecho, el desprecio y la cólera, cocea con su patas de macho (semental de masa encefálica gris); que interpreta, cualquier actitud o cualquier gesto: una mirada, una leve sonrisa, un saludo, como una provocación y una humillación hacia su persona.

-Ya no me quieres como antes, eres...

Comienza la fría palabrería, que veja, que humilla previamente a la paliza, escupida por el odio interior que el alcohol, una noche más, ha enaltecido haciéndole invencible: el centauro poderoso, bestia y hombre.

Sobrio es capaz de golpearla hasta la extenuación.

Ebrio el centauro bufa y, en sus ojos la cólera ardiente como el fuego en la boca del dragón que un osado llamado San Jorge le  arrebatara la vida de un tajo de espada y luego lo arrastrara asido con el cinturón de la princesa, se agita y la puerta cede a su embate.

Ella sale de las profundidades del averno al oír el sonido de los cascos del centauro en el pasillo, y dolorida, compungida por el miedo que siente se refugia bajo el edredón: (ánade muerta, plumas que confortan ante el frío polar de la noche), plumas sin alas, las sin plumas que puedan rescatarla, que puedan hacerla volar por encima de la cabeza del monstruo y alejarse indemne de allí.

Frente a ella, en la puerta, ya en la habitación la bestia bufa impregnando la alcoba con el vapor del aliento que deja en el aire un olor dulzón aguardentoso.
Ella gime aterrorizada bajo la frágil barrera plumífera. Él, el centauro, vuelve a bufar y reculando sobre sus cuartos traseros da media vuelta y se dirige a la cocina.
Ella suspira con alivio; sale de la cama y se refugia en el cuarto de baño.
En la cocina él, ojos vidriosos, bilis en la boca; un trago más y la voz de las estrellas estrellándose en los azulejos del recuerdo.

-Ya no me quieres como antes, eres una…

Fotografías de novios felices cortando una tarta. ¡Vivan los novios!

Ella, sobrecogiéndose y armándose de valor se dirige hacia un enfrentamiento que no podrá aplazar por mucho más tiempo.
Él, lágrimas de rabia corriendo por su rostro sudoroso y rojo de ira.
Ella, por primera vez lo mira  a los ojos retadora, sin miedo o como si este se hubiese convertido en temeridad.
El centauro se gira y con un golpe violento cae sobre la fragilidad personificada en ella que se desploma sobre el suelo de la cocina.
Él busca en uno de los cajones, nervioso y violento esparce su contenido sobre la víctima que solloza hecha un gurruño a sus pies.
Ella recibe la lluvia de metal y estoicamente con una fuerza inusitada se yergue asiendo un cuchillo jamonero en su mano derecha.
El centauro se derrumba en el suelo dividido en dos. La bestia por un lado lanzando al aire sus últimas patadas, y por otro el hombre bañado en lágrimas de odio mirando al techo, grita: 

-Ya no me quieres como antes, eres una…

San Jorge en ella; el dragón vencido, el centauro, por fin separado, la bestia se retuerce, el hombre perece y en la foto parecen haberse esfumado las sonrisas y el cuchillo con el que cortaban, los novios felices, la tarta, ha desaparecido.

Ring, ring, ring, cuatro y al de cinco… 


Relato incluido en el libro El defecto mariposa

viernes, 15 de junio de 2012

De la estulticia



 Ahora que sé
como lo hizo Brecht
soy como un galápago
en medio de un inmenso océano
buscando una isla
donde enterrar sus huevos.
Yo entierro mi vómito
pero ¿quién soy yo para enterrar nada?

No soy un dogmático, ni un retórico, ni un demagogo
soy simplemente un hombre
Que soporta el tedio
de reuniones donde se dan cita
la estulticia, la ignorancia y la vacuidad.
Tres poderosas hermanas para estupidizar al hombre.
Pero ¿quién soy yo para cuestionar sus actos?
Nadie, nada más que un hombre.

La única forma de soportar
esas tediosas fiestas
es uniéndome a Baco, libando
mientras oigo cómo esos seres
hacen acopio de la lista
de objetos inútiles recientemente adquiridos.

Ellas lucen trajes relucientes
mientras sueñan con un Efebo
con el que fornicar con
pasión pornográfica
a la que no acostumbran
a someter a sus fieles maridos:
mascotas domesticadas.

Bebo y me extasío
no necesito demostrar nada
afirman que soy un tipo raro
quizás desconozcan la palabra...

Si intentas penetrar
más allá de sus cáscaras
no hallarás sino
gusanos como en una castaña podrida.

A pesar de todo los admiro
los aprecio, y siento, en el fondo,
cierta compasión por ellos,
por ellas, además de compasión,
siento deseos de poseerlas
hasta caer exhausto
sobre sus prominentes montes venusianos.

Incomprendido
emprendo la huida:
allá, lejos
de
todo
ese
ruido
mi cabeza
parece mucho
más
segura
alejada de la estulticia.

miércoles, 13 de junio de 2012

Momentos



A la hora exacta, en la madrugada, la soñé en algún lugar imaginario donde las olas se confunden con el brillo de la luna.

El efecto de la cerveza creaba en mi cabeza caballitos de mar, sirenas de plata, veleros blancos empujados por el viento. Amargo trago de desamor; bebí en soledad en el bar de mi nostalgia donde palpitan los sentimientos de de mis deseos vagabundos. La tomé de un trago, la sentí correr por mi garganta quemando mi esófago, encendiendo la llama en la boca del estómago. A la novena... siempre pierdo la cuenta... y la cabeza...

Ella, fría, calculadora, atajó mi embate sin rodeos, me pidió que la dejara tranquila, me dijo que le apetecía seguir sola, allí, sobre la encerada y brillante tarima del deseo. Orgullosa, sentenció, con brillo en sus ojos; en sus labios los deseos atrincherados tras las palabras. Fueron los cristales de su boca los que nos separaron una vez más.
 
A la hora exacta en la que el tiempo queda detenido como si hubiese dejado de existir, el deseo quedó sepultado bajo la arena en la playa de su vientre, en las crestas de sus pechos, en los recuerdos de su exacta lengua.

En la cerveza número once o doce... o en la primera, perdí al amor, gané al olvido. Miré en los espejos como un moribundo, yo no estaba ya al otro lado. Recorrí calles vacías donde la nostalgia vaga herida de melancolía. Caminé toda la noche hasta que el alba me sorprendió embriagado de tragos amargos, fui dando tumbos, observado por las ventanas cerradas tras las que arde el fuego del amor que promete morir en mil tardes de gris cotidianidad, bajo la pesada losa de la mediocridad; tuve nuevamente el sueño en el que ella me mira desde lejos.

Aurora abrió sus manos un día más, sus rosados dedos vertieron sus rayos en mis ojos que derramaron unas lágrimas que bajaron por mis pálidas mejillas. La forja de las rejas me hablaba de encierros, de cárceles, de seres oprimidos, y, lo que es peor, de mi fracaso... 

Labios..., ojos..., negros agujeros infinitos... Mis labios, mi torre de Babel asaltando los momentos en los que se rompen los cristales y ya nada puede unirlos.
La realidad saca a escena los prejuicios empañando los cristales que nos alejan una vez más.

Desperté…, un Bradomin he sido, con más pena que gloria…

La luna saltó de su cama y fue iluminando los rincones oscuros; en los espejos los cristales de mi copa se rompieron, a la novena o décima cerveza -no lo sé, siempre pierdo la cuenta y la cabeza-,  los deseos se derraman como espuma sobre tu vientre imaginario.

Sentí miedo, me refugié en los cálidos abrazos de otra mujer y desperté abrazado a la botella.  

viernes, 8 de junio de 2012

Leandro y Hero


William Turner (1775-1851) 



Leandro ama a Hero y ésta lo ama a él.

La belleza se anuda
en las cuerdas de la tragedia.

Ser enemigo de lo establecido
como defensa de lo inútil
donde la tragedia es gestada cada día.

 La belleza tan excelsa
se recrea ante el espejo
de mis ojos atónitos
desbordados de deseo.

Hero ama a Leandro, y éste la ama a ella.


viernes, 1 de junio de 2012

LO PROMETIDO ES DEUDA

Como os había comentado en el anterior post, que hoy día 1 de junio os regalaba el libro de cuentos 7 (Siete) cuentos de pan y pimiento, no hay más que hablar aquí lo tienes, solo tienes que pulsar AQUÍ


jueves, 31 de mayo de 2012

Charly a secas y otros cuentos


Para hacer boca en espera de que llegue el día 1 de junio y os entregue el libro de cuentos Siete (7) cuentos de pan y pimiento, os invito a leer Charly a secas y otros cuentos, relatos inéditos hasta hoy que pasan al universo cibernético para que lleguen a ti, lector, lectora. 

Te dejo con estos cuentos que espero disfrutes, y si quieres deja tus comentarios, será un placer conocer tu opinión.

Saludos.
Salvador Moreno Valencia






Charly a secas

La avenida principal de Alorigneuf estaba desierta a esas horas, las cuatro y treinta y cinco de la madrugada no era la mejor hora para estar en la calle, pero sí para llevar a cabo el objetivo que Charly se había marcado hacía un año.

Estaba lloviendo y la temperatura no subía de los cinco grados; era, lo que literalmente se dice, una noche de perros, pero Charly había salido decidido a realizar su plan, eso, o tendría que vérselas con Matías que no era hombre de razones que no fueran las suyas.

Allí estaba el joven de Adnor con su cazadora de cuero abrochada hasta las orejas, y un cigarrillo en la comisura de los labios, cuyo resplandor iluminaba su rostro moreno dándole un aire de ingravidez que resaltaba su belleza de veinteañero. Había venido a aquella ciudad con la ilusión de llegar a ser un gran actor, porque era Alorigneuf la gran ciudad del cine, un lugar idóneo para llegar al estrellato, o para acabar en la fosa de los desconocidos que allí poblaban la zona sur del cementerio, un lugar que a Charly le recordaba el libro de Todos los nombres, en el que el protagonista se adentra en un cementerio en la zona que se dedica a los suicidados, por tanto desterrados a ese rincón maldito, por no pertenecerles la gracia divina de ser consagrados en su muerte.

Nada escapa a los designios divinos, y menos por mano y obra de los que ejecutan su doctrina en la tierra. Pero Charly traía sueños de grandeza, y cuando se vio rodeado de toda esa parafernalia que el glamuroso mundo del cine, pone a disposición de los consagrados, sus sueños alcanzaron la cima de las ilusiones y de su esperanza. La fe mueve montañas y a idiotas.

El furgón blindado se fue acercando lentamente como lo hacía cada mañana desde que el joven lo observara. Aparcaba delante de centro comercial. Bajaban de él dos guardias armados hasta los dientes, pero despreocupados por rutina, nunca habían tenido un percance en los veinticinco años que llevaba la empresa de seguridad trabajando para AEKI, y por regla general salvo la excepción de las vacaciones de los guardias, siempre habían hecho el servicio los mismos guardias: tres hombres de unos cincuenta años, con imagen de ser más brutos que una mula, barrigones y medio calvos, bebedores de cerveza y adictos a las barbacoas que celebraban todos los sábados en caso de uno u otro para ver el fútbol, deporte que los hacía enloquecer e incluso olvidar a sus mujeres, que rumiaban en corro las cervezas y el vino mientras le gritaban a los hijos, o ponían a parir a alguna vecina que no estuviera presente.

Dentro del furgón siempre quedaba el mismo tipo sentado al volante y ajeno a su entorno, por las mismas razones que ya he dicho. Charly había estudiado todos los movimientos un día tras otro y sabía que todos los días salían en las sacas que portaban los guardias, quinientos mil euros, y los domingos por lo menos tres veces más. Dinero más que suficiente para pagar la deuda que tenía con Matías, al que temía porque sabía que no se andaría con tonterías y lo mandaría al cementerio, precisamente a ese lugar donde dormían el sueño de los justos los desheredados de aquel mundo de plástico.

Charly tiró el cigarrillo al suelo, lo aplastó con rabia bajo la suela de sus botas. Se bajó el pasamontañas y se dirigió hacia el furgón blindado. El chofer seguía las noticias por la radio y como su despreocupación era tal, había dejado, como lo había hecho siempre, la puerta lateral trasera abierta, la misma que utilizaban sus compañeros para bajar y subir al blindado. Charly lo tenía claro, sólo tendría que subir, esperar y ya está.
Los dos guardias regresaron en el tiempo estipulado con las sacas en las que portaban toda la recaudación del sábado de aquel gigante comercial.

-Jim pon el furgón en marcha, nos vamos- dijo el que parecía ser el jefe de aquel trío.

-A la orden Peter- respondió el chofer, diciendo esto se oyó el rugido del motor. Sus compañeros subieron a la parte trasera del furgón y una vez dentro cerraron la puerta. Donde les sorprendió el chico, invitado con el que no habían contado.
Charly había alcanzado su objetivo, contrario al que traía cuando llegó a la ciudad.

Nunca más lo volví a ver a Charly. Me fastidió su desaparición porque lo había seleccionado, de entre un millar de entrevistados, para ser el actor principal de la película que iba a dirigir titulada Charly a secas. Años más tarde de su desaparición recibí una carta sellada en Aunirilla, en la que me contaba su aventura.
  

Nataly bajo la lluvia


“Si algo tiene que ocurrir, ocurrirá por mucho que intentemos evitarlo.”
Máxima china.


Nataly camina pensativa bajo la lluvia, recorre las calles sin rumbo fijo, sin un orden establecido como si todo su cuerpo y su mente se hubiesen alojado en una profunda anarquía. Llueve con una intensidad suave como si la lluvia hubiera decidido acariciar el campo y la ciudad, acariciar el cuerpo de los pocos que se atreven a salir en días como este.

Nataly camina pensativa, al menos eso cree el hombre que la observa debajo del alero del edificio donde se aloja la biblioteca municipal. No es la primera vez que él la ve pasar con su aire de despreocupación y que aparentemente muestra la más absoluta de las indiferencias.

-Los jóvenes de hoy en día- le dice Ernesto al conserje de la biblioteca-, parecen haber perdido el rumbo, Ramón.

-Sí, eso parece Ernesto- responde el funcionario dando una calada a su cigarro.

-Esa chica lleva pasando meses por aquí, llueva, nieve o haga un frío de pelarse, ella parece no ser afectada por esas trivialidades.

-Ernesto, piensas demasiado, quizá la piba va a follar con su amante o por su aire distraído ya viene de hacerlo y va casi levitando, yo diría que esa joven está bien follada- argumenta Ramón que a pesar de trabajar en la biblioteca ha leído pocos o ningún libro en su vida.
-Eso será- se resigna Ernesto ocultando las emociones que siente cuando Nataly pasa cada mañana a la misma hora hacia ninguna parte o quizá hacia todas las partes de su mente bajo la lluvia.


Ernesto y la lluvia


Siempre que pasa por la puerta de la biblioteca lo ve ahí parado, fumando con el otro tipo, ese gordiflón de mejillas rosadas y aire de felicidad; le atrajo la primera vez que pasó cuando se dirigía al trabajo, había descubierto ese atajo y desde su apartamento a la oficina era el camino más corto, así que con su habitual manera de vagar antes de entrar a trabajar pasó por la puerta de la biblioteca y lo vio, ahí, en la puerta, fumando junto al gordo que parece un muñeco de azúcar; pero él es lindo, contiene esa belleza profunda y casi hermética que pocos hombres, que ella haya conocido, poseen. Pero no se atreve a decirle nada, así que ya van más de tres meses de pasar cada día a la misma hora y ella se hace la despistada como aparentando ser indiferente a cuanto la rodea, pero en el fondo su piel se eriza cada vez que pasa por la puerta de la biblioteca donde bajo el alero, Ernesto, que es como se llama el hombre que fuma junto al gordinflón, se refugia de la lluvia.


Agua Dulce


En la sierra del norte de Atag hay una pequeña aldea que en invierno suele quedar aislada por la nieve. Es Agua Dulce, nombre que recibe por el particular sabor de sus aguas, que saben dulces sin contener ni un ápice de azúcar y también es conocida la aldea por el no menos particular carácter de sus habitantes propensos todos al amor en exceso; si las aguas de Agua Dulce dan la impresión de dulces sin serlo, los aldeanos también dan la impresión de amorosos sin serlo. Bajo esa apariencia se esconden verdaderas tragedias dignas del odio y el rencor que sufren los aguadulceanos, que han cometido los más grandes y atroces crímenes que se hayan podido cometer en el transcurso de la historia de la humanidad: amar y matar, matar y amar matando.


Las afueras de Cantorodado


Cantorodado es un lugar apacible, uno de esos pueblos bucólicos donde nunca, a simple mirada, ocurre nada. El tiempo parece haberse detenido porque ni los relojes acompasan sus horas con normalidad, sino que lo hacen con tal lentitud que produce en ellos un atraso de varios años. A esto los cantorodianos ya se han acostumbrado, nacen con ese atraso, viven con él y mueren atrapados en él.

A pesar de esa apariencia indiferente de sus aldeanos y de su entorno, la vida en Cantorodado no es nada indiferente porque toda acción, todo pensamiento, toda forma de vida está controlada por todos, es como si los mismos vecinos fuesen espías unos de otros. Así todo se sabe y todo se denuncia en la asamblea y pobre de aquel o aquella que ose incumplir las reglas establecidas. Son señalados por el dedo acusador de sus convecinos y expulsados del pueblo desterrados por meses o años según la infracción cometida. Pero a pesar de ello, los cantorodianos siguen comportándose como si no ocurriera nada.


Las delicias jardín


Hay en el edificio Luna de Prometeo un bello jardín en el que apenas verás a alguno de los vecinos del edificio, como mucho, algunos niños que juegan al fútbol, pero poco más. Y lo que parece que no es visible, no lo es, evidentemente, si no observas con atención. Pero si prestas atención descubrirás que existen guerras por el control del jardín, que la verdad hay que decirla, es una delicia de jardín, una especie de Edén particular gobernado desde las sombras por la junta directiva de la comunidad, que es la que se encarga de que todo siga como está.

Una de las funciones que tiene dicha junta directiva, es prohibir: prohibido jugar a la pelota, prohibido perros, prohibido gritar, prohibido bañarse -para este punto prohibitivo se llevó a cabo el cierre de la piscina y posterior recubrimiento con tierra del hueco en el que antes se alojaban las mansas aguas azuladas por las paredes pintadas de azul-. En su lugar ahora hay una jungla que libera a cientos de caracoles y escarabajos rojos.

A pesar de que es una delicia de jardín no suele ser utilizado para evitar enfrentamientos: el ágora de los griegos ha muerto.


Egoistópolis


En este curioso país hay un millón de viviendas vacías y paradójicamente hay un millón de familias sin hogar.
En Egoistópolis se tiran cada día miles de toneladas de comida y paradójicamente hay un millón de egoistopolitanos que pasan hambre.
En Egoistópolis no se saluda por la calle y las casas parecen cárceles con rejas por todas las ventanas.
En Egoistópolis el miedo de los egoistopolitanos los ha llevado a desconfiar de todo y de todos y la propiedad privada es custodiada con armas.
Los egoistopolitanos preferentes no dudan en matar de un disparo a otro egoistopolitano no preferente que intente sustraerle sus tesoros…