Me parece odioso oír de boca de un señor- que fue acogido hace unos veinticinco años por este país, en el que actualmente vive y tiene su empresa- que todos los españoles somos iguales a la hora de trabajar, que contamos las horas echadas, que no dejamos pasar ni una extra gratis, y, que nos damos de baja en caso de estar enfermos.
No sé si podría definirse como xenófoba su actitud, yo diría que sí, sobre todo y esta es la máxima del pensamiento de este inmigrante, que defiende que se deben cerrar las fronteras para que dejen de acudir extranjeros a este país. El colmo de la estupidez.
Este tipo de personas y muchas otras que viven en España como cualquier español más, siguen difamando a los que, si duda, le han abierto la puertas, con ese maravilloso carácter de hospitalidad que todos los españoles tenemos, aunque contemos las horas que echamos en el trabajo y no le regalemos ninguna a la empresa.
Salvador Moreno Valencia
Letras tu revista literaria
sábado, 9 de junio de 2007
Los empresarios hosteleros dispuestos a hacer su agosto.
Empresarios, en su mayoría, propietarios de bares, restaurantes y chiringuitos de Fuengirola, contratan una gran parte de personal sin papeles.
La demanda es superior a la oferta y por consiguiente, se llevan a cabo, actitudes de explotación, pagando, por ejemplo, ochocientos euros por mes, que en algunos de los casos puede llegar a mil. Pero las condiciones de trabajo, están muy lejos de estar de acuerdo con las leyes establecidas (en primer lugar se incumple la ley no dando de alta a este tipo de trabajadores, por la falta de documentación). Jornadas de diez y once horas, un día de descanso a la semana, y en algunos casos ninguno.
Nadie protesta, nadie dice nada, entre otras cosas, porque los que aceptan dichos trabajos vienen para la temporada y al carecer de documentación no pueden exigir que se respeten sus derechos como trabajadores, simplemente quieren trabajar y ganar unos euros.
De cada diez contratados/as, al menos, y este dato lo he constatado, haciendo una investigación exhaustiva, siete son de origen extranjero, entre los/as que podemos hallar: Pakistaníes, Chilen@s, Argentin@s, Paraguay@s, y otras nacionalidades.
¿En qué repercute esta situación al resto de demandantes legales? En que sólo una minoría será contratada para mantener a los inspectores de trabajo alejados, y, por supuesto a los agentes de extranjería. Con lo que la explotación laboral está asegurada para otra temporada vacacional.
En éste caso se acrecienta la insolidaridad entre los demandantes y la competitividad hace estragos con los residentes o con los que tienen todos sus papeles en regla.
Los beneficiados, una vez más, no son otros, que los propietarios de los citados establecimientos.
Todo esto cambiaría si se legalizasen los demandantes, que por supuesto tienen derecho a optar a un puesto trabajo, pero que sea digno; entre todos podríamos acabar con la explotación laboral y el tráfico de personas sin papeles.
Salvador Moreno Valencia.
La demanda es superior a la oferta y por consiguiente, se llevan a cabo, actitudes de explotación, pagando, por ejemplo, ochocientos euros por mes, que en algunos de los casos puede llegar a mil. Pero las condiciones de trabajo, están muy lejos de estar de acuerdo con las leyes establecidas (en primer lugar se incumple la ley no dando de alta a este tipo de trabajadores, por la falta de documentación). Jornadas de diez y once horas, un día de descanso a la semana, y en algunos casos ninguno.
Nadie protesta, nadie dice nada, entre otras cosas, porque los que aceptan dichos trabajos vienen para la temporada y al carecer de documentación no pueden exigir que se respeten sus derechos como trabajadores, simplemente quieren trabajar y ganar unos euros.
De cada diez contratados/as, al menos, y este dato lo he constatado, haciendo una investigación exhaustiva, siete son de origen extranjero, entre los/as que podemos hallar: Pakistaníes, Chilen@s, Argentin@s, Paraguay@s, y otras nacionalidades.
¿En qué repercute esta situación al resto de demandantes legales? En que sólo una minoría será contratada para mantener a los inspectores de trabajo alejados, y, por supuesto a los agentes de extranjería. Con lo que la explotación laboral está asegurada para otra temporada vacacional.
En éste caso se acrecienta la insolidaridad entre los demandantes y la competitividad hace estragos con los residentes o con los que tienen todos sus papeles en regla.
Los beneficiados, una vez más, no son otros, que los propietarios de los citados establecimientos.
Todo esto cambiaría si se legalizasen los demandantes, que por supuesto tienen derecho a optar a un puesto trabajo, pero que sea digno; entre todos podríamos acabar con la explotación laboral y el tráfico de personas sin papeles.
Salvador Moreno Valencia.
viernes, 1 de junio de 2007
La palabra
La palabra, a veces, enturbia la razón: al menos, muchas otras, no la aclara lo suficiente.
Se confunden los objetos como si fueran hombres, enajenados, hombres y mujeres,
que en sus racionalidades, no atisban a ver tanta mentira.
Dulce aroma de silabas sedientas de bocas, palabras en besos expresadas por la tierna y dulce boca de los silencios.
Miro los objetos, ahí, a mi alrededor, como si, acaso, no hubiesen estado jamás, ahí; no obstante, ellos, seguirán ahí, perdurando al tiempo; yo, sin embargo, desapareceré una vez transcurrido mi tiempo.
Cerrarán los ojos las piedras, las bocas los árboles y dejarán de respirar las montañas, y, un eco lejano vendrá a sustituir el silencio de la no existencia.
Siempre he luchado, por creer, de algún modo, en lo que veo y en lo que oigo; pero se acrecienta la duda y la contradicción en mí y con ello, cambia la perspectiva de los objetos en esta realidad incierta.
¿Cómo lo de arriba viene a estar abajo y viceversa?
Cuando piso sobre la acera desnuda recuerdo las flores, la hierba, y, luego, algo más tarde, tus labios que me hablan sin moverse de flores, de árboles, de hierba que existieron en otro tiempo.
¿No es la vida una eterna huida de nosotros mismos hacia nosotros mismos?
¿No somos desconocidos para nosotros mismos?
Nunca encuentro al que fui, tan sólo, hace un instante.
El mar a la hora azul de los viejos amigos.
Confraternizamos en horas de cocina y vino.
¡Viejo amigo!
¿Por qué tanto te ausentas?
En la espera, un silencio
en profundo azul:
¿Qué espero de la vida?
¿Un paciente y justo amanecer?
¿Una sonrisa de tus labios?
Mi vida entera en tus brazos:
Tiernos y suaves retoños de primavera.
Abrazos son los sueños,
enredaderas tus manos
que suben por mi espalda
queriendo atrapar
el cabello de mi tiempo.
Solitario tallo que trepa
Y me hace cosquillas
en primavera.
© Salvador Moreno Valencia
miércoles, 30 de mayo de 2007
El año de gato
El mundo está en manos de unos fanáticos que encima se creen elegidos por dios. No sé qué dios podría elegir a unos desalmados como estos, pero probablemente, el único, que para ellos existe, es el que se atreve a nombrar a esos locos defensores de la justicia divina. Y como se toman todo al pie de la letra, parece que no auguran, precisamente, un mundo en Paz y Feliz, todo lo contrario.
Y da qué pensar sobre todo cuando en boca de ellos suenan palabras sobre el advenimiento del final de los tiempos.
Esperamos, el resto de los seres humanos, que todos nos podamos unir en contra de esa desalmada y desquiciada caterva que se cree elegida para exterminar a otros seres humanos.
No deberíamos aceptar esta barbarie, ni la guerra, ni la venta de armas o bombas racimo; Los que dicen querer acabar con el terrorismo y los terroristas no se comportan de manera muy distinta a estos; no sé qué podremos contarles a las generaciones venideras cuando descubran que sus antecesores no hicieron otra cosa que destruir el planeta, matar a sus prójimos sin otro objetivo que el de la posesión del poder y de los recursos.
Que lluevan bombas racimo sobre las ciudades de los países, llamados civilizados, pero que sean las bombas de la conciencia, de sus conciencias que se revelen contra esta vorágine de absurdas guerras.
Estaría muy bien que nuestro Gobierno llevase a cabo lo que los firmantes piden. Aunque creo que EEUU y su aliado en la zona de Oriente Próximo, no van a oír a ningún Gobierno, tachando de comunistas, con toda probabilidad, a los que osen criticar sus acciones. Pero no nos ha de extrañar, ni los planes de EEUU y su socio en Oriente, ni los de EEUU y los cubanos de Miami; que no tendrán escrúpulo alguno para, de igual modo, que no respetan la soberanía de los países de Oriente, no respetar la de Cuba en el momento en que Fidel Castro desaparezca.
Estamos presenciando la punta del Iceberg del Imperialismo capitalista y fascista que nos quiere meter, y nos está metiendo, a todos, los chivos en el corral.
© Salvador Moreno Valencia
martes, 29 de mayo de 2007
DECÁLOGO CONTRA EL DESALIENTO

1º: El problema que me aflige puede no ser tan grave como lo veo en este momento.
2º: Puedo cultivar mi voluntad y seguir adelante.
3º: Puedo valorar las cosas bellas de la vida, aunque hoy esté pasando un mal momento.
4º: No vale la pena amargarse por cuestiones pequeñas; me quitan tanta energía como las más importantes.
5º: Tengo capacidad y constancia puedo superar el mal momento.
6º: Siempre existirá quien me quiera bien y me comprenda.
7º: No hay nada más importante que mi salud y debo cuidarla.
8º: No permitiré que nadie debilite mi fe y mi optimismo.
9º: Dejaré de preocuparme por lo que realmente no tiene solución.
10º: No regalaré mi tiempo; tengo cosas muy importantes que hacer.
En la vida siempre hay un camino para llegar a la meta; ¡Busquémoslo!
lunes, 28 de mayo de 2007
domingo, 27 de mayo de 2007
Restos I
Yo soy un resto, de una pierna y
de unos brazos,
de unos labios y
unos ojos.
Yo soy el náufrago
que se estrella cada noche
en esas playas de blanca arena.
Yo soy pedazos rotos
de una esperanza.
La barca se hunde,
caemos a un inexplicable vacío
donde reina una tenebrosa oscuridad.
Yo soy el sol de rayos encendidos.
sábado, 19 de mayo de 2007
ELECCIONES MUNICIPALES
Ya están próximas las elecciones municipales y por tanto se abre la veda para cazar votos. Ahora nos llenaran de programas, de gratas manifestaciones y todos los políticos se empolvaran la nariz para que no podamos ver, realmente, lo que tras ellas se esconde.
Pero la mayoría de grupos políticos se dedicaran a desprestigiar a los aspirantes al poder y a los que ya lo poseen, a estos, a los que más se intentará desprestigiar. En lugar de presentarnos un programa político digno y efectivo.
Claro que, dignos y efectivos serán todos, sobre todo a la hora de captar los tan apreciados votos que otorgan el poder y con él lo que ya todos sabemos. Pero una vez pasadas las elecciones y conseguido el propósito, la mayoría de los programas caerán en saco roto y a lo máxime, pondrán en funcionamiento el primer punto, el más esencial de todos los puntos del programa, que en los mítines ha pasado desapercibido, el aumento de sueldo para los elegidos.
Muchos de los políticos castigaran sus cuerdas bucales hasta quedar afónicos, con tal de convencer a la ciudadanía y a los asistentes a sus ostentosos mítines. Pero el esfuerzo merece la pena, pues si consiguen EXCMO poder, tendrán por bien una remuneración en sus ya castigadas cuentas.
Lo más triste es que durante cuatro largos años, los que están en el poder y los que están en la oposición, no han hecho nada o casi nada, pero ahora cuando apenas faltan dos meses para las elecciones, comienzan los arreglos de calles, carreteras y muchas otras cosas que deberían de haber realizado durante su estancia en las ya citadas poltronas.
Para este caso voy hacer alusión a la ya tan famosa frase: “La mona aunque se vista de seda, mona se queda”.
Pero la mayoría de grupos políticos se dedicaran a desprestigiar a los aspirantes al poder y a los que ya lo poseen, a estos, a los que más se intentará desprestigiar. En lugar de presentarnos un programa político digno y efectivo.
Claro que, dignos y efectivos serán todos, sobre todo a la hora de captar los tan apreciados votos que otorgan el poder y con él lo que ya todos sabemos. Pero una vez pasadas las elecciones y conseguido el propósito, la mayoría de los programas caerán en saco roto y a lo máxime, pondrán en funcionamiento el primer punto, el más esencial de todos los puntos del programa, que en los mítines ha pasado desapercibido, el aumento de sueldo para los elegidos.
Muchos de los políticos castigaran sus cuerdas bucales hasta quedar afónicos, con tal de convencer a la ciudadanía y a los asistentes a sus ostentosos mítines. Pero el esfuerzo merece la pena, pues si consiguen EXCMO poder, tendrán por bien una remuneración en sus ya castigadas cuentas.
Lo más triste es que durante cuatro largos años, los que están en el poder y los que están en la oposición, no han hecho nada o casi nada, pero ahora cuando apenas faltan dos meses para las elecciones, comienzan los arreglos de calles, carreteras y muchas otras cosas que deberían de haber realizado durante su estancia en las ya citadas poltronas.
Para este caso voy hacer alusión a la ya tan famosa frase: “La mona aunque se vista de seda, mona se queda”.
martes, 24 de abril de 2007
Nadin
Querida Nadin:
Quisiera, de algún modo, hacerte llegar estas letras. Lo que ocurre es que no sé el modo. A no ser que ponga carteles en las esquinas con mensajes que contengan tu nombre y mi mail por si decides, si los encuentras, escribirme.
Ni siquiera sé dónde puedo encontrarte.
Nos habíamos cruzado varias veces en la calle, donde suele cruzarse la gente corriente, las personas de a pie. Sin saber por qué compartimos miradas cómplices, sonrisas incitadoras llenas de júbilo. Un lenguaje sin palabras pero lleno de vida…
Entre aquella multitud nosotros éramos dos náufragos compartiendo la misma isla. Tú y el perro que tiraba graciosamente de ti. Yo y mi ausencia.
¡Ah Nadin! Era noche vieja cuando pudimos hablar por primera vez tras aquellos cruces de caminos. Tú y el perro, yo y mi ausencia, cruzándonos, hora en una esquina, hora en una calle, hora en un semáforo. Cuando te acercaste a la barra con tus amigos, no lo dudé, estabas tan cerca, y te dije todo lo que pensaba sobre nuestras miradas y sonrisas furtivas cuando nos cruzábamos en la calle. Fue grandioso comprobar que tú me recordabas de la misma forma que yo a ti. Tú y yo entre miles de personas. Islas.
Nosotros náufragos en una isla común compartiendo el espacio de las sonrisas, las caricias, los abrazos, los besos, los pensamientos, los sentimientos…
Pero mi torpeza hizo que mis oídos se cerraran, por la emoción de estar frente a ti y mi lengua, presurosa, se soltara ansiosa por hablar. Hablé demasiado mientras tú escuchabas sonriente. Olvidé todo lo que dijiste e incluso lo que dije yo fue a caer al ruinoso olvido oxidado por los efectos del etílico.
Demasiada emoción para un final de año; más copas, otros lugares, sin ti. Nos despedimos tras mi monólogo estúpido, pero…
Cómo no me iba a comportar como un niño inquieto ante tus profundos ojos negros. Cómo no caer rendido ante tus pies, ante tus labios sonrientes de rosado manjar digno de dioses.
-La próxima vez que nos veamos en la calle no dudaré en hablarte-, dije con la determinación del general que ha ganado una batalla.
-Por supuesto, yo también lo haré-, respondiste tú con tu cálida sonrisa y tus ojos brillantes.
-¡Hasta pronto!
-¡Ciao!
Yo seguí en compañía de mis amigos y tú de los tuyos. Dos islas acariciadas por diferentes mares. En aquel preciso instante habíamos dejado de ser islas, para convertirnos en veleros que navegaban, soplados por vientos distintos, guiados por timoneles que gobernaban, sobre el timón de nuestro destino, ajenos a nuestras voluntades.
El destino podía ponernos de nuevo el uno frente al otro en alguna calle, en alguna esquina de la ciudad donde habitábamos, incluso, viviendo tan cercanos, tan ajenos a nosotros mismos. Dos calles más arriba o más abajo. Sí, quizá, el destino volvería a unir nuestras velas sopladas por el viento de nuestras bocas deseosas de besos. Deseos de besos olvidados en confundidas lenguas babélicas.
La noche primera de dos mil siete transcurrió como transcurren la mayoría de fiestas de fin de año. Inaugurado quedaba el año cargado, como todos, de buenas intenciones, ilusiones y esperanzas para muchos y lo contrario para tantos otros. Porque el equilibrio ha de sopesarlo la balanza de lo positivo y lo negativo.
Amaneció el dos mil siete sin ti como tantos otros años habían amanecido con tu ausencia. Te recordé tan grácil con tu perro que seguiría tirando de ti con la alegría y chispa que caracteriza al animal feliz.
Sin tu presencia el día era otro cúmulo de rutinas y quehaceres forzados. Habías desaparecido pasando a formar parte de mis recuerdos. Llegó a tal grado mi desesperación, que incluso, pensé que no habías sido más que producto de mi imaginación, una treta urdida por mi mente buscando una salida, una puerta, un soplo de aire fresco que despejara mi mente como se despejan las noches de primavera dejando al descubierto un cielo radiante de estrellas.
La necesidad del amor era para mí acuciante. Moría, sin saberlo, por dentro, pero era por no tener amor. Ese amor hecho de pasiones, de caricias, de corazones ardientes, de abrazos, el amor propio de amantes enardecidos dispuesto a quemarse en sus llamas, las del amor vivo y fuerte, lleno de pureza…
Sí, o eras un producto de mi imaginación o realmente el destino me volvía a gastar una broma macabra, como dice la letra de cierta canción de Joaquín Sabina.
El día uno de enero me levanté algo resacoso y la primera imagen que vino a mi mente fue la de tus ojos y el momento en que por primera vez hablamos, quizá por última; todavía no he perdido la esperanza de encontrarte, incluso hoy, que he decidido escribirte ésta carta, cuando ha pasado tanto tiempo desde aquel encuentro, y no nos hemos vuelto a ver.
Noche vieja, fiel locura acompasada con copas de champagne y licores espirituosos, música y baile. Ojos egipcios pintados en rostros de color canela, dulces manjares, labios de fresa temprana y noches viejas embriagadoras.
Viejo lamento tras la incertidumbre que produce un día festivo de bailes y de copas y desprendimiento de los perjuicios. Tristeza que emerge del fondo de las entrañas como un mar sediento.
Tus ojos de repente clavados en los míos. El ayer perdido como perdiera el reino aquel Segismundo. Quizá la vida no sea más que eso, sueño. Tus labios desaparecidos en las horas del alba. Tus ojos confundiéndose entre los miles de ojos de transeúntes ensimismados. En la calle todas las miradas me parecían la tuya, sin duda, no lo eran. Ni tus labios aparecían ante mis ojos, ni tu grácil soltura al caminar asiendo la correa del perro que tan felizmente movía su rabo en tu compañía.
Llegué a envidiar a tu fiel compañero. No podía verlo, ni acariciarlo para poder hacer lo que tú, estar dentro de tu ámbito, de tu cotidianidad, quizá, exasperante, a veces, como lo es para el resto de los humanos.
Ya van hacer dos meses desde entonces. Todos los días salgo con la esperanza de volver a verte, sonreírte y hablarte… Pero nada indica que vaya a ocurrir el milagro.
-¡Hola Nadin, cómo me alegro de verte!
-¡Hola Dediegos cómo estás!
Invento diálogos y quisiera acariciar el lomo de tu fiel lazarillo que mueve feliz el rabo al verme. Lo he bautizado con un nombre, quise llamarlo Eros, pero me pareció algo cursi, una cursilería propia de un chico, de quince años, enamorado, locamente enamorado, así que he decido llamarle Zeus.
¿Enamorado? ¿De quién? ¿De un recuerdo idealizado? De una imagen que se va diluyendo con los días vaporosos de este mes de febrero donde el cielo plomizo entristece mi alma, donde la lluvia parece haberse instalado, a pesar de ese dichoso cambio climático. Lluvia, lágrimas de Eros que duerme desnudo en los caminos y en las puertas de las casas y que es siempre pobre. ¡Ah Eros!
He ideado mil acciones para encontrarte pero ninguna acaba por convencerme, soy demasiado convencional, estas ideas son el resultado de la incertidumbre que sufro por no hallarte.
Pero cómo pegar carteles con tu nombre en las esquinas, cómo voy a dejar un detalle tan importante abandonado al albedrío de otras personas que no dudaran en llamarme para burlarse de mí. Y si tú lees un mensaje de estos en una pared, por ejemplo, de tu calle, qué pensarás sino que soy un loco, e incluso puede que te de miedo pensar que anda alguien poniendo tu nombre en las paredes, interesado por ti. Probablemente no dudarías en ponerlo en conocimiento de la policía. Me llamarían, harían averiguaciones sobre mi vida, me tratarían como un obseso...
¡Ah Nadin! Cuánta incertidumbre. Si yo fuese como Ameli de Mon Maitre, eso sería genial. Te buscaría con artimañas de película. Sería divertido pero no dejaría de verse, por ajenos ojos, incluso, por los tuyos, como una locura.
Así que no me atrevo a desafiar al dichoso destino. Sueño con tus ojos, con tus labios, con tus dulces palabras, con tu suave tono de voz, con tu cálida sonrisa…
Te añoro y te echo de menos. ¡Ah Eros! Cuan desgraciado me has hecho a la vez que me congratulas con la esperanza de la dicha de volver a encontrarla.
¡Nadin! Sin haber sido tuyo te he perdido. Cómo sufrir la desesperación que produce pérdida tan grande. ¡Un amor imposible! El platónico amor que quedará relegado para siempre en mi memoria, la ausencia de la dicha.
Necesito de caricias, de abrazos, de tus manos suaves donde se vislumbra el azulado hervir de tus venas que hacen latir tu corazón, cuánto daría para que latiese junto al mío.
Vida de mi vida, de la tuya, de la nuestra, isla de éste náufrago, taberna de éste marino errante.
Veleros azotados por la ira de Eolo surcan mares distintos, destinos cruzados una mañana fría de otoño, donde las hojas doradas estaban creando un crujiente manto de espinas para el olvido.
¡Nadin! Tú en los amaneceres, en los atardeceres; en las negras nubes que amenazan con descargar sus vientres de agua sobre pobres infelices solitarios. ¡Nadin! Tú en la lluvia de ésta tarde en la que contemplo, un sol brillante asomarse entre las nubes; durmiéndose entre sus algodones de agua mi mente para soñar contigo.
¿Nadin dónde estás? ¡Eres mi sueño!
Pego carteles sobre las paredes húmedas y sedientas de sol, el óxido del tiempo se enreda en los pliegues de un folio blanco garabateado con un mensaje y un mail.
En ésta ciudad babélica, llena de náufragos que buscan sus islas como yo busco la mía, deambulo divagando pensando en ti.
Islas desiertas, desconocidos mares.
¿Serás tú, por fin, mi isla, Nadin?
¡Ah Nadin!
¡Espejismo en la arena!
Mail: dediegos@hotmail.com
Fuengirola 03 de febrero de 2007
Dediegos Gracia García
© Salvador Moreno Valencia
Quisiera, de algún modo, hacerte llegar estas letras. Lo que ocurre es que no sé el modo. A no ser que ponga carteles en las esquinas con mensajes que contengan tu nombre y mi mail por si decides, si los encuentras, escribirme.
Ni siquiera sé dónde puedo encontrarte.
Nos habíamos cruzado varias veces en la calle, donde suele cruzarse la gente corriente, las personas de a pie. Sin saber por qué compartimos miradas cómplices, sonrisas incitadoras llenas de júbilo. Un lenguaje sin palabras pero lleno de vida…
Entre aquella multitud nosotros éramos dos náufragos compartiendo la misma isla. Tú y el perro que tiraba graciosamente de ti. Yo y mi ausencia.
¡Ah Nadin! Era noche vieja cuando pudimos hablar por primera vez tras aquellos cruces de caminos. Tú y el perro, yo y mi ausencia, cruzándonos, hora en una esquina, hora en una calle, hora en un semáforo. Cuando te acercaste a la barra con tus amigos, no lo dudé, estabas tan cerca, y te dije todo lo que pensaba sobre nuestras miradas y sonrisas furtivas cuando nos cruzábamos en la calle. Fue grandioso comprobar que tú me recordabas de la misma forma que yo a ti. Tú y yo entre miles de personas. Islas.
Nosotros náufragos en una isla común compartiendo el espacio de las sonrisas, las caricias, los abrazos, los besos, los pensamientos, los sentimientos…
Pero mi torpeza hizo que mis oídos se cerraran, por la emoción de estar frente a ti y mi lengua, presurosa, se soltara ansiosa por hablar. Hablé demasiado mientras tú escuchabas sonriente. Olvidé todo lo que dijiste e incluso lo que dije yo fue a caer al ruinoso olvido oxidado por los efectos del etílico.
Demasiada emoción para un final de año; más copas, otros lugares, sin ti. Nos despedimos tras mi monólogo estúpido, pero…
Cómo no me iba a comportar como un niño inquieto ante tus profundos ojos negros. Cómo no caer rendido ante tus pies, ante tus labios sonrientes de rosado manjar digno de dioses.
-La próxima vez que nos veamos en la calle no dudaré en hablarte-, dije con la determinación del general que ha ganado una batalla.
-Por supuesto, yo también lo haré-, respondiste tú con tu cálida sonrisa y tus ojos brillantes.
-¡Hasta pronto!
-¡Ciao!
Yo seguí en compañía de mis amigos y tú de los tuyos. Dos islas acariciadas por diferentes mares. En aquel preciso instante habíamos dejado de ser islas, para convertirnos en veleros que navegaban, soplados por vientos distintos, guiados por timoneles que gobernaban, sobre el timón de nuestro destino, ajenos a nuestras voluntades.
El destino podía ponernos de nuevo el uno frente al otro en alguna calle, en alguna esquina de la ciudad donde habitábamos, incluso, viviendo tan cercanos, tan ajenos a nosotros mismos. Dos calles más arriba o más abajo. Sí, quizá, el destino volvería a unir nuestras velas sopladas por el viento de nuestras bocas deseosas de besos. Deseos de besos olvidados en confundidas lenguas babélicas.
La noche primera de dos mil siete transcurrió como transcurren la mayoría de fiestas de fin de año. Inaugurado quedaba el año cargado, como todos, de buenas intenciones, ilusiones y esperanzas para muchos y lo contrario para tantos otros. Porque el equilibrio ha de sopesarlo la balanza de lo positivo y lo negativo.
Amaneció el dos mil siete sin ti como tantos otros años habían amanecido con tu ausencia. Te recordé tan grácil con tu perro que seguiría tirando de ti con la alegría y chispa que caracteriza al animal feliz.
Sin tu presencia el día era otro cúmulo de rutinas y quehaceres forzados. Habías desaparecido pasando a formar parte de mis recuerdos. Llegó a tal grado mi desesperación, que incluso, pensé que no habías sido más que producto de mi imaginación, una treta urdida por mi mente buscando una salida, una puerta, un soplo de aire fresco que despejara mi mente como se despejan las noches de primavera dejando al descubierto un cielo radiante de estrellas.
La necesidad del amor era para mí acuciante. Moría, sin saberlo, por dentro, pero era por no tener amor. Ese amor hecho de pasiones, de caricias, de corazones ardientes, de abrazos, el amor propio de amantes enardecidos dispuesto a quemarse en sus llamas, las del amor vivo y fuerte, lleno de pureza…
Sí, o eras un producto de mi imaginación o realmente el destino me volvía a gastar una broma macabra, como dice la letra de cierta canción de Joaquín Sabina.
El día uno de enero me levanté algo resacoso y la primera imagen que vino a mi mente fue la de tus ojos y el momento en que por primera vez hablamos, quizá por última; todavía no he perdido la esperanza de encontrarte, incluso hoy, que he decidido escribirte ésta carta, cuando ha pasado tanto tiempo desde aquel encuentro, y no nos hemos vuelto a ver.
Noche vieja, fiel locura acompasada con copas de champagne y licores espirituosos, música y baile. Ojos egipcios pintados en rostros de color canela, dulces manjares, labios de fresa temprana y noches viejas embriagadoras.
Viejo lamento tras la incertidumbre que produce un día festivo de bailes y de copas y desprendimiento de los perjuicios. Tristeza que emerge del fondo de las entrañas como un mar sediento.
Tus ojos de repente clavados en los míos. El ayer perdido como perdiera el reino aquel Segismundo. Quizá la vida no sea más que eso, sueño. Tus labios desaparecidos en las horas del alba. Tus ojos confundiéndose entre los miles de ojos de transeúntes ensimismados. En la calle todas las miradas me parecían la tuya, sin duda, no lo eran. Ni tus labios aparecían ante mis ojos, ni tu grácil soltura al caminar asiendo la correa del perro que tan felizmente movía su rabo en tu compañía.
Llegué a envidiar a tu fiel compañero. No podía verlo, ni acariciarlo para poder hacer lo que tú, estar dentro de tu ámbito, de tu cotidianidad, quizá, exasperante, a veces, como lo es para el resto de los humanos.
Ya van hacer dos meses desde entonces. Todos los días salgo con la esperanza de volver a verte, sonreírte y hablarte… Pero nada indica que vaya a ocurrir el milagro.
-¡Hola Nadin, cómo me alegro de verte!
-¡Hola Dediegos cómo estás!
Invento diálogos y quisiera acariciar el lomo de tu fiel lazarillo que mueve feliz el rabo al verme. Lo he bautizado con un nombre, quise llamarlo Eros, pero me pareció algo cursi, una cursilería propia de un chico, de quince años, enamorado, locamente enamorado, así que he decido llamarle Zeus.
¿Enamorado? ¿De quién? ¿De un recuerdo idealizado? De una imagen que se va diluyendo con los días vaporosos de este mes de febrero donde el cielo plomizo entristece mi alma, donde la lluvia parece haberse instalado, a pesar de ese dichoso cambio climático. Lluvia, lágrimas de Eros que duerme desnudo en los caminos y en las puertas de las casas y que es siempre pobre. ¡Ah Eros!
He ideado mil acciones para encontrarte pero ninguna acaba por convencerme, soy demasiado convencional, estas ideas son el resultado de la incertidumbre que sufro por no hallarte.
Pero cómo pegar carteles con tu nombre en las esquinas, cómo voy a dejar un detalle tan importante abandonado al albedrío de otras personas que no dudaran en llamarme para burlarse de mí. Y si tú lees un mensaje de estos en una pared, por ejemplo, de tu calle, qué pensarás sino que soy un loco, e incluso puede que te de miedo pensar que anda alguien poniendo tu nombre en las paredes, interesado por ti. Probablemente no dudarías en ponerlo en conocimiento de la policía. Me llamarían, harían averiguaciones sobre mi vida, me tratarían como un obseso...
¡Ah Nadin! Cuánta incertidumbre. Si yo fuese como Ameli de Mon Maitre, eso sería genial. Te buscaría con artimañas de película. Sería divertido pero no dejaría de verse, por ajenos ojos, incluso, por los tuyos, como una locura.
Así que no me atrevo a desafiar al dichoso destino. Sueño con tus ojos, con tus labios, con tus dulces palabras, con tu suave tono de voz, con tu cálida sonrisa…
Te añoro y te echo de menos. ¡Ah Eros! Cuan desgraciado me has hecho a la vez que me congratulas con la esperanza de la dicha de volver a encontrarla.
¡Nadin! Sin haber sido tuyo te he perdido. Cómo sufrir la desesperación que produce pérdida tan grande. ¡Un amor imposible! El platónico amor que quedará relegado para siempre en mi memoria, la ausencia de la dicha.
Necesito de caricias, de abrazos, de tus manos suaves donde se vislumbra el azulado hervir de tus venas que hacen latir tu corazón, cuánto daría para que latiese junto al mío.
Vida de mi vida, de la tuya, de la nuestra, isla de éste náufrago, taberna de éste marino errante.
Veleros azotados por la ira de Eolo surcan mares distintos, destinos cruzados una mañana fría de otoño, donde las hojas doradas estaban creando un crujiente manto de espinas para el olvido.
¡Nadin! Tú en los amaneceres, en los atardeceres; en las negras nubes que amenazan con descargar sus vientres de agua sobre pobres infelices solitarios. ¡Nadin! Tú en la lluvia de ésta tarde en la que contemplo, un sol brillante asomarse entre las nubes; durmiéndose entre sus algodones de agua mi mente para soñar contigo.
¿Nadin dónde estás? ¡Eres mi sueño!
Pego carteles sobre las paredes húmedas y sedientas de sol, el óxido del tiempo se enreda en los pliegues de un folio blanco garabateado con un mensaje y un mail.
En ésta ciudad babélica, llena de náufragos que buscan sus islas como yo busco la mía, deambulo divagando pensando en ti.
Islas desiertas, desconocidos mares.
¿Serás tú, por fin, mi isla, Nadin?
¡Ah Nadin!
¡Espejismo en la arena!
Mail: dediegos@hotmail.com
Fuengirola 03 de febrero de 2007
Dediegos Gracia García
© Salvador Moreno Valencia
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