Letras tu revista literaria

martes, 8 de diciembre de 2009

Una brillante hoja azulada





 Él, su mi hombre, nunca estaba en casa, trabajaba más de catorce horas diarias, tenía como oficio el de representante de chorizos, jamones y productos del cerdo, dos rutas por semana en los pueblos de la comarca, y los cuatro días restantes en la capital, donde ella, su mi mujercita, y él, su mi hombre, vivían hacía veinte años, o casi veinte, ella no lo recordaba bien como tampoco sabía a ciencia cierta que su subconsciente estaba urdiendo un plan, sin que por ello, ella tuviera noción de las consecuencias del mismo, y tampoco lo sabía ella, ni lo uno ni lo otro, era ajena a esa conspiración que dentro de su cabeza se gestaba y que se iba formando como un comando de hombres adiestrados se introduce en el corazón de la batalla para reventar la base del enemigo.

Luminosa Filamento, Fluorescente Long, Lucecita Mesillas, Plafón L.V. Baños y otros objetos de la casa iban a tener la oportunidad de ser los únicos espectadores invitados al desenlace de aquel plan que urdido a ultranza tanto de él, su mi hombre, como de ella, su mi mujercita, tenía intención de llevar a cabo el subconsciente de ésta.

Él como cada mañana, salió de casa a las claras del día, se puso su gabán por el que ella había puesto tantas veces los gritos en el cielo, o mejor dicho había elevado al cielo sus sordas plegarias para que él dejara de ponerse aquella cosa que a ella la exasperaba, no ya por la apariencia en sí, sino por lo que para él significaba emocionalmente hablando, como si ella se hubiera propuesto como objetivo de su vida conseguir ver a su hombre apartarse de lo que la prenda significaba, y quizá fuera esa batalla perdida de ante mano la que en ella, es decir, en su subconsciente, hubiera encendido las ganas de venganza alimentando un odio desaforado tanto a la gabardina como al que cada día como si de un ritual se tratara se la colocaba hiciera o no frío.

De modo que así presenciaron Luminosa Filamento y sus compañeros de luz, días antes de que ésta, Luminosa fuera reemplazada por las manos de uno de los hombres del servicio técnico, la realización del plan, vieron cómo ella ejecutaba el plan concebido siendo ajena al mismo y como una enajenada mental asió el mango de un objeto que tan sólo Fluorescente Long supo reconocer. Su filo azulado brillaba en la media penumbra de la tarde, antes de que ella se decidiera en ir pulsando con pasión y como una loca los interruptores para iluminar toda la casa, pero aquella tarde en la que el sol ya era una anécdota que probablemente se repetiría al día siguiente, ella, sí, su mi mujercita no hizo lo que venía haciendo con un rigor inusitado desde que entrara en aquella casa, hacía veinte años o casi, porque ella ya lo había olvidado, había sido absorbida por el agujero negro de los días repetidos, constantes y parsimoniosos en los que se dedicó a esperarlo a él, sin más plan que el esperar que el día siguiente se repitiera con la misma cadencia suicida.

La oscuridad se hizo por completo como si a Filomena y a los otros objetos luminosos les hubieran vendado los ojos filamentosos, el sonido del ascensor sonó como lo había hecho cada noche a la misma hora en que él regresaba a casa desde hacía veinte años o casi, ni él ni ella recordaban ya el tiempo que hacía, la cotidianidad los había atrapado a ambos dejándolos relegados a ser seres indiferentes tan poco distintos de los objetos que los rodeaban, también indiferentes al mundo, al paso del tiempo, y al pasado, al presente y al futuro, ajenos a todo cuanto les rodeaba, y contemplando sin estupor ni sorpresa el acto final de la vida de aquella pareja burguesa de clase media.

Y ella, su mi mujercita oculta en las sombras espera sin saber qué o a quién, y sin pensar en el por qué de su acto, de su acción como si la venganza anidara en su corazón desde el principio de los tiempos. Él que tras su meticulosa búsqueda de la llave la introduce en el ojo de la cerradura como si Plinio estuviera allí enviándole un mensaje por el ojo de la aguja, miro hacia el oeste, y bajo el único rayo de sol que a través del ojo pasa, hay un secreto enterrado, que no es otro que la verdad de la existencia de los hombres. Él, su mi hombre abre al fin la puerta de la misma forma que siempre, da la espalda a la oscura entrada, pulsa el interruptor para iluminarla, y cuando el pequeño aplique se enciende un rayo de luz azul rasga la tela de su gabán, y como un río de recuerdos cae sobre sus pies un líquido pegajoso y rojo, y luego como un trueno en sus oídos, y otro rayo de azulada transparencia lo parte en dos, cuatro, seis, ocho partes que para él, su mi hombre se convierten en infinitas partes que se comienzan a diluir en el río que a sus pies corre. Vencido ya ante la rutinaria hoja azul que lo traspasa sin piedad una y otra vez, y en un último intento de salvarse arroja su gabán a las fauces del monstruo que hoy lo vino a esperar y éste todavía más salvaje lo convierte en un montón de jirones, al gabán y a él: jirones de tela y carne que quedan esparcidos sobre el suelo.

Ella, su mi mujercita, ya enloquecida totalmente comienza a encender las luces golpeando los interruptores con rabia mientras se asesta rápidos y contundentes saetazos. Luminosa Filamento ilumina la escena, Fluorescente Long hace lo mismo, y todos, incluso Lucecita Mesillas son salpicados de un líquido pegajoso y de color rojo.

Luminosa sólo recuerda la mano del hombre del servicio técnico asiéndola sin cuidado y lanzándola al cubo del reciclado de cristales.




martes, 24 de noviembre de 2009

Plafón L.V. Baños



Ella, su mi mujercita, cuando él, su mi hombre, se va por la mañana, se encierra en el baño, se sienta sobre la taza del inodoro y hojea con parsimonia una revista de moda, el cigarro en la comisura de los labios, el humo como un hilo de azúcar convirtiendo el habitáculo en un nube de algodón, mientras en el silencio de la mañana se oye el sonido como de pequeñas piedras cayendo en un pozo.

Ella, su mi mujercita, cada mañana al irse él, su mi hombre, cumple ceremoniosamente el acto de limpiar su organismo de impurezas, el cigarro humeante, los labios en un rictus entre satisfechos y doloridos, una especie de orgasmo que siempre la excita, y cuando cumple con el acto fisiológico, suelta la revista sobre un montón de éstas que parecen estar esperando su turno a ser leídas, y mugrientas ya las páginas casi de tristeza amarillean y comienzan como en un acto de venganza a emborronar las fotografías. Ella, su mi mujercita, se levanta, y no sube el pantalón del pijama, sino que lo baja, y deja desnudas sus piernas, el cigarro agonizante en la comisura de los labios mira al espejo, él el cigarro, ella su mi mujercita no mira, sino que lo atraviesa y se ve veinte años antes con la vitalidad de una veinteañera, y con la belleza propia de ésta.

Plafón L.V. Baños lleva asistiendo al espectáculo desde que el constructor del edificio se dejara embaucar por un industrial que le vendió ochenta plafones, todos iguales, todos dispuestos para ser alienados en los techos de los ochenta cuartos de baño que se distribuyen por todo el edificio, y de ahí su nombre y apellidos, Plafón Larga Vida Baños.

Ella, su mi mujercita, se desprende de la parte de arriba del pijama y queda desnuda, el cigarrillo ha expirado y gotea su estertor sobre la alfombra amarilla que a los pies del lavabo asiste inmutable a recibir los pies fríos de ella, la pelambre del pubis de ella, su mi mujercita, desde el suelo parece la melena de un gigante. Ahora completamente desnuda abre el grifo de la ducha, así como desde hace veinte años, como la primera vez que abrió el grifo cuando estrenaban la casa, ella y él, mucho antes de convertirse en su mi mujercita, y él en su mi hombre, cunado todavía la pasión hacía que el sexo encontrara los caminos adecuados para llegar a satisfacer los deseos.

Ahora, ella se introduce en la ducha, lenta y parsimoniosamente, lo que queda del cigarrillo, la boquilla, blanca y con puntos negros, como una barca frágil sopesa un mar a punto de convertirse en un tifón, escucha el trueno y segundos más tarde el rugir de las olas que la envisten para empujarla al abismo donde será recibida por ratas adictas al alquitrán que todavía se adhiera a sus hilas.

Ella, su mi mujercita, bajo la lluvia se estremece de placer al ir, lenta, y suavemente acariciándose todo el cuerpo, primero los muslos, luego baja a los pies, sube hasta las rodillas, sube, sube y se detiene ahí, justo ahí, y pasa de largo como ofendida de sentir temprano el placer, el sexo la recibe bajo sus manos, bajo la lluvia de la ducha, y sus manos aletean como pájaros enloquecidos, y buscan tercas y obstinadas el objeto, el usurpador de realidades carnales, él, un lugarteniente al que obedecer, con el que la sumisión es el mayor de los placeres. Sus manos lo aferran como queriéndolo estrangular como si un recuerdo del otro lugarteniente las invitara a la lujuria y al crimen, y ellas, sus mis frágiles manos, llevan como el abanderado porta la bandera en la batalla el mástil hasta hincarlo sobre la frondosa tierra que acaba de ser tomada tras vencer en la batalla.

El agua cae sobre su piel erizada de placer; los gritos quedan ahogados con el rugido que el desagüe hace al tragar las violentas aguas que brotan de más allá, mucho más allá de la caverna.

Plafón L.V. Baños sigue impertérrito realizando su función con la dignidad y el orgullo con el que ha sido concebido sin escandalizarse ni excitarse nunca.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Objeto desconocido



Me vas a perdonar mi timidez, dijo Lucecita Mesillas recién conectada al enchufe de la pared, que estaba situado en el cabecero de la cama de matrimonio.

No te apures ni tengas cuidado, y si eres tímida y algo recatada te han venido a instalar en el lugar menos apropiado, en el caso de que tú seas de esas lamparitas remilgadas que se ruborizan por cualquier tontería.

No es eso, mi timidez es debida al desconocimiento que tengo, tanto del lugar como de los objetos que en él cohabitan con ellos, sí, él, y ella, el primero que me ha traído hasta aquí, pobre, con la ilusión con la que me adquirió en la tienda de objetos usados; y ella, sí, ésa que fuma sin parar y ni siquiera lo mira, sí, a él, o que lo trata como a un objeto más, otro entre nosotros, pero menos, o nada luminoso.

Y todavía no has visto nada, dijo el enchufe, por cierto mi nombre es Conecttor Baby, llevo aquí desde que hicieron la reforma, y he visto pasar a muchas Luminosas, a muchos Fluorescentes Long, y a tantas otras Lucecitas que ya no lo recuerdo, pero, si me dejas contarte…, lo que más satisfacción me produce es cuando ella, sí, su mi mujercita, como él, sí, su mi hombre, la llama, conecta en mis dos aberturas ese objeto desconocido, y te digo, bajó la intensidad, si yo disfruto, ella, sí, ella, disfruta el doble o el triple porque yo nunca he llagado al estado de éxtasis que lo hace ella, sí, ella, su mi mujercita como él la llama, y si él supiera, el muy pánfilo, mejor dicho el muy ingenuo.

Lucecita Mesillas no acababa de creer al charlatán Conecttor Baby, porque ella no había visto mucho mundo, tan sólo aquel dormitorio al que llegó recién salida de la fábrica, y desde allí a la tienda de objetos usados y ahora aquí, conectada al endiablado charlatán.

Y si ella, sí, ésa que dices que él llama… conecta el objeto desconocido a ti, eso quiere decir que durante el tiempo que ella, sí… me tendrá desconectada, y por tanto no podré descubrir por mí misma lo que me estás contando, entonces ¿no me quedará más remedio que creerte?

Así es, ya lo hizo con tu antecesora, que al decir verdad era más horrible que tú, perdona mi honestidad pero…

Además de charlatán es un cabrón, pensó Lucecita Mesillas cansada de oírle. En ese momento él, su mi hombre al que ella, su mi mujercita, llamaba así, entró en la habitación, se dirigió hacia la mesilla donde ella, su mi mujercita, había instalado a Lucecita Mesillas y tras asir con cuidado la lamparita, no fuera a desprenderse de ella alguno de los adornos superfluos que le colgaban, la fue a depositar en la otra mesilla de noche, junto al lado que él ocupaba cuando dormía. Tuvo suerte Lucecita porque el enchufe al que fue conectada no dijo ni pío, era mudo, según dijo desde el otro lado Conecttor Baby.

Él, el hombre, tras haberla dejado allí instalada, salió del cuarto, se oyeron sus pasos que se alejaban, unas palabras como de despedida y tras ellas sonó el sonido de la puerta al cerrarse sin cuidado.

A los pocos momentos ella, sí, su mi mujercita, entró en la habitación con el cigarrillo encendido, inhaló profundamente mirando a un lugar en el techo, quizá una mancha que había dejado un voraz mosquito al ser aplastado por un alma sin escrúpulos; el humo salió de ella, parecía la chimenea de una fábrica. Se sentó en la cama, abrió el cajón de la mesilla que había debajo de Conecttor Baby, y sacó el objeto desconocido. Conecttor le guiñó el ojo a Lucecita Mesillas que iluminaba tenuemente el otro lado de la cama.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Aclaración

Este relato comineza en Luminosa Filamento, sigue Fluorescente Long, y luego Lucecita Mesillas. Iré publicando un capítulo por semana hasta dar por acabada la absurda historia de estos objetos luminosos. Espero que os guste.

Lucecita Mesillas




Efectivamente, la historia de Luminosa no había hecho más que empezar, y, todavía, no se había hecho a la idea de compartir noches iluminadas con el nuevo elemento que iluminaba orgulloso en la cocina, cuando el destino hizo que otra sorpresa diese un vuelco a su tranquila existencia.

Ella, la señora de la casa, siempre andaba refunfuñando entre dientes, y como una sicópata, la tomaba con los interruptores, sobre todo cuando estaba enfadada porque él, el hombre, su hombre, como ella decía en voz queda, mirando por la ventana y echando más humo que una locomotora, tardaba en llegar. E iba a ser él, sí, su hombre el que vendría a poner una nota de intranquilidad en la vida de Luminosa, porque aquella misma tarde se presentaría con un regalo para ella, sí, la mujer, mi mujercita como él, sí, el hombre, su hombre, la llamaba.

Se abrió la puerta y tras ella apareció él, el hombre, su hombre, portando sobre las manos un paquete que soltó en el suelo para poder deshacerse de la gabardina, una gabardina gris que tenía los cuellos y puños algo gastados por el uso, pero según él, su hombre, decía, más bien se excusaba ante los reproches de ella, la señora de la casa, su, mi mujercita, cuando ésta lo hostigaba con el argumento de que vaya pinta llevaba que parecía un pordiosero con aquel gabán tan raído, y él, el hombre, su hombre, justificaba su predilección por la prenda diciendo que había pertenecido a su padre y que todavía estaba de buen ver, la prenda, el padre no, claro, porque llevaba criando malvas o poniendo gases de color verde en el cementerio desde hacía veinte años, los mismos que él, el hombre, su hombre, llevaba usando la gabardina cada invierno.

Tras sacarse el sayo gabardinero raído, volvió a asir el paquete que había soltado y con una voz de pito mariquita, él, el hombre, su hombre, grito su nombre, el suyo, el de ella, su, mi mujercita; ella, la señora de la casa en la cocina fumaba a la par que removía con hastío cansino un guiso de lo que podían ser lentejas de un color casi negro, tan negro como el mar, sí, el mar Negro. Ella sin volverse ni dejar su labor sacudió el cigarrillo con un movimiento ensayado de los labios, la ceniza fue a caer a la olla y con la inercia del movimiento producido por el brazo de ella, la señora de la casa, su, mi mujercita, se diluyó, la ceniza, entre aquel caldo espeso.

Entonces él, el hombre, su hombre, entró y puso sobre la encimera, mejor dicho sobre los cacharros sucios que llenaban la encimera de la cocina, la caja que con tanta alegría portaba. Luminosa no pudo presenciar lo que en la cocina estaba ocurriendo por lo que no dudó en solicitar la crónica del recién llegado Fluorescente Long, el cual, servicial e iluminador desde que los operarios lo pusieran en marcha por la mañana, no dudó en trasmitir a su vecina lo que estaba ocurriendo.

Él, el hombre, su hombre, abrió la caja y extrajo de ella una pequeña lámpara a la que ella, su, mi mujercita, no prestó la más mínima atención sin dejar de remover el guisote. -Mira cariño- dijo él ilusionado y con los ojos chispeantes como de haber tomado algunos tragos de vino, y esto lo delataba el color de sus mejillas que se enrojecían cada vez que él, sí, el hombre, su hombre, bebía.
-Otra reliquia- dijo ella sin aparición de ilusión o alegría por su parte.
-No es una reliquia es un lamparita que pondremos en la mesilla de noche para que vele tus desvelados sueños- respondió él sin percatarse de lo paradójico de su frase.
Así lo relató Fluorescente Long a Luminosa y así es como entró en la vida de ambos Lucecita Mesillas.

Fluorescente Long




Mucho antes de que Luminosa fuera a parar al depósito del cristal reciclado, ocurrió en su vida el acontecimiento que dio paso a su verdadera aventura.
Estaba todavía en su fase de descanso cuando llegaron los operarios con aquella caja, un embalaje más propio de príncipes o casi de reyes, quizá no tanto, más bien fue la imaginación de Luminosa la que le hizo ver en aquella caja una pomposa envoltura que nada tenía que ver con la realidad.

Los operarios, un chico joven y de piel tostada casi negra, y un hombre adulto con una aproximación al diámetro de una enorme circunferencia, su barriga, su obesa papada, respiraba con dificultad, y el chico comenzó a abrir el paquete, la dueña de la casa, todavía en bata, y con los rulos puestos supervisaba aquella operación que el joven llevaba a cabo con sumo cuidado como si estuviera manipulando algún objeto explosivo, un líquido altamente contaminante y mortífero o un arma totalmente novedosa.

La mujer con la taza de café humeante en la mano izquierda, en la derecha un cigarrillo, al que le daba una y otra, compulsivamente, chupada, inhalaba y exhalaba con una pasión sin control como si en ello le fuese la vida. El chico deshizo todo el embalaje y entonces la dueña de la casa al apoyarse involuntariamente sobre el interruptor sacó de su letargo a Luminosa que brilló con toda su plenitud dando a la escena que bajo ella se interpretaba un halo amarillento como si un dios despistado hubiera derramado su cofre de polvo de oro sobre los operarios y la dueña, convirtiéndolos en figuras propias de la fragua de Vulcano.

Y Luminosa con asombro pudo ver que de la caja el joven extraía un lujoso y resplandeciente tubo fluorescente que iba a ser colocado en la cocina, habitación colindante a la que ella iluminaba, pero Luminosa no sabía lo que este acontecimiento iba a cambiar su vida.

Luminosa Filamento




Había heredado, Luminosa Filamento, toda la brillantez con la que su creador había soñado dotarla, no exenta de horas oscuras y de un final sentenciado de antemano al abismo y la oscuridad.

Con el paso del tiempo, factor que todo lo oxida como el salitre marino oxida las carcasas de barcos, automóviles, y descoyunta huesos, Luminosa Filamento vendría a caer en la degeneración, propia de ese juez imparcial al que he hecho alusión, y con la indeferencia del autómata que hace todos los días lo mismo, a ella, las manos de otro no menos autómata por la repetición de los actos, aunque fuera de carne y hueso, la iban a enviar al lugar que le era correspondiente tras haber finalizado sus servicios; el autómata humano que iba a ejercer de verdugo era en definitiva lo que todo ser humano con un puesto de trabajo al que le dedica diez horas diarias durante toda su vida desempeñando el mismo cargo es.

Pero Luminosa Filamento podía sentirse orgullosa de haber prestado servicios con una intachable pulcritud y brillantez, virtudes que le había otorgado su eficiente creador; sin embargo Luminosa sentía tristeza cuando se iba a dormir porque abandonaba al mundo dejándolo sumido en la más absoluta tiniebla.

Una de tantas noches que llegó la hora de cerrar el día de brillante y luminosa laboriosidad, Luminosa se sintió más cansada que de costumbre e incluso pudo comprobar cómo su brillantez mermaba creando a su alrededor una luz cenital, casi lúgubre, y aún así cerró el día con la satisfacción de haber realizado eficientemente su labor.

Al cabo de una media hora que Luminosa Filamento, ya dormida, había alcanzado una temperatura más que razonable para que las yemas de los dedos no se quemasen; el autómata, quiero decir el encargado del servicio técnico puso sobre el frágil cuerpo de Luminosa sus gordos dedos callosos y sin miramiento, ni escrúpulo los dedos apretaron con tal destreza hasta desenroscar el casquillo donde Luminosa había estado depositada desde que naciera, y tras varias vueltas de rosca Luminosa Filamento quedó yaciendo sobre la gran mano del autómata que se deshizo de ella enviándola a la bolsa del cristal para reciclar.

domingo, 18 de octubre de 2009

Salvador Moreno Valencia ha publicado en bubok.com, tres libros de relatos, a continuación podrás leer una reseña sobre ellos y sobre el autor.


Para comprarlos en papel o en formato digital accede a: http://alvaeno.bubok.com/
Sobre las obras

http://www.bubok.com/libros/16898/dosmasuna


‘dosmásuna’

Tres relatos de estilo profano, y construidos con un denominador común, el absurdo humano.

El primer relato ‘Tais y la leyenda del farol nórdico’ está estructurado en sub-relatos, relatos dentro del relato y que en un principio pueden parecer ajenos al relato que los alberga, no lo son, están unidos por una frágil y casi invisible línea que es la que nos adentra en esperpénticas escenas donde los personajes mantienen un monólogo en ocasiones, y un diálogo en otras que nos muestra el grado de absurdo en el que habitan, en el que contemplan su existencia con un punto de vista incoherente y extravagante, Tais parece no estar en los inicios pero subyace en cada párrafo, cada personaje es ella, y cada luz es el farol con el que más tarde ha de enfrentarse por coincidencias de la vida, que para ella pueden ser el destino, el suyo que inexorablemente está trazado, pero ¿por qué ese objeto, el farol nórdico, será el causante de sus desgracias?

En el siguiente relato ‘Bitácora de un pervertido’ podemos adentrarnos a través de la voz de su protagonista en su paranoia, en su complejo que lo lleva a tener una extraña pasión excitándose con ropa interior de color naranja, y es en el diálogo que mantiene con su siquiatra donde nos irá contando sus peripecias con el amor, el sexo y la guerra; la muerte como una opción, una salida a su imparcial pensamiento, una venganza para acabar con todo lo que le ha supuesto esa paranoia, y su venganza la lleva a cabo como quien apuesta, una vez arruinados sus recursos y arriesga a todo o nada, rojo o negro, la única ficha que le queda para salir triunfante.

Y el tercero de los relatos ‘El misterio de la mierda en la escalera’, protagonizado por Arturo Montes, ex periodista venido a menos que se adentrará en una no menos esperpéntica investigación que lo llevará a descubrir a los que viven en el edificio al que acaba de mudarse, una especie de Torre de Babel en unos casos, y en otros un centro de refugiados de la ONU; y todo por que una de sus vecinas lo viene a buscar una mañana para que la acompañe a ver una grotesca mierda que hay en el tercer escalón del primer tramo de la escalera común.

http://www.bubok.com/libros/16897/El-defecto-mariposa

El defecto mariposa

A través de veinticinco (25) relatos vamos descubriendo cómo el amor, la felicidad, el dolor, la frustración, el éxito, la búsqueda de un ideal convierten a sus protagonistas, que podríamos ser cualquiera de nosotros, en seres tan fuertes como frágiles, tan humanos como inhumanos, tan dioses como hombres, tan significantes como insignificantes, personajes existencialistas que luchan en connivencia con sus circunstancias, incluso, intentando ir en contra de ellas y de sus destinos, que no dilucidan como algo innato en ellos, algo de lo que ellos son los hacedores, los propios creadores de sí mismos. Pero, ¿cómo aceptar esa realidad de existencia, portando esa carga adquirida con el paso del tiempo a través de las imposiciones religiosas, sociales, y políticas a las que han sido expuestos?

Los personajes sufren, disfrutan, aman, y desaman, huyen y afrontan, pero siempre les queda un resquicio de contradicción por donde se escapa su esperanza, y donde la duda los atrapa sin remisión alguna.

Relatos cargados de humanismo, de compasión por los personajes y el mundo en que viven. Terribles escenas de locura donde se traspasa esa delgada línea que parece separar la cordura de la pérdida de toda noción, tiempo, espacio, espíritu, cuerpo, materia…

Conversaciones con los órganos que nos acompañan durante nuestra existencia y de los que algunas veces no recordamos su nombre, bautizo de éstos por parte del protagonista de Conversaciones con mi bastón, buscando a través del diálogo con éstos la sanación de la materia en la que perviven y sucumben a la vez, porque todo es vida y muerte, nacimiento y deceso.

Y otros micro-relatos que nos llevan a la reflexión de cómo y para qué viven sus vidas los protagonistas de los mismos, enfrentados siempre a sus indecisiones, tormentos, y análisis de sus actos, incluso comprar el pan puede convertirse en una odisea para el protagonista de Compré el pan.


http://www.bubok.com/libros/16899/

7(Siete) cuentos de pan y pimiento,

Cuentos jamás contados de padres a hijos o de abuelos a nietos. Son cuentos con un punto de vista diferente a los cuentos tradicionales.

Dragones y princesas, pero ni éstos, ni aquéllas, se comportan como se nos ha transmitido, ellas no son rescatadas por sus héroes principescos, ni los dragones son exterminados por mano de los salvadores de las doncellas. No, en 7 (Siete) cuentos de pan y pimiento es distinto, los dragones son amigos de las princesas a las que llevan sobre su lomo surcando el cielo, los niños no temen a éstos sino que meriendan con ellos y comparten secretos.

Hay flores silvestres que hablan y sabios que hacen pócimas, arañas peludas y malvadas, y niñas pobres, muy pobres que nos enseñan una lección muy importante, el amor y el respeto por todas las personas y cosas.

Sobre el autor

Salvador Moreno Valencia nació en Setenil de las bodegas (Cádiz).

Su primera novela ‘Una puerta en el laberinto’ se publicó en 2004 (Imagine Ediciones), y en bubok.com sus novelas Así en el cielo; Pasos Largos, el último bandolero; El sonido lacónico de las balas, entre el 2007 y 2009.
Es director de la revista digital Letras (Fuengirola), dedicada a literatura, arte, música, cine y opinión, y subdirector del diario Online El Librepensador.

Como artista plástico ha realizado más de cincuenta Exposiciones en España, Portugal, Argentina, y Francia.

Actualmente participa en una colectiva con Global Present Art en Barcelona, y en el 2010 expondrá en Frankfurt y Miami.

Lo que se ha escrito sobre su obra

En cuanto el lector haya atisbado la filosofía naturalista descrita en su obra, en donde el ser humano es representado como una fuerza sometida y zarandeada por el azar de los elementos, comprobará que en el existencialismo con que Salvador Moreno Valencia ve a sus personajes y a su mundo, no hay desilusión ni melodramas, sino fuerza, pasión, y tragedia.
Ricardo Mena, escritor

Salvador Moreno Valencia tiene una forma muy particular de escribir, muy distinta a lo demás que conozco, a mi modo de ver, tal vez, una forma rompedora de esquemas, no sé si enmarcada en una línea de forma de escritura que no conocía. Tal vez sea yo, que estoy muy atado a las viejas tradiciones de la narrativa.
Carlos Medina Viglielm escritor, periodista, escultor y músico

El estilo literario de Salvador Moreno Valencia, si hubiéramos de definirlo, o de encorsetarlo de algún modo, erraríamos con toda seguridad porque tiene reminiscencia de muchos grandes autores, y como él mismo dice con ironía. ‘mi estilo literario es uni-verso’.De lo que estoy seguro es de que, no cabe duda, es único y múltiple.
Eladio Canteras, periodista

jueves, 15 de octubre de 2009

El defecto mariposa y dosmásuna




Amigas y amigos seguidores, tras una larga ausencia de este blog, vuelvo para comunicaros que en una semana estarán aquí y en la red, los dos libros de en los que he incluido los relatos que he ido publicando aquí últimanmente.
Os dejo una breve reseña sobre ellos y la portada del primero de ellos titulado dosmásuna .
Y en el momento en que estén a la venta lo publicaré aquí para que podáis comprarlos si es vuestra intención tenerlos en papel.
saludos y nos vemos